Si pudieras verme ahora
- Автор: Ahern Cecelia
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Si pudieras verme ahora». Краткое содержание книги:
Me alejé un paso más de la jaula.
– ¿Qué clase de deseo traía consigo?
Me costaba creer que aquella ardiente bola de luz pudiera servirle para algo a nadie.
– Tiene gracia que lo preguntes -dijo Oscar haciendo patente que no tenía ninguna gracia-. Esta en concreto traía el deseo de perseguirme por el laboratorio.
– ¿Ha sido cosa de Tommy? -pregunté aguantándome la risa.
– Sólo puedo suponerlo -contestó Oscar, enojado-, pero en realidad no puedo ir a quejarme a él, porque eso fue hace veinte años, o sea cuando Tommy aún no sabía comportarse y apenas estaba empezando.
– ¿Hace veinte años? -pregunté sorprendido.
– Es lo que esa bola ha tardado en llegar hasta aquí -explicó Oscar abriendo el tarro y sacando un Jinny Joe con un instrumento muy raro-. Al fin y al cabo, estaba a millones de años luz de aquí. Pensé que veinte años era un tiempo de viaje muy corto.
Dejé a Oscar estudiando los Jinny Joes y me dirigí al vestuario, donde encontré a Olivia, a quien le estaban tomando medidas.
– Hola, Ivan -saludó, sorprendida.
– Hola, Olivia, ¿qué estás haciendo? -pregunté viendo cómo una mujer medía su cintura de avispa.
– Me toman medidas para un vestido, Ivan. La pobre señora Cromwell falleció anoche -dijo con tristeza-. El funeral es mañana. He asistido a tantos funerales que mi único vestido negro está muy ajado.
– Lamento la noticia -dije sabiendo que Olivia apreciaba mucho a la señora Cromwell.
– Gracias, Ivan, pero hay que seguir adelante. Esta mañana ha llegado al hospicio una señora que necesita mi ayuda y ahora tengo que centrarme en ella.
Asentí con la cabeza mostrando comprensión.
– ¿Qué te trae por aquí? -dijo ella.
– Mi nueva amiga, Elizabeth, es una mujer. Se ha fijado en mis ropas.
Olivia rió.
– ¿Quieres una camiseta de otro color? -preguntó la mujer que tomaba medidas. Sacó una camiseta roja de un cajón.
– Em, no. -Me apoyé alternativamente en uno y otro pie mientras inspeccionaba las estanterías que cubrían las paredes del suelo al techo. Cada una iba marcada con un nombre y vi el de Caléndula bajo una hilera de lindos vestidos-. Estaba pensando en algo mucho más… elegante.
Olivia enarcó las cejas.
– Pues entonces tendrán que tomarte medidas para un traje, Ivan.
Convinimos en que me harían un traje negro para llevarlo con camisa y corbata azules, porque eran mis colores favoritos.
– ¿Algo más, o esto es todo? -preguntó Olivia con un centelleo en los ojos.
– En realidad… -Bajé la voz y miré alrededor para asegurarme de que la mujer no alcanzaría a oírme. Olivia acercó su cabeza a la mía-. Me preguntaba si podrías enseñarme a bailar zapateado.
Capítulo 27
Elizabeth miraba fijamente la pared desnuda, sin enlucir y con salpicaduras de cemento seco. Se sentía perdida. La pared no le estaba diciendo nada. Eran las nueve de la mañana, y la obra ya estaba invadida por hombres con casco, vaqueros caídos, camisas a cuadros y botas de montaña. Parecían un ejército de hormigas mientras iban de aquí para allá cargando a hombros toda clase de materiales. Sus exclamaciones, risas, canciones y silbidos resonaban en el armazón de cemento que era el hotel vacío de lo alto de la colina, todavía pendiente de ser llenado con ideas surgidas de la cabeza de Elizabeth. Los ruidos retumbaban como truenos por los corredores hasta llegar a lo que sería la zona reservada para los niños.
Por el momento sólo era una pálida lona blanqueada que al cabo de unas pocas semanas estaría llena de niños retozando en la sala recreativa, mientras que fuera de sus límites habría un remanso de paz. Elizabeth se dijo que quizá tendría que haber insonorizado las paredes. No tenía ni idea de qué debería añadir a aquellas paredes para que las caritas de los niños se iluminaran con una sonrisa cuando entraran allí nerviosos y disgustados al verse separados de sus padres. Sabía cuanto había que saber sobre canapés, pantallas de plasma, suelos de mármol y maderas de cualquier clase. Se le daba bien lo chic, lo funky y lo sofisticado y también tenía mano con los salones que irradiaban esplendor y grandeza. Pero ninguna de esas cosas emocionaría a un niño, y ella se sabía capaz de aportar algo más que los consabidos juegos de construcción, rompecabezas y sacos de alubias.
Era consciente de que tenía todo el derecho de contratar a un muralista, pedir a los pintores de la obra que se ocuparan de las paredes y hasta de solicitarle un pequeño consejo a Poppy, pero Elizabeth disfrutaba haciendo las cosas personalmente. Le gustaba abstraerse en su trabajo y no quería tener que pedir ayuda a nadie. Desde su punto de vista, pasarle el pincel a otro constituía una señal de derrota.
Elizabeth alineó diez botes de colores primarios en el suelo, abrió las tapas y dejó junto a ellos los pinceles. Extendió una sábana blanca sobre el suelo y, tras asegurarse de que los vaqueros que sólo se ponía como ropa de trabajo no tocarían en ningún momento el suelo, se sentó con las piernas cruzadas en medio de la habitación y se puso a mirar la pared. Pero todo lo que se le ocurría era que no podía pensar en otra cosa que no fuera Saoirse. Saoirse, que ocupaba en su mente cada segundo de cada día.
Al cabo se preguntó cuánto tiempo llevaba sentada allí. Recordaba vagamente haber visto a una serie de obreros que entraban y salían de la habitación, recogían sus herramientas, y observaban desconcertados cómo miraba la pared desnuda. Tuvo la sensación de estar padeciendo un bloqueo de escritor en versión diseñador de interiores. No le acudirían ideas, no podría crear imágenes y, así como la tinta se seca en la pluma, la pintura no fluiría de sus pinceles. Tenía la cabeza llena de… nada. Era como si sus pensamientos se reflejaran en aquella sosa pared recién enyesada que probablemente estuviera pensando las mismas cosas que ella.
Notó una presencia a sus espaldas y se dio media vuelta. Benjamín estaba en el umbral.
– Perdón, habría llamado, pero -levantó las manos- no hay puerta.
Elizabeth le dedicó una sonrisa de bienvenida.
– ¿Admirando mi trabajo?
– ¿Usted ha hecho esto? -Elizabeth se volvió de nuevo de cara a la pared.
– Creo que es mi mejor trabajo -afirmó Benjamin. Y ambos la contemplaron en silencio.
Elizabeth suspiró.
– No me está diciendo nada.
– Ah. -Benjamin dio un paso hacia el interior de la habitación-. No se figura lo difícil que resulta crear una obra de arte que no diga nada de nada. Siempre hay alguien que tiene alguna clase de interpretación, pero con esto… -se encogió de hombros-, nada. Sin comentarios.
– Un signo de verdadero genio, señor West.
– Benjamin -le guiñó el ojo-. No paro de pedirle por favor que me llame Benjamin; hace que parezca mi profesor de matemáticas.
– De acuerdo, usted puede seguir llamándome señorita Egan.
Cuando Elizabeth se volvió de nuevo hacia la pared, él alcanzó a ver de refilón, por la contracción de su mejilla, que la joven sonreía.
– ¿Cree que existe alguna posibilidad de que a los niños les guste esta habitación tal como está? -preguntó esperanzada.
– Hummm -pensó Benjamin en voz alta-, quizá les divertiría jugar con los clavos que sobresalen del rodapié. No lo sé -admitió-. Se ha equivocado al preguntarme a mí sobre niños. Son como otra especie para mí. No tengo con ellos una relación muy estrecha.