La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
– No hace falta que Dios lo maldiga. Ya está bastante maldito. -Se impuso un incómodo silencio-. ¿Qué hemos de hacer?
– De momento usted no hará nada. Le tengo reservada otra tarea.
– ¿De qué se trata?
– De Miles Vavasour. Me preocupa. Ha descubierto nuestra sagrada fe. Se oculta en cuanto agujero encuentra. Se pega al suelo como una alondra agonizante o una lechuza atemorizada. Es experto en leyes. Si se nace en ese nido, nunca faltan palabras. Y ahora farfulla. Cuchichea. Debemos poner fin a sus desmanes orales. Hay que detener sus murmuraciones. Usted es erudito y sabe francés. Vous estes sa marte. No sólo debe embridar al caballo, sino colocarle el freno para siempre.
Emnot se puso en guardia.
– ¿Por quién he de temblar, por él o por mí?
– Matar es lo mismo que ser libre. Estamos más allá de la ley. Somos el reino del amor. Cuando el amor es fuerte no entiende de leyes.
La doctrina establecida de los «sabedores de antemano» sostenía que podían matar impunemente, siempre y cuando su intuición y humor lo aconsejasen; luego se llenaban con el hálito divino de todo el ser y se volvían sagrados. Dios mataba constantemente a Su creación. Sin embargo, los predestinados no podían matar para obtener beneficios ni con premeditación y malicia y, por lo tanto, el caso de Miles Vavasour resultaba ambiguo.
– Emnot, sé que es usted tan fiel como la piedra. ¿Conoce algún veneno secreto y eficaz?
– Tengo medios por los cuales podría…
– Le ruego que los ponga en práctica con toda diligencia. Que Dios lo acompañe. -Exmewe se rascó enérgicamente el brazo-. Confío en Dios, pero tengo más confianza todavía en usted.
– ¿Es su deseo?
– Tire de la soga y ayúdelo a partir.
– ¿Debo producirle la muerte?
– Dios está aquí. -Exmewe dirigió la mirada al cielo-. Vamos. El día no tardará en dar paso a la noche.
Caminaron hacia la catedral y se envolvieron con las capas a medida que el viento arreciaba por la ancha calle.
El bulero deambuló por Wood Street y reanudó su lamento habituaclass="underline"
– ¡Oh, Jerusalén! ¡Jerusalén! ¿Dónde está la compasión? ¿Adonde ha ido la humildad?
Para Emnot Hallyng y William Exmewe no fue más que el gemido del viento.
En cuanto regresó a su estancia de San Bartolomé, Exmewe cogió pluma y pergamino; a la luz intermitente de una vela de sebo redactó una carta dirigida a Thomas Gunter, el del letrero de la mano de mortero en Bucklersbury, junto a la iglesia de Saint Stephen en Walbrook. «Justo, confiable y bienamado amigo: Espero que se encuentre bien…» Pidió a Gunter que, al romper el alba, se reuniese con el remitente de la carta en el bosque cercano a Kentystone, «para tratar de diversos y graves asuntos que le incumben; Ítem: las iglesias de Londres que corren peligro de incendio. Una vez allí, tendrá noticias de un amigo que lo informará sobre un asunto referente a sus intereses y seguridad. Por ahora no escribiré nada más, pero me propongo volver a hacerlo después de nuestro encuentro, con verdaderas pruebas de lo que le transmitiré. Que Jesucristo lo guarde. Nota bene: Escojo los bosques de Kentystone porque así tendremos la certeza de que nadie se acercará ni nos acompañará. Cuando me vea me reconocerá».
Pidió un mensajero, le pagó un penique por la entrega de la carta y le dio instrucciones tajantes de que debía decir que la enviaba un desconocido.
Capítulo XX
El marino Gilbert Rosseler se alojaba en una casa de huéspedes para viajeros; a pesar de que en la actualidad vivía en Londres, le gustaba el cambio constante de compañeros, con sus propias historias y aventuras. Antaño había navegado hacia el norte hasta Islandia; había viajado a Alemania y a Portugal; había embarcado a Genova y de allí se había trasladado a la isla de Corfú; en varias ocasiones había tomado el barco a Chipre, a la isla de Rodas y a Jaffa. En sus charlas con los compañeros de hospedaje, recorría las regiones más extensas e ignotas de la tierra.
La hospedería se encontraba en Saint Lawrence Lane y encima de la puerta colgaba el habitual letrero del arbusto; disponía de un dormitorio compartido, con siete carriolas en las que los viajeros dormían de dos en dos. Para Gilbert Rosseler era lo más parecido, en tierra, al camarote de un barco; incluso llamaba coy a su lecho y «marineros» a sus compañeros. Para no faltar a la costumbre, dormían desnudos. La desnudez no era motivo de vergüenza ni de incomodidad y, por añadidura, se decía que la serpiente huía al ver a un hombre desnudo. Pero la desnudez también se vinculaba con el castigo y la pobreza. Era como si todos los viajeros se entregasen voluntariamente a la experiencia de la humanidad compartida y reducida a su mínima expresión. Por un penique, alquilabas una cama una noche y por seis durante una semana. La hospedera, la señora Magga, también contaba con tres habitaciones privadas, con cerrojo y llave, que costaban un chelín semanal.
Como tantos dueños de casas en Londres, Magga tenía terror a los incendios. Dado que la causa más habitual consistía en que una vela encendiera la paja, se quedaba las candelas en su poder; las encendía cada tarde y las apagaba una hora después del anochecer. Varios meses antes, había pedido al marino que ejerciera ese oficio en el dormitorio, ya que el pudor le impedía moverse entre los hombres desnudos. A cambio sólo le cobraba dos chelines semanales por la mejor mesa en el comedor de la hospedería. Mediante el transporte en gabarra de carbón de Newcastle río Fleet arriba, Gilbert pagaba alojamiento y comida; partía de Sea-Coal Lane, cerca de la desembocadura del Fleet, y navegaba hacia el norte hasta los bosques de Kentystone o hasta Kentish Town, donde una colonia de metalistas había construido una fundición comunal.
Una tarde de principios de octubre, Gilbert invitó a Magga a pasear en su barcaza. La hospedera se había mostrado interesada en «ir río arriba» y nunca había estado en Kentish Town. De pequeña la habían llevado hasta la iglesia de Saint Paneras para la festividad de María Niña, durante la cual, en compañía de otros críos, había bailado alrededor de un árbol adornado con imágenes de la Virgen, aunque lo cierto es que apenas recordaba esa zona de la campiña. Ese primero del mes era la víspera de los Santos Ángeles de la Guarda. La mañana anterior, los representantes del Parlamento de Westminster Hall habían aceptado la abdicación de Ricardo II. El arzobispo de Canterbury había preguntado si aprobaban «los puntos enumerados como motivos de la destitución del monarca» y habían respondido al grito de «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!». Cuando Enrique Bolingbroke preguntó si aceptaban su reinado «tanto con el corazón como con la boca» volvieron a gritar «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!». Gilbert y Magga recibieron con resignación rayana en la indiferencia la noticia de ese gran cambio en la historia inglesa; las aventuras de los príncipes les importaban un pimiento.
Magga había tomado asiento en un pequeño taburete colocado cerca de la proa de la gabarra; de pie, a su lado, Gilbert utilizó una vara larga para avanzar contracorriente. En la proa, un crío, el ayudante del marino, se esforzaba con el remo. Embarcaron en el muelle de Sea-Coal Lane y pasaron junto a la gran mole de la cárcel del Fleet; estaba rodeada de una zanja que hacía las veces de foso, y Magga se tapó la nariz con la manga del vestido mientras la gabarra pasaba por delante. Dos presos mendigaban a la orilla del río y extendían una caja y un platillo a los barqueros; la embarcación se aproximó tanto a la orilla que Magga reparó en la imagen de una puerta con clavos largos reflejada en el platillo de peltre del mendigo. Desde su cómoda posición contempló, algo más adelante, el valle a través del cual fluía el río; y vio también casas y graneros en la orilla oriental, en la que las laderas eran más escarpadas; junto a la ribera, los curtidores habían montado una hilera de cobertizos y el Fleet se había teñido de rojo intenso. Podría haber sido un río de sangre. El aire también se corrompía con los olores combinados de las entrañas y los desperdicios que transportaban en carreta desde Shambles y arrojaban al agua.