La Fiesta del Chivo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fiesta del Chivo». Краткое содержание книги:
La Fiesta del Chivo reconstruye el último día del dictador en unos capítulos, en otros narra la tensa espera de los conspiradores, y en otros más se adentra por los recuerdos y los secretos de Urania. El doctor Balaguer, en un principio un presidente pelele, acaba convirtiéndose en auténtico jefe de Estado cuando, muerto Trujillo, su decorativo cargo se carga de realidad. Su divisa es: `ni un instante, por ninguna razón, perder la calma`. En este cuadro que bien puede representar lo ocurrido en otras dictaduras también aparecen otros personajes entregados en cuerpo y alma al dictador. Como, por ejemplo, el coronel Abbes García, un sádico demente con una inteligencia luciferina, Ramfis Trujillo, hijo vengador que nunca fue generoso con los enemigos, el senador Henry Chirinos, al que todos llaman el Constitucionalista Beodo y Trujillo ha rebautizado como La Inmundicia Viviente. Y el senador Agustín Cabral, el ministro Cabral, Cerebrito Cabral en tiempos de Trujillo, hasta que cayó en desgracia y se vio envuelto en un proceso kafkiano. Con un ritmo y una precisión difícilmente superables, Vargas LLosa muestra que la política puede consistir en abrirse camino entre cadáveres, y que un ser inocente puede convertirse en un regalo truculento. La fiesta del Chivo es heredera de un subgénero literario que ha servido como pocos para retratar el siglo que termina, y en especial la conflictiva realidad latinoamericana: la novela sobre un dictador, como Tirano Banderas, de Valle-Inclán, El señor presidente, de Miguel Angel Asturias, Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, o El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. Esta obra es una excelente prueba del portentoso talento de Vargas Llosa, de su capacidad para crear personajes inolvidables, para captar matices y atmósferas, para narrar, para describir, para convertir en literatura cuanto toca.
El Turco recordaba el embarazo del padre Fortín. Las explicaciones que aventuraba no lo convencían a él mismo: a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. ¿Acaso existe semejante separación para Trujillo, padre Fortín? ¿No va a misa, no recibe la bendición y la hostia consagrada? ¿No hay misas, tedeum, bendiciones para todos los actos de gobierno? ¿No santifican a diario obispos y sacerdotes los actos de la tiranía? ¿En qué situación dejaba la Iglesia a los creyentes identificándose de ese modo con Trujillo?
Desde jovencito, Salvador había comprobado lo difícil, lo imposible que resultaba a veces someter la conducta diaria a los mandamientos de su religión. Sus principios y creencias, pese a ser tan firmes, no lo habían frenado para la parranda ni las faldas. Nunca se arrepentiría bastante de haber procreado dos hijos naturales, antes de casarse con su mujer actual, Urania Mieses. Eran caídas que lo avergonzaban, que había procurado redimir, aunque sin aplacar su conciencia. Sí, muy difícil no ofender a Cristo en la vida de todos los días. Él, pobre mortal, marcado por el pecado original, era prueba de las debilidades congénitas al hombre.
¿Pero cómo podía equivocarse la Iglesia inspirada por Dios apoyando a un desalmado?
Hasta que, hacía dieciséis meses -nunca olvidaría aquel día-, el domingo 25 de enero de 1960 ocurrió aquel milagro. Un arco iris en el cielo dominicano. El 21 había sído la fiesta de la patrona, Nuestra Señora de la Altagracia, y, también, el de la peor redada contra militantes del 14 de junio. La iglesia de la Altagracia, en aquella soleada mañana santiaguense, estaba de bote a bote. De pronto, desde el púlpito, con voz firme, el padre Cipriano Fortín comenzó a dar lectura
– lo mismo hacían los pastores de Cristo en todas las iglesias dominicanas- a aquella Carta Pastoral del episcopado que estremeció la República. Fue un ciclón, más dramático todavía que aquel, famoso, de San Zenón, que en 1930, en los comienzos de la Era de Trujillo, desapareció la ciudad capital.
En la oscuridad del automóvil, Salvador Estrella Sadhalá, inmerso en el recuerdo de aquel fasto día, sonrió. Oyendo leer al padre Fortín en su español ligeramente afrancesado, cada frase de aquella Carta Pastoral que enloqueció de furor a la Bestia, le parecía una respuesta a sus dudas y angustias. Conocía tanto ese texto -que, luego de oír, había leído, impreso a ocultas y repartido por doquier- que se lo sabía casi de memoria. Una «sombra de tristeza» marcaba la festividad de la Virgen dominicana. «No podemos permanecer insensibles ante la honda pena que aflige a buen número de hogares dominicanos», decían los obispos. Como san Pedro, querían «llorar con los que lloran». Recordaban que la raíz y fundamento de todos los derechos está en la dignidad inviolable de la persona humana». Una cita de Pío XII evocaba a los «millones de seres humanos que continúan viviendo bajo la opresión y la tiranía», para los que no hay «nada seguro: ni el hogar, ni los bienes, ni la libertad, ni el honor».
Cada frase aceleraba el corazón de Salvador. «¿A quién pertenece el derecho a la vida sino únicamente a Dios, autor de la vida?» Los obispos subrayaban que de ese «derecho primordial» brotan los otros: a formar una familia, el derecho al trabajo, al comercio, a la inmigración (¿no era esto condenar ese sistema infame de pedir permiso policial para cada salida al extranjero?), a la buena fama y a no ser calumniado «bajo fútiles pretextos o denuncias anónimas» «por bajos y rastreros motivos». La Carta Pastoral reafirmaba que «todo hombre tiene derecho a la libertad de conciencia, de prensa, de libre asociación…». Los obispos elevaban preces «en estos momentos de congoja y de incertidumbres para que hubiera «concordia y paz» y se establecieran en el país «los sagrados derechos de convivencia humana».
Salvador quedó tan conmovido que, a la salida de la iglesia, ni siquiera pudo comentar la Carta Pastoral con su mujer o con los amigos que, reunidos a la puerta de la parroquia, chisporroteaban de sorpresa, entusiasmo o miedo con lo que acababan de oír. No había confusión posible: encabezaba la Carta Pastoral el arzobispo Ricardo Pittini y la firmaban los cinco obispos del país.
Balbuceando una excusa, se apartó de su familia y, como un sonámbulo, regresó a la iglesia. Fue a la sacristía. El padre Fortín se quitaba la casulla. Le sonrió: «¿Estarás orgulloso de tu Iglesia, ahora sí, Salvador?». A él no le salían las palabras. Abrazó al sacerdote largamente. Sí, la Iglesia de Cristo se había puesto por fin del lado de las víctimas.
– Las represalias van a ser terribles, padre Fortín -murmuró.
Lo fueron. Pero, con esa endiablada habilidad del régimen para la intriga, la venganza se concentró en los dos obispos extranjeros, ignorando a los nacidos en suelo dominicano. Monseñor Tomás F. Reilly, de San Juan de la Maguana, norteamericano, y monseñor Francisco Panal, obispo de La Vega, español, fueron los blancos de esa innoble campaña.
En las semanas que siguieron al júbilo del 25 de enero de 1960, Salvador se planteó por primera vez la necesidad de matar a Trujillo. Al principio, la idea lo espantaba, un católico ten'ía que respetar el quinto mandamiento. Pese a ello, volvía, irresistible, cada vez que leía en El Caribe, en La Nación, o escuchaba en La Voz Dominicana los ataques contra monseñor Panal y monseñor Reilly: agentes de potencias extranjeras, vendidos al comunismo, colonialistas, traidores, víboras. ¡Pobre Monseñor Panal! Acusar de extranjero a un sacerdote que había pasado treinta años haciendo obra apostólica en La Vega, donde era querido por tirios y troyanos. Las infamias tramadas por Johnny Abbes -¿quién si no podía elucubrar semejantes aquelarres?- de las que el Turco se enteraba por el padre Fortín y el tam. tam. humano, eliminaron sus escrúpulos. La gota que rebalsó el vaso fue la sacrílega pantomima montada contra monseñor Panal, en la iglesia de La Vega, donde el obispo decía la misa de doce. En la nave atestada de parroquianos, cuando monseñor Panal leía el evangelio del día, irrumpió una pandilla de barraganas maquilladas y semidesnudas, y ante el estupor de los fieles, acercándose al púlpito insultaron y recriminaron al anciano obispo, acusándolo de haberles hecho hijos y ser un pervertido. Una de ellas, apoderándose del micrófono, aulló: «Reconoce a las criaturas que nos hiciste parir y no las mates de hambre». Cuando, algunos asistentes, reaccionando, intentaron sacar a las putas fuera de la iglesia y proteger al obispo que miraba aquello incrédulo, irrumpieron los caliés, una veintena de forajidos armados de garrotes y cadenas, que arremetieron sin misericordia contra los parroquianos. ¡Pobres obispos! Les pintarrajearon las casas con los insultos. A monseñor Reilly, en San Juan de la Maguana, le dinamitaron la camioneta con la que se desplazaba por la diócesis, y le bombardearon la casa con animales muertos, aguas servidas, ratas vivas, cada noche, hasta obligarlo a refugiarse en Ciudad Trujillo, en el Colegio Santo Domingo. El indestructible monseñor Panal seguía resistiendo en La Vega, las amenazas, las infamias, los insultos. Un anciano hecho del barro de los mártires.
Uno de esos días el Turco se presentó en casa del padre Fortín con la gruesa, grande cara transformada.
– ¿Qué pasa, Salvador@