La Ciudad De Los Prodigios
- Автор: Мендоса Эдуардо
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Ciudad De Los Prodigios». Краткое содержание книги:
`Con toda desvergüenza (y el descaro tal vez no sea quitarse una cara sino presentar la otra, ya se sabe cuál) declararé que `La ciudad de los prodigios`, de Eduardo Mendoza es una de las novelas que más me ha complacido en los últimos años, tal vez decenios. A punto he estado de limitar la afirmación con la fronteriza apostilla `escrita en castellano` pero me he cortado a tiempo, un tanto aburrido por esos productos de otras lenguas -con excepción de los salidos de las manos de Bernhard, Coetzee o Gardner- que guardan entre su formato exterior y su reclamo, por una parte, y su contenido, por otra, la misma relación que ciertos melones. Casi toda la novela reciente que he leído sabe a pepino, en contraste, la de Mendoza sabe como aquellos ya inencontrables frutos de Villaconejos, productos del secano sin la menos intervención del laboratorio y con gusto hasta la misma corteza, con un gusto uniforme, que nunca cansa, con esa mezcla de levedad y consistencia que invita, con cada bocado, a seguir degustándolo.`
La ciudad de los prodigios es la obra más ambiciosa y extensa de Eduardo Mendoza. Entre las dos Exposiciones Universales celebra das en Barcelona -esto es, entre 1888 y 1929- la ascensión de Onofre Bouvila, repartidor de folletos de propaganda anarquista y vendedor ambulante de crecepelo, hasta la cima de un poderío a la vez delictivo y financiero, sobre el telón de fondo o forillo abigarrado de una ciudad pintoresca, tumultuosa y a partes iguales real y ficticia, nos propone un nuevo y singularísimo avatar de la novela picaresca y un brillante carrusel imaginativo, que convoca, con los mitos y fastos locales, a figuras como Rasputín, los Zares, la emperatriz Sissí o Mata Hari, a modo de ornamentación lateral de una fantasía satírica y lúdica cuyo sólido soporte realista inicial no excluye la fabulación libérrima. De constante amenidad e inventiva, La ciudad de los prodigios es la culminación de la narrativa de Eduardo Mendoza y uno de los títulos más personales y atractivos de la novela española contemporánea.
Circulaban ya personas, bestias y carros. Para no ser reconocido el alcalde vestía un simple capote y un sombrero chambergo; en un recipiente de barro había colocado queso blanco de cabra; le iba echando encima aceite y lo iba espolvoreando con tomillo, como había visto hacer de pequeño en la masía donde vivían entonces sus abuelos. Así dejó que transcurriese toda la jornada. Los que pasaban por su lado comentaban la agitación que reinaba en la ciudad por la desaparición del alcalde, al que buscaban en vano desde que por la mañana no se había personado en la iglesia donde invariablemente oía su misa. Del erario público, decían, no faltaba un céntimo; eso era a juicio de todos lo más chocante.
Al atardecer el sol se convirtió en un círculo rojo de gran perímetro. El alcalde vio venir hacia él un ser raro. Una escaldadura sufrida de niño le había dejado la mitad izquierda de la cara tersa y lampiña; la otra mitad, en cambio, estaba surcada de arrugas y ostentaba medio bigote y media barba de notable longitud, porque venía de hacer a pie el camino de Santiago o se disponía a emprenderlo. Se llamaba o decía llamarse Abraham Schlagober, que en alemán significa "nata"; dijo no ser judío, pese a su nombre, sino cristiano viejo, peregrino en cumplimiento de una promesa cuya causa se negó a revelar y constructor de obras. El alcalde lo llevó de inmediato al Ayuntamiento, le mostró los planos de Barcelona y sus alrededores, puso a su disposición todos los medios para que trazara un proyecto. Ésta será, le dijo Abraham Schlagober, la Ciudad de Dios de que nos habla San Juan, la nueva Jerusalén. Ya que Jerusalén había sido derruida y nunca podría levantarse de nuevo, porque el Señor había dicho que no quedaría de ella piedra sobre piedra, otra ciudad estaba llamada a sustituirla como centro de la cristiandad. Barcelona tenía la misma latitud que Jerusalén, era una ciudad mediterránea, todo concurría a hacer de ella la ciudad elegida. Juntos leyeron las palabras reveladas: "Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: Ésta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas". El proyecto quedó acabado en menos de seis meses, tras lo cual Abraham Schlagober desapareció sin dejar rastro. Hay quien afirma que tal personaje no existió nunca y que fue el propio alcalde quien dibujó los planos. Otros, que sí existió, pero que no se llamaba como él decía ni era peregrino ni constructor, sino un aventurero que habiéndose percatado de la condición irregular del alcalde decidió sacar tajada de ello, acertó a trasladar al papel con astucia las visiones de su protector y mientras le duró el trabajo vivió a expensas del municipio, lo cual no sería insólito. Cuando el proyecto estuvo enteramente acabado el alcalde lo encontró de su agrado y lo sometió a la consideración del pleno.
Hoy el proyecto original no existe ya: o fue destruido a propósito o se encuentra sepultado sin remisión en archivos municipales insondables. Sólo nos han llegado bocetos parciales, poco fidedignos, fragmentos de la memoria justificativa. Como medidas habían sido usadas la braza y la parasanga, el codo y el estadio, lo que sin duda habría confundido mucho a los operarios de haberse procedido a la construcción; de lo que hoy llamamos el Tibidabo hasta el mar discurría un canal navegable del que partían a derecha e izquierda doce canales (uno por cada tribu de Israel) más estrechos y de menor calado, que iban a desembocar en otros tantos lagos artificiales en torno a los cuales se ordenaban barrios o agrupaciones semireligiosas, semi-administrativas, gobernadas por un teniente de alcalde y un levita. En ningún lugar aparece dicho de dónde saldría el agua que debía alimentar el canal y sus defluentes, aunque hay alusiones veladas a unos aljibes situados en lo que hoy es Vallvidrera, La Floresta, San Cugat y Las Planas. En el centro de la ciudad vieja (que según el plan debía ser arrasada, con la salvedad de la catedral, Santa María del Mar, el Pino y San Pedro de las Puellas) cinco puentes cruzaban el canal y cada puente representaba una de las cinco virtudes teologales. El Ayuntamiento, la Diputación provincial y el Gobierno civil habían de ser reemplazados por tres basílicas que correspondían a las tres potencias del alma. Había un Mercado de la Templanza y un Mercado del Temor de Dios, etcétera.
Otros aspectos del proyecto nos son desconocidos. Nunca sabremos cómo eran. El pleno del ayuntamiento se quedó patidifuso. Por fin optaron por aclamar el proyecto. Le dieron el apoyo unánime y sin reservas de la municipalidad. El consistorio, sin embargo, señalaba la necesidad de cumplir con los trámites prescritos por la ley vigente: el proyecto aprobado por el pleno debía someterse al refrendo del Ministerio del Interior, del que dependían todos los ayuntamientos de España. El alcalde montó en cólera. ¿Es posible que hasta la voluntad de Dios tenga que pasar por Madrid?, exclamó. Es la ley, respondieron los concejales aliviados. Fingían solidarizarse con la ira del alcalde, pero en el fondo confiaban en pasarle la pelota a Madrid, en que Madrid les sacara las castañas del fuego. Siempre que han podido nos han fastidiado, pensaban, pero esta vez, para variar, con su negativa nos harán un favor tremendo.
La respuesta de Madrid decía así: que S.E. el ministro del Interior acusaba recibo del llamado Plan de Ensanche de la Ciudad de Barcelona, pero que rehusaba considerarlo por no ajustarse su presentación a los requisitos contemplados por la legislación en la materia. En efecto, la ley exigía que se presentasen tres proyectos alternativos, entre los cuales el ministro se reservaba el derecho a elegir el de su preferencia. El alcalde creyó perder la cabeza. Entre todos lograron tranquilizarle: Convoquemos un concurso, enviemos a Madrid nuestro proyecto y otros dos más; el señor ministro no puede dejar de seleccionar el nuestro, por fuerza verá que es el mejor, le dijeron. A esto el alcalde no supo qué objetar; creía que su proyecto había sido inspirado por Dios y que no había ni podía haber otro superior a él, de modo que dejó que se convocase el concurso y esperó impaciente a que los proyectos fuesen presentados, cribados y preseleccionados con arreglo a los plazos fijados en las bases del concurso y aun se avino a presentar su propio proyecto junto con los demás, en el convencimiento de que saldría seleccionado, como sucedió. A lo largo de este proceso el proyecto del alcalde, que hasta entonces habían visto sólo unos pocos, circuló de mano en mano y sus características corrieron de boca en boca.
En los cenáculos ilustrados de la ciudad no se hablaba de otro asunto. Por fin los tres proyectos seleccionados fueron remitidos a Madrid. Allí el ministro los entretuvo todo lo que pudo sin que mediara explicación. El alcalde no vivía. ¿Han llegado noticias de Madrid?, preguntaba a medianoche, despertando sobresaltado. Su ayuda de cámara tenía que entrar en el dormitorio y calmarlo, pues era célibe.
Finalmente contestó el ministro. La respuesta cayó como una bomba: S.E. el ministro del Interior había decidido no seleccionar ninguno de los tres proyectos presentados, dado que a su parecer, ninguno reunía méritos suficientes. En cambio, daba por bueno y sancionaba con su firma un cuarto proyecto que o bien no había concursado o bien lo había hecho, pero había sido descalificado por el jurado. Ahora reaparecía amparado por un decreto-ley. Era lo que luego habría de llamarse "el plan Cerdá". El alcalde prefirió tomar la cosa por el lado bueno: "Estoy persuadido", escribió al ministro, "de que V.E. ha querido chancearse a nuestra costa haciendo ver que aprobaba un proyecto que no sólo no integra la terna presentada en su día a V.E., sino que cuenta de antemano con la desaprobación de todos los barceloneses". Esta vez la respuesta del ministro fue fulminante. "Los barceloneses, amigo mío, se darán con un canto en los dientes si el plan Cerdá se realiza algún día tal y como yo lo he sancionado", escribió al alcalde. "Y en lo que a usted concierne, mi estimado alcalde, permítame recordarle que no entra en sus atribuciones determinar cuándo un ministro está o no está de guasa. Limítese Vd. a cumplir mis instrucciones al pie de la letra y no me obligue a recordarle de quién depende su cargo en última instancia, etcétera, etcétera".