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Callejón Fleshmarket

Электронная книга - «Callejón Fleshmarket». Краткое содержание книги:

En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.
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– Que podría ayudar.

– Bien, es muy amable, pero creo que no es necesario, si le parece bien.

– Es que resulta… -replicó bajando la mirada hacia el cadáver. Sintió como un puñetazo en el estómago, pero su expresión sólo reflejaba interés profesional- que sé quién es. Sé bastantes cosas sobre él.

– Bueno, nosotros sabemos también quién es. Gracias de nuevo…

Claro que sabían quién era; por la fama y aquel rostro con cicatrices. Era Donny Cruikshank muerto en el suelo de su dormitorio.

– Pero yo sé cosas que ustedes no saben -insistió ella.

Young entornó los ojos y Siobhan comprendió que se lo había ganado.

* * *

– Hay mucha más pornografía ahí -dijo uno del equipo de la policía científica.

Se refería al cuarto de estar, donde habían encontrado un montón de DVD y vídeos en el suelo junto al televisor. Había igualmente un ordenador ante el cual estaba sentado otro agente manipulando el ratón. Buena labor tenía por delante.

– No olvides que es un trabajo -le advirtió Young.

Para estar a solas, llevó a Siobhan a la cocina.

– Por cierto, me llamo Les -dijo con actitud más amable ahora, al saber que ella tenía más información.

– Y yo Siobhan -repuso ella.

– Bien… -añadió él apoyándose en la encimera y cruzando los brazos-. ¿De qué conocía a Donald Cruikshank?

– Era un violador convicto en cuyo caso trabajé. La víctima se suicidó, era una joven de aquí cuyos padres siguen viviendo en Banehall. Hace unos días vinieron a verme porque otra hija suya se marchó de casa.

– Ah.

– Me dijeron que habían hablado de ello con alguien de Livingston -añadió Siobhan en tono neutro.

– ¿Y algo le hace pensar?

– ¿Qué?

Young se encogió de hombros.

– ¿Que esto tenga algo que ver? ¿Que haya alguna relación?

– Es lo que me pregunto y lo que me impulsó a venir.

– Si hace el favor de redactar un informe…

– Hoy mismo -contestó Siobhan asintiendo con la cabeza.

– Gracias. -Young se apartó de la encimera decidido a subir otra vez al piso, pero se detuvo en la puerta-. ¿Tiene trabajo en Edimburgo?

– No mucho.

– ¿Quién es su jefe?

– El inspector Macrae.

– Yo podría quizá hablar con él… por si puede cedérnosla unos días. -Hizo una pausa-. Suponiendo que esté usted de acuerdo.

– Encantada -dijo Siobhan, quien habría jurado que él salió al pasillo ruborizándose.

Volvió al cuarto de estar y casi tropezó con un recién llegado: el doctor Curt.

– Anda usted por todas partes, sargento Clarke -dijo el patólogo, mirando a derecha e izquierda para asegurarse de que nadie escuchaba-. ¿Alguna novedad en el callejón Fleshmarket?

– No mucho. Encontré a Judith Lennox.

Curt hizo una mueca.

– No le diría nada…

– Claro que no. Guardo su secreto. ¿Piensan volver a exhibir a Mag Lennox?

– Supongo que sí -contestó Curt apartándose para dejar paso a un agente de la científica-. Bueno, creo que será mejor… -añadió dirigiéndose a la escalera.

– No se preocupe, que no se le va a escapar.

Curt la miró.

– Siobhan, perdone que le diga, pero ese comentario dice mucho sobre usted.

– ¿Qué, por ejemplo?

– Que lleva demasiado tiempo con John Rebus -replicó el patólogo ascendiendo la escalera con su maletín de cuero negro.

Siobhan oyó cómo le crujían las rodillas al subir los peldaños.

– ¿Qué hay de interesante, sargento Clarke? -gritó alguien afuera.

Miró hacia el cordón y vio a Steve Holly saludándola con la libreta.

– Está un poco lejos de su demarcación, ¿no?

Siobhan musitó algo y cruzó el camino, abrió la cancela y pasó por debajo del cordón. Holly se pegó a su lado por el camino hacia el coche.

– Usted trabajó en el caso, ¿verdad? -dijo-. Me refiero al caso de violación. Recuerdo que le pregunté…

– Corte el rollo, Holly.

– Oiga, no voy a citarla en mi crónica… -Se había situado ya frente a ella andando hacia atrás para verle la cara-. Pero seguro que piensa lo mismo que yo… Lo mismo que muchos…

– ¿Y qué es lo que piensan? -replicó ella sin poder evitarlo.

– Que nos hemos librado de una basura. Quiero decir que quien lo haya hecho merece una medalla.

– Los bailarines de comparsa no se rebajan tanto como usted.

– Eso mismo dice su compañero Rebus.

– La gente genial tiene las mismas ideas.

– Vamos, no me…

No dijo más porque chocó con el coche de Siobhan y cayó al suelo. Ella subió al vehículo, lo puso en marcha antes de que él tuviera tiempo de levantarse, y mientras hacía marcha atrás hasta el fondo de la calle vio que el periodista se sacudía el polvo y miraba el bolígrafo aplastado.

No fue muy lejos; paró el coche después del cruce con la calle Mayor y no tardó en encontrar la casa de los Jardine, que la hicieron pasar.

– ¿Se han enterado? -preguntó ella.

Ellos asintieron con la cabeza sin pesar ni alegría.

– ¿Quién habrá sido? -preguntó la señora Jardine.

– Cualquiera -dijo el marido mirando a Siobhan-. A nadie le gustó que volviera a Banehall; ni a su propia familia.

Lo que explicaba por qué Cruikshank vivía solo en la casa.

– ¿Ha averiguado algo? -preguntó Alice Jardine tratando de coger las manos de Siobhan entre las suyas.

Era como si ya hubiese borrado de su mente el asesinato.

– Fuimos a ese club -contestó ella-, pero nadie conocía a Ishbel. ¿No han sabido nada de ella?

– Se lo habríamos dicho antes que a nadie -contestó John Jardine-. Ay, pero qué modales los nuestros. ¿Quiere tomar un té?

– La verdad, no tengo tiempo. -Siobhan guardó silencio un instante-. Lo que sí querría…

– ¿El qué?

– Una muestra de la escritura de Ishbel.

– ¿Para qué? -inquirió Alice Jardine abriendo mucho los ojos.

– Para nada en concreto… Puedo pasar más tarde.

– Veré qué encuentro -dijo John Jardine yendo hacia la escalera y dejándolas solas.

Siobhan metió las manos en los bolsillos para evitar que Alice se las apresara.

– Cree que no la encontraremos, ¿verdad?

– Ella misma se dejará encontrar… cuando quiera -dijo Siobhan.

– ¿Qué cree que le habrá pasado?

– ¿Y usted?

– Pienso lo peor -contestó Alice Jardine, restregándose las manos como si quisiera limpiarse algo.

– Tendremos que interrogarles -añadió Siobhan en voz baja-, y les harán preguntas sobre Cruikshank y su muerte.

– Sí, claro.

– Y también les harán preguntas sobre Ishbel.

– Dios mío, no pensarán… -exclamó la mujer.

– Forma parte de la investigación.

– ¿Nos interrogará usted, Siobhan?

Ella negó con la cabeza.

– No, porque tengo relación con el caso. Lo hará un policía llamado Young. Es buena persona.

– Bien, si usted lo dice…

El marido regresó.

– No hay mucho, la verdad.

Le tendió una agenda de direcciones con nombres y números de teléfono, anotados casi todos con rotulador verde. En la guarda, Ishbel había escrito su nombre y dirección.

– Me servirá -dijo Siobhan-. Se lo devolveré cuando acabe.

Alice Jardine cogió a su marido por el codo.

– Dice Siobhan que la policía hablará con nosotros… sobre él -añadió, incapaz de mencionar el nombre.

– ¿Ah, sí? -preguntó él, volviéndose hacia Siobhan.

– Es algo rutinario para reconstruir la vida de la víctima -dijo ella.

– Ya, comprendo -comentó el hombre no muy convencido-. Pero no será… No pensarán que Ishbel tiene algo que ver.

– ¡No seas idiota, John! -espetó su esposa entre dientes-. ¡Ishbel es incapaz de una cosa así!

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