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Электронная книга - «El puente de los asesinos». Краткое содержание книги:

ruza el puente de los Asesinos con Arturo Pérez-Reverte y vive la trepidante conspiración para asesinar al dogo de Venecia.
«Diego Alatriste bajó del carruaje y miró en torno, desconfiado. Tenía por sana costumbre, antes de entrar en un sitio incierto, establecer por dónde iba a irse, o intentarlo, si las cosas terminaban complicándose. El billete que le ordenaba acompañar al hombre de negro estaba firmado por el sargento mayor del tercio de Nápoles, y no admitía discusión alguna; pero nada más se aclaraba en él.»
Nápoles, Roma y Milán son algunos escenarios de esta nueva aventura del capitán Alatriste. Acompañado del joven Íñigo Balboa, a Alatriste le ordenan intervenir en una conjura crucial para la corona española: un golpe de mano en Venecia para asesinar al dogo durante la misa de Navidad, e imponer por la fuerza un gobierno favorable a la corte del rey católico en ese estado de Italia.
Para Alatriste y sus camaradas -el veterano Sebastián Copons y el peligroso moro Gurriato, entre otros-, la misión se presenta difícil, arriesgada y llena de sorpresas. Suicida, tal vez; pero no imposible.
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– ¿Qué pasa con Martinho? -preguntó en voz baja, sin tocar el vino.

Como respuesta, Copons dirigió significativamente la vista a la puerta, donde el portugués aparecía en ese instante acompañado por dos sujetos mostachudos, de rostro moreno y curtido, que olían a soldados y españoles desde media legua. Sin mirar a nadie, Manuel Martinho de Arcada cruzó la sala con los acompañantes y fue a acomodarse cerca de su otra gente.

– Formados y en orden de revista -resumió Copons.

Acechaba el aragonés a mi antiguo amo con curiosidad profesional, resignada y un punto guasona; cómplice, me pareció, de puro veterana. Lo miraba tal como había hecho docenas de veces en momentos previos a cualquiera de los muchos asaltos que en su anterior vida dieron juntos. Era como decirle de nuevo, sin palabras: ahí están la trinchera, el revellín o el baluarte; la gente ya respira hondo antes de apretar los dientes, cruzar el glacis batido a mosquetazos y esguazar el foso; y a ti corresponde decir «Santiago y puto el último». O lo que digas.

El capitán Alatriste miró a su viejo camarada como si le penetrara sin dificultad el pensamiento, y una sonrisa de mutua inteligencia afloró más a sus ojos que a su boca. Pasóse luego dos dedos por el mostacho, observó el rostro impenetrable del moro Gurriato, cuyo cráneo rapado relucía en la luz grasienta de la taberna, e hizo un leve asentimiento de cabeza a Juan Zenarruzabeitia y a los tres camaradas de la mesa contigua, quienes correspondieron al gesto. Al fin posó en mi brazo una mano enguantada, y en mis ojos los suyos. Por un instante creí adivinar una chispa cálida. Asentí como los otros; mas para entonces ese destello, si es que había existido, se extinguía en su mirada tranquila mientras retiraba la mano, poniéndose en pie. Y se fue de ese modo, sin decir a nadie buena suerte ni despegar los labios.

Los del Arsenal fuimos los últimos en salir de la bayunca. Una vez que el capitán Alatriste hubo desaparecido por la puerta, que tal era la señal convenida, nuestra gente empezó a abandonar el lugar de forma discreta, en parejas o pequeños grupos. Anduvieron primero Roque Paredes y sus cuatro caimanes, seguidos por los ocho que iban con Martinho de Arcada. Los suecos, con aire estólido e indiferente, se pusieron todos en pie en cuanto el que parecía su cabestro lo hizo, y salieron juntos, pocos pasos detrás de Pimienta, Jaqueta y Quartanet. Les fueron detrás Copons y Zenarruzabeitia, y cerramos desfile el moro Gurriato y yo, camino de la calle donde el frío nos mordió de nuevo. Dejando atrás el puente de los Asesinos paseamos la calle larga, estrecha y oscura antes de cruzar canales a derecha e izquierda, en un recorrido que habíamos estudiado veinte veces para no desorientarnos a boca de sorna en sus vueltas y revueltas. Calles y góndolas inmóviles en los canales seguían tapizadas de nieve; que, pisoteada como estaba en los puentes y pasajes estrechos, se convertía en hielo resbaladizo. Crujía el suelo blanco bajo mis botas guarnecidas con polainas y los pasos del moro Gurriato, que caminaba envuelto en su pelosa azul, subida la capucha sobre la cabeza. Pensé en la cruz azuaga que llevaba tatuada en la cara y me pregunté cuáles serían en ese trance sus pensamientos sobre las probabilidades de vida o muerte. Luego pensé en las mías propias, envidiando el fatalismo con que el mogataz afrontaba la vida que junto a nosotros había elegido llevar.

– ¿Todo bien, moro?

– Uah.

Me habría gustado hablar un poco más, aunque fuese en voz baja, para aliviar el hormigueo que me recorría las asaduras; pero en nuestro oficio los silencios solían valorarse más que las palabras. Habla, dijo el filósofo, para que te conozca. De manera que refrené la mojarra por recelo de hacer mala estampa. Peor figura hace el hombre por lo que parla que por lo que calla, y es preciso parecerse al buen caballo de silla, que en la carrera debe mostrar sus bríos, y fuera de ella mantenerse compuesto y quieto. Caminábamos por tanto Gurriato y yo uno junto al otro, pero abarracado cada cual en sí mismo. Para distraerme de lo inmediato, yo pensaba a veces en Angélica de Alquézar -era de esas noches en que me parecía tenerla de veras en otro mundo, lejos de mi vida para siempre- o en la suerte que habría corrido la pobre criadita Luzietta. A ratos, el león de Venecia se encarnaba amenazante en mi imaginación, disponiendo sus zarpas para recibirme; había soñado con eso un par de veces en las últimas noches, y ahora daba más pasos con los pensamientos que con el cuerpo. Puesto que no había elección, quise consolarme con el viejo dicho soldadesco: la muerte sigue al que la huye y olvida al que la enfrenta. Al pasar sobre algunos canales, el frío y la humedad me hacían estremecer, y en ocasiones llegaban a castañetear mis dientes; así que procuré abrigarme con el paño, temiendo que el mogataz interpretara mal mi destemple. A veces, al cruzar un puente o enfilar una calle larga alumbrada por la antorcha de un portal, un fanal o una ventana con luz, alcanzaba a distinguir, destacándose en la penumbra sobre el suelo nevado, las siluetas oscuras de los camaradas que, espaciados entre ellos, me precedían.

Sonaron en la noche, unas calles más allá, las campanas de San Marcos.

– Falta media hora -comentó Malatesta.

Las calles próximas a la Mercería estaban poco transitadas en ese momento, aunque la nieve del suelo se veía pisoteada y resbaladiza. Una antorcha iluminaba un soportal muy estrecho por donde el italiano se internó sin vacilar. Diego Alatriste, que caminaba vacío de pensamientos, fue detrás. En la oscuridad casi tropezó con el bulto negro de su acompañante, que llamaba quedo a una puerta. Se abrió ésta, descubriendo el resplandor de la candela encendida que sostenía una anciana enlutada. La estancia era una trastienda de salumería llena de sacos y barriles, con embutidos y salazones colgados del techo. Tras algunas palabras en italiano, la vieja puso la luz en una palmatoria y se alejó por el pasillo, dejándolos solos. Malatesta, que se había quitado capa, sombrero y jubón, apartó unos sacos, descubriendo un cajón donde había ropas, armas y dos relucientes golas de metal.

– Seamos venecianos -dijo.

Silbaba tirurí-ta-ta mientras se vestía de oficial, y Diego Alatriste se preguntó hasta qué punto aquello era indiferencia absoluta o alarde en honor suyo. Por su parte, se limitó a cambiar la capa de paño pardo por una verde, color de la guardia ducal. Luego, tras una breve vacilación, renunció a ponerse el jubón bordado distintivo de los oficiales, conservando el coleto de piel de búfalo, que seguramente iba a serle de más utilidad. Dispuso la banda verde cruzándose el pecho, y al cuello la gola de acero bruñido con el león de la Serenísima, propio de los oficiales de servicio; y además de la puffer alemana que traía al cinto, de la que giró la rueda del resorte hasta dejarla montada, se artilló con otras dos pistolas de chispa tras comprobar que estaban cebadas y a punto, enganchándolas en la pretina, disimuladas bajo la capa. Todo aquel peso resultaba incómodo, pensó. Pero tranquilizaba.

– ¿Estamos? -preguntó Malatesta.

El sicario sonreía con gesto distraído. Era la suya una sonrisa mecánica, y había dejado de silbar. Se diría que sus pensamientos, fueran los que fuesen, andaban por un lado y aquella sonrisa por otro. Alatriste advirtió que por primera vez no lo veía vestido de negro, como acostumbraba, de la cabeza a los pies. Ahora parecía propiamente un capitán de la guardia del dogo, incluido el detalle de una pluma verde en el sombrero, bajo el que brillaban sus ojos negrísimos de serpiente. Aquel aspecto, concluyó Alatriste, como el suyo propio -con la capa, la gola y cambiando la pluma del chapeo había logrado también una apariencia razonable-, bastaría para ganar los veinte pasos necesarios, capilla de San Pedro adentro, antes de que quienes para entonces siguieran vivos y cerca pudieran reaccionar.

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