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La estrategia Bellini

Электронная книга - «La estrategia Bellini». Краткое содержание книги:

El paradero de un retrato de Mehmet II, gran héroe del Imperio otomano, pintado por el artista renacentista Bellini ha sido un misterio durante siglos. En el Estambul de 1840 circula el rumor de que el cuadro ha aparecido en Venecia, y el sultán quiere poseerlo a toda costa. Yashim, el célebre detective eunuco, es el encargado de recuperarlo, y para ello cuenta con la inestimable ayuda de Stanislaw Palieski, el decadente embajador de Polonia.
Yashim y Palieski viajan de incógnito a Venecia, una ciudad de palacios vacíos y silenciosos canales, por la que se mueven oscuros tratantes de arte, hombres que se han hecho a sí mismos y marchitos aristócratas. Cuando dos cuerpos aparecen en el canal, la búsqueda del retrato perdido se convierte en un peligroso juego del gato y el ratón que amenaza con destruir el trono otomano y desencadenar feroces luchas de poder en Europa.
Jason Goodwin, ganador del Edgar Award por El Árbol de los Jenízaros y cuyas novelas han sido traducidas a treinta y siete idiomas, es uno de los mayores expertos en Estambul, una ciudad codiciada y codiciosa atrapada entre el exotismo de su pasado y la inestabilidad de los nuevos tiempos.
La estrategia Bellini es «una novela magnífica, inteligente y evocadora» (Independent) de «un escritor de enorme talento» (Financial Times).
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Brunelli sonrió.

Le gustaba Brett, y le gustaría charlar un ratito con él.

Pensó que sabía dónde encontrarlo.

Capítulo 79

En la sartén de la signora, Yashim frió unas lonchas de berenjena. Cuando estuvieron doradas, las sacó y las dejó en una fuente. Cortó algunos tomates a trozos y los metió en la sartén con un pellizco de sal y azúcar, removiéndolos de vez en cuando.

Peló y cortó unos dientes de ajo, que siguieron el camino de las cebollas. Cuando las cebollas estuvieron pochas, metió en el recipiente una buena ración de carne picada de cordero. El cordero había resultado caro. Tuvo que probar con varios carniceros antes de encontrar lo que quería.

La carne se doró. Añadió un gran pellizco de canela, un puñado de albahaca desmenuzada y los tomates.

En la cacerola de la leche mezcló mantequilla y harina para hacer una salsa espesa. Añadió leche lentamente, manteniendo el recipiente en el borde del fuego. Cuando tuvo lista la salsa, la salpicó con sal y una pizca de nuez moscada rallada.

Depositó la carne en el plato llano de loza, la cubrió con unas capas de berenjenas y vertió encima la salsa.

Con la mussaka lista, limpió la sartén y le echó otra vez aceite. Cuando éste se encontraba muy caliente dejó caer, después de aplastarlos entre sus palmas, unos pimientos puestos a secar, y los cocinó hasta que estuvieron casi negros. Recogió con una cuchara el kirmizi biber doméstico y lo metió en una taza de harina.

– El monasterio armenio.

Hablaba tan pausadamente que Palieski, que ahuyentaba las moscas del cristal de la ventana, no podía estar seguro de haberlo oído bien.

– ¿El monasterio?

– Dijiste que te habías mareado. Estabas en la biblioteca, contemplando un Corán.

– Cierto. Parecía peculiar.

– ¿Un Corán antiguo?

– No, no. Bastante reciente… Y muy hermoso.

– ¿De la familia d'Aspi, dijiste? ¿Viste quién lo había hecho?

– Yo sólo quería irme a casa a dormir, Yashim.

– Me gustaría verlo -dijo Yashim.

– ¿Ahora?

– Pienso que sería lo mejor -reconoció Yashim-. Abrígate. Podría hacer frío en el agua.

Capítulo 80

Les llevó casi una hora llegar a la isla. El canal estaba señalizado con postes, lúgubres como horcas en la penumbra. El agua estaba quieta y aceitosa.

Palieski tiró de la campanilla, y la oyeron tintinear en la caseta del portero. Al cabo de unos minutos se abrió una pequeña ventana y apareció una cara.

– ¿Quiénes son ustedes? Es tarde.

El monje hablaba en italiano, Yashim respondió en armenio.

– Lo siento, padre. El signor Brett visitó el monasterio hace unos días, pero no pudo hablar con el padre Aristo.

– El padre Aristo -repitió el monje- estará en el scriptorium.

Descorrió los cerrojos y les dejó entrar. Cuando hubo cerrado otra vez la puerta, se metió las manos en las mangas.

– Por favor, síganme.

Cruzaron un patio y penetraron en un ancho pasadizo. Los candelabros acababan de ser encendidos. El monje abrió una puerta suavemente, sin llamar, y Yashim inhaló un rico y agradablemente familiar olor de libros viejos, tinta y madera. El scriptorium estaba lleno de estanterías que se perdían en la penumbra; una vela se derretía sobre la ancha mesa de roble que se levantaba en medio de la sala.

La mesa estaba desnuda, excepto donde se amontonaba una confusa pila de papeles y libros, cerca de la vela. A Yashim le recordó el estudio del embajador polaco en Estambul. El negro sombrero de forma cónica del padre Aristo descansaba sobre un montón de diccionarios, y su cabeza calva lo hacía sobre los papeles. Parecía estar dormido. El monje sonrió.

– El padre Aristo trabaja mucho -susurró. Luego, un poco más fuerte-: Padre, padre Aristo.

– Hemos venido a ver el Corán, en realidad -dijo Yashim con suavidad-. ¿Quizás deberíamos dejar dormir al padre Aristo, ¿no?

El monje hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Se sentiría decepcionado.

Tocó el brazo del anciano monje.

El padre Aristo levantó la cabeza, y miró a su alrededor, parpadeando. Su barba era magnífica y blanca.

– Tiene unos visitantes, padre.

El padre Aristo palpó en la mesa en busca de sus gafas, y se las puso cuidadosamente ajustando las varillas detrás de sus enormes orejas.

– Estaba echando una siesta.

Tenía una voz profunda y una sonrisa dulce.

Todavía en armenio, Yashim los presentó a los dos.

– Deseamos echar una ojeada al Corán, padre.

– Ah, sí, el Corán. Naturalmente. Es espléndido. ¿Querrían tomar un poco de té?

Mientras el otro monje iba en busca del té, el padre Aristo les mostró los papeles que tenía ante él.

– Éste es nuestro diccionario -explicó, mirando afectuosamente los libros que lo rodeaban, como si su presencia fuera una agradable sorpresa-. Inglés-armenio. He llegado a la decimocuarta letra de nuestro alfabeto.

Aún le quedaban veinticuatro más, pensó Yashim.

El monje regresó con una bandeja y tres tazas de té dulce.

– Es una tarea sagrada, porque la escritura armenia es una escritura sagrada -dijo el padre Aristo-. Ha llegado hasta nosotros sin cambios, a través de los siglos. La primera letra es la «A», por Astvats, Dios. La última es la «K», por Kristos. Mashtots recibió estas letras en un sueño, al cabo de años de estudio. Y fue un sueño muy bueno, amigos míos. Estas letras -añadió lentamente- nos han mantenido unidos durante mil cuatrocientos treinta y cinco años.

Se puso de pie, levantando cuidadosamente la silla del suelo.

– Pero ustedes han venido a ver el Corán. Se lo mostraré.

Desapareció en la penumbra. Parecía conocer su camino por el tacto, porque al cabo de unos momentos regresó con un gran libro encuadernado en piel que colocó sobre la mesa.

– Los musulmanes también consideran su escritura como sagrada -dijo. Y miró a Yashim-. ¿No es así?

Yashim se inclinó. Levantó la cubierta del libro, y vio que aquél era, realmente, un precioso Corán, de una calidad propia de un palacio o una gran mezquita.

En la primera hoja aparecía una breve inscripción, en latín.

Palieski se inclinó.

– Dice que Alvise d'Aspi regaló este Corán a sus amigos del Monasterio Armenio de San Lazzaro, el año…

Frunció el ceño. Los números romanos no tenían sentido ¿1264?

El padre Aristo sonrió y le dio un golpecito en el brazo.

– Por supuesto. El conde d'Aspi era un buen amigo nuestro. Utilizaba el calendario armenio, que empieza en el año 552 de su calendario gregoriano. -Asintió con la cabeza-. Hay mucho que explicar sobre el calendario armenio, pero ustedes tienen otro. -Sus ojos centellearon detrás de las gafas-. Para usted sería 1816.

Yashim pasó las páginas. Cada sura estaba brillantemente ilustrada, según una tradición que se remontaba al siglo XII, con un follaje estilizado, atiborrado de animales y pájaros. No había ninguna firma del calígrafo. Yashim no esperaba encontrarla.

La obra misma ya constituía una firma; llevaba el sello del hombre que, sin ayuda alguna, había trabajado para crear ese hermoso libro. Debía de haberle llevado meses, si no años. El calígrafo era Metin Yamaluk.

Las guardas del libro eran muy hermosas y estaban hechas muy cuidadosamente. Yashim se detuvo en ellas, frunciendo el ceño. Mostraban un cuadrado, entre las esquinas y el punto medio de cada línea del cuadrado discurría un nudo sin fin de líneas entrecruzadas, que formaba una estrella de ocho puntas.

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