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Pasado Perfecto

Электронная книга - «Pasado Perfecto». Краткое содержание книги:

El primer fin de semana de 1989 una insistente llamada de teléfono arranca de su resaca al teniente Mario Conde, un policía escéptico y desengañado. El Viejo, su jefe en la Central, le llama para encargarle un misterioso y urgente caso: Rafael Morín, jefe de la Empresa de Importaciones y Exportaciones del Ministerio de Industrias, falta de su domicilio desde el día de Año Nuevo. Quiere el azar que el desaparecido sea un ex compañero de estudios de Conde, un tipo que ya entonces, aun acatando las normas establecidas, se destacaba por su brillantez y autodisciplina. Por si fuera poco, este caso enfrenta al teniente con el recuerdo de su antiguo amor por la joven Tamara, ahora casada con Morín. «El Conde» irá descubriendo ciertas sombras inquietantes en el aparente pasado perfecto sobre el que Rafael Morín ha ido labrando su brillante carrera de burócrata.
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– ¿Y qué pensaba usted entonces, Maciques?

– Pensar…, nada. Lo que hice por la noche. Ir a verlo y decirle que todo estaba listo. Entonces pensaba quitarle el maletín donde tenía los papeles y decirle que se buscara él un lanchero. ¿Y ustedes saben lo primero que él me dijo cuando llegué? Que me iba a escribir desde Miami para decirme dónde había escondido las fotocopias, que estaban bien guardadas y que nadie las iba a descubrir. Entonces fui yo el que se puso mal y le dije todo lo que pensaba de él hacía mucho tiempo, y él me tiró un piñazo, pero era una puta, fue un piñacito así, con la mano abierta, y me dio aquí, arriba de la oreja, y fue cuando le di el empujón y se cayó contra el borde de la bañadera… Así fue todo. -Dijo Maciques y hundió la cabeza entre los hombros.

– ¿Y usted le puso la dieta de Panamá y lo demás entre los papeles de la Empresa, verdad?

– Yo tenía que protegerme, ¿no? Porque yo sospechaba que él iba a hacerme una maraña y yo tenía que protegerme. Qué clase de hijo de puta -sentenció, con la última vitalidad que le quedaba.

– ¿Y usted pensaba que se iba a librar de ésta, Maciques? -le preguntó el Conde y se puso de pie. Por un instante había pensado que aquel hombre envejecido y derrotado era digno de lástima, pero apenas había sido una idea fugaz. La imagen de la derrota no podía vencer al sentimiento de repugnancia que le provocaba toda aquella historia-. Pues pensó mal, y pensó mal porque usted es igual que su difunto jefe. La misma mierda de la misma letrina. Y no pierda ese miedo que tuvo, Maciques, no lo pierda, que esta historia acaba de empezar -dijo, miró al sargento Manuel Palacios y abandonó la oficina. El dolor de cabeza le nacía detrás de los ojos y caminaba por su frente, maligno y tenaz.

Falta un gorrión, pensó. El día anterior lo había visto en su nido y ahora sólo quedaban algunas plumas y la paja seca y trenzada en la horquilla del laurel. No puede estar volando todavía, si se cayó no se salva, con los gatos de la cocina no se salva, y confió en que el gorrión ya hiera capaz de volar. El frío había cedido, y un sol rojizo se perdía tras los edificios, en dirección al mar, y sería una tarde magnífica para aprender a volar.

– ¿A los cuántos días vuelan los gorriones, Manolo?

El sargento dejó el file en que presillaba los últimos informes y las declaraciones firmadas por Maciques y miró al teniente.

– ¿Pero qué es lo que te pasa hoy, Conde? ¿Cómo tú quieres que yo sepa eso? Ni que yo fuera gorrión.

– Oye, chico -lo señaló con el dedo índice-, que no es para tanto. Tú también haces cada preguntas que son del carajo. Dale, termina eso para ver al Viejo.

– Y hablando del rey de Roma, ¿tú crees que nos dé los días que nos debe?

El Conde ocupó su silla detrás del buró y se frotó los ojos. El dolor de cabeza apenas era un recuerdo, pero tenía sueño y empezaba a sentir hambre. Sobre todo quería terminar con Rafael Morín. Le molestaba haber desconocido las potencialidades verdaderas de aquel personaje que, sin perder la respiración, pasaba de dirigente a empresario particular, de impecable a pecador, y moría con un solo golpe, dejándolo con tantas preguntas como hubiera querido hacerle.

– Vamos a esperar a que la china Patricia termine en la Empresa. Me dijo que mañana por la mañana me entregaba el balance, y después tú y yo le entregamos el informe completo al Viejo y creo que nos dará un par de días. A mí me hace falta. Y creo que a ti también. ¿Cómo está la cosa con Vilma?

– Bien, bien, ya se le pasó el berrinche.

– Menos mal, porque aguantarte a ti cuando una mujer te sopla no es nada fácil. Pero bueno, ya da igual, porque esto se está acabando y a lo mejor me meto un mes sin verte la cara… Oye, ¿y por fin quién le avisó a la madre de Rafael y a Tamara?

– El mayor llamó al ministro de Industrias.

– Me da pena con la madre.

– ¿Y con la mujer no? ¿No vas a consolarla?

– Vete pal carajo, Manolo -dijo, pero sonrió.

– Oye, Conde, ¿cómo te sientes tú cuando cierras un caso como éste?

El teniente extendió las manos sobre el buró. Las tenía abiertas, con las palmas hacia arriba.

– Así, Manolo, con las manos vacías. Ya todo el mal estaba hecho.

El Conde y Manolo se miraron, y entonces el teniente le ofreció un cigarro a su compañero, cuando la puerta del cubículo se abrió y vieron entrar un tabaco detrás del cual venía un hombre.

– Muy bueno el trabajo con Maciques, sargento -dijo el mayor Rangel y recostó la espalda contra la puerta-. Y tú te excediste como siempre, Mario… ¿Qué clase de hombre era ese Rafael Morín?

El Conde miró otra vez a Manolo. No sabía si el mayor Rangel quería una respuesta o simplemente hacer la pregunta en voz alta. Era muy poco frecuente ver al Viejo fuera de su oficina y hablando con aquel tono de desconcierto, y prefirieron callar.

– ¿A qué hora tengo el expediente completo mañana?

– ¿A las diez?

– A las nueve de la mañana. Patricia termina esta tarde y le deja la Empresa a la Policía Económica. Ahí puede aparecer cualquier cosa. Así que mañana a las nueve. Después se van los dos y no aparezcan por aquí hasta el viernes, si no es que yo los llamo antes. Y mañana voy a formar una con esto de Rafael Morín que ustedes ni se la imaginan. Está bueno ya de relajo y de corrupción para que después nosotros tengamos que sacar las castañas del fuego. -Y su voz parecía la de un hombre mucho más grande, más joven, una voz acostumbrada a exigir y a protestar. Miró la ceniza impoluta de su tabaco y luego a sus dos subordinados-. Y después dicen que los delincuentes. Niños de teta es lo que son al lado de un tipo como éste o como el Maciques, y no sé qué va a pasar de ahí para arriba y para abajo, pero voy a pedir sangre… Un respetable director de empresa que maneja miles y miles de dólares. No entiendo, no entiendo, por mi madre que no -y abrió la puerta y empezó a salir detrás de su tabaco-, pero mañana a las nueve estoy saliendo con el informe debajo del brazo…

– No, no inventes. Fíjate que ya ni hace frío, y además mañana tenemos que estar aquí temprano para hacer el informe, así que el caso no está cerrado -imploró Manolo mientras encendía el motor del auto y el Conde susurró: El que se acuesta con niños…

– ¿Qué te ha hecho esa mujer, Manolo? Oye, le tienes un miedo que te cagas.

El carro abandonó el parqueo de la Central y Manolo siguió negando con la cabeza.

– No me vas a acomplejar, olvídate de eso. No hay dos traguitos que valgan, yo voy a casa de Vilma y tú haces lo que te dé la gana y mañana te recojo a las seis. ¿Dónde quieres que te deje? Además, cuando me tomo dos tragos no se me para y ahí empezamos a fajarnos…

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