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El dios de piedra despierta [The Stone God Awakens - es]

Электронная книга - «El dios de piedra despierta [The Stone God Awakens - es]». Краткое содержание книги:

¿Cómo será el mundo dentro de millones de años? Esto era lo último que se hubiera imaginado averiguar el científico piel roja Ulises Singing Bear cuando estaba trabajando en un proyecto secreto referente al éstasis atómico. Pero fue lo que descubrió cuando le falló el experimento. Pues, convertido en su propio conejo de Indias, fue él quien se despertó a la vida en un lejano, muy lejano futuro. Esto es lo que nos ofrece aquí la fabulosa imaginación de Philip Jose Farmer, creador de universos, explorador del pasado y del presente, en una nueva novela de las épocas por venir… una novela llena de acción y aventuras, de luchas con espadas, de la brujería, de lo desconocido, y de las ciencias olvidadas en el tiempo y las civilizaciones que florecieron y murieron durante los milenios que aún han de trascurrir.
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Sin embargo, los prisioneros, sometidos a tortura, habían dicho que debían vivir unos treinta y cinco mil seres en ella. Habían jurado que podían brotar del Árbol seis mil quinientos guerreros para defender la ciudad.

La nave capitana continuó descendiendo y luego, arrastrada hacia el tronco por el viento que golpeaba su gran costado, descendió a una rama situada doscientos metros más abajo.

– ¡Arrojen las bombas en cuanto estén listos! -ordenó Ulises.

Miró por la escotilla de babor. El tronco parecía alzarse hacia ellos tan rápidamente que tuvo que reprimir el impulso de ordenar que la nave se apartara de él. Había hecho sus cálculos y deberían, según ellos, pasar el tronco unos cien metros antes de que el viento les empujara hacia el norte.

Las trampillas de las bombas estaban abiertas y los encargados de lanzarlas, todos humanos, esperaban a que el objetivo estuviese a la vista.

Ulises también esperaba. Tras él se agitaba Graushpaz. Su estómago atronaba, y su probóscide, moviéndose nerviosamente, rozó el hombro de Ulises con su húmedo extremo. Ulises se estremeció.

– Bombas fuera -informó el lanzador. La nave se elevó inmediatamente al desprenderse de aquel peso. Ulises miró a babor. Las gotas oscuras aún seguían cayendo. Algunas no alcanzaron la rama, y continuaron hasta la de más abajo. Unas diez alcanzaron el objetivo. Se elevó una llamarada y salieron despedidos grandes fragmentos de madera entre fuego y negro humo. Eran fragmentos de los árboles más pequeños que crecían en el Árbol, y otras cosas que podrían haber sido pequeños cuerpos. Pero no se podía determinar si eran de animales o de hombres alados.

Las dos naves que iban tras ellos dejaron caer también su carga e inmediatamente se elevaron aliviadas. Cayó en el misino sitio suficiente número de bombas para practicar inmensos agujeros en la rama. Pero parecía muy lejos dé, hallarse tan debilitada corno para romperse. Además, aunque se rompiese, no caería. Había demasiadas ramas verticales que crecían por debajo. Era muy posible que quedase suspendida aunque se eliminasen todos sus retoños verticales. Las tramas de enredaderas la ligaban con las otras ramas y con otros troncos que podrían haberla sostenido. Sin embargo, las explosiones habían abierto nueva vía al río, que se derramaba ahora por los lados del tronco hacia una rama situada a unos cien metros por debajo.

Ulises se había dado cuenta de que sólo para cortar una rama era necesario todo el poder de fuego de la' flota. No perseguía eso. Sólo quería que salieran los hombres murciélago ocultos. En cuanto supiese dónde estaban escondidos, atacaría aquellos lugares.

El gran dirigible trazó un amplio círculo alrededor del tronco y se alineó en cuanto la última nave de las diez hubo soltado sus bombas. Esta vez, dio órdenes de que dirigieran la nave hacia abajo y la hicieran pasar por debajo de la rama bombardeada. Los hombres de las cabinas superiores de la nave informaron que el agua del río caía sobre ellos. Y después la nave pasó por debajo y hubo, un momento después, una serie de explosiones cuando las bombas alcanzaron la rama de más abajo. Algunas eran de alcohol gelatinoso y ardían ferozmente, alzando una inmensa nube de humo.

Aún no había ni rastro de los hombres murciélago.

Ulises dio orden de ahorrar bombas un rato. Hizo que la nave capitana diese otra vuelta, esta vez volando aún más bajo, aunque a mucha mayor distancia del tronco. El viento era escaso allí, y la nave podía maniobrar con más seguridad. Pero aun así, la distancia entre las dos ramas por las que el Espíritu Azul se deslizaba era de sólo setenta metros. No tiraron bombas esta vez. Ulises no quería que la nave se elevara porque podía chocar con la rama superior.

En aquel momento, el aire estaba lleno de aves y pájaros. Las explosiones y las naves habían asustado a toda la vida animal en kilómetros a la redonda. Muchas aves chocaron con las hélices de los propulsores, que esparcieron la sangre por toda la vecindad inmediata. Otras chocaban contra la cubierta o contra el cristal de las escotillas de control de la barquilla.

Ulises estaba demasiado atento a la maniobra de la nave para inspeccionar la entremezclada y convulsa superficie del Árbol buscando la ciudad. Pero cuando la nave empezó a girar en un espacio relativamente ancho entre troncos, oyó a Awina exclamar:

– ¡Hay una abertura!

– ¡Vamos hacia ella! -ordenó al timonel.

Bajo la rama que tenían delante había un agujero cavernoso. Era oval y de unos treinta metros de anchura. Sombreado por la rama, su oscuro interior parecía vacío. Pero Ulises estaba seguro de que había allí muchos hombres murciélago. Estarían esperando, hasta que tuvieran la seguridad de que la entrada había sido localizada, y entonces actuarían. O su comandante podría decidir que sería mejor iniciar la ofensiva.

– ¡Hay otro agujero! -exclamó Graushpaz.

Señaló hacia un óvalo oscuro que había bajo una rama del tronco a su derecha.

La nave pasaría entre los dos agujeros, lo cual significaba que podría ser atacada desde ambos lados simultáneamente.

Ulises transmitió esta información a las otras naves y les ordenó luego que no siguieran a la capitana sino que se elevaran y diesen la vuelta. Estaba corriendo un riesgo, dándoles a los hombres murciélago la oportunidad de situarse por encima de su nave. Ahora. Tenían bombas, y bastaba con que una abriese un agujero en la delgada piel y otra penetrase por el agujero para convertir el Espíritu Azul en una ruina llameante.

Habló de nuevo por la caja radiofónica a los lanzadores de cohetes de los laterales del navío y a las cabinas de la parte superior. Un minuto después, cuando la nave pasaba ante los agujeros a unos quince kilómetros por hora, objetos oscuros que escupían fuego y humo brotaron del dirigible hacia los agujeros. Varios cayeron fuera de las entradas, pero cinco pasaron por una y tres por la otra. Tenía cada uno una carga de cinco kilos de explosivo plástico y medio kilo de pólvora negra y una capa detonante de ácido pícrico.

Brotaron de las bocas de las entradas llamas y humo negro. Salieron volando cuerpos, y luego la nave dejó atrás los agujeros. Un momento después, salieron de ellos hombres alados, cayeron, comenzaron a aletear, y luego intentaron acercarse al dirigible. Continuaban saliendo incesantemente. Al mismo tiempo, brotaron hombres murciélago de agujeros hasta entonces invisibles, y también salieron a cientos de los entramados de enredaderas.

La segunda tanda de cohetes alcanzó de nuevo los agujeros más próximos y a muchos de los que había dentro. Un dirigible que volaba sobre un gigantesco entramado de enredaderas arrojó bombas de tiempo en el punto en que entramado y rama se unían. Las bombas hicieron desprenderse el entramado, que cayó, sujeto sólo de un lado, hasta quedar en posición vertical. Mil cuerpos por lo menos cayeron de las enredaderas, aunque la mayoría comenzaron a volar de nuevo hacia arriba. Había entre ellos muchos niños y mujeres.

Awina tiró del brazo a Ulises y le señaló a estribor y hacia abajo.

– ¡Allí! -dijo-. ¡Allí! ¡Bajo la tercera rama de abajo! ¡Hay un agujero inmenso!

Ulises lo vio también poco antes de que la nave lo dejara atrás al dar la vuelta al tronco. Este agujero era triangular y como de unos cincuenta metros. Salían de él formaciones de hombres murciélago, filas interminables. Avanzaban como en un desfile, saliendo en formación del agujero, caían, extendían las alas, controlaban su caída y luego empezaban a volar hacia arriba. No intentaban alcanzar el dirigible, como habían hecho los otros, pero volaban hacia arriba como si fuesen a recibirle.

Probablemente intentasen llegar lo más arriba posible y agruparse entonces para el ataque.

Ulises dio órdenes de disponer los dirigibles en formación de combate por encima de la altura asequible a los hombres murciélago. Esta maniobra duró quince minutos. Las naves tenían que ganar altura y al mismo tiempo trazar un círculo que pudiese agruparlas a todas para enfrentar al enemigo. Luego, la nave capitana, situada en cabeza, inició el ataque contra la nube de hombres murciélago que volaban dando vueltas al tronco debajo mismo de la base de aquella cúspide en forma de hongo.

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