Los Restos Del Dia
- Автор: Исигуро Кадзуо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los Restos Del Dia». Краткое содержание книги:
En cambio, la historia es poca cosa: el nuevo dueño de la mansión, un norteamericano, le propone a Stevens que se tome unos días para conocer el país. A bordo del automóvil de su “señor”, el empleado viaja por la campiña y se dirige hasta una ciudad lejana, donde espera ver a miss Benton, otrora ama de llaves de la mansión, de quien está secretamente enamorado, algo que no es capaz de confesar ni siquiera en su yo interior: a lo largo de su camino, Stevens recuerda los años de esplendor de la casa, antes de que su amo (un filonazi que trató de cambiar el rumbo de la política exterior de su país durante la segunda guerra) cayera en la desgracia del escarnio público y el colaboracionismo. Pero en sus solitarias disquisiciones, nunca se atreve a aceptar lo innegable: que durante años rehuyó hablarle de amor a miss Benton, sólo que ahora es demasiado tarde; sin embargo, el personaje disfraza lo que es un viaje de amor de un fin práctico: supone (quiere suponer) que su vieja amiga tal vez se reintegre en el servicio.
Pasa algo parecido con los sentimientos de Stevens hacia su jefe: a pesar de que ya no está a su servicio y el patrón ha muerto, el mayordomo se niega a criticarlo con dureza, como hacen los demás; su fidelidad (o su ceguera, no lo sé) se mantiene más allá del tiempo, como si se tratara de una variante británica de Job; nada cambia lo anterior: ni el talante antidemocrático del magnate ni su ocasional antisemitismo; Stevens encuentra una justificación hasta para los actos más reprobables, aunque el humillado sea él mismo. Como estamos ante un hombre para el cual las formas lo son todo (nunca se permite un ex abrupto o la escandalosa certidumbre de que tiene sentimientos), hay un especial acento en la redacción de su lenguaje, que resulta ser inútil más allá de los límites de su oficio: es incapaz de hacer una broma o conversar sin recelo con la gente más humilde, de la misma forma que le resulta imposible hablar de sexualidad humana con un joven hombre a punto de casarse, a quien pretende aleccionar con ejemplos pueriles. El suyo es el lenguaje de los cubiertos de plata y las botellas de oporto, pero en su pobre vida interior todo es contención y prudencia. En cambio miss Benton es apasionada y, cuando no resiste más la frialdad a toda prueba de su jefe, puede llegar a expresarse con una rudeza que sólo el amor perdona.
Me gusta la técnica de esta novela de Ishiguro, su escritura cuidadosa y su dibujo elegante de un ser atormentado, que me parece logrado pero al mismo tiempo repulsivo: es como estar ante la encarnación de las oportunidades perdidas, porque el personaje recibe una oferta preciosa pero la deja pasar para recluirse en una penosa existencia marcada por el sino de una excesiva disciplina; sin embargo, como lo he dicho, se trata de una novela que apenas me ha conmovido.
– Nadie con la suficiente clarividencia seguiría creyendo en las palabras que Hitler pronuncia al otro lado del Rin, Stevens. El señor no tiene ni idea de lo que está haciendo… Vaya, discúlpeme, creo que ahora sí le he molestado.
– En absoluto, señor -dije yo. De hecho, me había levantado al oír que me llamaban al salón-. Parece que los señores me necesitan. Le ruego que me disculpe.
El salón estaba lleno del humo de los cigarrillos. Y con una expresión solemne y sin pronunciar palabra, aquellos distinguidos caballeros siguieron fumando mientras mi señor me pidió que les llevara una botella de oporto de una calidad excelente que había en la bodega.
A aquellas horas de la noche, el ruido de mis pasos al bajar la escalera de servicio tuvo que oírse necesariamente, y fue con seguridad este ruido lo que atrajo la curiosidad de miss Kenton, ya que mientras avanzaba sumido en la oscuridad del pasillo, se abrió la puerta de su habitación y la vi aparecer, iluminada por la luz que venía de dentro.
– Me sorprende verla aún en pie, miss Kenton -le dije acercándome.
– Mister Stevens, me he portado como una imbécil.
– Discúlpeme, miss Kenton, pero ahora mismo no tengo tiempo para hablar.
– Mister Stevens, no debe tomarse a pecho nada de lo que le he dicho antes. Me he portado como una imbécil.
– No me he tomado nada de lo que usted ha dicho a pecho, miss Kenton. De hecho, ya no recuerdo a qué se refiere. Arriba están teniendo lugar hechos de gran importancia y en estos momentos no puedo entretenerme en hablar con usted. Ahora sólo le sugiero que descanse.
Tras pronunciar estas palabras, me marché rápidamente. Sin embargo, cuando me encontraba a unos pocos pasos de la puerta de la cocina, la oscuridad en que volvió a sumirse el pasillo me indicó que miss Kenton había cerrado de nuevo la puerta.
Encontrar en la bodega la botella en cuestión y preparar lo necesario para servirla no me llevó mucho tiempo. Por ello, tan sólo unos minutos después de haberme encontrado a miss Kenton, me vi de nuevo en el pasillo, esta vez cargado con una bandeja. Al llegar a la puerta de miss Kenton, deduje, por la luz que se filtraba a través de los contornos, que aún seguía despierta, y ése fue el momento, y ahora sí estoy seguro, que quedó grabado en mi memoria como un recuerdo imperecedero, el momento en que me detuve en la oscuridad casi absoluta del pasillo, con la bandeja en las manos, y la convicción cada vez más certera de que, a sólo unos metros al otro lado de la puerta, miss Kenton estaba llorando. Que ahora recuerde, no hubo pruebas que realmente confirmaran esta certidumbre, pues la verdad es que no oí ningún sollozo; sin embargo, sí recuerdo que en aquel momento estuve bastante seguro de que, en caso de haber llamado a la puerta y haber entrado, habría encontrado a miss Kenton llorando. No sé hasta cuándo permanecí allí de pie. En aquel momento me pareció mucho tiempo, aunque en realidad supongo que sólo fue cuestión de segundos, ya que, naturalmente, debí apresurarme a subir de nuevo para servir a algunos de los más eminentes caballeros del país y es imposible, por tanto, que me demorase demasiado.
Cuando volví al salón, vi que el ambiente entre los caballeros seguía siendo bastante grave, aunque he de señalar que, al margen de esto, no tuve demasiadas oportunidades de hacerme una idea sobre el desarrollo de la reunión, ya que nada más entrar, mi señor me cogió la bandeja de las manos y me dijo:
– Gracias, Stevens. Yo serviré. Eso es todo.
Tras cruzar de nuevo el vestíbulo, volví a mi puesto habitual debajo del arco y, durante más o menos una hora, en concreto hasta que se marcharon los señores, no ocurrió ningún hecho que me obligara a abandonar mi puesto. Fue una hora que, sin embargo, retuve perfectamente en la memoria y, durante todos estos años, he tenido de ella un recuerdo muy nítido. Al principio, debo reconocer que me sentí bastante abatido. Pero después, mientras transcurrieron los minutos, empecé a notar un fenómeno curioso. Es decir, empezó a invadirme una fuerte sensación de triunfo. No recuerdo si, en aquel momento, pude explicarme esa reacción; hoy, en cambio, analizando aquel instante de nuevo, no me parece tan difícil poder entenderlo. Después de todo, aunque las últimas horas del día habían sido agotadoras, me había esforzado por mantener cada minuto «la dignidad propia de mi condición», de un modo, además, del que incluso mi padre habría estado orgulloso. Frente a mí, al otro lado del vestíbulo, tras aquella puerta en la que tenía clavados mis ojos, en la misma habitación donde acababa de prestar mis servicios, los seres más poderosos de Europa deliberaban sobre el destino de nuestro continente. Nadie habría podido negarme que en aquellos momentos estuve todo lo cerca del eje de los acontecimientos importantes que un mayordomo podría soñar. Por lo tanto, me imagino que en esos instantes, mientras meditaba sobre lo ocurrido aquella noche y sobre lo que aún estaba sucediendo, tuve la sensación de que aquellos acontecimientos venían a resumir el transcurso y los logros de toda una vida, y no creo que exista otra explicación de la sensación de triunfo que me invadió aquella noche.
SEXTO DIA POR LA TARDE
Weymouth
Esta ciudad costera es un lugar al que siempre he deseado venir. Son muchas las personas a las que he oído comentar haber pasado unas vacaciones muy agradables aquí, y el libro de mistress Symons, Las maravillas de Inglaterra, la califica como «una ciudad que puede suscitar el interés del visitante durante varios días». Hace especial referencia a esta escollera por la que he estado paseándome durante la última media hora, y recomienda sobre todo que se visite al atardecer cuando la iluminan numerosas bombillas de colores. Y hace unos instantes, al decirme un empleado municipal que encenderían las luces «dentro de un momento», he decidido sentarme en este banco a presenciar el espectáculo. Desde aquí la vista de la puesta del sol en el mar es muy bonita, a pesar de que sigue habiendo mucha luz, pues ha hecho un día estupendo, por algunos puntos ya empieza a iluminarse la costa. La escollera no ha perdido mientras tanto a ninguno de sus transeúntes; detrás de mi, por consiguiente, no he cesado de oír el ruido de pasos que retumban contra los maderos.
Llegué a esta ciudad ayer por la tarde, y decidí quedarme ana segunda noche para poder así disfrutar de ella otro día. Les aseguro que ha sido todo un placer no tener que conducir, ya que, por muy agradable que me parezca esta actividad, al final puede resultar fastidiosa. En cualquier caso, nada me impide disfrutar de este lugar un día más, y si mañana salgo bien temprano, podré estar en Darlington Hall para la hora del té.
Hace ya dos días que me encontré con miss Kenton en el salón de té del Hotel Rose Garden, en Little Compton. Sí, fue allí donde nos encontramos, ya que miss Kenton, para sorpresa mía, se presentó en el hotel. Después del almuerzo dejaba pasar el tiempo -creo que contemplando la lluvia a través de la ventana, sentado a mi mesa, simplemente cuando un empleado del hotel vino a comunicarme que había una dama en la recepción que deseaba verme. Me levanté y me dirigí al vestíbulo, pero no reconocí a nadie. Y en ese momento el recepcionista me dijo desde detrás del mostrador:
– La dama está en el salón de té, señor.
Al cruzar la puerta que me habían indicado, descubrí una sala atestada de sillones que no hacían juego y con unas cuantas mesas repartidas al azar. Miss Kenton, que era la única persona presente, se puso en pie al verme entrar, sonrió y me tendió su mano.
– ¡Mister Stevens, qué alegría volver a verle!
– Encantado, mistress Benn.
La luz que entraba en la habitación era bastante lúgubre a causa de la lluvia, de modo que acercamos dos sillones a uno de los ventanales y allí estuvimos hablando durante cerca de dos horas, rodeados de una luz gris, mientras fuera la lluvia seguía cayendo persistentemente sobre la plaza.