Espía de Dios
- Автор: Gomez-Jurado Juan
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Espía de Dios». Краткое содержание книги:
—¿Sabe el nombre de la encargada?
—No, no lo se. Tenía una tarjeta con el escudo del Vaticano y una banda azul en la parte superior. Ahí ponía Prensa.
Fowler se alejó unos metros por el pasillo junto con Paola y volvió a susurrarle al oído, de aquella manera tan particular que a ella le encantaba. Procuró concentrarse en sus palabras, y no en las sensaciones que le producía su proximidad. No fue fácil.
— Dottora, esa tarjeta que describe éste hombre no es de personal del Vaticano. Es una acreditación de Prensa. Los discos no llegaron nunca a sus destinatarios. ¿Sabe por qué?
Paola intentó pensar como un periodista durante un segundo. Imaginarse que recibía un sobre mientras estaba en una sala de Prensa, rodeado de todos los medios rivales.
—No llegaron a sus destinatarios, porque si los hubieran recibido su contenido estaría en todas las televisiones del mundo ahora mismo. Si todos los sobres hubieran llegado a la vez, no se habrían marchado a casa a comprobar la información. Probablemente habrían acorralado al portavoz del Vaticano allí mismo.
—Exacto. Karoski ha intentado emitir su propia nota de Prensa, pero le ha salido el tiro por la culata, gracias a las prisas de éste buen hombre y a la más que presumible falta de honradez de la persona que recogió los sobres. O mucho me equivoco, o abrió uno de los sobres y se los llevó todos. ¿Para qué compartir esa buena suerte que le había caído del cielo?
—Ahora mismo, en algún lugar de Roma, esa mujer está redactando la noticia del siglo.
—Y es muy importante que sepamos quién es ella. Lo antes posible.
Paola comprendió lo que significaba la urgencia en las palabras del sacerdote. Ambos volvieron junto a Bastina.
—Por favor, señor Bastina, descríbanos usted a la persona que recogió el sobre.
—Bueno, era muy guapa. Pelo castaño claro que le llegaba a los hombros, unos veinticinco años o así... ojos azules, chaqueta de color claro y pantalones beige.
—Vaya, si que tiene usted buena memoria.
—¿Para las niñas bonitas? —sonrió entre picarón y ofendido, como si cuestionaran su valía—. Soy de Marsella, ispettora. En fin, menos mal que mi mujer está en la cama, porque si me oyera hablar así... Le queda menos de un mes para que nazca el niño y el médico le ha mandado reposo absoluto.
—¿Recuerda algo más que pudiera servir para identificar a la chica?
—Bueno, era española, eso seguro. El marido de mi hermana es español, y suena igualito intentando imitar el acento italiano. Usted ya se hace una idea.
Paola se hacía una idea, de eso y de que era hora de marcharse.
—Lamentamos haberle molestado.
—No se preocupen. Lo único que me gustaría es no tener que responder las mismas preguntas dos veces.
Paola se dio la vuelta, súbitamente alarmada. Elevó la voz hasta convertirla casi en un grito.
—¿Ya le han preguntado esto antes? ¿Quién? ¿Cómo era?
El niño volvió a llorar. El padre le mecía e intentaba tranquilizarle, sin demasiado éxito.
—¡Váyanse ustedes de una vez, mire cómo han hecho llorar a mi ragazzo!
—Respóndanos y nos iremos —dijo Fowler, intentando calmar la situación.
—Era un compañero suyo. Me mostró la placa del Corpo de Vigilanza. Al menos eso ponía en la identificación. Era un hombre bajo, ancho de hombros. Con una cazadora de cuero. Se fue hace una hora de aquí. Ahora lárguense y no vuelvan.
Paola y Fowler se miraron, con los rostros crispados. Ambos salieron corriendo hacia el ascensor. Mantuvieron un preocupado diálogo mientras alcanzaban la calle.
—¿Piensa usted lo mismo que yo, dottora?
—Exactamente lo mismo. Dante desapareció sobre las ocho de la tarde, dando una excusa.
—Después de recibir una llamada.
—Porque en la Vigilanza habrían abierto ya el paquete. Y se habrían asombrado de su contenido. ¿Cómo no hemos relacionado antes los dos hechos? Joder, en el Vaticano se anotan las matrículas de los vehículos que entran. Es una medida básica. Y si Tevere Express trabaja habitualmente con ellos, era evidente que tendrían más que localizado a todos sus empleados, incluyendo a Bastina.
—Siguieron la pista a los paquetes.
—Si los periodistas hubieran abierto los sobres todos a la vez, en la sala de Prensa, alguno habría usado su portátil. Y la noticia hubiera explotado. No habría forma humana de pararla. Diez famosos periodistas...
—Pero de éste modo sólo hay un periodista que lo sepa.
—Exacto.
—Uno es un número muy manejable.
A la mente de Paola vinieron muchas historias. De esas que los policías y otros agentes de la ley de Roma susurran sólo al oído de sus compañeros, por lo general frente a la tercera copa. Leyendas negras sobre desapariciones y accidentes.
—¿Cree que es posible que ellos...?
—No lo se. Es posible. Dependerá de la flexibilidad de la periodista.
—¿Padre, me va a venir usted también con eufemismos? Lo que está usted diciendo, y bien claro, es que podrían extorsionarla para que entregue el disco.
Fowler no dijo nada. Era uno de sus silencios elocuentes.
—Pues por el bien de ella misma, será mejor que la encontremos cuanto antes. Suba al coche, padre. Tenemos que ir a la UACV lo antes posible. Empezar a buscar en los hoteles, en las compañías aéreas...
—No, dottora. Tenemos que ir a otro sitio —y le dio una dirección.
—Eso está en la otra punta de la ciudad. ¿Qué hay ahí?
—Un amigo. Podrá ayudarnos.
En cierto lugar de Roma
02:48 horas
Paola condujo hasta la dirección que le había dado Fowler sin tenerlas todas consigo. Era un bloque de apartamentos. Tuvieron que esperar en el portal con el dedo pegado al portero automático durante un buen rato. Mientras esperaban, Paola le preguntó a Fowler
—Ese amigo... ¿cómo lo conoció?
—Podríamos decir que él fue mi última misión antes de dejar mi antiguo empleo. Entonces él tenía catorce años y era bastante rebelde. Desde entonces he sido... ¿cómo decirlo? Una especie de consejero espiritual para él. Nunca hemos perdido el contacto.
—Y ahora ¿pertenece a su empresa, padre Fowler?
— Dottora, si usted no me hace preguntas comprometidas yo no tendré que darle mentiras plausibles.
Cinco minutos después, el amigo del sacerdote se decidió a abrirles. Resultó ser otro sacerdote. Muy joven. Les hizo pasar a un pequeño estudio, amueblado con muebles baratos, pero muy limpio. Había dos ventanas, ambas con las persianas bajadas por completo. En un extremo de la estancia había una mesa de unos dos metros de ancho, cubierta por cinco monitores de ordenador, de los de pantalla plana. Bajo la mesa bullían un centenar de luces, como un descontrolado bosque de árboles de Navidad. En el otro extremo había una cama deshecha, de la que era evidente que su ocupante había saltado hacía breves instantes.
—Albert, te presento a la dottora Paola Dicanti. Colaboro con ella.
—Padre Albert.
—Ah, por favor, sólo Albert —el joven cura sonrió de forma agradable, aunque su sonrisa era casi un bostezo—. Lamento el desorden. Demonios, Anthony, ¿qué te trae por aquí a estas horas? No tengo ganas de jugar al ajedrez ahora. Y de paso, podrías avisar de que habías venido a Roma. Supe que volvías a la acción la semana pasada. Me hubiera gustado enterarme por ti.
—Albert se ordenó sacerdote el año pasado. Es un joven impulsivo, pero también un genio de los ordenadores. Y ahora nos va a hacer un favor, dottora.