Los inconsolables [The Unconsoled - es]
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:
Dejó escapar un hondo suspiro y se quedó en silencio unos instantes, mirando con mirada vacía a través de las ventanillas los edificios que pasaban a nuestra derecha. Y al cabo dijo:
– Supongo que no tengo por qué culparte. No nos hemos visto desde hace tanto tiempo… Pero pensé que no te importaría venir para interesarte por la visita de tus padres. Ya te he dicho la cantidad de ideas que estábamos aportando para agasajarles. Esta mañana estarán todas hablando de mí. Casi ninguna trabaja fuera de casa, tienen maridos con buenos sueldos. Estarán llamándose por teléfono, o yendo a verse, y dirán: «Pobrecita. Vive en un mundo propio. Tendríamos que habernos dado cuenta antes. Me gustaría hacer algo para ayudarla, pero claro, es tan aburrida…» Puedo oírlas perfectamente. Estarán pasándoselo en grande. Inge, además…, una parte de ella estará hecha una furia. «La muy zorra nos ha engañado», estará pensando. Pero estará contenta, se sentirá aliviada. Inge, ¿sabes?, por mucho que le gustara la idea de que yo te conociera, la ha considerado siempre una amenaza. No me cabe la menor duda. Y la forma en que las otras me han tratado en las últimas semanas, desde tu respuesta, le habrá dado que pensar. Ha tenido verdaderos sentimientos ambiguos al respecto; todas ellas, supongo. Pero ahora estarán pasándoselo en grande. Estoy segura.
Mientras escuchaba a Fiona, como es natural, comprendí que debía sentir remordimientos por lo de la noche pasada. Sin embargo, pese a su vivido relato de lo acontecido en su apartamento, pese a sentir una profunda lástima por ella, no lograba registrar más que un muy vago recuerdo de que tal visita hubiera figurado en mi agenda. Además, sus palabras me hicieron tomar conciencia, con algo parecido a una conmoción, de la poca atención que había prestado a la inminente llegada a la ciudad de mis padres. Como Fiona había dicho, ninguno de los dos gozaba de buena salud y no era en absoluto aconsejable dejar que se las arreglaran por sí mismos. Y, mientras contemplaba al pasar el denso tráfico y los cristalinos edificios, me invadió un intenso sentimiento de protección hacia mis ancianos padres. La solución ideal, en efecto, era que una asociación local de mujeres se hiciera cargo de su cuidado y bienestar, y resultaba imperdonable por mi parte el no haber aprovechado la oportunidad de reunirme y hablar con aquellas mujeres. El pánico empezó a invadirme: ¿qué podía hacer con mis padres? No lograba comprender cómo había prestado tan poca atención a aquella dimensión tan importante de mi visita, y durante unos segundos mi mente trabajó a velocidad de vértigo. De pronto vi a mi madre y a mi padre, los dos menudos, de pelo blanco, encorvados por la edad, de pie en el exterior de la estación de tren, rodeados de un equipaje que no podían transportar por sí mismos. Podía verlos mirando la ciudad desconocida que se alzaba a su alrededor, y ver cómo por fin mi padre, dejando que su orgullo prevaleciera sobre su buen juicio, cogía dos, tres maletas mientras mi madre trataba en vano de disuadirle cogiéndole por el brazo y diciéndole: «No, no, tú no puedes llevarlas. Pesan demasiado.» Mi padre, entonces, con semblante resuelto, se sacudía a mi madre de encima y decía: «¿Y quién va a llevarlas si no? ¿Cómo vamos a llegar al hotel? ¿Quién va a ayudarnos en este lugar si no hacemos las cosas nosotros mismos?» Entretanto, los coches y camiones circulaban por la calzada con ruido atronador, y los viajeros pasaban junto a ellos en una y otra dirección. Mi madre, triste y resignada, observaba cómo mi padre avanzaba tambaleante con su pesada carga: dos, cuatro, cinco pasos…, para finalmente, vencido por el esfuerzo, detenerse y dejar las maletas en el suelo, con los hombros encorvados y casi sin resuello. Mi madre, entonces, esperaba unos segundos e iba hasta él y le ponía delicadamente una mano en el brazo, y le decía: «No te preocupes. Encontraremos a alguien que nos ayude.» Mi padre, ya resignado, y acaso satisfecho por haber demostrado al menos su ánimo decidido, miraba en silencio hacia la multitud que bullía ante sus ojos -con la esperanza de que alguien hubiera ido a recibirles, a hacerse cargo de su equipaje, a brindarles una conversación de bienvenida y a llevarles al hotel en un cómodo automóvil.