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El Rostro De Un Extraño

Электронная книга - «El Rostro De Un Extraño». Краткое содержание книги:

Su nombre es William Monk, su profesión, detective de la policía. Eso, al menos, es lo que le dicen cuando despierta en un hospital londinense, ya que él no recuerda nada. Al parecer, el carruaje en que viajaba volcó y como consecuencia de este accidente el cochero murió y él quedó malherido. Tras pasar tres semanas inconsciente y otras tantas de convalecencia, Monk recupera la salud, pero no la memoria. Su primer caso cuando se reincorpora en el cuerpo de policía es el brutal asesinato de Joscelin Grey, un héroe de la guerra de Crimea que fue golpeado hasta morir en sus aposentos. Se trata de un asunto delicado, pues la familia de la víctima no está dispuesta a que un simple plebeyo hurgue en sus intimidades. Sin embargo, Monk no se deja amilanar y, mientras busca una clave que ilumine su propio pasado, empieza a investigar entre las amistades de Grey.
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Encontró un cuaderno de Lovel y fue volviendo las páginas hasta descubrir una redacción de extensión similar. Rosamond entretanto revolvía un pupitre buscando unos poemas, por lo que Hester tuvo ocasión de leer sin prisas la redacción. Era un escrito manifiestamente inverosímil, inseguro y romántico, en el que imaginaba, más allá de la arboleda de Shelburne, un bosque donde podían llevarse a cabo grandes hazañas, y una mujer ideal, cortejada y amada con un sentimiento limpio y transparente, tan alejado de la realidad de las necesidades y dificultades humanas que a Hester se le humedecieron los ojos al pensar en las desilusiones que aquel muchacho habría de sufrir irremisiblemente.

Cerró aquellas páginas escritas con una tinta que el tiempo había descolorido y miró a Rosamond, su cabeza iluminada por el sol e inclinada sobre el escritorio mientras revolvía los cuadernos de deberes en busca de un determinado poema que seguramente era la plasmación de sus propios sueños. ¿Alcanzaban a ver, ella o Lovel, en las princesas y en los caballeros revestidos de armadura, a los seres falibles-y a veces débiles, a veces asustados, a menudo necios pero mucho más preciosos que había más allá de sus nobles apariencias, y que demandaban muchísimo más valor, generosidad y poder para merecer el perdón, que los seres que poblaban los sueños de juventud?

Hester quería encontrar la tercera redacción, la de Menard. Tardó unos minutos en localizar su cuaderno y poder leerla. La redacción era envarada, era evidente que tenía más dificultad en el manejo de las palabras, y toda ella rezumaba un amor apasionado al honor, a la fidelidad en la amistad y una visión de la historia como la cabalgata interminable de los orgullosos y los buenos, con inesperadas imágenes tomadas de las historias del rey Arturo. Era un escrito adocenado y ampuloso, aunque lleno de sinceridad, y Hester pensó que era difícil que el hombre que había escrito aquello siendo niño hubiera perdido aquellos valores que describía con tanto apasionamiento… y tanta torpeza.

Rosamond había encontrado por fin el poema y estaba tan absorta en él que no advirtió que Hester se le acercaba ni tampoco que lo leía por encima de su hombro. Era un poema de amor, anónimo, breve y muy tierno.

Hester apartó los ojos y se acercó a la puerta. No era cuestión de fisgar en aquello.

Rosamond cerró el cuaderno y la siguió al cabo de un momento. No sin esfuerzo, recuperó su alegría de momentos antes, aunque Hester hizo como que no se daba cuenta.

– Gracias por acompañarme -le dijo mientras volvían al rellano principal con sus enormes jardineras de flores-. Ha sido muy amable dedicándome su atención.

– No ha sido amabilidad -se apresuró a desmentirla Hester-. Ha sido un privilegio poder echar una ojeada al pasado desde los cuartos de los niños y las habitaciones de estudio. Debo darle las gracias por haberme dejado entrar. Y, por cierto, Harry es un encanto de niño. Es imposible no estar a gusto en su presencia.

Rosamond rió e hizo un gesto negativo con la mano, pero era evidente que se sentía halagada. Bajaron, juntas, la escalera y entraron en el comedor, donde ya estaba servida la comida y Lovel las estaba esperando. Se levantó cuando entraron y dio un paso en dirección a Rosamond. Pareció que iba a decir algo, pero se abstuvo.

Rosamond aguardaba con los ojos llenos de esperanza. Hester se odió a sí misma por permanecer allí, pero habría sido absurdo abandonar la habitación en aquel momento. La comida estaba a punto y el lacayo esperando para servirla. Sabía que Callandra estaba ausente porque había ido a visitar a una vieja amistad y que el motivo de aquel viaje era ayudarla, pero vio que tampoco estaba Fabia ni estaban puestos los cubiertos en el sitio que ocupaba habitualmente.

Lovel se dio cuenta de su mirada.

– Mamá no se encuentra bien -dijo con un ligero estremecimiento-. Se ha quedado en su habitación.

– ¡Cuánto lo siento! -exclamó, aunque de manera automática-. Supongo que no será nada serio.

– Espero que no -auguró Lovel y, tan pronto se hubieron sentado, ocupó la silla de costumbre e indicó al criado que podía servir a los comensales.

Rosamond tocó ligeramente con el pie a Hester por debajo de la mesa y ésta comprendió que la situación era delicada, por lo que inteligentemente optó por no insistir.

La conversación que mantuvieron durante la comida fue manida y trivial, aunque cargada de sobreentendidos, lo que permitió a Hester pensar en la redacción del niño, en aquel viejo poema y en todos los sueños y realidades en los que tantas cosas se deslizan de un sentido a otro y acaban perdiéndose.

Terminada la comida se excusó y fue a cumplir con lo que consideraba su obligación. Debía ir a ver a Fabia y excusarse con ella por haber estado grosera con el general Wadham. El hombre se lo tenía merecido, pero al fin y al cabo ella sólo era una invitada que vivía en casa de Fabia y no tenía por qué ponerla en situación embarazosa, tanto si había existido provocación como si no.

Mejor actuar inmediatamente, porque cuanto más tardara en decidirse, más difícil sería. Hester tema poca paciencia con las dolencias de tono menor; había visto demasiadas enfermedades desesperadas y su propia salud era muy buena, por lo que ignoraba lo enervante que puede ser un trastorno, por insignificante que sea, cuando se prolonga mucho tiempo.

Llamó a la puerta de Fabia y esperó hasta que oyó su voz autorizándole a entrar; entonces hizo girar el pomo y pasó.

La habitación era menos femenina de lo que había esperado. Era de color azul Wedgwood claro y estaba sobriamente amueblada, si se la comparaba con la agobiante abundancia de muebles que había en toda la casa. Sobre una mesa junto a la ventana había un jarrón de plata con un ramo de rosas en todo su esplendor y la cama tenía un dosel de muselina blanca, igual que la de las cortinas. En la pared frontera, donde la luz del sol llegaba a penas, colgaba un bello retrato de un hombre vestido con el uniforme de oficial de caballería. Era delgado y se mantenía muy erguido, con sus rubios cabellos sobre su amplia frente, ojos claros e inteligentes y una boca de labios inquietos y burlones. Hester pensó fugazmente que aquellos labios revelaban una cierta debilidad.

Fabia estaba sentada en la cama, llevaba una toquilla de satén azul sobre los hombros y el cabello cepillado y recogido a medias le caía, descolorido, sobre el pecho. Le pareció más delgada y mucho más vieja de lo que Hester creyó que la encontraría. Supo que no le resultaría difícil disculparse con ella viendo la soledad acumulada durante muchos años en aquel rostro lívido, la conciencia de una pérdida que sería imposible reparar.

– ¿Sí? -dijo Fabia con manifiesta frialdad.

– He venido a disculparme, lady Fabia -replicó Hester en voz baja-. Ayer estuve muy grosera con el general Wadham, para lo cual no hay excusas considerando que no soy más que una invitada. Lo siento de veras.

Las cejas de Fabia se levantaron por la sorpresa y sonrió apenas.

– Acepto sus disculpas y me sorprende que haya tenido la gentileza de venir a presentármelas. No me lo esperaba de usted. No suelo equivocarme con las jóvenes. -La sonrisa que dibujaron sus labios le levantó las comisuras por espacio de una fracción de segundo, infundiendo nueva vida a la expresión de su rostro y trayendo reminiscencias de la muchacha que fuera un día-. Fue para mí muy triste ver al general Wadham tan… tan abatido, aunque algo de bueno tuvo el incidente. La verdad es que es un viejo necio muy pagado de sí, y a veces me hastía con sus aires de superioridad.

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