Fin
- Автор: Monteagudo David
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Fin». Краткое содержание книги:
Sorprende la habilidad con la que Monteagudo se bate tanto en el terreno conceptual como en el narrativo. Sutilmente, suma pequeños capítulos narrativos, escenas y diálogos concretos con los que va hilvanando ambas tramas, la psicológica y la fantástica, colocando siempre el acento en lo extraño. Antes de que el elemento de género se imponga, es decir, bastantes páginas después del misterioso parpadeo nocturno que aísla a los protagonistas, Fin transcurre por derroteros realistas, aunque envueltos en una atmósfera misteriosa y desasosegante.
Persiguiendo una explicación para el fin de la Humanidad, los personajes se han de enfrentar a su propio fin, pero especialmente a sus recuerdos y a las nuevas respuestas que estos provocan bajo sus personalidades adultas. Los remordimientos, la broma perpetrada al Profeta y el fin del mundo, tres elementos aleados en perfecta unión, constituyen el motor de lo terrorífico, pero es el escenario diurno, esa Naturaleza opresiva tan bien descrita, el que produce el efecto numinoso en la narración. Monteagudo acompaña los diálogos con descripciones del paisaje siempre diáfanas, carentes de emotividad, afilando así el tono de extrañamiento general. El ritmo no decae en ningún momento, y es llevado en volandas por un suspense narrativo tan intenso que logra que la novela se convierta en un absorbente pasapáginas.
Tras su lectura, no cabe sino afirmar que Fin, el estreno literario de David Monteagudo, es una novela magnífica, una novela, no tengan duda, de ciencia ficción. De su apasionante lectura se puede extraer, además de la consabida satisfacción literaria, la conclusión de que la normalización del género, su integración en el mercado general, ha revertido, tal y como se esperaba, en buena calidad y mayor diversidad.
«Fin es una novela psicológica armada en una carcasa de novela de terror y hasta de ciencia ficción. Aterra y conmueve. Describiendo una acción pavorosa, Monteagudo desmenuza nuestros pequeños terrores cotidianos. Literatura mayúscula».
Jordi Llavina, La Vanguardia
«Espléndida… Con sus guiños generacionales y metafísicos, su filiación buñuelesca, su turbia atmósfera y su calidad literaria, la insólita opera prima de David Monteagudo es una de las sorpresas de la temporada».
Ricard Ruiz Garzón, El Periódico
«Uno de los libros más sorprendentes del año».
Rosa Mora, El País
«Su mirada desolada sobre el mundo está en la línea de las de Philip K. Dick, Bradbury o-sobre todo-Cormac McCarthy. La lleva al extremo y nos deja sin aliento».
Care Santos, El Mundo
«Te introduce en un mundo del cual quieres salir, pero sin dejar de leer. Mi libro del año».
Carlos Zanón, Avui
«Un absorbente artilugio literario».
Héctor Porto, La Voz de Galicia
Por unos instantes, Nieves guarda silencio, como esperando que alguien abone su teoría. Pero nadie dice una palabra, y es de nuevo su voz jadeante la que se hace oír:
– No, seguro… seguro que no duele, pero…
– ¡Ay, calla, por favor!-dice Amparo bruscamente-, ¡Llevas media hora con eso!
– Es que… es que… ¡Yo no quiero desaparecer! ¡No… no quiero morir, no entiendo cómo… cómo vosotros podéis… podéis estar tan tranquilos! Perdón…
Nieves ha dado un pequeño tumbo al distraerse del pedaleo; ha rozado el manillar de María, y ahora vuelve a tensar la cadena para mantener la línea recta. Sin volverse para mirarla, Amparo le responde alzando ligeramente la cabeza, el rostro en el que las gotas recientes resbalan sobre una capa de sudor ya seco.
– ¿Te crees que yo…-dice resoplando entre cada frase-que yo no tengo miedo? Pero al menos… no me dedico a dar la monserga… me callo y me jodo… no sé… cómo no pierdes el… el resuello… dándole a los pedales y… y al mismo tiempo…
– Vamos, Nieves, no te comas el tarro-dice Ginés-, no… no pienses siempre lo malo…
– ¿Y qué voy a pensar? Esto… esto no se para, no… no se ha parado, ¡cada vez es peor!
Nieves vocaliza con dificultad a causa del esfuerzo. Por su cara no corren las gotas de sudor como por las de sus compañeros; se diría que su piel enrojecida irradia un calor tan intenso, que evapora la transpiración en cuanto ésta sale por los poros. No es que Nieves se haya revelado como una caminante, como una ciclista débil y melindrosa; más bien ha dado muestras, a lo largo de la penosa peregrinación que ya dura más de un día, de un vigor y una resistencia sorprendentes dada su corpulencia; pero su manía de seguir hablando le representa un esfuerzo suplementario, y además está obsesionada por no separarse ni un centímetro del grupo, lo cual la obliga a vigilar y corregir constantemente su trayectoria. María, que está viendo todos sus padecimientos, se esfuerza en mirar para ella, y le habla en un tono más comprensivo:
– Vamos, mujer-dice entre jadeo y jadeo-, no te preocupes… estamos todos… todos aquí, contigo.
– Lo que… lo que va a pasar-dice Nieves con obstinación-es que de… de repente, en cualquier momento…
El grupo ha perdido su perfecta formación desde que ha empezado el cruce de palabras; se producen pequeños encontronazos que pueden provocar una caída; y además se ha disminuido la velocidad sensiblemente, lo cual se agrava por el hecho de que la carretera, sin que apenas se note, va aumentando su inclinación a medida que se acerca al cambio de rasante. Finalmente Ginés, que es el que va delante, se para de golpe y echa pie a tierra. Nadie ha chocado, porque la pendiente y la escasa velocidad les ha permitido detenerse enseguida; pero aun así se ha producido cierto amontonamiento, de modo que el grupo está más apretado y cercano que nunca. Sobreponiéndose a los resoplidos de alivio o de resignación, a las protestas de Amparo, la voz de Ginés se eleva comprensiva, didáctica, pero autoritaria:
– Vamos a ver, Nieves… No nos queda otro remedio que seguir; tenemos la… la obligación de seguir adelante…
– ¡Pero es que me da miedo!-gimotea Nieves, interrumpiéndose a cada poco para respirar-. Me da miedo ver que… que vosotros estáis tan tranquilos, como si no pasara nada, y… y hacéis bromas y todo y… siempre que ha desaparecido alguien estábamos distraídos… ¡Es… es cuando nos lo pasamos bien, cuando nadie está vigilando!
– Y tú crees que si estás…-dice María con largas pausas, en las que respira dos o tres veces seguidas-que si estás siempre vigilando… si no dejas de pensar en eso… pues que no ocurrirá.
El silencio de Nieves, puerilmente avergonzado, tiene mucho de asentimiento.
– No sabemos… no sabemos cómo funciona eso, Nieves-dice Ginés; su voz suena tierna y cercana, como si intentara compensar la rígida separación que les imponen las bicicletas que no han descabalgado-, no sabemos por qué desaparece la gente… No sabemos nada… Pero lo que sé es que no… que no lo arreglaremos… no salvaremos a nadie obsesionándonos y dándole… dándole vueltas a la cabeza… Lo que debemos hacer es actuar… y actuar, ahora mismo, es llegar a Villallana.
– Pero es que yo no puedo… no puedo dejar de pensar…
– Pues entonces piensa otras cosas-dice Ginés-, piensa que, a lo mejor, ya no… ya no desaparece nadie más… A lo mejor Hugo, y Maribel, fueron los últimos. Piensa: cada vez vamos más hacia el sur, ¿por qué no pensar que más abajo, en La Capital…?
– ¡Pero si no hay nadie… aquí tampoco hay nadie; cada vez… cada vez se ven más coches parados, estrellados…!
– El de la curva casi nos jode-apunta Amparo.
– Y el de la gasolinera-gimotea Nieves-con la manguera puesta y con… con las puertas abiertas… ¡Todo el mundo ha desaparecido!
– Pues lo siento, pero yo… yo no voy a abandonar la esperanza-dice María-. Es verdad, no es una pose; no es para… para aumentar la moral del grupo: es que no me creo que no haya nada más; no… no puedo creerme que a mí, precisamente a mí, me haya tocado ver… ver el fin del mundo… y menos aún ser la última superviviente. Me parece… eso sería demasiado presuntuoso.
– Claro-dice Nieves-, tú no le hiciste nada, tú no pusiste las mil pesetas…
– Mil quinientas-puntualiza Amparo.
– Ya estamos con eso-dice María con expresión de fastidio-, ¡esto es un diálogo de sordos!
– Es verdad-insiste Nieves-, todos… todos pagamos: los que queríamos hacerlo y los que no. Ese… ese dinero nos envenenó…
– Ya: las treinta monedas-dice María, con desdeñosa indiferencia-, nada nuevo bajo el sol.
– No hace falta que sea el fin del mundo-dice Amparo-, basta con que le dé tiempo para acabar con todos antes de que…
– Yo seré la siguiente-dice Nieves-; ahora… ahora me toca a mí… y yo… yo no quiero…
– ¿Ah sí? ¿Y por qué tú?-le pregunta María.
– No sé…-dice Nieves, cada vez más cerca del llanto-, tengo… tengo un presentimiento…
– Mira, Nieves-dice Ginés-: todo esto es tan raro que… podría… podría ser cualquier cosa. No sé… he pensado… he pensado mucho en todo esto, en lo que ha pasado, en lo que nos está pasando, y creo… creo que es tan absurdo, tan fuera de lo normal, que… que a lo mejor no tiene una explicación, quiero decir una explicación racional, según las leyes naturales que conocemos, y…
– No marees la perdiz-dice Amparo-, todos sabemos lo que está pasando.
– No, no todos lo sabemos; no todos pensamos lo mismo. Lo que quiero decir es que a lo mejor los que desaparecen vuelven; vuelven al mundo normal, al de verdad, porque esto, esta situación… Algo pasó allí, aquella noche, en el refugio, una fractura… a lo mejor hemos pasado a otra… a otra dimensión. ¡Yo qué sé! Y los que desaparecen vuelven al mundo normal…
– Muy peliculero me suena eso…-sentencia Amparo.
– También es peliculero-replica Ginés-que una persona desaparezca, de golpe, sin dejar ni rastro.
– El mago ese-dice Amparo-, el que estaba liado con la Schiffer… ¿Cómo se llama?… El Copperfield, eso; pues hacía desaparecer un elefante.
– Pero no despoblaba una provincia-apunta María.
– Vale-dice Amparo de mala gana-. Estamos en la cuarta dimensión, en el túnel del tiempo o lo que sea, bien, y mientras tanto ¿qué pasa en el mundo «normal»? ¿Han seguido sin nosotros o qué?… Mira, a lo mejor la otra Amparo está currando ahora en el almacén. Me iría de perlas, porque… estos días tocaba inventario… Inventario-añade con un gesto de repulsión-, eso sí que es la cuarta dimensión.
Ginés menea la cabeza, sin poder evitar que una sonrisa se dibuje en su boca.
– Yo sólo intentaba abrir otros horizontes-dice indulgente-, apartar un poco de la obsesión… pero ya veo que tú lo haces bastante mejor que yo.