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El club De la buena Estrella

Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se re?nen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
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Pero ella se irritó más todavía y me dijo:

– Quédate quieta, An-mei, y no te excites tanto. Sólo vamos a casa.

Y cuando por fin llegamos a casa, ambas estábamos exhaustas.

Sabía desde el principio que nuestro nuevo hogar no sería una morada ordinaria. Mi madre me había dicho que viviríamos en casa de Wu Tsing, un comerciante rico, que tenía una fábrica de alfombras y habitaba una mansión localizada en la Concesión Británica de Tientsin, la mejor zona de la ciudad donde podían vivir los chinos. No estábamos lejos de Paima Di, o calle de las Carreras de Caballos, donde sólo podían vivir los occidentales, y tampoco estaban lejos las tiendecitas que vendían una sola cosa: sólo té, o sólo tela, o jabón únicamente.

Mi madre me dijo que la casa era de construcción extranjera. A Wu Tsing le gustaban las cosas extranjeras, porque los extranjeros le habían enriquecido, y llegué a la conclusión de que por ese motivo mi madre tenía que llevar ropa de estilo occidental, a la manera de los nuevos ricos chinos que gustaban de exhibir su riqueza.

Aunque ya supiera todo esto antes de llegar, lo que vi no dejó de asombrarme.

Se accedía a la casa a través de un portal chino de piedra, redondeado en la parte superior, con grandes puertas de laca negra y un umbral que era preciso pisar. El patio, al otro lado del portal, me sorprendió. No tenía sauces ni casias de dulce olor ni pabellones ni bancos al borde de un estanque ni tinas con peces. Había un ancho sendero pavimentado con ladrillo y flanqueado por largas hileras de arbustos, y a los lados de esos arbustos sendas extensiones de césped en las que se alzaban unas fuentes. Avanzamos por el sendero y, al aproximamos a la casa, vi que ésta era de estilo occidental, de argamasa y piedra. Tenía tres plantas, con largos balcones de hierro en cada uno y chimeneas en los ángulos.

En cuanto llegamos, salió de la casa una joven sirvienta que saludó a mi madre con gritos de alegría. Hablaba en voz alta y áspera.

– ¡Oh, Taitai, por fin has llegado! ¿Cómo es posible?

Era Yan Chang, la sirvienta personal de mi madre, y sabía la cantidad apropiada de carantoñas que debía hacerle. La había llamado Taitai, el sencillo título honorable de Esposa, como si mi madre fuera la primera esposa, la única.

Yan Chang llamó a gritos a otras sirvientas para que se hicieran cargo del equipaje, mientras ordenaba a otra que trajera té y preparase un baño caliente. Entonces se apresuró a explicar que Segunda Esposa había dicho a todo el mundo que no llegaríamos por lo menos hasta una semana más tarde.

– ¡Qué vergüenza! ¡Nadie ha ido a recibirte! Segunda Esposa está en Pekín, visitando a unos parientes. Tu hija es muy bonita, muy parecida a ti. Es muy tímida, ¿verdad? Primera Esposa y sus hijas… han ido de peregrinaje a otro templo budista… La semana pasada, un tío del primo, un hombre un poco raro, vino de visita y luego resultó que no era primo ni tío, a saber quién era…

En cuanto entramos en aquella casa enorme, mi mirada se perdió entre tantas cosas que me llamaban la atención: una escalera curva que subía y subía en espiral, un techo con rostros pintados en cada ángulo, pasillos que se ramificaban para dar acceso a distintas habitaciones. A mi derecha había una sala muy grande, como ninguna otra que hubiera visto jamás, con sofás, mesas y sillas de madera de teca. En el otro extremo de esa habitación larguísima había puertas que daban a otras habitaciones, con más muebles y más puertas. A mi izquierda se abría una sala oscura, otro salón, éste con mobiliario extranjero, sofás de cuero verde oscuro, cuadros con escenas de caza, sillones y escritorios de caoba. En aquellas habitaciones veía a distintas personas, y Yan Chang me explicaba:

– Esta joven es la criada de Segunda Esposa. Esa no es nadie, sólo la hija del ayudante del cocinero. Este hombre se ocupa del jardín.

Entonces subimos la escalera y llegamos a otra amplia sala de estar. Nos dirigimos a la izquierda, por un pasillo, cruzamos una habitación y entramos en otra.

– Esta es la habitación de tu madre -me dijo orgullosamente Yan Chang-. Aquí es donde vas a dormir.

Lo primero que vi, lo único que pude ver al principio, fue una cama magnífica, pesada y ligera al mismo tiempo, de madera oscura y reluciente, decorada con tallas de dragones. Cuatro postes sostenían un dosel de seda, y de cada uno colgaban grandes cintas de seda que sujetaban unas cortinas. Las patas de la cama eran cuatro garras de león, como si su peso hubiera aplastado al animal. Yan Chang me enseñó a usar un pequeño taburete para subirme a la cama. Y cuando me dejé caer sobre la colcha sedosa, reí al descubrir un colchón que tenía diez veces el grosor del de mi cama en Ningpo.

Sentada en aquella cama, lo admiré todo como si fuese una princesa. La habitación tenía una puerta de vidrio que daba a un balcón. Ante la ventana había una mesa redonda de la misma madera que la cama. Sus patas también terminaban en garras de león y estaba rodeada por cuatro sillas. Una criada ya había dejado té y dulces sobre la mesa, y ahora estaba encendiendo el houlu, un hornillo de carbón.

En realidad, la casa de mi tío en Ningpo no era pobre.

Muy al contrario, era la vivienda de una familia acomodada. Pero la mansión de Tientsin era asombrosa, y pensé que mi tío se equivocaba, que el matrimonio de mi madre con Wu Tsing no era en absoluto vergonzoso.

Mientras pensaba tales cosas, me sobresaltó un súbito estrépito metálico seguido de música. En la pared, enfrente de la cama, había un gran reloj de madera, con tallas que representaban un bosque y varios osos. La puerta del reloj se había abierto y por allí salía una diminuta habitación llena de gente. Sentado a una mesa había un hombre de barba con un gorro puntiagudo, que inclinaba la cabeza una y otra vez para tomar sopa, pero la barba penetraba primero en el cuenco y se lo impedía. Una muchacha con un pañuelo blanco y un vestido azul estaba de pie al lado de la mesa, y se inclinaba una y otra vez para servir más sopa al hombre. J unto a estos dos personajes había otra chica con falda y chaqueta corta, que movía el brazo adelante y atrás, tocando el violín. Siempre tocaba la misma canción siniestra, y aún puedo oída en mi cabeza al cabo de tantos años: ¡ni-ah! ¡nah! ¡nah! ¡nah! ¡na-ni-nah!

Era un reloj magnífico, pero después de oír la música aquella primera vez, una hora después y así sucesivamente, se convirtió en una molestia excesiva. Pasé muchas noches sin poder dormir, y más adelante descubrí que tenía la capacidad de hacer oídos sordos a las cosas insensatas que intentaban llamarme la atención.

Las primeras noches en aquella casa tan entretenida, durmiendo en la cama grande y blanda con mi madre, me sentí muy feliz. Yacía en aquella cama cómoda, pensando en la casa de mi tío en Ningpo, y entonces comprendía lo desdichada que había sido y me sentía apesadumbrada por la suerte de mi hermanito. Pero la mayor parte de mis pensamientos se centraban en todas las cosas nuevas que podía ver y hacer en la casa.

Veía los grifos de agua caliente no sólo en la cocina, sino también en lavabos y bañeras en los tres pisos de la casa. Veía orinales que se limpiaban solos, sin necesidad de que los criados tuvieran que vaciados. Veía habitaciones tan lujosas como la de mi madre. Yan Chang me explicó cuáles pertenecían a Primera Esposa y las otras concubinas, a las que llamaban Segunda Esposa y Tercera Esposa. Y algunas habitaciones no pertenecían a nadie. «Son para los invitados», me dijo Yan Chang.

En el tercer piso estaban las habitaciones de los criados varones, una de las cuales incluso tenía una puerta de acceso a un gabinete que en realidad era un escondite, por si atacaban los piratas.

Me resulta difícil recordar todo lo que contenía la casa, pues demasiadas cosas buenas juntas no tardan en confundirse y parecer lo mismo al cabo de cierto tiempo. Cuando Yan Chang me traía los mismos dulces que el día anterior, le decía: «Estos ya los he probado».

Mi madre parecía recobrar su talante simpático. Volvió a ponerse sus viejas prendas largas, vestidos chinos y faldas, ahora con franjas blancas de luto cosidas en los bordes. Durante el día me enseñaba cosas extrañas y curiosas, y me las nombraba: bidet, cámara Brownie, tenedor para ensalada, servilleta. Por la noche, cuando no había nada que hacer, hablábamos de los criados, de quién era listo, quién diligente y quién leal. Chismorreábamos mientras cocíamos huevos pequeños y boniatos encima del houlu, sólo para disfrutar de su aroma. Y, por la noche, mi madre me contaba relatos, meciéndome en sus brazos para que me durmiera.

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