La visita en el tiempo
- Автор: Пьетри Артуро Услар
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La visita en el tiempo». Краткое содержание книги:
Habían proyectado dedicarle a la iglesia, pero lo impidió su carácter belicoso.
Demostró sus condiciones de general y ambicionó reinar más que nada en el mundo; su corta existencia transcurriría en un constante conflicto entre el sueño y la realidad.
Muley-Hamida, el depuesto gobernante, se había refugiado en La Goleta. Su hermano Muley-Hacem había sido llamado por Don Juan para ser cabeza de la comunidad como Gobernador a nombre del rey de España. Hizo emocionadas promesas de gratitud y lealtad.
«¿Y ahora?», preguntaba Don Juan a los jefes que lo acompañaban. «No es posible crear un reino cristiano sin cristianos. Ésta es la triste verdad.» «Podemos echar a los turcos, pero quedarán los moros.» «Toda huella de Cristiandad ha desaparecido. Se necesitarían generaciones y siglos para hacer de esto un pueblo de cristianos.» El tema de la fortaleza fue más delicado. No destruirla era ir abiertamente contra la voluntad del rey. «Destruirla sería borrar la última huella de la presencia cristiana. La última huella del Emperador. Si el rey estuviera aquí tendría que comprender la razón que tenemos para no destruirla.» Estaba allí Cervellón, quien se encargaría de la construcción de la nueva fortaleza frente a La Goleta. Explicaba todos los detalles de la más ingeniosa y duradera edificación militar. «Este nuevo presidio podrá sostenerse por siglos.» Algunos se atrevieron a asomar observaciones. Santa Cruz recordó la ventaja indudable que habría habido en atacar por Argel. «Tomado Argel, estaba destruido el poder turco en estos mares.» Llegó noticia de Bizerta. Los moros, con el alcalde, se habían alzado, pasaron a cuchillo la guarnición turca y se presentaban a rendir homenaje.
«Es como si esto no tuviera raíz, estuviera en el aire», decía Don Juan. Salía a recorrer a caballo la ciudad y sus alrededores. Lo rodeaban con peticiones y súplicas.
Saludaba, sonreía y continuaba con el manso león arrimado al estribo.
La carta para el rey dándole cuenta hubo que rehacerla más de una vez. Se le ponderaba la riqueza del país, la buena disposición de los nativos, la necesidad de no abandonarlos al Turco y, luego, la conveniencia, acaso por el momento, de conservar la fortaleza.
No se hablaba de ampliarla.
Avanzaba octubre y el tiempo se descomponía. Hubo días enteros de tormenta.
«Lo que hay que hacer por el momento, está hecho.» No tenía objeto permanecer allí día tras día con aquel inútil despliegue de fuerzas. La soldadesca ociosa promovía riñas y choques con la población. No había enemigo a la vista. Las noticias que se tenían eran que la flota turca se había recogido en sus puertos para el invierno.
Salió primero Santa Cruz con la mayoría de las galeras para Sicilia. Poco después.
el 24 de octubre, en un tiempo de breve calma, se embarcó con el resto de las fuerzas.
Todo quedaba dispuesto y prevenido para acelerar la nueva construcción. Ocho mil hombres, armas, municiones y la seguridad de un pronto socorro en caso de necesidad.
Cuando la Galera Real comenzó a bogar mar afuera, Don Juan permaneció largo rato en la popa, el león al lado, mirando borrarse la mancha blanca de las casas de Túnez en torno a la Alcazaba.
Tocaron en las Islas Fabianas. Allí encontró la noticia de que había muerto hacía más de un mes la princesa Juana. Se conmovió. «Todo lo mío se va acabando», le dijo a Soto, y recordaron los tiempos de su juventud en la Corte, la alegría de la princesa, la gracia de la reina Isabel, el mismo Don Carlos, Ruy Gómez. Nadie quedaba de ellos.
En los salones de la reina jugaban a la gallina ciega. Alguien era atrapado cada vez.
Ahora habían atrapado a Doña Juana.
Vistió de negro y mandó enlutar a la flota.
Todo ese invierno no se habló de otra cosa en Nápoles que de Don Juan y su león.
Lo acompañaba a todas partes, a las fiestas, a la iglesia, a las ceremonias, con gran inconveniente para cortesanos y criados. Por las noches se tendía ante su puerta. A veces firmaba las cartas a los amigos: «El Caballero del León».
Había vuelto como un general romano, con su fiera cautiva y su rey prisionero.
Muley-Hamida y su hijo estaban en el castillo de San Telmo. Venían poetas a recitarle odas neoclásicas en que lo comparaban con Escipión. «Austria» llamó al león, que permanecía quedo y soñoliento en el preciso sitio que Don Juan le asignaba. Le pintaron retratos majestuosos con todas sus armas, reluciente el bastón de mando, la espada y el león a sus pies.
«O vuelvo ahora o no volveré nunca, Juan de Soto.» Había escrito al rey para pedirle la autorización para ir a verlo. La respuesta vino tarda y dudosa. Se le felicitaba pero al mismo tiempo se le hablaba de la necesidad de su presencia y de la posibilidad de otra nueva tentativa contra el Turco en el verano. «Sería la cuarta. ¿Es a la cuarta que va la vencida?» Había amargura. Lo que llegaba al través de Soto y de algunos amigos traslucía el mismo viejo fondo negativo. Antonio Pérez había escrito que el rey estaba contento de lo hecho, pero que seguía objetando lo de La Goleta. De la posibilidad del reino todo era vago.
«Pienso a veces que no se debe fiar de Antonio.» Soto no se atrevía a afirmarlo pero tampoco lo negaba. «Antonio es amigo, ciertamente, pero sólo hasta un punto: primero él, luego él y después los demás.» «No quieren que vuelva. Por lo menos todavía. Hay que dejar que Túnez se ponga tan viejo y olvidado como Lepanto.» Se soltaba a la inagotable ronda de los placeres y los días luminosos. Mascaradas, corridas de toros, torneos y juego de pelota. Granvela lo elogiaba con cierto fondo de sarcasmo. Sin sarcasmo le decían los jóvenes compañeros de sus noches que querían acompañarlo a la próxima guerra o a la próxima vuelta triunfal a España. «Quiero estar junto a Vuestra Alteza en esa hora, cuando el rey nuestro señor reconozca públicamente todo lo que se le debe.» «Algo se me debe, Juan de Soto, pero ni siquiera quiere mandar a pagar lo que se le debe a los soldados. Ya no aguanto más. Un día se van a amotinar y no seré yo quien salga a someterlos.» Había conseguido recursos apenas suficientes para licenciar los soldados alemanes e italianos. Los más de los españoles los mandó a Cerdeña.
Los banqueros, cada vez más sórdidos y humillantes, le reiteraban su negativa. Llegó a darles joyas y dinero suyo como garantía.
Habían entrado nuevas mujeres en la nueva ronda. Muchas que nunca había visto antes o que había mirado de lejos. Españolas, italianas, levantinas. Algunas ambiciosas y altas como Ana de Toledo. Fray Miguel Servia repetía sus penitencias y admoniciones También le repetía sus arrepentimientos que eran sinceros por corto tiempo.
Ana de Toledo trajo un astrólogo a su palacio. Largo, calvo, verdoso, con una raía barba negra de largos pelos sueltos. Tenía fama de grandes aciertos. Muertes, nacimientos, triunfos, desgracias de personajes.
Preguntó por la fecha y hora de su nacimiento. Nadie lo sabía. Sacó de una bolsa de terciopelo un grueso tarot de raras figuras. Se concentró. Ana de Toledo a su lado se mordía los labios.
Dijo cosas vagas y otras atrevidas: «Veo un rey. Veo dos. El más mozo no lo es todavía. Pero va a reinar en un gran reino, en el más grande reino. Primero tendrá la corona de un país que va a conquistar. Después heredará la corona del viejo rey.
El viejo rey tiene un hijo pero morirá en la niñez. Tuvo antes un hijo que también murió».
En marzo le llegó el anuncio de que el Papa le había concedido la Rosa de Oro.
La pompa fue casi la de una coronación. Vino un Legado de Roma, trajo la deslumbrante joya. La catedral se llenó de prelados y dignatarios. Largos los ritos y los discursos.
Los latinazos del Legado Pontificio repetían los elogios que le prodigaba Gregorio XIII. Con voz de Dios lo llamaba vencedor y Alteza. «Vuestra Alteza», le había dicho repetidas veces el Prelado. Cuando puso en sus manos aquella flor de oro, la ovación llenó el templo.