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Электронная книга - «Mis Amigos, Mis Amores». Краткое содержание книги:

Antoine y Mathias no han perdido el contacto desde que se conocieron de niños. Ahora, ya treintañeros, siguen compartiendo muchas cosas, pues ambos han pasado por un divorcio y por la experiencia de ser padres: Antoine, de un niño llamado Louis, y Mathias, de una niña llamada Emily. Pero mientras que Antoine se fue a vivir con su hijo a Londres, Mathias sigue residiendo en su París natal, cada vez más insatisfecho con su trabajo y teniendo que soportar que su hija viva también en la capital inglesa. Por eso cuando Antoine le propone regentar una pequeña librería en Londres, él acaba aceptando la oferta. Sin embargo, sus planes se ven trastocados por la decisión de su ex mujer de trasladarse a París por motivos laborales y de pedirle que se haga cargo él de Emily, para que la niña no tenga que adaptarse de nuevo a un cambio de hogar y colegio. Esto dará pie a que Mathias y Antoine decidan pasar de ser vecinos a vivir en la misma casa para así criar juntos a sus hijos. Eso sí, comprometiéndose a respetar dos reglas básicas de convivencia: no contratar a una canguro y no traer mujeres a casa.
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– Entonces, ¿ya está, es oficial, tienes tu programa? -dijo Nathan.

Audrey afirmó con un gesto de la cabeza.

– ¿Voy contigo?

Y Audrey respondió que sí de la misma manera.

A mitad de la noche, mientras Sophie releía unas cartas, sola al fondo de la trastienda, Yvonne confiaba a Enya, que permanecía sentada en el borde de la cama, algunos secretos de su vida y la receta de su crema al caramelo.

Capítulo 19

Con la mirada perdida en el vacío, Mathias giraba la cucharilla en su taza de café. Antoine se sentó a su lado y se la quitó de las manos.

– ¿Has dormido mal? -preguntó.

Louis bajó de su habitación y fue a sentarse a la mesa.

– ¿Qué está haciendo mi hija? Vamos a llegar tarde a la escuela.

– De seguida viene -respondió Louis.

– No se dice «de seguida» sino «enseguida» -replicó Mathias, alzando la voz.

Levantó la cabeza y vio a Emily que se deslizaba por la barandilla de la escalera.

– Baja de ahí inmediatamente -gritó Mathias, levantándose de un salto.

Con la cara ceñuda, la niña fue a refugiarse al sofá del salón.

– ¡Estoy harto de ti! -siguió gritando su padre-. ¡Ven a la mesa ahora mismo!

Con los labios temblándole, Emily obedeció y fue a sentarse en su silla.

– Eres una niña mimada insoportable, hay que repetirte las cosas cien veces. ¿Es que mis frases no llegan hasta tu cerebro? -continuó Mathias.

Desconcertado, Louis miró a su padre, que le aconsejó que fuera lo más discreto posible.

– ¡Y no me mires así! -prosiguió Mathias, que no se calmaba-. ¡Estás castigada! Esta tarde, cuando vuelvas, harás los deberes, cenarás y subirás a acostarte sin ver la tele, ¿está claro?

La niña no respondió.

– ¿Está claro, o no? -insistió Mathias, alzando aún más el tono.

– Sí, papá -balbució Emily, con los ojos anegados en lágrimas.

Louis cogió su cartera, fusiló a Mathias con la mirada y arrastró a su compañera hacia la entrada. Antoine no dijo ni palabra y cogió las llaves del coche del taquillón.

Después de haber dejado a los niños, Antoine aparcó el Austin Haley delante de la librería. Mientras Mathias se bajaba, lo agarró del brazo.

– Quiero pensar que no te sientes bien en este momento, pero esta mañana te has pasado con tu hija.

– Cuando la he visto encaramada a la balaustrada, he tenido miedo, un miedo terrible, si quieres saberlo.

– Porque tú tengas vértigo, no debes impedirle caminar.

– Está bien que digas eso, tú que le pones un jersey a tu hijo en cuanto tienes frío. ¿De verdad que he gritado hasta ese punto?

– ¡No, has aullado hasta ese punto! Prométeme una cosa, ve a que te dé el aire, vuelve al parque esta tarde, ¡lo necesitas!. Antoine le dio una palmada amistosa en el hombro y se dirigió a su despacho.

A las trece horas, Antoine invitó a McKenzie a almorzar en el restaurante de Yvonne. Para empezar, declaró que llevarían los planos de ejecución que McKenzie había terminado y aprovecharían la comida para comprobar los detalles sobre el terreno.

Ya sentados a la mesa, Yvonne vino a buscar a Antoine, ya que preguntaban por él por teléfono. Antoine se excusó con su colaborador y cogió el auricular en la barra.

– Dime la verdad, ¿crees que Emily puede dejar de quererme?

Antoine miró el auricular y colgó sin responder. Se quedó cerca del aparato, e hizo bien, pues el timbre tintineaba ya. Descolgó enseguida.

– Me estás fastidiando, Mathias… ¿Perdón?… No, no hacemos reservas al mediodía… Sí, gracias.

Y bajo la mirada intrigada de Yvonne, volvió a colocar el auricular suavemente. Antoine se volvió hacia su mesa y en cuanto dio media vuelta, el teléfono sonó de nuevo. Yvonne le tendió el aparato.

– ¡No digas nada y escúchame! -suplicó Mathias, que iba arriba y abajo por su librería-. Esta noche levanta el castigo, yo volveré después de ti y ya improvisaré.

Mathias volvió a colgar enseguida.

Con el auricular pegado a la oreja, Antoine hizo esfuerzos por calmarse. Y como Yvonne no le quitaba los ojos de encima, también él improvisó.

– ¡Es la última vez que me sacas de una reunión! -dijo antes de colgar a su vez.

Sentada en un banco, Daniéle había abandonado su crucigrama para tejer un pelele. Tiró del hilo de lana y volvió a colocarse las gafas en la punta de la nariz. Frente a ella, Sophie, sentada con las piernas cruzadas en el césped, jugaba a las cartas con Emily y Louis. Le dolía la espalda, se excusó con los niños y los dejó el tiempo de dar algunos pasos.

– ¿Qué le pasa a tu padre ahora? -preguntó Louis a Emily.

– Creo que es por la periodista que vino a cenar a casa.

– ¿Qué hay entre ellos exactamente? -preguntó el chico, echando una carta.

– Tu padre… y mi madre -respondió Emily a la vez que tiraba las cartas.

Mathias iba presuroso por una alameda del parque. Abrió la bolsa de la panadería, metió la mano y sacó un bollo de pasas que mordió ávidamente. De repente, aminoró sus pasos y su rostro cambió de expresión. Se ocultó detrás de un roble para espiar la escena ante él.

Emily y Louis reían de buena gana. A cuatro patas sobre la hierba, Sophie les hacía cosquillas por turnos. Se incorporó para hacerles una pregunta.

– ¿Una sorpresa de siete letras?

– ¡Tiovivo! -exclamó Louis.

Como por arte de magia, hizo aparecer dos tiques en el hueco de su mano. Se levantó e invitó a los niños a seguirla hacia el carrusel.

Louis, que iba rezagado, oyó silbar y se volvió. La cabeza de Mathias asomaba tras el tronco de un árbol. Le hizo acercarse discretamente.

Louis echó un rápido vistazo a las chicas que caminaban lejos, por delante, y corrió hacia el banco donde ya lo esperaba Mathias.

– ¿Qué hacías allí? -preguntó el chaval.

– Y Sophie ¿qué hacía allí? -respondió Mathias.

– No te lo puedo decir, es un secreto.

– Pues te digo que cuando supe que cierto chaval había arrancado una escama del dinosaurio en el museo, yo no dije nada.

– Sí, pero no es lo mismo, el dinosaurio estaba muerto.

– ¿Y por qué es un secreto que Sophie esté allí? -insistió Mathias.

– Al principio, cuando te separaste de Valentine y venías a escondidas a ver a Emily en el jardín de Luxemburgo, también era un secreto, ¿no?

– Ah, ya veo -murmuró Mathias.

– ¡Qué va, no ves nada de nada! Desde que habéis reñido con Sophie, la echa de menos, y yo también la echo de menos.

El chico se levantó de un salto.

– Bueno, tengo que irme, van a darse cuenta de que no estoy.

Louis se alejó algunos pasos, pero Mathias lo llamó enseguida.

– Nuestra conversación también es un secreto, ¿de acuerdo?

Louis hizo que sí con la cabeza y confirmó su juramento con una mano puesta solemnemente en el corazón. Mathias sonrió y le tiró la bolsa de bollos.

– Quedan dos de pasas. ¿Le darás uno a mi hija?

El chico miró a Mathias, con el aspecto de estar hundido.

– ¿Y qué le digo a Emily, que tu bollo de pasas ha caído de un árbol? ¡Realmente eres una nulidad mintiendo, amigo mío!

Le devolvió la bolsa y volvió a irse meneando la cabeza.

Por la noche, al volver a casa, Mathias encontró a Emily y a Louis sentados delante de los dibujos animados. Antoine preparaba la comida en la cocina. Mathias se dirigió hacia él y cruzó los brazos.

– ¡No entiendo nada! -dijo, señalando la televisión encendida-.¿Qué había dicho yo?

Sorprendido, Antoine levantó la cabeza.

– ¡Nada de televisión! Entonces, lo que digo y nada ¿es lo mismo? ¡Es el colmo! -gritó, levantando los brazos al cielo.

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