El nacimiento de una era
- Автор: BeauSeigneur James
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El nacimiento de una era». Краткое содержание книги:
Luego la luz desapareció y se hizo el silencio.
En el centro de la sala, la bandera de Naciones Unidas yacía en el sueño hecha un guiñapo chamuscado. La tapa del féretro había salido despedida y se había hecho trizas contra el suelo, completamente descerrajada. De pie, junto al féretro abierto, estaba Christopher Goodman. Llevaba el brazo izquierdo colgando, inutilizado por la bala que lo había atravesado, y la herida de la cabeza le había dejado vacía la cuenca del ojo derecho. Con todo, estaba vivo.
Ya fuera una ilusión óptica producida por la intensidad de la luz o por las lágrimas de alegría que le nublaban la vista, Decker creyó percibir que un aura de luz rodeaba todavía a Christopher. Éste echó un rápido vistazo a su alrededor y se acercó hasta el subsecretario Milner, que había hincado una rodilla en el suelo, agotado por el esfuerzo. Luego miró a Decker, que se apoyaba sobre sus muletas. Christopher sonrió.
– Vamos, Decker -le dijo-. Tenemos trabajo. -Decker hizo ademán de echar a andar hacia él, pero Christopher lo detuvo-: A ésas no las vas a necesitar -dijo.
De repente, el dolor de la rodilla se desvaneció, y Decker dejó caer las muletas al suelo. Al instante estaba junto a Christopher. Mientras la muchedumbre se mantenía a una distancia prudencial, los tres hombres se dirigieron hacia la salida.
– ¿Dónde vamos? -preguntó Decker. Tenía un millón de interrogantes y de cosas que decir. Quería parar allí mismo, abrazarle y llorar de alegría, pero por los pasos apresurados de Christopher y su gesto de determinación supo que había cosas más urgentes que hacer.
– Jerusalén -repuso Christopher al alcance del oído de casi toda la prensa.
– Hay un helicóptero esperándonos que nos llevará hasta el aeropuerto -añadió Robert Milner, cuando estaban algo más alejados-. El supersónico del secretario general está en el aeropuerto Kennedy.
Poco importaba ya que la votación para que Christopher ocupara el cargo no se hubiese llevado a cabo; dadas las circunstancias, nadie iba a negarle ese privilegio. Teniendo en cuenta lo que acababa de ocurrir, a Decker le sorprendió que Christopher pudiera necesitar un avión. No sabía si preguntar o no, pero Christopher se anticipó a la pregunta.
– Existen ciertas limitaciones con las que tendré que vivir mientras permanezca confinado en este cuerpo -dijo-. Te lo explicaré todo en el avión.
En cuestión de segundos, todas las agencias de noticias del mundo informaban sobre el prodigioso suceso de la resurrección de Christopher. El mundo se quedó paralizado de asombro, impresionado por las informaciones y la cobertura televisiva del acontecimiento. Nadie estaba seguro de su significado, pero con tanta violencia y muerte por todas partes, esta única victoria sobre la tumba parecía abrir un resquicio de esperanza para el amenazado planeta. Algunos rompían a llorar, otros lo celebraban, pero la mayoría se limitaba a observar las imágenes incrédulos, preguntándose si no se trataría de una broma cruel. Pero en un mundo donde se había sido testigo de tanta muerte y destrucción, y sobre el que todavía planeaba la amenaza de una forma de aniquilación inexplicable, muchos buscaban desde hacía tiempo un rayo de esperanza, y por eso la mayoría deseó con toda su alma que lo que veían fuera verdad.
Cuando el helicóptero aterrizó en el aeropuerto Kennedy, había ya más de cuarenta periodistas apostados allí con sus cámaras y micrófonos. El cuerpo de seguridad de Naciones Unidas los mantenía alejados de la pista de aterrizaje -tal y como había dispuesto Milner-, pero la prensa obstaculizaba el acceso de Christopher al reactor del secretario general.
Nada más abrirse la puerta del helicóptero, los periodistas empezaron a gritar preguntas. Decker fue el primero en salir. Se preguntó cómo iban a atravesar la marabunta de periodistas y acceder al avión. Pero cuando Milner, seguido de Christopher, ahora vestido con una larga túnica de lino como la de Milner, bajaron del aparato, los reporteros callaron de repente. El brazo izquierdo de Christopher colgaba exangüe al costado, y un parche ocultaba la cuenca vacía del ojo derecho. La visión de los periodistas completamente mudos era toda una experiencia, pero Decker supuso que no podía haber sido de otra manera, dadas las circunstancias. Espoleados por el cuerpo de seguridad de la ONU, los periodistas se apartaron a un lado, para que Decker, Christopher y Milner pudieran pasar.
Mientras subían a bordo del enorme reactor, uno de los periodistas recuperó el habla y lanzó una pregunta a Decker.
– ¿Adónde se dirigen? -exclamó.
Al final era la única pregunta que se había llegado a formular, aunque mejor así, porque era la única para la que Decker conocía la respuesta.
Trasladando lo que Christopher le había dicho en el helicóptero, Decker gritó:
– ¡A Jerusalén, a poner fin a la matanza!
16
Escasos minutos después estaban en el aire. El supersónico -uno de los tres aviones reservados para uso exclusivo del secretario general- tardaría siete horas y media en llegar a Tel Aviv. Ahora era el momento de hablar.
– Decker -dijo Christopher muy excitado-. ¡He mirado en el interior de la caja! La vieja caja de madera del sueño era el Arca, el arca de la Alianza sin su revestimiento de oro -explicó.
»Cuando Moisés fabricó el Arca, se le pidió que construyera una caja de madera, que luego debía recubrir con varias capas de oro. Si se retira la envoltura de oro del arca, entonces encontrarás una caja muy sencilla de madera de acacia. Eso es lo que era la vieja caja que aparecía en mi sueño. -Christopher hizo una pausa-. Y esta vez he mirado en su interior.
»Decker, dentro del Arca he visto el pasado infinito, y también he podido comprender el futuro. Ahora lo entiendo todo: el significado de la vida y de la muerte, la razón de que yo esté aquí, ahora, en este preciso momento. Existe una razón, un propósito. Pero tenemos una ardua tarea por delante, que va a ser difícil de llevar a cabo; mucho más de lo que puedas imaginar. -Christopher se detuvo pensativo.
– En cierta manera -dijo-, creo que preferiría pasar de nuevo por la crucifixión antes que tener que hacer lo que se me ha pedido.
Le temblaba la voz, y se le habían empezado a formar gotas de sudor en la frente. Incluso parecía como si intentara contener lágrimas de miedo y de dolor, pero su determinación era más fuerte y le espoleaba a seguir adelante.
– Está todo tan claro -dijo sacudiendo la cabeza y pasándose los dedos por el pelo-. ¡Pero no tiene nada que ver con lo que yo creía! Ninguno lo podíamos imaginar. -Christopher se giró de pronto hacia Milner, como si cayera ahora en la cuenta de algo que tenía que haberle resultado obvio desde siempre-. Ninguno, salvo tú, claro. Tú lo sabías. ¿Verdad?
Milner asintió.
– Lo sabía -dijo-. Pero no te lo podía contar. Tenías que descubrirlo por ti mismo, para todos nosotros, para toda la humanidad.
»Sólo hay una cosa en la que, no obstante, me equivoqué -confesó Milner-. No hice bien al pedirte que no utilizaras tus poderes para sanar. Ahora me doy cuenta. Para ti, ayudar a la gente es tan esencial como para Decker lo es respirar. Pedirte que no lo hicieras era como pedirte que no fueras tú mismo. Y como se ha visto, fueron las curaciones las que desencadenaron tu nominación al cargo de secretario general, y esta última la que puso en marcha el mecanismo para tu asesinato, que, por doloroso que nos resultara a todos, era un paso necesario para que conocieras toda la verdad sobre ti.
Milner se volvió hacia Decker.
– No debes sentirte culpable. Christopher tenía que sufrir y morir -dijo-, para que el mundo pueda vivir. No podía cambiar el mundo sin pagar un precio. Para convertirse en el Soberano de la Nueva Era, Christopher debía participar del dolor del mundo. Su muerte equivalía al sufrimiento soportado por la tierra a causa de las plagas.