Una Aventura Secreta
- Автор: Бэлоу Мэри
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
– Hablas en plural -señaló-. Pero ¿de quién fue la idea de vender las joyas, de Jonathan o tuya?
Constantine volvió la cabeza para mirarla con seriedad.
– Las joyas de los Huxtable no eran mías como para que yo tomara esa decisión o como para sugerir que se vendieran -respondió-. Eran de Jon, y aunque yo no fuera su tutor legal, me tomaba dicha responsabilidad muy en serio. Mi hermano no era idiota ni mucho menos, pero a veces veía las cosas de una forma diferente al resto del mundo. En cuanto descubrió la verdad sobre nuestro pad… ¡Vaya por Dios! Aunque supongo que ya lo habías adivinado tú sola. En cuanto Jon descubrió la verdad sobre esa persona a la que había querido durante toda su vida y cuya muerte había llorado, perdió la alegría, las ganas de comer y pasó varios días sin dormir. Nunca lo había visto así. Y se negaba a hablarme de su sufrimiento. Lo único que hacía era exigirme una y otra vez que guardara el secreto. Porque se negaba a que los demás conocieran la verdad sobre nuestro padre. Sin embargo, no quería que el dolor que había ocasionado quedara impune. Como Jon era muy consciente de su condición de conde de Merton, llegó a la conclusión de que su deber era arreglar las cosas. Fui incapaz de pararle los pies, aunque debo añadir que yo mismo llevaba años sintiendo lo mismo, además de muchísima impotencia, por cierto.
– Ojalá lo hubiera conocido -dijo ella en voz baja-. Me refiero a Jonathan.
– Y entonces llegó una mañana a mi dormitorio dando brincos y me despertó sacudiéndome. Te aseguro que no exagero. Estaba loco de contento, rebosante de alegría, riéndose sin parar. Había tenido una idea genial. Y nada lo satisfaría hasta que hubiera dado con el modo de hacer realidad su sueño. Yo fui el elegido para ponerlo en marcha. Era imposible razonar con él cuando se le metía algo en la cabeza, duquesa. Y esto era mucho más importante para él que cualquier otra cosa en la vida. Era tan testarudo como…
– ¿Como su hermano? -suplió ella-. ¿No se parecía por casualidad a su hermano mayor?
– Era diez veces peor -respondió Constantine-. Solo habría podido detenerlo si hubiera ido con el cuento a mi tío a sus espaldas. Pero, en fin, yo también quería lo mismo que Jon y mi posición era demasiado débil como para hacer lo que sin duda era lo correcto. Me había pasado años asqueado por lo que Jon acababa de descubrir. Creo que toda la vida. Veía cómo mi madre languidecía por la tristeza y por la continua pérdida de sus hijos, mientras que mi padre abusaba de cualquier cosa que llevara faldas. No era un hombre agradable, duquesa. Y odiaba a Jon, a quien llamaba imbécil, a veces en su propia cara. Perdóname. No se debe criticar a los padres delante de otras personas. En cualquier caso, ninguna de las joyas que vendí estaba vinculada al título. Claro que varias de ellas llevaban generaciones en la familia y todas estaban debidamente registradas en los archivos de la propiedad. Si se hubiera presentado una reclamación formal, Jon habría llevado las de perder, ya que en realidad no tenía derecho a disponer de dichas joyas sin el consentimiento expreso de su tutor. E incluso aunque hubiera llegado a su mayoría de edad, lo habrían declarado incompetente para tomar decisiones por sí mismo.
– ¿Se estaba robando a sí mismo? -preguntó Hannah.
– Jon sabía muy bien lo que hacía -respondió él-. No era imbécil. A veces tenía la impresión de que era el único inteligente de entre todos nosotros. ¿Qué es más importante: esas joyas antiguas que estaban a buen recaudo en Warren Hall o las personas que viven en Ainsley Park?
Hannah soltó una carcajada.
– Creo que ya sabes cuál es mi respuesta, ¿verdad?
Se estaban aproximando a El Fin del Mundo. Solo les faltaba cruzar un pastizal y llegarían al prado que se extendía hasta uno de los laterales de la casa.
– ¿No le has hablado de todo esto a nadie? -quiso saber ella-. ¿Solo a mí?
– Aja -respondió él-. Ni siquiera al rey.
– De modo que todos te creen un villano que le robó a su desvalido hermano a fin de comprarse una propiedad en Gloucestershire, donde vive rodeado de lujos.
Constantine se encogió de hombros.
– Creo que Elliott ha mantenido la boca tan cerrada como yo, salvo para contárselo a Vanessa. De lo contrario, no creo que ni Stephen ni sus hermanas quisieran dirigirme la palabra, ¿no te parece?
– Ni tampoco intentarían protegerte de mí -añadió ella.
Constantine la miró y sonrió antes de inclinarse para abrir la verja que separaba el pastizal de la propiedad. Entraron a paso tranquilo y él se volvió para cerrar.
– Quizá debieras contarle al conde de Merton lo que me has contado a mí -sugirió Hannah-. Me parece un hombre honorable y comprensivo.
Constantine enarcó una ceja con gesto burlón y la miró de reojo.
– ¿Crees que me perdonaría?
– Creo que te diría que no hay nada que perdonarte -respondió ella-. En cualquier caso, a quien habría que perdonar sería a Jonathan, ¿cierto?
Su pregunta hizo que Constantine azuzara a su caballo para que apretara el paso, adelantándose de modo que ella tuvo que hacer el esfuerzo de alcanzarlo.
– ¿Eso es lo que te da miedo? -Quiso saber-. ¿Que nadie sea capaz de perdonar a tu hermano? Tal vez debieras tener un poco más de fe en ellos.
Constantine se volvió para mirarla a los ojos con expresión muy tensa. Sus ojos le parecieron muy negros.
– ¿Le has hablado a alguien de esto? -Preguntó, señalando la casa con la cabeza-. ¿Solo me lo has contado a mí?
– Solo a ti -respondió Hannah.
– ¿Por qué? ¿Por qué no has invitado a los demás a venir esta tarde?
– Constantine, tengo una reputación que proteger -adujo.
– Exacto. Yo también. El demonio y la duquesa. Somos tal para cual.
¿Ante los ojos del mundo o… se refería a que estaban hechos el uno para el otro?, se preguntó en silencio.
– Si no estuviéramos tan cerca de la casa -siguió Constantine-, te enumeraría todas las razones por las que deberías volver a casa, duquesa. Me refiero a Markle.
Hannah se inclinó para darle unas palmaditas a Clover en el cuello cuando se pararon frente al establo. Un mozo de cuadra se apresuró a atenderlos.
– Touchée -replicó.
CAPÍTULO 16
Mientras observaba a Hannah durante la siguiente hora y media, Con intentó verla como a la duquesa de Dunbarton que siempre había conocido, a la que se encontró en Hyde Park a principios de primavera, en el baile de los Merriwether, en el concierto de los Heaton y en el almuerzo en el jardín de los Fonteyn. Era muy desconcertante darse cuenta de que no podía. Era incapaz de verla como si fuera la misma persona.
No era solo porque llevara un traje de montar desgastado, casi ajado, de color azul. Ni porque tuviera el pelo recogido de forma sencilla, y un poco alborotado después de quitarse el sombrero para entrar en la casa. Tampoco era porque llevara puesto un enorme delantal, que la aguardaba colgado de un gancho detrás de la puerta del despacho de la encargada. No tenía absolutamente nada que ver con su aspecto.
Tenía que ver con la mujer que se ocultaba tras la fachada, la mujer a quien no había visto hasta después de convertirse en amantes y que solo había vislumbrado de vez en cuando desde entonces. En El Fin del Mundo esa mujer estaba a plena vista, como una mariposa que revoloteaba fuera de su capullo, hermosa, enérgica, reluciente de alegría y repartiendo dicha alegría por doquier.
Estaba, simple y llanamente, hechizado.
También, y para su consternación, estaba enamorado.
Su belleza, su energía y su alegría no estaban dedicadas a él, aunque le sonreía cada vez que lo miraba y lo incluía en su aura de magnético encanto.