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El hombre estocástico [The Stochastic Man - es]

Электронная книга - «El hombre estocástico [The Stochastic Man - es]». Краткое содержание книги:

Lew Nichols se dedica a formular predicciones estocásticas, una mezcla de análisis sumamente perfeccionado y de conjeturas basadas en informaciones sólidas. Estas predicciones son el enfoque más aproximado a la predicción del futuro que el ser humano es capaz de realizar a finales del siglo XX. En manos de Nichols, constituyen un instrumento de asombrosa exactitud, y su notable capacidad le gana un importante puesto en el equipo de Paul Quinn, el ambicioso y carismático alcalde de la prácticamente ingobernable ciudad de Nueva York, cuyas ambiciones se cifran en alcanzar la presidencia de Estados Unidos en 2004.
A pesar de su efectividad, las predicciones estocásticas no tienen nada de paranormal. Nichols adivina el futuro, pero no puede “verlo” realmente. Ese es el extraordinario don que se ofrece a enseñarle el misterioso Martin Carvajal, el de un conocimiento totalmente clarividente del futuro. Obsesionado por ayudar a Quinn a llegar a la Casa Blanca, Nichols no puede desperdiciar la oportunidad, a pesar de sobrecogerse al observar el efecto que causa en Carvajal el conocimiento de todos y cada uno de los actos de su propia vida, incluyendo el de su muerte.
“El hombre estocástico” constituye una exploración a fodo y enormemente satisfactoria de uno de los conceptos básicos de la ciencia ficción. La trama, de gran perfección, muestra a su autor, Robert Silverberg, en una de sus más brillantes facetas.
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En este sombrío periodo no tuve contacto con nadie, salvo con Bob Lombroso. El financiero me telefoneó cinco o seis días después de mi despido para expresarme su condolencia.

—Pero ¿por qué —me preguntó— decidiste contarle a Mardikian la historia verdadera?

—Pensé que no tenía más remedio. Tanto él como Quinn habían dejado de tomarme en serio.

—¿Y creíste que te tomarían más en serio si afirmabas ser capaz de ver el futuro?

—Aposté. Y perdí.

—Para tratarse de un individuo con un sexto sentido tan extraordinario, abordaste la situación de un modo sorprendentemente torpe.

—Lo sé. Lo sé. Supongo que creí que Mardikian tenía una imaginación más flexible. Puede que sobrevalorase también a Quinn.

—Haig no ha llegado a donde está gracias a su imaginación —dijo Lombroso—. En cuanto al alcalde, está apostando muy fuerte y no se siente inclinado a correr riesgos innecesarios.

—Pero yo soy un riesgo necesario, Bob. Puedo ayudarle mucho.

—Si piensas en la posibilidad de que te llame de nuevo, olvídala. Quinn está aterrorizado de ti.

—¿Aterrorizado?

—Bien, puede que la expresión sea algo fuerte. Pero le haces sentirse profundamente incómodo. Medio sospecha que podrías ser realmente capaz de hacer esas cosas que dices. Creo que eso es lo que le asusta de ti.

—¿El haber despedido a un auténtico vidente?

—No, lo que le asusta es el hecho de que puedan existir auténticos videntes. Dijo, y esto es algo absolutamente confidencial, Lew, me perjudicará mucho si se entera de que tú lo sabes, que la idea de que la gente pueda ser realmente capaz de ver el futuro le oprime como una mano alrededor de su garganta. Que le hace sentirse un paranoico, que limita sus opciones, que hace que el horizonte se cierre a su alrededor. Estoy repitiendo frases suyas. Odia la idea del determinismo; cree ser un hombre que ha conformado siempre su propio destino, y siente una especie de terror existencial cuando se enfrenta con alguien que afirma que el futuro es algo fijo, como un libro que podemos abrir y leer a voluntad; pues eso le convertiría en una especie de marioneta que sigue unas pautas fijadas de antemano. Hace falta mucho para empujar a Paul Quinn a la paranoia, pero creo que tú lo has conseguido. Y lo que más le molesta es la idea de que fue él quien te contrató, quien te hizo miembro de su equipo, quien te mantuvo tan cerca de él durante cuatro años sin darse cuenta de la amenaza que representabas para él.

—No he representado nunca una amenaza para él, Bob.

—El piensa de otro modo.

—Está equivocado. En primer lugar, el futuro no ha sido como un libro abierto para mí durante todos los años en que he trabajado con él. Hasta hace muy poco tiempo me he atenido a métodos estocásticos, justo hasta enredarme con Carvajal. Ya lo sabes.

—Sí, pero Quinn no.

—¿Bien y qué? Es absurdo que se sienta amenazado por mí. Mira, mis sentimientos hacia Quinn han sido siempre una mezcla de espanto y admiración, de respeto y… bien, de amor. De amor. Incluso ahora. Creo que es un gran ser humano y un gran dirigente político; deseo llegar a verle en la presidencia, y aunque hubiese preferido que no se asustara de mí, no le guardo rencor por ello. Puedo comprender cómo, desde su punto de vista, puede haberle parecido necesario librarse de mí. Pero, a pesar de todo, sigo queriendo hacer por él todo cuanto esté en mi mano.

—No te readmitirá, Lew.

—Lo acepto. Pero puedo seguir trabajando en su favor sin que él lo sepa.

—¿Cómo?

—A través de ti —repliqué—. Puedo formularte sugerencias que transmitas a Quinn como si te hubiesen ocurrido a ti mismo.

—Si le voy con las mismas cosas que tú —dijo Lombroso—, me pondrá de patitas en la calle tan rápido como a ti. Puede que incluso más rápido.

—No se tratará del mismo tipo de cosas, Bob. En primer lugar, porque ahora yo sé lo que resulta peligroso para contarle; en segundo, porque no tengo ya mi fuente de información. He roto con Carvajal. ¿Sabes? Nunca me previno que iba a quedar despedido. Me cuenta el futuro de Sudakis, pero no el mío propio. Creo que deseaba mi despido. Carvajal no me ha proporcionado nada más que disgustos, y no voy a volver a él para seguir teniéndolos. Pero todavía puedo ofrecer mis propias capacidades intuitivas, mi habilidad estocástica. Puedo analizar las tendencias y formular la estrategia a seguir, y lo que puedo hacer es transmitirte a ti mis intuiciones, ¿no? Lo dispondremos todo de tal forma que Quinn y Mardikian no descubran jamás que tú y yo estamos en contacto. No puedes permitir que me derrumbe, Bob. No mientras haya trabajos que hacer para Quinn. ¿Estás de acuerdo?

—Podemos intentarlo —dijo Lombroso cautelosamente—. Supongo que sí, que podemos hacer un intento. Está bien. Seré tu portavoz, Lew. Siempre que me concedas la opción de decidir lo que deseo transmitir a Quinn y lo que no. Recuerda que ahora soy yo y no tú quien se juega el pescuezo.

—Claro que sí —le dije.

Si no podía prestar personalmente mis servicios a Quinn, lo haría por persona interpuesta. Por primera vez desde mi despido me sentí vivo y esperanzado. Aquella noche ni siquiera nevó.

37

Pero nuestra estratagema no funcionó. Lo intentamos y fracasamos. Me dediqué a repasar los periódicos diligentemente y a ponerme al día de lo que había ocurrido; una semana fuera de órbita había bastado para que le perdiese la pista a media docena de nacientes pautas o modelos. Luego efectué un peligroso desplazamiento a través de la helada ciudad hasta la oficina de Lew Nichols Associates, empresa todavía en funcionamiento, aunque de forma débil e intermitente, y deposité algunas de mis previsiones en los ordenadores. No queriendo correr el riesgo del teléfono, transmití mis resultados a Bob Lombroso por medio del correo. Lo que le proporcioné no era nada especialmente importante, sólo un par de verborreicas sugerencias acerca de la política laboral de la ciudad. A lo largo de los días siguientes le fui pasando una serie de ideas igualmente digeribles. Entonces Lombroso me llamó para decirme:

—Puedes dejarlo. Mardikian nos ha descubierto.

—¿Qué ha ocurrido?

—Les he ido pasando tus informaciones; ya sabes, poco a poco. Anoche cené con Haig y, cuando llegamos a los postres, me preguntó de repente si tú y yo estábamos en contacto.

—¿Y le contestaste la verdad?

—Intenté no contarle nada —dijo Lombroso—. Estaba amedrentado, pero supongo que no lo suficiente. Haig es muy agudo, ya sabes, y lo adivinó todo. Me dijo: «Sé que sí. Toda ella lleva su impronta». No reconocí nada. Haig se limitó a darlo por supuesto, y tenía razón. Muy amistosamente me dijo que cortase, que si Quinn sospechaba lo que estaba ocurriendo se debilitaría mi posición ante él.

—¿Entonces Quinn no lo sabe todavía?

—Al parecer no. Y Mardikian no tiene intención de irle con el cuento. Pero no puedo correr el menor riesgo. Si Quinn empieza a sospechar de mí, estoy perdido. Cada vez que alguien menciona el nombre de Lew Nichols a su alrededor se vuelve absolutamente paranoico.

—¿Hasta ese extremo han llegado las cosas?

—Hasta ese extremo.

—Así pues, me he convertido en un enemigo —dije.

—Me temo que sí. Lo siento, Lew.

—Yo también —dije, con un suspiro.

—No te voy a llamar más. Si necesitas ponerte en contacto conmigo, hazlo a través de mi despacho a Wall Street.

—Lo siento. No deseo crearte problemas, Bob.

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