El nombre del Único
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: La Guerra de los Espiritus #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El nombre del Único». Краткое содержание книги:
Аннотация
El fuego de la guerra devora Ansalon. El ejército de espíritus marcha hacia la conquista conducido por la mística guerrera Mina, que sirve al poderoso dios Único. Un pequeño grupo de héroes, obligado a adoptar medidas desesperadas, dirige la lucha contra un enemigo que posee una superioridad abrumadora.Surgen dos protagonistas inverosímiles: una hembra de dragón que no cederá fácilmente su liderazgo, y un indomable kender que ha emprendido un extraño e increíble viaje que tendrá un final sorprendente.
Conocía bien a su marido. Al mirarle el semblante, las palabras murieron antes de salir de su boca. La Leona lo observó atentamente.
—¿Qué ocurre, Gilthas? ¿Qué es lo que va mal? Algo sobre Silvanoshei, ¿no es cierto?
Gilthas la miró de mala gana.
—¿Tan transparente soy? Los reyes deberían estar envueltos en misterio, ser inescrutables.
—Esposo —rió La Leona sin poder evitarlo—, eres tan inescrutable y misterioso como una copa de cristal. La verdad que hay dentro de ti está a la vista del mundo.
—La verdad... —Gilthas torció el gesto—. La verdad es, querida, que Silvanoshei no dirigirá a su pueblo ni en una carrera de sacos, cuanto menos en una guerra. No está aquí ni cerca de Silvanesti. Le prometí a Alhana que no diría nada, pero han pasado quince días y me parece que el momento de las mentiras ha quedado atrás. Con todo —Gilthas sacudió la cabeza—, temo que la verdad hará más mal que bien. Los silvanestis siguen a Alhana ahora sólo porque ella habla en nombre de su hijo. Algunos todavía la miran con desconfianza, la ven como una elfa oscura. Si descubren la verdad, si se enteran que les ha mentido, me temo que nunca más la creerán, que nunca le harán caso.
La Leona miró a su marido a los ojos.
—Eso te deja a ti, Gilthas.
Ahora fue él quien se echó a reír.
—Soy todo lo que ellos desprecian, querida. Un qualinesti con parte de sangre humana. No me seguirían.
—Entonces tienes que persuadir a Alhana de que le diga la verdad a su pueblo.
—No creo que pueda. Lleva manteniendo esa mentira tanto tiempo que, para ella, la mentira es ya verdad.
—¿Qué hacemos, entonces? —demandó ella—. ¿Vivir aquí en el bosque hasta que echemos raíces junto con los árboles? Los qualinestis podríamos atacar a los caballeros negros...
—No, querida —la atajó firmemente Gilthas—. Los silvanestis nos han permitido entrar en su patria, eso es indiscutible, pero nos miran con desconfianza, sin embargo. Hay algunos que piensan que estamos aquí para usurpar su país. Si los qualinestis atacaran Silvanost...
—Lo qualinestis no atacarían Silvanost, sino a los caballeros negros que están en Silvanost —argumentó La Leona.
—No sería así como lo interpretarían los silvanestis, y lo sabes tan bien como yo.
—Entonces nos sentamos de brazos cruzados.
—No sé qué otra cosa podemos hacer —repuso, sombrío, Gilthas—. La única persona que habría podido agrupar y dirigir a su pueblo se halla ausente, atraída por el señuelo que lo ha embobado. Sólo quedan dos personas para dirigir a los elfos: una reina elfa oscura y un rey semihumano.
—Aun así, antes o después alguien tendrá que ponerse al mando —dijo La Leona—. Tenemos que seguir a alguien.
—¿Y adonde nos conduciría esa persona, salvo a nuestra propia destrucción? —inquirió Gilthas, sombrío.
El general Dogah se había bebido ya varios barriles de vino. Sus problemas aumentaban día a día. Seis soldados a los que se les ordenó hacer guardia en las almenas se negaron a obedecer. Sus oficiales les amenazaron con azotarlos y ellos los atacaron, dándoles una gran paliza, tras lo cual huyeron con la esperanza de perderse en las calles de Silvanost. Dogah envió a sus tropas a por los desertores con la intención de colgarlos para dar un escarmiento.
Los elfos le ahorraron el trabajo de ahorcarlos. Los cuerpos de los seis fueron entregados en el castillo. Todos habían sufrido una muerte espantosa, de un modo truculento. En uno de los cadáveres encontraron una nota, garabateada en Común, que decía: «Un regalo para el dios Único».
Esa noche, Dogah envió otro mensaje a Mina, suplicándole que enviara refuerzos o le diera permiso para ordenar la retirada. Sin embargo, pensó con desánimo, no tenía la menor idea de hacia dónde se retirarían. Dondequiera que mirara, veía enemigos.
Dos días después, llegó el mensajero.
General Dogah,
Resista en suposición. La ayuda está en camino. En nombre del dios Único.