El Legado De Frost
- Автор: Гамильтон Лорел К.
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Legado De Frost». Краткое содержание книги:
Para ser coronada reina, y así continuar con la línea de sangre real, primero debo dar a luz a mi heredero. Si fallo, mi tía, la Reina Andais, será libre de cumplir el mayor de sus deseos: nombrar a su malévolo hijo, Cel, como monarca… y matarme.
Mis guardaespaldas reales me rodean, y mis amados Oscuridad y Asesino Frost están siempre a mi lado, jurando protegerme y amarme. Pero de todos modos la amenaza se cierne sobre nosotros, puesto que a pesar de todos nuestros esfuerzos no me quedo embarazada. Y mientras, las maquinaciones de mi siniestra y sádica Reina y sus cómplices parecen inagotables. Así que mis guardaespaldas y yo hemos regresado a Los Ángeles, con la esperanza de superar o al menos minimizar las crecientes intrigas de la Corte. Pero incluso el exilio no es suficiente para escapar de las garras de sus más oscuros designios.
Ahora el Rey Taranis, el poderoso soberano de la Corte de la Luz, ha acusado a mis guardaespaldas reales de un delito atroz y ha llegado al extremo de interponer una acción judicial ante las autoridades humanas para que impartan castigo. Si tiene éxito, mis hombres afrontarán la extradición al mundo feérico y las penas más horribles que les puedan esperar allí. Pero sé que los cargos de Taranis son infundados, y presiento que su objetivo tras todas estas atrocidades soy yo. Él ya trató de matarme cuando yo era una niña. Ahora temo que sus intenciones sean mucho más aterradoras.
También había otros cambios. Su gorro sangraba vertiendo espesos arroyuelos de sangre de forma que toda la parte superior de su cuerpo estaba empapado. La sangre chorreaba por su ropa, y había goteado desde las puntas de sus gruesos dedos mientras él estaba de pie, dejando un delicado dibujo de sangre sobre el suelo de mármol.
– Jonty, es bueno verte otra vez. -Lo quise decir. Él nos había salvado. Había obligado a los gemelos a unirse a nuestra lucha. Los Gorras Rojas le habían seguido a él, no a Ash y a Holly.
– Y a ti, Princesa Meredith -dijo él con esa voz, tan grave que sonaba como el retumbar de una avalancha de piedras.
– ¿Deberíamos haber saludado a Asesino Frost y a Rhys? -Preguntó Ash-. No estoy completamente seguro de las reglas del protocolo sidhe.
– Puedes saludarlos o no. Yo saludo a Jonty porque él estuvo en pie a mi lado en la batalla. Saludo a Jonty y sus Gorras Rojas porque ellos me ayudaron a mí y a los míos. Saludo a los Gorras Rojas como aliados verdaderos.
– Los trasgos son tus aliados -dijo Ash.
– Los trasgos son mis aliados porque Kurag no puede evadirse de nuestro trato. Tú habrías dejado a mis hombres morir esa noche en la oscuridad.
– ¿Vas a echarte atrás en tu trato para acostarte con nosotros, Princesa? -preguntó Ash.
– No, pero ver a Jonty y sus hombres me lo han hecho recordar, eso es todo. -Realmente, yo estaba enojada. Ash y Holly habían hecho lo que todos los trasgos, y la mayor parte de los sidhe. Ésa no era su lucha, y ellos no habían querido morir defendiendo a unos guerreros sidhe que no habrían dado nada por ellos. Yo no debería culparlos, pero lo hacía de todas formas.
Jonty me había recogido en sus enormes brazos y había atravesado la noche invernal hacia la lucha. Donde él iba, los otros Gorras Rojas le seguían. Y donde los Gorras Rojas fueron, los otros trasgos tuvieron que ir. Evitar la lucha los habría marcado como más débiles y más cobardes que los Gorras Rojas. Yo sabía que había un punto de orgullo, pero Kitto había explicado que era más que eso. Habría dejado las puertas abiertas a que los trasgos fueran desafiados en combate personal por los Gorras Rojas que luchaban a mi lado. Ningún trasgo habría enfrentado con gusto tal desafío.
Yo sabía lo que les debía a Jonty y a sus hombres, pero no por qué lo habían hecho. ¿Por qué lo habían arriesgado todo por mí? Si yo pudiera discurrir una forma de preguntarlo sin insultar a Ash y Holly, o incluso a Kurag, su rey, yo lo habría preguntado. Pero la cultura de los trasgos era un laberinto para el cual yo no tenía aún un mapa. No me dejaba ningún margen para preguntar por qué a un guerrero. ¿Por qué fuiste valiente? Porque yo era un trasgo. ¿Por qué me ayudaste? Porque ningún trasgo se da la vuelta ante una buena lucha. No era del todo cierto, pero era un saber popular, y decir otra cosa nos llevaría a preguntar sobre la falta de entusiasmo de Ash y Holly.
Frost tocó mi hombro, sólo un roce ligero. Si Doyle hubiera estado allí, me habría avisado antes. A Frost no le gustaba el motivo por el que los trasgos estaban aquí esta noche. No le gustaba que yo estuviese con ellos, pero sabía que los necesitábamos como aliados.
Rhys habló suavemente…
– Merry…
Alcé la vista hacia él, asustada.
– ¿Me he perdido algo?
– Sí. -dijo haciendo señas con su mirada hacia los gemelos.
Me giré hacia ellos.
– Lo siento tanto, pero han sucedido tantas cosas hoy, que me doy cuenta que la preocupación anula mi sentido del deber.
– Entonces la Oscuridad todavía está demasiado herida para estar a tu lado -dijo Ash.
– Él no estará aquí esta noche. Te lo dije antes.
– ¿Quieren Rhys y Asesino Frost ser tus guardias esta noche? -preguntó Holly.
– No.
Rhys no podría hacerlo. Y a Frost yo no se lo habría ordenado. No podría esconder sus sentimientos lo bastante bien. Temí que insultara a Holly con una mirada o un sonido esta noche. Para un trasgo encontrarse en pleno apogeo sexual podía parecerse mucho a estar en medio de la lujuria de sangre en la batalla. No quise provocar que Frost comenzara una lucha por casualidad.
– Amatheon y Adair me protegerán. -A la mención de sus nombres, se adelantaron un paso, abandonando la fila de guardias detrás de mí. Amatheon tenía el pelo de color cobre, y Adair estaba coronado con un color oro oscuro que antes había sido de una tonalidad más tirando a marrón, antes de que hubiéramos tenido sexo dentro del sithen, y él hubiera recobrado algo de su poder. Amatheon había sido un Dios de la agricultura. Adair había sido la arboleda de roble, y al mismo tiempo también una deidad solar. Yo no estaba seguro si él fue deidad solar en primer lugar y luego degradado a roble, o si él hubiera sido ambos simultáneamente. Se consideraba una grosería el preguntar a una deidad caída cuáles habían sido una vez sus viejos poderes. Parecía como frotar en sus narices el estatus perdido.
– ¿Es verdad que follártelos fue lo que convirtió el jardín del dolor de Andais en el prado que es ahora? -preguntó Holly.
– Sí -le contesté.
Rhys dijo…
– Lamento que Doyle no esté aquí, realmente lo hago. Odio a los trasgos, todos lo saben, así que no confío en mantener mi buen juicio en esto.
– Rhys -dije-, sabes que…
– ¿Nadie va a preguntar por qué han traído a cada Gorra Roja que los trasgos tienen bajo sus órdenes?
– Yo tampoco -dijo Frost- deseo que Merry lo haga. Esto empaña también mi juicio.
– Bien, realmente a mí no me importa a quién se tire, mientras finalmente folle conmigo, así que lo diré yo… ¿Por qué, en nombre del Consorte, tenéis a tantos Gorras Rojas con vosotros? -dijo Onilwyn apartándose del resto de mis guardias.
Onilwyn era el sidhe más tosco que yo había visto jamás. Había algo macizo en su estructura muscular. Era bastante alto y se movía bien, pero simplemente parecía no estar tan bien hecho como el resto. Nunca estuve segura del por qué, y otra vez, no podía preguntar. No era su brusquedad lo que hacía que no quisiera acostarme con él. Era tan hermoso con su largo pelo verde y ojos encantadores como la mayoría de los sidhe. Pero hermoso, o no, para mí, Onilwyn era feo.
Yo había logrado no acostarme todavía con él porque realmente no me gustaba. Él había sido uno de los amigos de Cel que más me habían atormentado cuando era niña. Realmente no deseaba ser atada a él por un niño y un matrimonio, así que yo lo había rechazado en mi cama. Le había dado permiso para masturbarse, que era más de lo que la reina le había permitido. Podía entretenerse todo lo que quisiera. Sólo que no lo quería entreteniéndose conmigo.
Si no me quedaba pronto embarazada, él había prometido quejarse a la reina. Yo tenía hasta final de este mes, momento en el que empezaría a sangrar, perdiendo las posibilidades de concebir un bebé hasta el mes siguiente. La reina me forzaría a ir a su cama. Primero, por la posibilidad de que pudiera quedarme embarazada. Segundo, porque ella sabía que no quería hacerlo.
Pero a veces es la persona desagradable la que dice lo que debe ser dicho. Yo no me había preocupado de cuántos Gorras Rojas había en la habitación hasta que Onilwyn habló. Esto estaba mal. Yo debería haberme preocupado. Había bastantes como para que perdiéramos si comenzaba una batalla. ¿Por qué no me había preocupado de esto?
Mi mano izquierda palpitó con fuerza y esto provocó un sonido de mí. A mi mano de sangre le gustaban los Gorras Rojas. A mi poder le gustaban los Gorras Rojas. ¿No estaba bien, o sí?
Ash y Holly cambiaron una mirada.
– La verdad -dije-. ¿Por qué habéis traído a cada Gorra Roja del que los trasgos pueden alardear?
– Ellos insistieron -dijo Ash.
– Los Gorras Rojas no insisten -dijo Onilwyn-. Obedecen.