Quiz? Nos Lleve El Viento Al Infinito
- Автор: Ballester Gonzalo Torrente
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Quiz? Nos Lleve El Viento Al Infinito». Краткое содержание книги:
– El proceso de humanizar este muñeco -dijo el profesor Burmerhelm-, ya no me corresponde a mí. Pero, si les interesa mi opinión, se lo confiaría a un poeta…
– ¿Y por qué?
La respuesta del doctor Burmerhelm figura en unas cintas magnetofónicas verdaderamente inaccesibles, que, a lo mejor, no han existido nunca, pero de las que se habla en secreto, y que, también en secreto, se consideran como una peligrosa defensa de la poesía como instrumento político: peligrosa porque, de publicarse, haría crecer el número de poetas hasta cifras insostenibles por una sociedad normal. Alguien me dijo una vez que sabía dónde estaban, pero otro alguien presente me guiñó el ojo.
Wladimir Siffel no era precisamente un poeta, aunque quizá lo fuese de una manera indirecta y más cabal que si escribiera versos. Cierta acumulación de cualidades intelectuales y de simpatía personal, habían hecho olvidar a mucha gente su condición de judío, salvo los que lo envidiaban, que ésos decían de su talento que no era cosa personal, sino de raza, con lo que Wladimir Siffel quedaba un poco disuelto en el Pueblo de Dios, más como representante de una genialidad colectiva (y poco fiable) que como genio autónomo. Tenía un puesto en la enseñanza, donde gozaba de la mejor reputación como educador, aunque un poco extravagante y sólo moderadamente ortodoxo. Algunos de sus compañeros más cercanos estaban persuadidos de que no creía en nada de lo que sabía, sino sólo en lo que hacía, y eran tan elocuentes y rimbombantes sus elogios del marxismo-leninismo, que se sospechaba su íntimo desprecio por la doctrina oficial, aunque sus palabras no hubiera por donde cogerlas de puro convencionales. Su vida bohemia, su afición a los cigarros habanos, su charlatanería brillante y otras de sus cualidades sociables, le hubieran incapacitado para formar una ciudadana soviética presentable, o al menos exhibible en todo el mundo como arquetipo; pero el que lo eligió definitivamente como educador de Irina, razonó su elección argumentando que el producto de aquel esfuerzo iba a transitar por el mundo burgués, al que tenía que seducir y engañar, no por su eslavismo ni por su ideología, sino por su personalidad al modo occidental interpretada. La educación de Irina duró otro año, y lo mismo puso en danza a lingüistas y matemáticos que a bailarines e historiadores. Una vez, dos o tres participantes en el secreto la vieron en una cena diplomática y les costó trabajo distinguirla de las demás mujeres. La oyeron hablar en inglés y en francés, cantar en alemán, y citar en español a un poeta hispanoamericano. Después, ya no supieron de ella.
Esta breve reseña no me llegó de una vez y ordenada, como acabo de contarla, sino que resumo fragmentos de aquí y de allá averiguados conforme iba cambiando de despacho y de aspecto. Si recordase todas las caras que tuve, todos los temperamentos que rigieron mi conducta, todas las voces con que hablé y todos los ojos que contuvieron mi mirada, sería como meterme en un tiovivo loco cuyos muñecos circundan a velocidad de vértigo. El final de mi camino fue un personaje que no debo nombrar sino en clave: pongamos que se llamaba Alexis. Alexis, por su posición, estaba al cabo de la calle del asunto de Irina y de muchos otros. «De eso, quien lo sabe todo es Alexis», oí decir desde un principio, y, por saberlo todo, Alexis sobrevivió a los cambios y a las purgas, aunque no estoy tan seguro de que sobreviva también a las computadoras, si bien conviene considerar que una máquina, por perfecta que sea, es incapaz de olvidar, en un momento dado, lo que conviene que se olvide. Llegar a Alexis me costó quince días. Darle la mano, una conversación de media hora, llena de mentiras. Su cuerpo es uno de los muchos que abandoné sin intención de rescatarlo, y no por especial inquina que le tuviera, sino porque pensaba en él para salir de Rusia. Instalado en aquella personalidad de jerarca prepotente, supe que Wladimir Siffel había sido internado, poco después del envío de Irina a París, en una clínica psiquiátrica: Irina, finalmente, no había gustado a casi nadie, a causa de su independencia de carácter, de su afición a la poesía y de su escrupulosidad sexual. Destinada, en su concepción, a las mayores hazañas, fue relegada a funciones secundarias sin peligro, y, cuando se descubrió su capacidad para vivir por su cuenta, pues enseñaba idiomas en París, se la dejó un poco al margen. Los responsables se consolaron porque no ignoraban el fracaso final de James Bond; pero la aparición de «Andrómaca», de la que sólo conocían las líneas generales, no dejó de inquietarles. Dejé pasar unos días. Una vez, entre dos o tres amigos muy adictos, se me ocurrió preguntar:
– ¿Sabéis algo de Wladimir Siffel? ¿Qué habrá sido de él?
Nadie lo recordaba.
– Sí, hombre, sí, aquel que se encargó de maleducar a la muñeca espía.
– ¿La que murió en Berlín?
– ¿La que murió? ¿Dices que murió?
– Al menos, desapareció. No volvió a saberse de ella después del affaire de la señora Fletcher.
– ¿Y estáis seguros de que murió? Pues me gustaría llevar la noticia a Siffel.
Y, después de unos instantes, añadí:
– No creo que le parezca mal a nadie…
Siffel estaba a treinta kilómetros de Moscú. Tuve que ir en automóvil, y, en el bolsillo, llevaba unos cigarros puros de procedencia cubana. Me acompañó una pareja de recién casados a quienes gustaba el paisaje. Los dejé a solas con su alegría y con el campo: los recién casados son iguales en todas partes. Mientras, yo visitaba al verdadero autor de Irina.
5
A la vista, el Sanatorio no mostraba ser un lugar de terror, sino más bien de descanso controlado, que quizá sea lo mismo a los efectos últimos; pero, en tal caso, no se distingue notablemente de sus similares occidentales. El aspecto general del edificio y de los jardines mostraba claramente la condición distinguida de los internos: gente selecta por su talento, por su actitud política, o por su misma locura. Los que me tropecé por las veredas hubieran hecho buen papel en una Academia de Ciencias, en un Parlamento, o como personajes de una novela. Por ejemplo, Wladimir Siffel. Tomaba el sol tumbado en una hamaca, en actitud de negligente desdén. Había a su lado, en el suelo, un montón de libros. Dormitaba. El subalterno que me acompañaba lo sacudió suavemente. Al abrir los ojos, me vio y torció el gesto:
– No quiero nada con usted.
Le indiqué al subalterno que se alejara. Yo arrastré un escabel de madera decorada en colores vivos por centenarios caucasianos. Busqué en el bolsillo el anillo de Irina y se lo mostré: pasó de la indiferencia al arrebato súbito. Se disparó su mano y quiso cogerlo. Lo retiré a tiempo. Entonces se dignó mirarme con algún interés.
– ¿Murió?
– En Berlín, en la Puerta de Brandeburgo, de un tiro que le disparó una congénere americana.
Se irguió en el asiento y alzó los brazos al cielo.
– Hay Providencia, y Jahvé Dios se ríe, desde su altura, de la fatuidad de los hombres y de las cosas. Amén.
Apuntó con un dedo enérgico el anillo que aún permanecía en mi mano, visible.
– Me pertenece. Si usted sabe hebreo, podrá leer en su interior los nombres de Ana y Rubén. Fueron mis padres.
Tendió la mano con la palma abierta.
– Todavía no -le dije.
– ¿Quiere algo más?
– Es muy posible que yo no sea el que usted cree. Y, si vengo a verle, no es sólo para decirle que las cenizas de Irina las guarda el obispo ortodoxo de París. Eso, a usted, seguramente no le importa.
– Pero soy el responsable, ¿no?
– Por eso vengo. Hay una historia que quiero conocer: cómo, por qué hizo usted a Irina, y no a otra, del muñeco que le entregaron, sin nombre y con la memoria virgen.
Dejó que la mirada se le perdiese más arriba de los árboles.
– La justicia de Jahvé es implacable, y a los hombres nos sacude el frenesí de los orates. No crea, sin embargo, que estoy aquí por eso, sino porque mi obra les dio miedo: yo podía inventar un muñeco al que todos tuvieran que obedecer. A un tirano vivo se le asesina, se le derroca; pero un muñeco puede ser inmortal. ¿Imagina usted un Stalin electrónico?
– Usted mostró claros síntomas de rebeldía.
– Contra Jahvé, que es más terrible, y así vivo, rebelde, pese a esta miseria en que me ve. Lo de Irina tiene que ver con eso, no como causa, sí como resultado. La historia que me pide es, sin embargo, la historia de un fracaso. Si usted entendiera de arte…
Le interrumpí:
– Imagínese que entiendo.
– ¿Usted? ¿Un capitoste de los más encaramados? ¡Déjeme que ría!
– Ya le advertí que no se fíe de las apariencias. Puedo entender, y entiendo, el fracaso de un poeta y el de cualquier creador. En este caso, mi interés va más lejos que mi curiosidad.
Se levantó súbito.
– ¿Es que también la amaba?
No le respondí. Me quedé mirándolo. Le caía encima el sol, y estaba aquel judío entre hermoso y terrible, con algo de ese brillo de los genios en la mirada.
– ¿Por qué no se sienta? ¿Por qué vamos a hacer una tragedia? Irina ya no existe.
– ¿Cómo supo lo que era?
– Cuando fui a socorrerla. Por la herida salían cables en vez de sangre.
– Ése fue un detalle que se le olvidó al doctor Burmerhelm. Bueno, no se le olvidó: lo tuvo en cuenta, pero no halló la manera de que el muñeco tuviese sangre. A esos tipos les sorprende que se pueda dotar a un autómata de todas las perfecciones espirituales, cuando lo que les falla, al fin y al cabo, es el mecanismo. Son materialistas de la peor especie: lo son porque se creen en la necesidad de serlo. En el fondo, todos creen en Dios, pero le tienen miedo, no a Dios, sino a su propia creencia. Viven como si tuvieran en casa un huésped al que no quieren ver, y le cierran las puertas. Les da vergüenza y lo esconden. Burmerhelm es un alemán ateo, más orgulloso de su mecanismo de lo que estuvo Dios cuando hizo al hombre, todo porque la muñeca que fabricó no puede coger el tifus. No se da cuenta de lo que llegué a hacer sembrándole ideas locas.