Diario de una ninfómana
- Автор: Tasso Valerie
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Diario de una ninfómana». Краткое содержание книги:
Esta peculiar manera de relacionarse la lleva a vivir una verdadera odisea al lado de un hombre maquiavélico empeñado en maltratarla psicológicamente. Para sobrevivir al dolor y debido a sus ilimitadas ansias de conocimiento, ejercerá la prostitución en una agencia de contactos de lujo. Allí se enfrentará a la vulnerabilidad de los hombres: hombres de reconocido prestigio, hombres de negocios, políticos… Hombres que no le harán perder sus ganas de comunicarse con el lenguaje que mejor conoce: el del cuerpo y el de las palabras escritas.
Un libro que no deja indiferente a nadie. Un libro sincero, desgarrado, escrito a contracorriente de la actitud políticamente correcta respecto del sexo. Un libro que revela, en definitiva, que hasta en el propio infierno se puede encontrar el amor.
Hoy viene Pedro a buscarme para pasar la noche conmigo. Me voy de mala gana, un poco irritable, porque sé que voy a tener que escuchar sus lloriqueos una vez más. ¡Ya me tiene harta! Pienso que, para no tener que hacer de mamá una vez más, en esta ocasión debo practicar el sexo con él. Así se calmará, y quizá me dejará tranquila. Cuando me propone ir a cenar le digo que no, y le invito a ir directamente a su hotel. En sus ojos, veo que la idea le encanta. Es la primera vez que yo tengo este tipo de iniciativa. Y no acaba de creérselo. Pero no se hace de rogar dos veces. Y sucede lo que tenía que haber sucedido mucho antes.
Estamos desnudos encima del cubrecama, el cual, hoy, tiene una función bien definida: secar mis lágrimas que fluyen sin parar. Estoy llorando como una loca.
– Por favor, no te pongas así. No ha pasado nada, ya verás como tengo razón -me susurra Pedro para intentar tranquilizarme.
Yo tengo un nudo en la garganta, que me impide respirar y hace más dolorosas las lágrimas que van corriendo como ríos en mi cara.
– ¿Tú qué sabes? Si me dijiste que nunca habías hecho el test. -Hablo con palabras entrecortadas-. Eres un cobarde. ¡Eso es lo que eres! Yo siempre lo he hecho. ¡Siempre, siempre, siempre!
Pedro está aterrorizado al verme en este estado, e intenta convencerme de algo que no puede evitar.
– ¡Venga, por favor! No he hecho el test porque no tenía ninguna razón para hacerlo. Ya te he dicho que llevo cuatro años sin hacer el amor con mi mujer. Aparte de ti no he tenido ninguna relación extramatrimonial.
– ¡Yo no soy ninguna relación extramatrimonial! -he pronunciado la frase de un tirón.
El aire empieza a volver a circular dentro de mi garganta.
Pero ante la visión del preservativo roto entre sus manos, vuelvo a tener un ataque de pánico. Me levanto y me encierro en el baño.
– Mira. Haremos una cosa. Mañana mismo me haré un test de VIH y, como no lo tengo y tú tampoco, así te quedarás más tranquila. ¿Te parece bien?
Sus palabras resbalan contra la puerta del baño. No consigo responderle y le odio con todas mis fuerzas, por haber vertido su semen en mí, sin mi permiso, por no haber sabido ponerse bien el preservativo, por querer darme demasiado amor sin yo haberle pedido nada. Le odio con toda mi alma, y me da asco lo que acaba de suceder.
Es un castigo de Dios, pienso. Y me meto en la ducha para eliminar todo rastro del pecado.
Salida del armario
30 de octubre de 1999
Desde hace una semana, estoy muy atormentada por lo de Pedro. Y ha repercutido en mi trabajo en la casa. Rechazo muchas veces algunos servicios que se me ofrecen y vuelvo a tener el estado anímico bajo. Le he pedido a Pedro que no vuelva a verme hasta tener los resultados de las pruebas.
Con las chicas, sigo en buenos términos y hasta le he confesado hoy a Cindy lo sucedido. Ella ha adoptado un aire grave y me ha intentado consolar, diciendo que hay muy pocas probabilidades de que coja una enfermedad así con una persona como Pedro. También me ha explicado que a ella le ha sucedido lo mismo en dos ocasiones, y que es el riesgo de este trabajo.
– Nunca estás a salvo de un preservativo defectuoso -me explica-. Cuantas más relaciones tengas, más posibilidades hay de que te pase algo así.
Curiosamente, hasta ahora, no había pensado en eso, y me odio aún más por ello. En el fondo, ese chico no tiene ninguna culpa. A cualquiera le puede ocurrir. Pero le hago responsable de todos mis males presentes, y de la ausencia de una persona: Giovanni.
Pedro ha desaparecido literalmente del mapa, y eso me hace temer lo peor. Volver a pasar una noche entera con él, aunque no me guste, significaría el fin de mi «paranoia sidosa». Pero, hay un problema. Pedro no ha vuelto a pisar la casa.
A esta angustia, se suman las sospechas de los propietarios quienes piensan que veo a Pedro fuera de la casa, y cobro mis servicios sin darles la mitad del dinero. No es cierto, evidentemente. ¡Si supieran!
Esta noche acepto ir a un servicio en la casa de una mujer. La «cliente» es una chica pija de veinte años que me ha abierto la puerta en camisón blanco transparente, con ganchillo en las mangas y en el escote. Es muy bonita pero me sorprende ver a alguien tan joven.
El piso parece grandísimo, con techos altos y un pasillo que no se acaba nunca. Me lleva a una pequeña habitación que sirve de salón para invitados, donde me ofrece una copa.
– Me llamo Beth -me anuncia mientras me tiende la copa de whisky que le he pedido.
– ¿Estás sola esta noche?
– Sí. Mis padres están de viaje y me aburría mucho, asi que telefoneé para tener compañía. ¿Te sorprende encontrarte a una mujer?
– No, para nada -digo, con toda naturalidad-. Lo que me sorprende es encontrarme a una mujer tan joven con las ideas tan claras. ¡Eso es lo que me sorprende!
– Ya me lo han dicho muchas veces. Pero ¿qué quieres que te diga? Me gustan tanto los hombres como las mujeres. Y esta noche, quiero estar con una mujer. Además, mi novio me ha dejado, y quiero intentar olvidarle.
Mientras charlamos tranquilamente, oigo un ruido extraño que proviene de otra habitación. No estamos solas en la casa. Debo de estar poniendo cara de preocupación, porque Beth intenta tranquilizarme enseguida.
– Es Paki, mi perro. ¡No te preocupes!
Aparece en el salón un pastor alemán precioso, con la lengua fuera y jadeando.
– ¡Hola, amor mío! Ven aquí, mi amor, ¡ven!
El perro se acerca, me huele un poco y luego pone su nariz debajo del camisón de Beth. Ella, que no parece incómoda por la insolencia del animal, se pone a acariciarle los flancos.
– Es una amiga, ¿ves? Somos amigas -le está diciendo al perro, por si tiene la mínima intención de atacarme y arrancarme parte de la cara.
Esta frase de Beth no me tranquiliza nada. Al contrario.
– ¿Qué pasa? ¿Es agresivo tu perro? -le pregunto, medio en broma. La verdad, estoy acojonada.
– No, ¡tranquila! Es sólo que no le gustan los intrusos. Pero es un buen chico -ahora Beth le está rascando la espalda.
Hay algo sensual en Beth que me hace estremecer. Tiene la dulzura de una adolescente y, a la vez, mucha malicia sexual en los ojos. Mientras la estoy observando, vuelvo a oír un ruido que proviene de otra parte del piso.
– Beth, hay otra persona aquí, ¿verdad?
– ¡Que no! No te preocupes. Debe de ser algo que se ha caído. Voy a ver un momento. Tú, ¡quédate aquí!
– Beth, por favor. No pasa nada. Prefiero que me digas la verdad.
Ignorando mis palabras, sale del salón.
– Ahora vuelvo -dice, dándome la espalda.
Estoy convencida de que hay otra persona en el piso. Además, el perro no se ha movido. Es seguramente alguien que conoce y Beth me ha mentido.
Pasan unos cinco minutos, durante los cuales yo no me atrevo a moverme. Paki se pone a olerme nuevamente, da un bostezo y se acuesta.
– Veo que ya os habéis hecho amigos -dice Beth al volver y observar al perro tirado a mis pies.
– Sí, más o menos. Me gustan mucho los perros y creo que Paki se ha dado cuenta. Entonces, ¿qué era eso?
– Nada. La madera en la chimenea que tengo en mi habitación. ¿Quieres verla?
Es una clara invitación a ir a su dormitorio y la sigo, con nuestras copas en una mano, el bolso en la otra y el perro detrás. El dormitorio es muy amplio y bonito, con muebles rústicos a modo de decoración y una cama en forma de barco. Las sábanas, blancas, inmaculadas, están muy arrugadas, de un extremo al otro de la cama y, enfrente, hay una chimenea con un principio de fuego.
La mesita de noche está llena de vasos con restos de alguna bebida alcohólica, y en los lados, hay manchas blancas.
– Mi novio vino esta tarde. Estuvimos en la cama y luego cortamos. ¿Raro, no? -dice Beth, metiéndose una raya por la nariz-. ¿Quieres?