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El gallo negro

Электронная книга - «El gallo negro». Краткое содержание книги:

Invierno de 1537, Inglaterra. Bajo el reinado de Enrique Vlll, la disolución de los monasterios está en marcha.Thomas Cromwell, el temido vicario general del rey se enfrenta a la vieja Iglesia católica con leyes draconianas y la mayor red de informadores nunca vista. La reina Ana Bolena ha sido decapitada y los monasterios, amenazados con la desamortización, sufren el expolio de sus tesoros y ven peligrar sus tierras, codiciadas por cortesanos y aristócratas.Y mientras la tensión aumenta, los acontecimientos toman un giro desgraciado cuando, en el monasterio benedictino de Scarnsea, el comisionado cíe Cromwell aparece muerto con la cabeza separada del cuerpo. Ante la gravedad del hecho, el vicario envía al monasterio al abogado Matthew Shardlake, un reformista de aguda inteligencia y carácter noble, para que dirija la investigación. Pero cuando Shardlake y su joven secretario y protegido Mark Poer llegan a Scarnsea, el panorama no puede ser más desolador. Bajo la aparente calma monacal se esconde un mundo de delitos sexuales, malversación de fondos, traición y; para colmo, otros dos nuevos y terribles crímenes.Además, el trabajo del abogado se ve perturbado por una serie de desagradables descubrimientos sobre Cromwell y la Reforma que harán vacilar su fe.
Con una trama minuciosamente elaborada, El gallo negro es una apasionante novela de intriga que se desarrolla durante los tempestuosos albores del estado de derecho moderno, una época en que las leyes civiles iniciaban el largo y difícil camino para despojar al poder eclesiástico del papel normativo que ejercía en la sociedad.
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– ¡Por las llagas de Cristo! -exclamó Mark-. ¡Qué hambre tengo!

– Sí, yo también. Pero nos abstendremos de tomar cerveza. ¿Sabes que la regla de san Benito prescribía una sola comida diaria durante el invierno? La cena. Fue concebida para el clima italiano, y al principio también se aplicó en Inglaterra. Imagínate pasarte el día rezando de pie, en pleno invierno, ¡y con una sola comida! Por supuesto, a medida que transcurrían los años y aumentaba la riqueza de los monasterios, se pasó de una comida al día a dos y luego a tres, con carne, vino…

– Supongo que al menos aún rezarán.

– Sí. Y creen que con sus plegarias interceden por los muertos ante Dios -dije recordando el angustiado fervor del hermano Gabriel-. Pero se equivocan.

– Confieso que toda esa teología me da dolor de cabeza, señor.

– Pues no debería, Mark. Dios te ha dado inteligencia. Úsala.

– ¿Cómo tenéis la espalda hoy? -me preguntó el muchacho cambiando de tema, una táctica que cada vez dominaba mejor.

– Regular, pero mejor que cuando llegamos.

El posadero nos trajo sendos platos de pastel de conejo, y empezamos a comer en silencio.

– ¿Qué creéis que le ocurrió a esa muchacha? -me preguntó Mark al cabo de unos instantes.

– ¡Sabe Dios! -respondí moviendo la cabeza-. Hay tantos hilos de los que tirar… Parece que no hacen más que aumentar. Esperaba más de Copynger. Bueno, ahora sabemos que algunas mujeres han sufrido abusos en el monasterio. Pero ¿de quién? ¿Del prior Mortimus, que importunó a Alice? ¿De otros? En cuanto a esa chica, Orphan, Copynger tiene razón. No hay pruebas de que no huyera, y puede que la anciana, cegada por el afecto que le tenía, haya tergiversado las cosas. No hay nada a lo que aferrarse -concluí cerrando el puño en el aire.

– ¿Qué opináis del juez Copynger?

– Es un reformista. Nos ayudará en todo lo que pueda.

– Habla de la verdadera religión y de que los monjes oprimen a los pobres, pero él vive espléndidamente y no le tiembla la mano a la hora de echar a la gente de sus tierras.

– Sí, eso tampoco me gusta a mí. Pero no deberías haberle preguntado por Alice. No es asunto tuyo. Copynger es nuestra única fuente de información fiable, y no lo quiero disgustado. Apenas contamos con otra ayuda. Esperaba más información sobre las ventas de tierras, algo que nos ayudara con los libros del tesorero.

– Me parece que el juez sabe más de los contrabandistas de lo que dice.

– Por supuesto. Acepta sobornos. Pero no estamos aquí por eso. Coincido con él en una cosa: el asesino es alguien del monasterio, no de la ciudad. Los cinco obedienciarios -dije, y empecé a contarlos con los dedos-: el abad Fabián, el prior Mortimus, Edwig, Gabriel y Guy, son lo bastante altos y fuertes como para haber podido eliminar a Singleton, salvo Edwig, que estaba ausente. Y cualquiera de ellos pudo envenenar al novicio. Es decir, si lo que el hermano Guy me contó sobre la belladona es cierto. -¿Por qué iba a mentir?

Una vez más, vi el rostro sin vida de Simón Whelplay mientras lo sacábamos del baño. La idea de que lo habían envenenado para impedir que hablara conmigo volvía a mi mente una y otra vez y me estrujaba el corazón como una mano de hierro.

– No lo sé -respondí-, pero no confío en nadie. Todos tienen mucho que perder si el monasterio se cierra. ¿Dónde encontrará trabajo como físico el hermano Guy, con su aspecto? En cuanto al abad, vive aferrado a la dignidad de su cargo. Y los otros tres también pueden tener cosas que ocultar. ¿Contabilidad fraudulenta, en el caso del hermano Edwig? Podría estar quedándose con dinero por si se queda en la calle, aunque necesitaría el sello del abad para cualquier venta de tierras. -¿Y el prior Mortimus?

– A ése lo creo capaz de cualquier cosa. En cuanto al hermano Gabriel, la vieja serpiente de la tentación sigue visitándolo, de eso estoy seguro. No te ha quitado ojo desde que llegamos. Imagino que mantiene relaciones con otros monjes, aunque quizá no las mantuviera con el pobre Simón; pero llegas tú enseñando la pantorrilla, con tu buen jubón y tus buenas calzas, y empieza a soñar contigo mientras está con ellos.

Mark apartó el plato con cara de asco.

– ¿Es necesario que entréis en detalles, señor?

– Los abogados no tenemos más remedio que entrar en detalles, por sórdidos que sean. Gabriel parece inofensivo, pero es un hombre atormentado, y los hombres atormentados hacen cosas inesperadas e irracionales. Si se demostrara que ha cometido actos de sodomía recientemente, podría acabar en la horca. Si Singleton lo interrogó con su tacto habitual, el sacristán pudo dejarse llevar por la desesperación, sobre todo si había otros a los que proteger. Y por último tenemos a Jerome. Quiero hablar con él. Me intriga que llamara a Singleton mentiroso y perjuro. -Mark no respondió. Seguía pensativo-. ¡Eh, despierta! -exclamé irritado-. ¿Qué más da que el sacristán esté loco por tu trasero? A fin de cuentas, no tiene muchas posibilidades de conseguirlo.

– No estaba pensando en mí, señor -replicó Mark con un destello de cólera en los ojos-, sino en Alice. La muchacha que desapareció también trabajaba con el hermano Guy.

– Sí, también he pensado en eso.

– ¿No sería mejor, y más seguro para todos -preguntó Mark inclinándose hacia mí-, detener a los obedienciarios y al hermano Jerome y encerrarlos como sospechosos?

– ¿Con qué pruebas? ¿Y cómo los interrogaríamos? ¿Torturándolos? Creía que desaprobabas esos métodos.

– Y los desapruebo. ¿No bastaría con un interrogatorio duro?

– ¿Y si estoy equivocado y no fue ninguno de ellos? ¿Y cómo mantendríamos en secreto semejante detención en masa?

– Pero el tiempo y el peligro apremian…

– ¿Crees que no lo sé? -repliqué fuera de mí-. Pero abusando de nuestro poder no obtendremos la verdad. Singleton lo intentó, y mira dónde está ahora. Los nudos se desenredan con paciencia, no a tirones; y, créeme, el nudo que tenemos entre manos es el más complicado que he visto en mi vida. Pero lo desharé. Vaya si lo desharé.

– Lo siento, señor. No pretendía cuestionar…

– Cuestiona lo que quieras, Mark -repliqué irritado-. Pero cuestiónalo con inteligencia. -Animado por la cólera, me levanté y arrojé unas monedas a la mesa-. Venga, vamonos. Estamos perdiendo la tarde, y hay un viejo cartujo loco esperándome.

16

Apenas hablamos mientras volvíamos al monasterio bajo un cielo que volvía a encapotarse rápidamente. Estaba enfadado conmigo mismo por mi arrebato de cólera, pero últimamente tenía los nervios de punta y era de prever que las ingenuidades de Mark me hicieran saltar. No obstante, en esos momentos volvía a sentir una decisión inquebrantable y avanzaba por el camino con paso vivo, hasta que tropecé en un montón de nieve y Mark tuvo que agarrarme, lo que acabó de irritarme. Cuando nos acercábamos a los muros de San Donato, se levantó un viento glacial y empezó a nevar otra vez.

Aporreé la puerta de la torre sin contemplaciones hasta que apareció Bugge limpiándose los restos de comida de la boca en la mugrienta manga del hábito.

– Quiero ver al hermano Jerome. De inmediato.

– Se encuentra bajo la custodia del prior, señor, que está rezando la sexta -respondió el portero indicando la iglesia, de la que nos llegaba el apagado sonido de los cánticos.

– ¡Entonces, hazlo venir! -le repliqué con viveza.

El botarate se marchó refunfuñando y nosotros nos arrebujamos en las capas, que ya estaban blancas de nieve, y nos dispusimos a esperar. Bugge no tardó en volver acompañado por el prior Mortimus, que nos miró con una expresión malhumorada en su rubicundo rostro.

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