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Silencio Sepulcral [Grafarþögn - es]

Электронная книга - «Silencio Sepulcral [Grafarþögn - es]». Краткое содержание книги:

El hallazgo de un esqueleto humano enterrado en una colina en las afueras de Reykjavik pone en una situación difícil al detective Erlendur y sus ayudantes: no sólo necesitan recurrir a un equipo de arqueólogos que empleará varios días para recuperarlo en buenas condiciones, sino que además éstos les advierten desde las primeras paladas de que no se trata de un cadáver reciente, y que probablemente puede corresponder a un enterramiento de unos sesenta años atrás. Desde que conocen este dato, y sin saber a ciencia cierta la identidad del enterrado, los investigadores se yen inmersos en la compleja reconstrucción de unos hechos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas aliadas estaban acantonadas en esos montes, entonces alejados de la capital y habitados sólo a medias, y que les sumerge poco a poco en la dramática historia privada de algunas familias de la época, rememorada por los ecos de los pocos habitantes de aquella zona que aún quedan con vida.
Un rompecabezas complicado para un atribulado Erlendur, que tiene que enfrentarse a sus propios fantasmas familiares cuando recibe una fugaz llamada de su problemática hija Eva Lind, a la que hace mucho que no ve y para la que nunca ha sido precisamente un modelo de padre, y que sólo tiene tiempo de pedirle auxilio antes de que se corte la comunicación.
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Estaban sentados en silencio.

– Entonces ya era suficientemente mayor para hacer algo -dijo Mikkelína.

Un coche pasó lentamente a su lado y se detuvo junto al solar. Un hombre salió de él y miró en dirección a los groselleros.

– Ahí está Símon, que viene a recogerme -dijo Mikkelína-. Ya se ha hecho tarde. ¿No te importa que sigamos mañana? Ven a mi casa si quieres.

Abrió la portezuela del coche y llamó al hombre, que se dio la vuelta.

– ¿Sabes quién fue enterrado ahí? -preguntó Erlendur.

– Mañana -dijo Mikkelína-. Hablaremos mañana otra vez. No corre ninguna prisa -dijo luego-. Nada corre prisa.

Símon se había acercado al coche y la ayudó a salir.

– Muchas gracias, mi querido Símon -dijo ella finalmente, enderezándose.

Erlendur se estiró en el asiento para ver mejor al hombre. Luego abrió la puerta de su lado y salió.

– Pero éste no puede ser Símon -le dijo a Mikkelína mirando al hombre sobre el que se apoyaba; no tenía más de treinta y cinco años.

– ¿Cómo? -dijo Mikkelína.

– ¿Símon no era hermano tuyo? -preguntó Erlendur mirando al hombre.

– Sí -dijo Mikkelína, y luego pareció entender la extrañeza de Erlendur-. Éste no es aquel Símon -dijo con una débil sonrisa-. Éste es mi hijo, lo bauticé con su nombre.

Capítulo 24

A la mañana siguiente, Erlendur mantuvo una reunión con Elinborg y Sigurdur Óli en su despacho y les comunicó lo que le había contado Mikkelína, y que pensaba ir a visitarla algo más tarde. Estaba seguro de que le diría quién estaba enterrado en aquel lugar, quién le había colocado allí y por qué. Y el esqueleto lo sacarían por la tarde.

– ¿Por qué no se lo sacaste todo allí mismo? -preguntó Sigurdur Óli, que había despertado como nuevo después de una tranquila velada con Bergthóra. Habían hablado del futuro, también de tener hijos, y se habían puesto de acuerdo en cuál era la mejor manera de organizarlo todo; también del viaje a París y del coche deportivo que pensaban alquilar-. Así podríamos acabar con toda esta mierda -añadió-. Estoy ya harto de los huesos. Harto del sótano de Benjamín. Harto de vosotros dos.

– Te acompañaré a verla -dijo Elinborg-. ¿Crees que será ella la chica inválida que vio Hunter en la casa cuando detuvo a aquel hombre?

– Todo parece indicar que sí. Tenía dos hermanastros que mencionó por sus nombres. Símon y Tómas. Eso encaja con los dos muchachos a quienes vio también. Y había un militar estadounidense que acudió en su auxilio que se llamaba Dave. Se lo comentaré a Hunter, por si conoce su apellido. Me pareció conveniente andar con tacto con esa mujer. Nos dirá lo que necesitamos saber. No hace ninguna falta correr demasiado en este caso.

Miró a Sigurdur Óli.

– ¿Has acabado ya en el sótano de Benjamín?

– Sí, acabé ayer. No encontré nada.

– ¿Está excluido que sea su novia la que fue enterrada allí?

– Sí, o al menos eso creo; se tiró al mar.

– ¿Es posible confirmar la violación? -pensó Elinborg en voz alta.

– Creo que la confirmación está en el fondo del mar -dijo Sigurdur Óli.

– ¿Cómo lo expresó ella? ¿Veraneo en Fljót? -dijo Erlendur.

– El amor está en el campo -dijo Sigurdur Óli con una sonrisa.

– ¡Gilipollas! -exclamó Erlendur.

Hunter recibió a Erlendur y a Elinborg en la puerta de su casa y les indicó que pasaran al salón. La mesa del comedor estaba cubierta de documentos relacionados con el almacén de intendencia; había faxes y fotocopias esparcidos por el suelo, y por toda la sala se veían diarios y cuadernos, todos abiertos. Erlendur tuvo la sensación de estar metido en una investigación de mucha mayor enjundia. Hunter rebuscó en el montón de papeles de la mesa.

– Tengo por aquí en algún sitio una lista con la gente que trabajaba en el campamento, los islandeses -dijo-. Me la facilitó la embajada.

– Hemos encontrado a la gente de la casa en donde entraste -dijo Erlendur-. Creo que se trata de la niña inválida que viste.

– Estupendo -dijo Hunter pensando en otra cosa-. Estupendo. Aquí está.

Le pasó a Erlendur una lista manuscrita con los nombres de los nueve islandeses que trabajaban en el almacén. Erlendur la conocía. Jim se la había leído por teléfono e iba a enviarle una copia. Recordó de pronto que había olvidado preguntarle a Mikkelína el nombre de su padrastro.

– He descubierto quién dio el chivatazo, quien delató a los ladrones. Un compañero mío de la policía militar de Reykjavik vive ahora en Minneapolis. Hemos mantenido el contacto y le llamé por teléfono. Recordaba bien el caso y lo descubrió indagando.

– ¿Y quién era? -preguntó Erlendur.

– Se llamaba Dave, y era de Brooklyn. David Welch. Un soldado raso.

El mismo nombre que había mencionado Mikkelína, pensó Erlendur.

– ¿Sigue con vida? -preguntó.

– Lo ignoramos. Mi amigo está intentando averiguar algo más a través del Ministerio de Defensa. A lo mejor le enviaron al frente.

Elinborg se puso a trabajar con Sigurdur Óli en la lista para saber quiénes eran los que habían trabajado en el almacén y dónde se encontraban ellos y sus descendientes, pero Erlendur le pidió que se reuniera más tarde con él para ir a ver a Mikkelína. Primero pensaba ir al hospital a visitar a Eva Lind.

Entró al pasillo de la UCI y miró a su hija, que yacía inmóvil como hasta entonces, con los ojos cerrados. Con gran alivio comprobó que no se veía a Halldóra por ningún sitio. Miró hacia el pasillo de la UCI donde había entrado por error y donde había tenido aquella extraña conversación con la mujer bajita sobre el muchacho en medio de la tormenta de nieve. Caminó lentamente por el pasillo hasta la última habitación, y al llegar allí comprobó que estaba vacía. La mujer del abrigo de pieles se había ido, y la cama en la que yacía aquel hombre en algún lugar entre la vida y la muerte estaba vacía. La mujer que aseguró ser médium también se había ido, y Erlendur estuvo pensando si todo aquello realmente había sucedido alguna vez o si habría sido un sueño. Se detuvo unos instantes en la puerta, luego se dio media vuelta y entró en la habitación de su hija cerrando la puerta con cuidado. Habría querido cerrarla con cerrojo, pero no tenía. Se sentó al lado de Eva Lind y se quedó en silencio junto a su cama pensando en el niño de la tormenta.

Pasó un buen rato hasta que salió de su ensimismamiento y exhaló un profundo suspiro.

– Tenía ocho años -le dijo a Eva Lind-. Dos años menos que yo.

Pensó en las palabras de la médium: no había sido culpa de nadie. Aquellas palabras tan simples venidas de la nada no le decían mucho. Había pasado toda su vida en aquella tormenta y el tiempo no había hecho sino volverla aún peor.

– Se me escapó de la mano -le dijo a Eva Lind.

Oyó el grito en la tormenta.

– No podíamos vernos -dijo-. Íbamos cogidos de la mano sin dejar espacio entre los dos pero no le podía ver por culpa de la nieve. Y luego se me escapó de la mano.

Calló.

– No te vayas. Tienes que sobrevivir y regresar, y volver a estar sana. Sé que tu vida no es un camino de rosas, y que la estás echando a perder como si no valiera nada. Como si tú no valieras nada. Pero no tienes razón al pensar eso. Y no puedes seguir pensando así.

Erlendur miró a su hija a la pálida luz de la lamparita de la mesilla de noche.

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