Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Beso De Glasgow
El Beso De Glasgow - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Beso De Glasgow

Электронная книга - «El Beso De Glasgow». Краткое содержание книги:

Lennox, un detective que podría ser el hijo del mismísimo de Philip Marlowe, -cínico por fuera pero con un corazón de oro- vuelve a las calles de Glasgow para resolver un caso que no pinta nada bien para él.
Cuando el corredor de apuestas ilegales y criador galgos Calderilla MacFarlane aparece con la cabeza machacada en su estudio, más de uno empieza a levantar un dedo acusador. Sin embargo, Lennox tiene una coartada sólida como el oro: ha pasado la noche con la hija de MacFarlane. Esto, lejos de ayudar, inevitablemente provoca que Lennox se vea envuelto en la búsqueda del asesino de MacFarlane y que descubra los otros muchos negocios turbios que el corredor de apuestas tenía. Algunos de ellos con Willie Sneddon, uno de los Tres Reyes del lumpen criminal de Glasgow. Y con éste más vale no meterse si uno no quiere acabar tiñendo la alfombra de casa con un brillante tono 0 negativo…
«Lennox es una novela negra que transciende el género. Craig Russell utiliza a este personaje duro, divertido y esperanzado para proporcionarnos los ojos y los oídos que nos transportarán a otro lugar y época. ¡Esto es lo que yo llamo una novela!» Michael Connelly
1 ... 48 49 50 51 52 53 54 55 56 ... 78
Перейти на страницу:

– Davey, ¿estás bien, hijo?

Davey volvió la cabeza. Distendió los labios dolorosamente y comprendí que intentaba sonreír. Aquel simple gesto desató en mi interior una oleada de rabia.

– ¿Quién te ha hecho esto, Davey?

– Lo siento, señor Lennox. Le he fallado.

La voz le salía apenas entre los dientes apretados. Tenía la mandíbula destrozada y se la habían inmovilizado.

– No le has fallado a nadie. ¿Quién te lo ha hecho?

– No los vi. Llegaron por detrás y me golpearon. Luego, cuando caí al suelo, me dieron de patadas y me desmayé. Es lo único que recuerdo, señor Lennox.

– Bueno, Davey, tranquilo. Tómatelo con calma. ¿Tienes algo más roto?

– Solo la mandíbula… y algunas costillas fracturadas. El médico dice que debo de tener el cráneo de acero. Que no cree que vaya a quedarme ninguna lesión permanente.

– Eso está bien, Davey. Saldrás de aquí por tu propio pie en un periquete. Te debo una bonificación.

– No hace falta, señor Lennox. Solo dígame que me dejará trabajar otra vez para usted.

– Claro, Davey. Desde luego.

– El señor Kirkcaldy ha venido a verme.

– ¿Bobby Kirkcaldy?

– Sí… fue él quien me encontró. Llamó a la ambulancia y todo.

– Ya. ¿Vio a los que te atacaron?

– No. Él pasó más tarde.

– Ya veo.

– He perdido mi libreta -murmuró fatigosamente entre dientes.

– ¿Qué libreta?

– La que usted me dio, señor Lennox. La libreta donde lo anotaba todo.

– No te preocupes por eso, Davey. Seguramente estará en el coche o tirada por el suelo. No tiene importancia.

– Lo siento.

Su voz parecía distante ahora. Dio un ligero gemido.

– Descansa, Davey. Volveré mañana.

– ¿Lo promete? -dijo. Sonaba como un niño. Entonces recordé que no tenía a nadie. Ni padres, ni hermanos o hermanas conocidos. Un huérfano abandonado a su propia suerte. Solo de pensarlo volvía a crecerme la furia en las entrañas. Una furia dirigida en igual medida contra quien le hubiera hecho aquello y contra mí mismo por haber expuesto al chico de aquel modo.

– Te lo prometo, Davey. Nos vemos mañana.

Lo dejamos para que durmiera y, una vez fuera, en el pasillo, traté de mantener con Sneddon una conversación coherente, o tan coherente como me lo permitía mi estado de ánimo. Le dije que pusiera la casa de Kirkcaldy bajo vigilancia las veinticuatro horas. Le pedí que sus hombres miraran a ver si encontraban la libreta de Davey, más que nada para tranquilizar al chico, no por otra cosa. Puesto que Singer había sido capaz de seguirme por los campos de Renfrewshire sin que yo lo notara, le propuse que ahora lo pusiera a vigilar a Kirkcaldy. Yo quería saber quién le había dado a Davey aquella paliza y Sneddon estaba más ansioso que nunca por averiguar qué había detrás de todo el asunto. No le importaba que hiriesen o triturasen a alguien: él había invertido mucho en Bobby Kirkcaldy y no quería que le triturasen su dinero.

Recorrimos otra vez aquellos pasillos de azulejos de porcelana sumidos en la penumbra, en busca de la salida. La cabeza me dolía como una hija de puta y el revuelo de mis tripas empezaba a parecerse a un acceso de arcadas. Me detuve en el baño y tuve el tiempo justo para entrar en un cubículo y vomitar. Al terminar, me acerqué tambaleante a la hilera de lavamanos y me eché agua fresca por la cara. Al mirar al espejo vi un fantasma con profundas sombras azuladas bajo los ojos y una piel totalmente lívida. No era de extrañar que las damas me encontraran tan condenadamente atractivo. La cruda iluminación hospitalaria resaltaba los ángulos de mi rostro: los pómulos altos y aguzados, los arcos de las cejas. Las cicatrices casi desvanecidas de mi mejilla, recuerdos del tropiezo con un alemán provisto de una granada, resultaban allí más visibles. Me alisé el pelo negro con las manos. Un cirujano plástico había tenido que arreglarme un poco después de aquella aventura con la munición alemana, lo cual me había dejado una piel más bien tirante que me acentuaba los rasgos. Una cosa que me decía mucho la gente, sobre todo las mujeres, era que me parecía un poco al actor Jack Palance. A ellas, por lo visto, les gustaba mi cara. Me habían llegado a decir que tenía un rostro atractivo, pero con un toque de crueldad. Por eso les gustaba a ellas; por eso lo odiaba yo.

– ¿Vienes de una puta vez? -me dijo Sneddon, asomándose a la puerta.

– Claro. -Me sequé la cara con una toalla de papel-. Voy. Tengo mucho que hacer.

Eché un último vistazo a la cara del espejo; me dio la impresión de que parecía un poquito más cruel.

Singer me llevó hasta mi casa en el Atlantic. A medio camino tuve que pedirle que parara un momento junto al bordillo para volver a vomitar. Me sentía mareado e indispuesto, y tenía esa sensación de irrealidad que acompaña siempre a una conmoción. No era la primera vez que me atizaban en la cabeza y no sería seguramente la última, a pesar de la advertencia de un médico que me dijo en su momento que ya había recibido en el cráneo todo el castigo que podía recibir.

Eran casi las once y media cuando Singer se detuvo delante de mi piso. Me ayudó a caminar hasta la puerta. Le di las gracias y él asintió. Ahora éramos hermanos del alma. Se alejó y montó en el Rover verde con el que Deditos nos había seguido. Yo no subí de inmediato. Reinaba un completo silencio en el piso de los White, así que procuré hacer el menor ruido posible mientras marcaba el número de Lorna. Lo dejé sonar un buen rato. Seguían sin responder.

Subí a mis habitaciones y me serví un whisky. Gran error: al primer trago me entraron arcadas. Me estaba haciendo viejo para aquellos trotes. Debería hacer que me examinaran la cabeza a la mañana siguiente, pensé; una coyuntura no tan insólita, aunque esta vez no fuese metafóricamente.

Durante mi juventud, en New Brunswick, había mostrado cierta destreza con un lápiz o un pincel, y había considerado seriamente la posibilidad de estudiar Bellas Artes en la Universidad de Halifax. Luego vino la guerra, desbaratándolo todo. Pero lo cierto era que todavía conservaba aquella destreza, y ahora, antes que nada, saqué un lápiz y una hoja de papel del cajón del aparador y me senté a dibujar lo que recordaba de la figura de jade que había visto en la casita de campo. Al terminar, la cabeza me dolía aún más, pero me sentí satisfecho con mi dibujo. No sería exacto quizá, pero lo que me fallaba si acaso era la memoria, más que mis habilidades.

Bebí un poco de agua del grifo, me refresqué otra vez la cara y me apliqué una toalla mojada contra el bulto de detrás de la oreja. Tenía que recuperarme. Me afeité y me cambié; mi traje mostraba señales de la excursión campestre y necesitaba notar la ropa limpia y fresca. Bebí un poco más de agua, esta vez acompañada de una dosis de aspirina bastante más alta de lo recomendado. Una úlcera de estómago era en aquel momento la última de mis preocupaciones.

Salí a la calle justo antes de medianoche, subí trabajosamente al Atlantic y me dirigí a Pollokshields.

Cuando llegué a casa de Lorna, sonaba la melodía de Benny Goodman Stompin’ at the Savoy. Sonaba con tal fuerza que se oía ya desde el sendero donde dejé el coche. La puerta principal estaba abierta y entré sin más. No había ni rastro de Maggie ni de Jack Collins ni de ningún otro miembro adicional de la dinastía MacFarlane.

A Lorna la encontré bailando sola en el salón, con el disco de Benny Goodman a todo volumen. Aunque en el caso de Lorna no se trataba de «seguir el ritmo en el Savoy» sino más bien de «dar tumbos en el Savoy», así que la tomé por la cintura y la arrastré al sofá. Descubrí entonces que tenía abrazado contra el pecho a un compañero de baile oculto. Le quité el vaso lleno de whisky de malta y la ayudé a sentarse en el sofá.

1 ... 48 49 50 51 52 53 54 55 56 ... 78
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)