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Los cuervos del Zangre

Электронная книга - «Los cuervos del Zangre». Краткое содержание книги:

Despu?s de dos a?os encadenado a un remo en una galera roknari, Lupe de Cazaril, noble de sangre, regresa a su casa en Chalion como un hombre humilde y an?nimo, cruelmente marcado por el l?tigo y las penurias. Sin tierras, con los honores adquiridos en batalla y los viejos rencores casi olvidados, ahora s?lo aspira a servir en el mismo castillo en el que una vez fue paje. Sin embargo, los dioses de Chalion parecen haberle reservado otro destino.
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Los de Betriz entre ellos.

– Cazaril -dijo ansiosamente, arrebujándose bajo su brazo para susurrarle al oído-: ¿qué significa esto? El Bastardo siempre se queda las sobras. Siempre. Es Su, Su… es Su obra. No puede despreciar un alma truncada… pensaba que ya lo había hecho.

También Cazaril estaba desconcertado.

– Si no se ha llevado ningún dios el alma de Dondo… es que sigue en el mundo. Quiero decir que, si no está allí, es que está aquí. En alguna parte… -Un fantasma sin reposo, un espíritu errante. Roto y condenado.

Las ceremonias se interrumpieron en seco cuando el archidivino y el canciller de Jironal se retiraron detrás del altar para parlamentar en voz baja, o discutir, posiblemente, a juzgar por la cadencia de las palabras masculladas que llegaban hasta la curiosa multitud expectante. El archidivino se apartó del ara para llamar ante él a un acólito del Bastardo; otra conferencia susurrada con el joven vestido de blanco concluyó con éste yéndose a la carrera. El cielo gris se oscurecía sobre sus cabezas. Uno de los subdivinos, en un alarde de iniciativa, arrancó un himno no programado a los coros para rellenar el hueco. Para cuando hubieron terminado, de Jironal y Mendenal ya habían retomado sus respectivos puestos.

La espera se prolongaba. Los cantantes entonaron otro himno. Cazaril terminó por desear haber empleado La senda quíntupla de Ordol como algo más que un pretexto para hacer la siesta; por desgracia, el libro seguía en Valenda. Si el demonio esclavo no había llevado el alma de Dondo a su señor, ¿dónde estaba? Y si el demonio no podía regresar más que con sus dos cubos llenos, ¿dónde estaba ahora el alma rota del desconocido asesino de Dondo? Ya puestos, ¿dónde está el demonio? Cazaril no había leído demasiada teología. Por algún motivo que ahora no alcanzaba a recordar, había considerado su estudio poco práctico, ideal únicamente para soñadores y fantasiosos. Claro que eso había sido antes de embarcarse en esta pesadilla.

Un discreto raspón en su bota le hizo mirar abajo. Una de las ratas blancas sagradas se había puesto a dos patas apoyándose en su pierna, y agitaba la naricilla rosa. Se frotó el rostro ahusado rápidamente contra la espinilla de Cazaril, que se agachó y la cogió, con la intención de devolvérsela a su cuidadora. El animal se estremeció extasiada en su mano, y le lamió el pulgar.

Para sorpresa de Cazaril, el resollante acólito regresó al patio del templo acompañado del mozo Umegat, vestido como de costumbre con el tabardo del Zangre. Pero fue Umegat el que suscitó su asombro.

El roknari resplandecía con un aura blanca igual que un hombre de pie frente a una prístina ventana de cristal ante un amanecer en el mar. Cazaril cerró los ojos, aunque sabía que no lo veía con ellos. El fulgor blanco siguió moviéndose detrás de sus párpados. Más allá, una oscuridad que no era oscuridad, y dos más, y una aurora irritada, y a un lado, una débil chispa verde. Abrió los ojos de golpe. Umegat cruzó la mirada con él por una fracción de segundo, y Cazaril se sintió como si le arrancaran la piel a tiras. El mozo del roya siguió caminando hasta presentarse con una reverencia insegura al archidivino, con el que departió en susurros aparte.

El archidivino llamó a la acólita del Bastardo, que había capturado una de sus ratas; se la entregó a Umegat, que la acunó en un brazo y miró a Cazaril. El roknari se acercó a él a paso largo, excusándose humildemente mientras se abría camino entre los cortesanos, que apenas si le dirigieron la mirada. Cazaril no conseguía entender por qué no se apartaban ante la quilla de su nívea aura igual que las aguas del mar ante la proa de un barco. Umegat le tendió la mano abierta. Cazaril se quedó observándola, parpadeando estúpidamente.

– La rata sagrada, mi lord -solicitó Umegat, amablemente.

– Ah. -La criatura seguía chupándole los dedos, haciéndole cosquillas. Umegat retiró al reticente animal de la manga de Cazaril como quien limpia una rebaba y evitó justo a tiempo que su compañera ocupara su lugar de un salto. Haciendo malabares con las ratas, caminó en silencio de nuevo hacia el féretro, donde esperaba el archidivino. ¿Se había vuelto loco Cazaril -no hace falta que respondas a eso- o de veras Mendenal pareció contenerse para no inclinarse ante el mozo? Los cortesanos del Zangre no parecían ver nada irrazonable en el hecho de que el archidivino llamara al cuidador de animales del roya para solucionar esta incómoda crisis. Todas las miradas estaban clavadas en las ratas, no en el roknari. El único irrazonable era Cazaril.

Umegat sostuvo las criaturas en sus brazos y les susurró, antes de acercarse al cuerpo de Dondo. El momento se alargaba, mientras las ratas, si bien se habían calmado, no parecían tener ninguna intención de reclamar a Dondo para su dios. Umegat retrocedió, al cabo, y se disculpó ante el archidivino negando con la cabeza, antes de ceder las ratas a su ansiosa y joven cuidadora.

Mendenal se postró entre el altar y el féretro durante un momento de abyecta oración, pero se irguió de nuevo enseguida. Los dedicados traían ya velas delgadas con las que iluminar las lámparas de pared que rodeaban el patio en penumbra. El archidivino llamó a los porteadores para que transportaran el féretro a la pira que aguardaba a Dondo, y los cantantes desfilaron en procesión.

Iselle regresó junto a Betriz y Cazaril. Se frotó los ojos, ribeteados de negro, con el dorso de la mano.

– No sé si puedo soportar esto por más tiempo. Que se quede de Jironal viendo cómo se tuesta su hermano. Llevadme a casa, lord Caz.

La pequeña partida de la rósea se escindió del grueso de asistentes, si bien no fueron las únicas personas cansadas en hacerlo, y cruzó el pórtico frontal para salir al húmedo anochecer de aquel día otoñal.

El mozo Umegat, que esperaba con los hombros apoyados en uno de los pilares, se enderezó como impulsado por un resorte, se acercó a ellos y les hizo una reverencia.

– Mi lord de Cazaril. ¿Puedo hablar con vos un instante?

Cazaril casi se sorprendió al ver que el aura no se reflejaba en el pavimento mojado a sus pies. Se disculpó ante Iselle y se fue aparte con el roknari. Las tres mujeres se quedaron esperando al borde del pórtico, con Iselle apoyada en el brazo de Betriz.

– Mi lord, en cuanto os resulte posible, quisiera hablar con vos en privado.

– Me reuniré contigo en el zoológico en cuanto Iselle vuelva a sus aposentos. -Cazaril vaciló-. ¿Sabes que brillas igual que una antorcha encendida?

El mozo inclinó la cabeza.

– Eso me han dicho, mi lord, los pocos que tienen ojos para ver. Por desgracia, uno nunca se ve a sí mismo. Ningún espejo mundano lo refleja. Sólo los ojos de un alma.

– Ahí dentro había una mujer que refulgía igual que una vela verde.

– ¿La madre Clara? Sí, ya me ha hablado de vos. Es una comadrona excelente.

– ¿Qué es eso, entonces, esa antiluz? -Cazaril miró de soslayo en dirección a las mujeres que aguardaban.

Umegat se llevó un dedo a los labios.

– Aquí no, por favor, mi lord.

Cazaril formó un silencioso Oh con los labios. Asintió.

El roknari le dedicó una honda reverencia. Cuando se disponía para perderse discretamente en el creciente anochecer, añadió por encima del hombro:

– Vos brilláis como una ciudad en llamas.

13

La rósea se sentía tan agotada tras el suplicio del extraño funeral de lord Dondo que se tambaleaba para cuando hubieron subido de nuevo al castillo. Cazaril dejó a Nan y Betriz al cuidado de la ejecución del sensato plan de meter a Iselle directamente en la cama y pedir a los criados que les llevaran una sencilla cena a sus aposentos. Él volvió a salir del bloque principal camino de las puertas del Zangre. Hizo una pausa y escrutó la ciudad a lo lejos para ver si seguía divisándose una columna de humo que surgiera del templo. Le pareció apreciar un débil reflejo anaranjado en las nubes bajas, pero estaba demasiado oscuro para distinguir nada más.

Le dio un vuelco el corazón ante el súbito aleteo que lo rodeó mientras cruzaba el patio de los establos, pero se trataba tan sólo de los cuervos de Fonsa, que volvían a acosarlo. Espantó a dos que intentaban posarse en su hombro, con aspavientos, siseos y pisotones. Las aves se alejaron, pero no se marcharon, sino que lo siguieron, conspicuamente, durante todo el trayecto hasta la colección de fieras.

Uno de los mozos al servicio de Umegat aguardaba junto a las lámparas de pared que flanqueaban la puerta del pasillo. Se trataba de un anciano menudo, privado de sus pulgares, que dedicó a Cazaril una amplia sonrisa que reveló una lengua truncada, equivalente a un recibimiento que era una especie de ronroneo mudo, claro el significado gracias a sus gestos afables. Abrió la puerta lo justo para permitir el paso de Cazaril, y ahuyentó a los cuervos que pretendían seguirlo, disuadiendo al más obstinado con un puntapié antes de volver a cerrar el paso.

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