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Электронная книга - «Atrévete a amarme». Краткое содержание книги:

La reportera Angel Buchanan se ha llevado una sorpresa enorme al descubrir que el difunto pintor Stephen Whitney, quien se autodenominaba el «Artista del corazón» y se caracterizó por defender los valores familiares, es el padre que la abandonó cuando tenía cuatro años. Y no hay nada como la lectura de un testamento para que aparezcan parientes cuya existencia era hasta entonces desconocida: la afligida viuda junto a su sexy hermana gemela… y un tipo de muy buen ver. Se trata de C. J. Jones, un conocido abogado que quiere comprar el silencio de Angel sobre la no tan ejemplar vida secreta de su padre. Ella no ignora que C. J. intentará cortejarla para salirse con la suya, pero ¿quién podría resistirse? Y encima en un escenario como Tranquility House: una mansión plagada de habitaciones y románticos rincones.
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– No me hace falta desnudarme para conseguir lo que quiero -respondió. Además, si se desnudaba demasiado pronto quizá se quedaría sin las respuestas que andaba buscando.

Angel envaró la espalda.

– Y ¿qué es? ¿Qué es lo que quieres?

– Te quiero a ti. -Apoyado sobre los hombros, le acarició la cara y siguió la línea de sus pestañas con el pulgar-. Dime, Angel. ¿Es que alguien te ha hecho daño practicando sexo?

– Pues claro que no. Nadie me ha hecho ningún daño -espetó.

Previsible, pensó Cooper y entornó los ojos.

– ¿En qué estaría yo pensando? Como si en este mundo hubiera alguien capaz de hacerte daño… -Pero la creyó. El problema no estaba en el sexo, él lo sabía bien-. Entonces, ¿qué pasó? -preguntó con dulzura mientras recorría el perfil de sus labios-. ¿Por qué decidiste no obtener placer en la cama?

– Haces que parezca una…

– ¿Una pesimista?

En lugar de responder, Angel lo atrajo hacia sí y lo besó, separando los labios. Al poco, Cooper se separó, dispuesto a averiguar qué le pasaba por la cabeza antes de que él perdiera la suya.

– ¿Por qué, Angel? ¿Por qué te resignaste a no disfrutar en la cama?

Angel frunció el entrecejo.

– Nunca he sido capaz de llevar el ritmo, ¿sabes? Y eso duele… -Se interrumpió y sacudió la cabeza-. No es que duela, es que es un poco frustrante querer algo y no conseguirlo.

– Y te propusiste dejar de quererlo.

– Quiero estar contigo -respondió, mientras se acercaba de nuevo a él. Volvieron a besarse y esta vez a Cooper le costó un gran esfuerzo separarse de ella.

Se echó hacia atrás, respirando aceleradamente. Era tan hermosa, con aquellos labios enrojecidos por los suyos.

– ¿Cómo podría hacer eso un hombre? Dejarte insatisfecha, quiero decir.

Angel soltó un suspiro, algo molesta por su insistencia.

– No creo que se dieran cuenta. Siempre he fingido.

– Angel… -comenzó, sin tener muy claro si sentir compasión por los pobres ilusos que no habían sido capaces de darse cuenta del engaño o por Angel, que había renunciado al placer para no herir el orgullo de aquellos tipos.

– Es un problema de ritmo. Contigo me pasó lo mismo.

Cooper se quedó de piedra.

– ¿Conmigo? Conmigo no fingiste.

Angel sonrió.

– No, pero tampoco estuvo del todo bien. No como se supone que debe ser, en cualquier caso. Me cuesta seguir el ritmo que lleva al éxtasis simultáneo de hombre encima y mujer debajo, ya sabes.

– Como se supone que debe ser -repitió. Entonces lo vio claro. Puede que ella tuviera veintisiete años, pero las relaciones que había mantenido debían de haber sido más bien pocas, espaciadas en el tiempo y con jovencitos. Por favor, cualquier hombre con un poco de experiencia en ese campo sabía si…

– Deja que te vuelva a besar, Cooper. -Angel le agarró la cabeza e intentó atraerlo hacia sí pero como no lo consiguió, fue ella la que se acercó-. Deja que te bese.

Cooper la empujó de nuevo contra la almohada.

– El sexo no debe ser de ninguna forma en concreto, Angel.

– Leo muchas revistas sobre el tema -se defendió-. Y ya sé que no todo se acaba en el misionero, pero…

– Entonces deja que te demuestre dónde fallan esas teorías sobre el misionero y el «éxtasis simultáneo».

Cooper tuvo la sensación de que Angel no lo estaba escuchando, pues seguía aferrada a su pelo, tirando de él.

– Bésame.

La miró fijamente y dudó. Aquellas facciones delicadas, la cabellera dorada extendida sobre la almohada… seguro que los jóvenes con los que había estado habían sido cuidadosos con aquel ángel. Precavidos, para no asustar a alguien que parecía tan inocente.

No se habrían atrevido a intentar forzar la situación para que se abriera a ellos.

Ni siquiera él, que tenía treinta y cinco años y algo de experiencia en el asunto, había conseguido desnudarla.

– Bésame -dijo, haciendo un mohín.

– Lo haré, no te preocupes -le prometió.

Entonces se apartó y comenzó a desabotonarle la blusa. Se la quitó. Cuando le desabrochó el sujetador, Angel contuvo la respiración, así que Cooper se inclinó sobre ella y la besó al tiempo que dejaba en el suelo las dos prendas.

De la boca descendió hasta los pechos. Se los besó y siguió bajando hasta la cintura, donde se encontró con el cordón de la falda. Un tirón y la deslizó con facilidad por sus piernas. Entonces se levantó, le quitó las sandalias y se tomó un momento para admirar la blancura de su piel sobre las sábanas.

– Eres preciosa -le dijo.

Angel estaba casi desnuda y algo tensa. Cuando Cooper se acercó para quitarle las bragas, la mujer emitió un quejido pero él no le hizo ningún caso y se las bajó, dejando al descubierto los rizos dorados que asomaban entre sus piernas.

– Chisss. -Le cerró los labios con un beso y las tiró al suelo.

Fijó los ojos en su desnudez y le acarició el costado.

– Última oportunidad, cariño. Tus secretos.

– Ya te lo he dicho. -Angel se estremeció cuando sintió sus dedos en la cadera -. No tengo secretos.

Lentamente, Cooper deslizó los dedos hasta el rubio triángulo que se formaba entre sus muslos, muy pegados y tensos.

Angel temblaba.

– ¿Qué haces?

Aunque los ojos de Cooper ya se habían acostumbrado a la oscuridad, le costó distinguir el borde de sus rizos, tan claros que se confundían con el resto de la piel. Acercó el índice y lo apoyó en el punto que le separaba los labios.

Angel dio un salto en la cama. Intentó relajarse y separó las piernas.

– Cooper.

– ¿Sí? -Se detuvo para que ella se tranquilizara.

– Esto es un poco…

– ¿Doloroso? -preguntó con curiosidad.

– No.

– ¿Desagradable?

– No.

– Por favor, Angel, quiero hacerlo. -Entonces sintió que su cuerpo se iba acostumbrando a las caricias, que sus músculos se relajaban. Comenzó a frotar el pequeño bulto, caliente y duro, y sintió, más que oír, que Angel contenía el aliento.

– ¿Ves qué bien sale todo si vamos por partes? -preguntó, sin dejar de acariciar su carne humedecida-. Uno da y el otro recibe.

Angel contuvo un gemido y cerró los ojos.

– ¿No te gusta?

Le gustaba. Su cuerpo ardía, estaba húmeda y abierta a él. Angel inclinó las caderas, lo justo para que a Cooper le fuera más fácil abrirse camino entre los labios y meterle dos dedos.

Angel jadeó y lo agarró de la camisa para atraerlo hacia sí.

Con la mano que tenía libre, el hombre consiguió que lo soltara.

– Dime que te gusta -le pidió, al tiempo que giraba los dedos que tenía en su interior.

Angel levantó las caderas y entonces volvió a cerrar los ojos.

– Me gusta, me… -Se interrumpió cuando le metió un tercer dedo-. Sí, me gusta.

En aquel momento, Cooper sacó la mano con cuidado y se acomodó entre sus piernas mientras apoyaba un codo a cada lado de su cabeza.

– ¿Lo ves? El sexo no debe ser de ninguna manera en concreto.

– Bésame -le rogó.

– Lo haré -volvió a prometerle-. Te voy a besar por todas partes.

Con el cuerpo de Angel, caliente y desnudo, entre sus brazos, se dispuso a cumplir su promesa. Muy despacio, sin presiones, pero con la firme intención de llegar a todo. Le lamió la suave piel del cuello y siguió bajando con la lengua hasta llegar al pecho. Le chupó los pezones hasta que sintió que la mujer se estremecía.

– Cooper, Cooper, por favor. -Angel levantó las caderas hasta topar con las de él-. Quítate la ropa.

– Espera.

Volvió a los pezones y los lamió de nuevo para continuar besando la parte inferior de sus pechos. Cooper notaba que la sangre le bullía, que le costaba respirar, pero no estaba dispuesto a acabar con aquello hasta que ella se diera cuenta de las muchas formas en que se podía disfrutar del sexo.

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