Los papeles de agua
- Автор: Gala Antonio
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los papeles de agua». Краткое содержание книги:
La idea me vino a la cabeza y me la llenó al ver cómo las chicas, con prisa, no sé si con mucha, se desnudaban una a otra y cada una a sí misma, mirándose, mirándose, ajenas a todo lo demás, o quizá no del todo ajenas… Aldo estaba, eso sí lo sé, a mi lado, con la camisa abierta y las manos en los bolsillos del pantalón, sonriente. O esa impresión me dio: lejano y sonriente… Volvió la cara hacia mí y yo cerré los ojos. Sé que pensé: «Soy tímida.» Y agregué en el pensamiento o en voz baja: «Pero lo he superado.» Me contradije en mi interior: «O quizá no, no lo sé. ¿Qué escritor es tímido ante su papel? Salvo que no sepa cuál es su papel… ¿No escribe entonces para superar su timidez? ¿No es precisamente escribir su venganza, o su revancha al menos? En otro caso, emplearía seudónimo (bueno, por distintas razones que las mías), o no publicaría, o sería un autor póstumo, o dejaría las pistas necesarias para que, después, alguien encontrara sus obras (siempre que tuviese la suerte de que se perdieran o se atribuyeran a otros).» Pero quizá eso lo reflexiono ahora y no entonces. Acaso entonces lo que reflexioné era sólo: «Al primer tapón, zurrapa…» Lo que sí sucedió es que Aldo se había aproximado a mí. Sin mirarlo, mi cuerpo acusó su proximidad más de lo que puedo expresar, más de lo que ninguno de mis personajes hubiera imaginado nunca… ¿Fue por eso por lo que di un paso atrás para alejarme de él?
No quise tener ojos ni oídos sino para lo que sucedía en el colchón del suelo. Encima de él todo era un solo cuerpo; se confundían los miembros de las chicas, se sacudían sus melenas, sus cinturas, sus piernas… Y creo que, por primera vez, pensé: «Qué importantes las lenguas.» Todo lo investigaban, todo lo lamían, todo lo saboreaban… Se introducían por cualquier parte, por entre los labios de todas partes. Más que los dedos, más que los ojos, más que todo. Me absorbía la escena, tan lejana y tan inmediata a la vez. «La lengua -pensé-, para un escritor es tan fundamental.» Sacudí la cabeza: «No esa lengua…» Supe, aunque no lo vi, que Aldo me miraba. Giré los ojos. Los bajé. Crecía algo detrás de su bragueta. En apariencia, impávido, aguardaba. ¿Qué aguardaba? Y allí, debajo de nuestros ojos, ¿quién gemía, quién gozaba? Toda exclusividad en el sexo, toda intimidad había desaparecido, todo era ya de todos. ¿Qué importaba quién se quejara allí? Todos a la vez… No, no lo creo; no, no lo sé… Ni Aldo ni yo. Entre las chicas había aparecido un falso pene grueso. Reían, lo lamían, lo chupaban riendo, lo movían, se lo introducían por uno y otro lado. Lo retiraban. Se encontraban, riendo, castradas una u otra. Y se resarcían de nuevo con la lengua… Aldo, ensimismado o lejano o no sé, contemplaba la lucha…
De pronto, se desabrochó el cinturón y dejó caer sus pantalones.
Yo siempre había encontrado ridículo y tambaleante ese gesto de los hombres que se desnudan: zapatos, calcetines, una pernera del pantalón, la otra, torpes y antiestéticos… No fue así. Aldo salió de aquel trance en un segundo. No sé cuándo se había descalzado… Desnudo igual que un dios, con el pene ocultándole el ombligo. «Para mí -dije, espero que no en alto- amanece, deslumbradora, la verdad.» Me enorgullecí y a la vez temblé. ¿Es que todo se había preparado para mí? ¿Todo aquello, lo previo, eran juegos tan sólo que esperaban el santo advenimiento? Noté sobre mis pechos las manos de Aldo. Cerré los ojos y di otro paso atrás… Se oscureció todo. De algún modo perdí el conocimiento. O puede que deseara perderlo. Podría jurar que algo entraba en mí. Todo, dedos, lenguas, el cuerpo entero, vigoroso y rotundo de Aldo. Yo tenía apretados los párpados. Y grité, o creí gritar. Creo que me escuché decir: «¿Qué es esto?»
No era de ningún modo lo que yo había vivido. Vi a Aldo mezclado con las chicas sobre el colchón. Me pareció mentira. Parpadeé. Volví a mirar. Allí estaban los tres. Me sonreían los tres, o los veía sonreír me yo, entrelazados y vibrantes… En un segundo, sin tomar ninguna decisión consciente, salí de aquella habitación. No sé cómo, igual que si todo estuviese trazado de antemano, bajé las escaleras, abrí por dentro la puerta de la casa, me alejé por el sitio exacto sin saber cuál era, me acerqué a mi casa por el trecho más corto… Sin mirar. No era necesario… Comprendí que Venecia es como esos videntes, esos sanadores, esos practicantes de la medicina paralela. Comprendí que la vida no consiste en el normal funcionamiento de los órganos, sino en algo distinto y superior que nos mantiene y nos empuja… De mí había caído, como los pantalones de Aldo, la escena que no sé si viví del todo o imaginé del todo o las dos cosas a la vez. Ahora podría razonar más o menos, imaginar, verificar, reconocer los hechos. O lo que yo había percibido de los hechos.
¿Había sido cobarde?
– No lo sé. Necesito escribir.
En el centro de mi cuarto, casi fríos los dos, mi cuarto y yo, reconocí sin duda alguna el prestigio del corazón. ¿Por qué? Lo que había visto era sexo tan sólo. Pero ¿qué quiere decir eso: sexo tan sólo? Me sobrevino una claridad mental desconocida. Allí, en pie, abrumada aún por el deseo, estremecida la piel, las piernas temblorosas, me lancé sin darme cuenta a razonar… El desconcierto vino luego. Necesito decir lo que entonces pensé: sin necesidad de reflexión, como quien mira las estampas de un libro que no lee. Húmeda y triste y excitada a la vez que satisfecha. Ignorante de lo que me sucedía y, como para compensar, acostumbrada a los gajes de mi oficio, que hasta el descubrimiento de la luz cenital, todo, lo usa en beneficio propio, me escondí de mí misma. Lo necesitaba y lo confieso. Como ahora necesito prepararme escribiendo sandeces ajenas al fervor.
Desde la noche más oscura de los tiempos, desde las horas del ser humano atónito, que veía el mundo entero cuajado de enemigos, el latido y los pulsos, que yo sentía y oía, fueron las señas más ciertas de la vida. Siempre, y aquella noche más para mí, el corazón ha sido realidad y símbolo. Tuve que sentarme en la cama. Luego dejé caer la cabeza sobre los almohadones. Y pensé que a los enemigos se les arrancaba el corazón; a los amigos se les ofrecía. Aristóteles -si es que él fue algo más que un símbolo también: un símbolo de la acumulación filosófica, como Homero de la acumulación poética- erigió al corazón en el centro del hombre, y al hombre en el centro del universo: qué candorosa vanagloria. Leí una vez que Galileo contó en sus Diálogos un hecho que comprueba, tanto tiempo después, la fuerza de Aristóteles. O quizá la del corazón. Tras la disección, bastante concurrida, de un cadáver aquí, en Venecia, se dirigió el anatomista a un caballero colega y adversario: «¿Estáis viendo cómo los nervios proceden del cerebro y no del corazón?» «Sí, lo veo; pero ¿qué voy a hacerle? Aristóteles defendió lo contrario.» Qué larga, que larguísima historia… Cómo ha conseguido ese órgano tan frágil representar lo mejor y lo peor del hombre. Corazón de león, corazón de hiena… Corazón duro, o blando, o noble corazón. Mal corazón o bueno. Me impresionó leyendo en Shakespeare esta frase: «El corazón, maese Page, el corazón; eso es lo único que importa.» Hasta la Celestina, tan cargada de pecados, grita: «Dios es el testigo de mi corazón…» «Ya me lo decía el corazón, y él no es traidor» (qué risa), dice aquel al que el futuro le confirma un presentimiento. Con el corazón atravesado por puñales están las Dolorosas; con él en la mano, los sinceros; con uno que no les cabe en el pecho, los magnánimos; echándolo por la boca los agitados y los sobresaltados. Y yo… Pero cuántas veces nos dejamos engañar por el corazón, que sí traiciona. Y traiciona, «si dolcemente, /che la dolceiza ancor dentro mi suona», se quejó Dante… Qué irrompible cadena: lo abarca todo, todo lo somete. Cómo le hemos echado encima la carga de los sentimientos por si él no tenía bastante con la suya… Si nos escuece la garganta de pronto y nos sube a los ojos una niebla de agua, quizá como a mí ahora, decimos que nos duele el corazón. Si alguien, que estuvo a nuestro lado con la promesa de quedarse siempre -qué lenguaraz y petulante el ser humano-, si ese alguien se nos va, decimos que nos duele el corazón. Si me miro las palmas de las manos en este instante para ver si me ha nacido verdín en ellas a fuerza de no ser acariciadas o de no acariciar, me digo que me duele el corazón. Y si no me atrevo a avanzar hacia el futuro, porque no hay nada ni nadie que desde allí me llame o eso es lo que creía, me digo que me duele el corazón… Los hombres y las mujeres, en el fondo, lo que hemos hecho, al querer simplificarlo, es complicarlo todo. Sólo cuando la vida, como una argolla, se nos cierra en torno es cuando hacemos caso al corazón. No le damos las gracias por las risas de otros meses de mayo, por el pasado gozo de ver el mundo nuestro y compartido, por el júbilo de haber adivinado que una noche de agosto se inauguraba, junto al mar, algo muy semejante a la felicidad. Qué descuidados somos. Qué desagradecidos… Pero ¿quién lucha contra un símbolo? ¿Quién que no sea un médico osa reducir la majestad del corazón al modesto natural de un trabajador a destajo, que de pronto se cansa, trastabilla, se detiene y nos mata? ¿Cómo sustituir su viejo papel de emocionada caja de sorpresas por el siniestro papel de un asesino? ¿Cómo llegar a convencernos de que el corazón ya no nos servirá más que para morir? ¿No me acababa a mí de suceder?