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Asesinato suicida

Электронная книга - «Asesinato suicida». Краткое содержание книги:

John Snow es un brillante inventor que trabaja en la indistria aeronáutica; tiene dinero, familia, e incluso una amante que no le da problemas. Pero sufre una enfermedad rara y terrible: una extraña forma de epilepsia que afecta su cerebro. La única posibilidad de curarse pasa por someterse a cirugía, pero el precio que ha de pagar es muy alto y a cambio de su salud perderá la memoria, el recuerdo de los suyos y el acceso a sus secretos. Cuando toma por fin la decisión de operarse, aparece asesinado de un disparo. El psiquiatra forense Frannk Clevenger deberá ahondar en la mente de Snow para atrapar descubrir si este se suicidó o bien fue asesinado.
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Su primera reacción había sido cancelar la cita, pero la idea de dedicar la noche a trabajar le irritaba. Era obvio que estaba poniendo nervioso a alguien.

El siguiente paso fue llamar a Mike Coady.

– Hola, Frank -contestó Coady.

– He tenido un problemilla con la camioneta -dijo Clevenger.

– ¿Dónde estás? Mandaré una patrulla a recogerte.

– Ya han venido cuatro coches de Chelsea -dijo Clevenger-. No es una avería. Alguien la ha hecho estallar.

– Santo cielo. ¿Estás bien?

– He podido salir a tiempo. Una camioneta y una chaqueta de piel nuevas, y estaré como nuevo.

– ¿Tienes idea de quién ha sido?

– No. Había una nota de Lindsey Snow en el parabrisas, pero no creo que sepa cómo manipular un coche para que explote.

– ¿Qué dice la nota?

– Está confundida. Cree tener sentimientos hacia mí. En realidad, todo es porque estaba muy unida a su padre y lo echa de menos.

– De acuerdo… ¿Cuánto tiempo llevaba aparcado el coche?

– Tres horas, tres horas y media.

– Voy a mandarte a un agente para que te escolte -dijo Coady.

– Ya te dije que no me va eso de tener séquito -dijo Clevenger-. Pero estaría bien saber que alguien está pendiente de Billy. Ahora está aquí conmigo, pero tengo que marcharme. Se quedará en el loft.

– Pondré un coche delante de tu casa toda la noche, todas las noches, hasta que resolvamos el caso.

– Gracias.

– ¿Alguna noticia del viaje de Anderson a Washington?

– Por ahora no. -Se dio cuenta de que tenía que alertar a North Anderson sobre hasta dónde había llegado alguien para poner fin a la investigación-. Le llamaré ahora mismo.

– Si ha encontrado algo, dímelo. Voy a llamar a Kyle Snow para ver si puede dar cuenta de dónde ha estado esta tarde. No sería la primera vez que entregara algo por su hermana. También pasaré a ver a Collin Coroway y a George Reese.

– Te llamo mañana por la mañana.

– Aquí estaré.

Clevenger colgó. Llamó a Anderson, lo encontró en el móvil y descubrió que había aterrizado en Logan en el último puente aéreo y que aún no había llegado a su casa de Nahant. Le contó lo de la explosión.

– Quizá deberías tratar de pasar inadvertido unos días -dijo Anderson-. Yo puedo encargarme de todo.

– Alguien está asustado. No quiero aflojar.

– No sé si hacer que tu camioneta salte por los aires encaja en la definición de «estar asustado», pero capto la idea general.

– Cuéntame cómo te ha ido en Washington.

– He tenido una recepción muy fría en la oficina de patentes, pero aun así he conseguido algunos de los datos que necesitábamos.

– Dispara.

– Todas las patentes de Snow-Coroway están clasificadas. Tienen cincuenta y siete. Lo único que figura en el registro es la fecha en la que las solicitaron y la fecha en la que fueron concedidas. El contenido de la solicitud es secreto.

– ¿Hay alguna solicitud reciente?

– Tan reciente como que se hizo el día después de que muriera Snow -dijo Anderson-. La empresa solicitó dos patentes aquella tarde.

– ¿Para el Vortek?

– He intentado por todos los medios que conozco conseguir que la oficina de patentes me revelara la intención general de las solicitudes… Diseño de misiles, por ejemplo -dijo Anderson-. Incluso le he pedido a un abogado de patentes que conozco en Nantucket que lo intentara él, que citara el Acta de Libertad de Información. No han cedido ni un ápice.

– Si Snow dio a Collin Coroway y a George Reese lo que necesitaban, si creó el Vortek y cedió la propiedad intelectual, ya podían prescindir de él. Era el único obstáculo para sacar a bolsa Snow-Coroway. Pero ¿por qué había que matar a Grace?

– Buena pregunta.

– No parece que tengamos mucho tiempo para encontrar la respuesta.

– Eso querrá decir que ganaremos pronto.

– Me encanta tu optimismo -dijo Clevenger.

– Cuando empiece a parecer euforia, puedes ponerme en tratamiento.

– Ya te lo diré.

* * *

Clevenger cogió un taxi y llegó al Four Seasons a las once menos cinco, llamó a la operadora desde el vestíbulo y pidió que le pasaran con la habitación de Whitney McCormick.

– Hola -contestó.

– Estoy abajo.

– Dame dos minutos.

– Estaré fuera del Bristol.

Se reunió con él junto a la mesa de la jefa de salón. Llevaba una falda negra y una elegante rebeca de cachemira color crema con botones de nácar. Era evidente que se había tomado su tiempo para peinarse y maquillarse. Estaba elegante y hermosa. Nada exagerado, nada subido de tono; lo cual hacía que estuviera aún más seductora.

Clevenger sintió que una llave se introducía en la cerradura de su alma.

– Estás increíble -le dijo. Se inclinó y le dio un beso en la mejilla, se detuvo un momento para susurrarle al oído-: Siempre lo estás.

– Igualmente, doctor.

– Gracias -dijo, irguiéndose-. Pero si percibes un olor a metal quemado, puedo explicarlo.

Ella sonrió.

– ¿Qué quieres decir?

– Vamos a sentarnos.

La jefa dé salón los escoltó a un par de sillones anchos y mullidos junto a la ventana, que daba al Public Garden, con sus árboles elegantes flanqueados por luces blancas. Una camarera apareció como por arte de magia. Clevenger pidió un café. McCormick, un merlot.

– Tengo una buena excusa para llegar tarde -dijo Clevenger.

– A ver. -Se inclinó hacia delante y le cogió la mano.

No esperaba que lo tocara, pero le encantó.

– Mi camioneta ha saltado por los aires. Bueno, alguien la ha hecho saltar por los aires.

– Será broma.

– ¿Quién bromearía sobre algo así?

Se quedó pálida y le soltó la mano.

– ¿Qué pasa?

– ¿Tengo que repetírtelo? -dijo ella-. Estás pisando terreno peligroso.

– Se me da mejor nadar en la parte honda -dijo él-. Saber que la única alternativa es ahogarme me ayuda a motivarme.

– Estás pisando terreno peligroso por lo que a temas de seguridad nacional se refiere -dijo con un tono de voz objetivo, profesional-. No es inteligente de tu parte, y ya te he dicho que creo que es innecesario.

– ¿Hablas por ti misma o por el FBI?

– ¿Qué diferencia hay?

Quizá ya no había ninguna.

– Hablando de lealtad laboral -dijo Clevenger-. Espero que te den un coche de la empresa. Sólo asegúrate de que el arranque sea remoto.

– Crees que todo esto tiene gracia. Yo no.

Clevenger oyó preocupación en su voz, no irritación.

– Tendré cuidado -le dijo.

– ¿Tendrás cuidado? ¡Alguien ha hecho saltar tu coche por los aires!

– ¿Qué quieres? No tengo la más mínima intención de que un asesino se libre.

– ¿Por qué no vemos si podemos pasar el caso al FBI?

Aquello sonaba a estrategia.

– Es mi caso.

– No, es de Mike Coady. Te incorporó a su equipo como asesor.

– Te estás inmiscuyendo.

– Intento ayudar. La forma de interpretar la participación del FBI es simplemente como una señal de que hay fuerzas en juego que no puedes controlar.

– Cuando dejé la bebida, aprendí una cosa: lo único que puedes controlar es a ti mismo.

– Quizá vayas por buen camino -dijo-. Quizá la razón por la que no puedas retirarte del caso sea porque eres adicto a él.

– ¿A qué sería adicto exactamente? ¿A que me saqueen el piso o a que me fracturen el cráneo?

– A la oscuridad. A alguna visión idealizada e inflexible de la verdad, que sólo tú ves. Quizá por eso no me haces caso. Porque no puedes.

– Es posible -reconoció Clevenger-. Pero te seré sincero: no voy a dejar nunca este hábito. Es a lo que me dedico. Es lo que soy

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