Los años con Laura Díaz
- Автор: Fuentes Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los años con Laura Díaz». Краткое содержание книги:
Junto a un río amarillo y veloz.
Dentro de una cueva húmeda llena de picos y laberintos.
Abrazado al frío y al hambre.
Comenzaron los bombardeos de la Luftwaffe.
Sabíamos que los alemanes nunca bombardeaban objetivos militares.
Se los querían conservar íntegros a Franco.
Los stukas se iban contra las ciudades y los civiles, eso causaba más destrucción y desánimo que volar un puente.
Por eso lo más seguro era pararse en un puente.
El objetivo era Guernica.
El escarmiento.
La guerra contra la población.
¿Dónde estamos?
¿Quién ganó?
No importa: ¿quién sobrevivió?
Jorge Maura se abrazó a Laura Díaz, «Laura, nos equivocamos de historia. No quiero admitir nada que rompa nuestra fe…».
Empezaron a llegar las Brigadas Internacionales. El franquista Mola sitiaba a Madrid con cuatro columnas afuera de la ciudad y la «quinta columna» de espías y traidores adentro. Lo que vigorizó la resistencia fue el flujo de inmigrantes que venían huyendo de Franco. La capital estaba llena de refugiados. Es cuando canta-
ban aquello de «Madrid qué bien resistes» y «con las bombas de esos cabrones se hacen las madrileñas tirabuzones». No era totalmente cierto. Había mucho franquista en la ciudad. La mitad de Madrid había votado contra el Frente Popular en 1936. Y los «paseos» de los gamberros republicanos que recorrían la ciudad en automóviles robados asesinando a fascistas, a curas y monjas, le habían robado simpatías a la República. Creo que el flujo de inmigrantes fue la mayor defensa de Madrid. Y si no los tirabuzones, entonces un cierto desafío suicida pero elegante le daba el tono a la ciudad. Los escritores se habían refugiado en un teatro y allí Rafael Alberti y María Teresa León organizaban todas las noches bailes a oscuras para disipar el miedo que sembraba la Luftwaffe. Fui a uno de ellos y allí estaban, además de los españoles, muchos hispanoamericanos, Pablo Neruda, César Vallejo, Octavio Paz y Siqueiros, el pintor mexicano que se había dado a sí mismo el grado de «Coronelazo» y se hacía seguir de un limpiabotas para tenerle siempre lustrosas las fe-dericas. Neruda era lento y soñoliento como un océano, Vallejo traía la muerte ojerosa amortajada entre los párpados, Paz tenía los ojos más azules que el cielo y Siqueiros era, él solo, un desfile militar. Todos disfrazados con los trajes del teatro, ropajes del Tenorio y de Las leandras, de La venganza de don Mendo y de El alcalde de Zalamea, de todo había, todos bailando en un techo de Madrid bajo las bombas, iluminados inconscientemente por los stukas alemanes, bebiendo champán. ¿Qué locura, qué alegría, qué fiesta era ésta, Laura? ¿Es risible o condenable o magnífico que un grupo de poetas y pintores celebre la vida en medio de la muerte, mande al demonio al enemigo solemne y enclaustrado que se nos venía encima con su infinita tristeza fascista y reaccionaria y su eterna lista de prohibiciones: pureza de sangre, pureza religiosa, pureza sexual? Ya sabíamos cómo eran. Si desde que se instaló la República en 1931, ellos se opusieron a la educación mixta, mandaron a sus hijos a la escuela con crucifijos al pecho cuando se estableció la educación laica, eran la gazmoñería de la falda larga y el sobaco apestoso, eran los godos enemigos de la limpieza árabe y del ahorro judío, bañarse era prueba morisca, la usura pecado hebreo. Eran los corruptores del lenguaje, Laura, tenías que oírlos para creerlo, hablaban sin rubor de los valores que ellos defendían, el soplo ardiente de Dios, el noble solar de la Patria, la mujer casta y digna, el surco fecundo de la espiga, en contra de los eunucos republicanos y francmasones judíos, la sirena marxista que introduce en España ideas exóticas, sem-
brando la cizaña en el campo de la fe robusta de los católicos españoles: cosmopolitas apatridas, renegados, turbas sedientas de sangre española y cristiana, ¡canalla roja!, y por eso los bailes de disfraces de Alberti en el techo de un teatro iluminado por las bombas era como el desafío de la otra España, la que siempre se salva de la opresión gracias a la imaginación. Allí conocí a dos muchachos de las Brigadas Internacionales, dos norteamericanos. El comunista italiano Palmiro Togliatti y el comunista francés André Marty eran los encargados de formarlas. Desde julio del 36 unos diez mil voluntarios extranjeros cruzaron los Pirineos y para principios de noviembre había unos tres mil en Madrid. La frase del momento era «No pasarán». No pasarán los fascistas, pasarán los brigadistas, recibidos con los brazos abiertos. Los cafés se llenaron de brigadistas y de periodistas extranjeros. A todos ellos la gente les gritaba, «Vivan los rusos». Allí andaba un alemán comunista pero aristócrata, no olvido su fabuloso nombre, Arnold Friederich Wieth von Golsenau. Se acercó a mí como si me reconociera, dijo «Maura» y mis demás apellidos, como para asimilarnos él y yo, convocándome a su lado, a esa especie de superioridad impregnable que era ser aristócrata y comunista. Vio mi reticencia y sonrió: «En nosotros se puede confiar, Maura. No tenemos nada que ganar. Nuestra honradez está fuera de toda duda. Una revolución la deberían hacer sólo aristócratas pudientes, gente sin complejos de inferioridad o necesidades económicas. Entonces no habría corrupción. Es la corrupción lo que acaba con las revoluciones y hace pensar a la gente que si el antiguo régimen era detestable, más lo es el nuevo régimen, porque si los conservadores ya no engendraban esperanza, los izquierdistas la traicionaron». «Eso pasa -le contesté en tono de conciliación- porque las revoluciones siempre las pierden los aristócratas y los trabajadores, pero las ganan los burgueses.» «Sí -concedió-, ellos siempre tienen algo que ganar». «Y nosotros -le recordé- siempre tenemos algo que perder». Se rió mucho. El cinismo de Von Golsenau, que era conocido en las Brigadas por su nombre de guerra, «Renn», no era el mío. Había dos niveles de esta guerra, el nivel de sus habladores, teorizantes, pensadores y estrategas, y el de la inmensa gente del común, que era todo menos común, era extraordinaria y daba pruebas diarias de una valentía sin límites, Laura, la primera línea de fuego de todas las grandes batallas, Madrid y el Jarama, Brunete y Teruel, la derrota de Mussolini en Guadalajara. La primera línea nunca estaba vacante. Los republicanos del pueblo se
peleaban por ser los primeros en morir. Niños con el puño en alto, hombres sin zapatos, mujeres con la última hogaza de pan entre los pechos, milicianos con el fusil oxidado en alto, todos luchando en la trinchera, en la calle, en el campo, nadie cejó, nadie se acobardó. No se ha visto nada igual. Yo estaba ea el Jarama cuando la batalla se intensificó con el arribo de mil tropas africanas al mando del general Orgaz protegidas por tanques y aviones de la Legión Cóndor de los nazis. Los tanques rusos del lado republicano contuvieron el avance fascista y entre las dos fuerzas la línea de combate iba y venía, encarnizada, llenando los hospitales de heridos y también de enfermos por la malaria que trajeron los africanos. Era una combinación graciosa, hasta cierto punto. Moros expulsados de España por los Reyes Católicos en nombre de la pureza de sangre luchando ahora al lado de racistas alemanes contra un pueblo republicano y demócrata auxiliado por los tanques de otro déspota totalitario, José Stalin. Casi intuitivamente, por una simpatía liberal, por antipatía hacia los Renn y Togliatti, me hice amigo de los brigadistas norteamericanos. Se llamaban Jim y Harry. Harry era un chico neoyorquino, judío, al cual motivaban dos cosas simples: el odio al antisemitismo y la fe en el comunismo. Jim era más complejo. Era hijo de un periodista y escritor de fama en Nueva York y había llegado muy joven -tendría en ese momento veinticinco años- con credenciales de prensa y amparado por dos corresponsales famosos, Vincent Sheean y Ernest Hemingway. Sheean y Hemingway se disputaban el honor de morir en el frente español. No sé para qué vas a España, le decía Hemingway a Sheean, el único reportaje que vas a sacar es el de tu propia muerte y no te serviría de nada porque lo escribiré yo. Sheean, un hombre brillante y bello, le contestaba a Hemingway rápidamente: más famosa va a ser la historia de tu muerte, y ésa la escribiré yo. Detrás de ellos venía el joven alto, desgarbado y miope, Jim, y detrás de Jim el pequeño judío de saco y corbata, Harry. Sheean y Hemingway se fueron a reportear la guerra pero Jim y Harry se quedaron a pelearla. El chico judío compensaba su debilidad física con una energía de gallo de pelea. El neoyorquino alto y desgarbado perdió por principio de cuenta sus anteojos y se rió diciendo que era mejor pelear sin ver a los enemigos que ibas a matar. Los dos tenían ese humor neoyorquino entre sentimental, cínico y sobre todo autoburlón. «Quiero impresionar a mis amigos», decía Jim. «Necesito hacerme de un curriculum que compense mis complejos sociales», decía Harry. «Quiero conocer el miedo», decía