El Fuego Del Cielo
- Автор: Vidal Cesar
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Fuego Del Cielo». Краткое содержание книги:
El fuego del cielo es una apasionante y documentada narración sobre el amor y la muerte, la guerra y la dignidad, la compasión y la lealtad. César Vidal, uno de los autores de novela histórica más prestigiosos de nuestro país, nos adentra en la Roma de finales del siglo II para descubrirnos que el respeto por la dignidad del ser humano, el papel de la mujer, el enfrentamiento de civilizaciones, la lucha por el poder, el ansia de seguridad o la búsqueda de un sentido en la vida no son sino manifestaciones milenarias de nuestra especie.
La novela definitiva para descubrir un episodio crucial del gran Imperio romano.
L D (EFE) El premio, convocado por Caja Castilla-La Mancha (CCM) y MR Ediciones (Grupo Planeta), fue fallado en el curso de una cena celebrada en la noche de este viernes en la Iglesia Paraninfo San Pedro Mártir de Toledo, a la que asistieron numerosas personalidades del mundo de la cultura y destacados políticos como el ministro de Defensa, José Bono, y el presidente del Congreso de los Diputados, Manuel Marín.
La novela finalista de esta edición fue La sombra del anarquista, del bilbaíno Francisco de Asís Lazcano, quien tras la deliberación del jurado, integrado entre otros por Ana María Matute, Soledad Puértolas, Fernando Delgado y Eugenia Rico, compareció en rueda de prensa junto al ganador.
César Vidal explicó que El fuego del cielo recrea la época del emperador filósofo Marco Aurelio a través de cuatro protagonistas -Cornelio, un joven de provincias que consigue el mando de una legión; Valerio, un veterano de guerra convertido al cristianismo; la prostituta Rode y el mago egipcio Arnufis-, cuyos destinos se entretejen hasta que un suceso prodigioso cambia el rumbo de la historia: el fuego del cielo.
Vidal, que rehusó desvelar el significado del título, afirmó que es la clave de la compresión de esta novela, en la que se descubre el sub-mundo de la delincuencia de Roma por la noche, que las decisiones políticas se tomaban en las comidas y en los baños, que al igual que en la actualidad había preocupación por la seguridad de las fronteras, por el papel de la mujer y por la dignidad humana. En definitiva, nos descubre que somos más romanos de lo que pensamos, ya que aunque actualmente no tenemos juegos de circos, nos gusta el fútbol y ahora no se reparte pan, pero se dan pensiones, afirmó Vidal, quien expresó su convicción de que tenemos muchas cosas en común con gente que vivió hace miles de años y que la historia no se repite, pero las pasiones siempre son las mismas.
El jurado eligió El fuego del cielo y La sombra del anarquista (finalista) entre las seis obras que estaban seleccionadas para optar a este premio, dotado con 42.000 euros para el ganador y 12.000 para el finalista. A la sexta edición del Premio de Novela Histórica Alfonso X el Sabio, han concurrido 249 obras, 208 de ellas de España, 22 de Latinoamérica y 19 de Europa.
Los premios fueron entregados por el presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, quien antes de darse a conocer los ganadores hizo subir a la tribuna al ministro de Defensa, José Bono, y al cardenal electo y arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, que después posaron en una foto de familia junto a los ganadores y los integrantes del jurado. A la gala, conducida por la periodista Olga Viza, asistieron numerosos representantes del ámbito periodístico y literario como Raúl del Pozo, Leopoldo Alas, Juan Adriansens y Angeles Caso. El objetivo de este certamen -que en su quinta edición ganó la escritora Angeles Irisarri por su novela Romance de ciego- es promover la creación y divulgación de novelas que ayuden al lector en el conocimiento de la historia.
– Bueno, ya está bien -dijo el hombre mientras surcaba de una zancada la distancia que mediaba entre ellos.
Rode notó cómo el desconocido la agarraba por la muñeca, tiraba de ella y la arrojaba de un empujón sobre el triclinio. Antes de que pudiera darse cuenta cabal de lo que estaba sucediendo, sintió cómo las manos del hombre descendían sobre sus muslos y comenzaban a levantarle la ropa. Ignoraba lo que pretendía, pero en su interior se despertó un instinto primario, elemental, no aprendido, que le avisó de un peligro por el que no había pasado jamás. Forcejeó, pataleó, pero no le sirvió de nada. Aquellas manos, más fuertes que ninguna que hubiera sentido antes, comenzaron a desgarrarle la vestimenta, una vestimenta que, como si tuviera vida propia, empezó a subirse por encima de las rodillas, de los muslos, de las caderas.
– No, no, no, nooooo…
No logró decir más. Colocado a horcajadas sobre ella, el hombre le asestó una bofetada, y otra y otra más. Luego, cuando la niña dejó de moverse, le alzó la túnica sobre la cara y, con un gesto irresistible y doloroso, le metió una parte de la ropa en la boca. Hubiera querido chillar, gritar, morder cuando sintió que le separaban las piernas, pero la túnica se había convertido en una mordaza que la asfixiaba. Luego todo discurrió con rapidez, aunque a ella le pareció eterno. El dolor, punzante, feroz, incontenible, en el vientre; las lágrimas que descendían, calientes y copiosas, sobre su rostro; los jadeos del hombre a la vez que le propinaba dolorosos empellones en la pelvis; y la sensación de que se había orinado porque un líquido caliente había comenzado a escurrirse por sus ingles llegando a las nalgas.
Cuando se apartó de encima de ella, escuchó algo relacionado con el hecho de que Marcela no había mentido. Pero ni entendió a qué se refería ni le importó. Por el contrario, sin atreverse a realizar el menor movimiento, comenzó a sollozar, primero, de manera callada y suave, luego más continuada y ya incontenible. Permaneció así, casi paralizada, sin atreverse a realizar el menor movimiento hasta que escuchó lo que le pareció un gruñido. Dejó de respirar, temerosa de un nuevo ataque, pero unos ronquidos suaves, acompasados, satisfechos le avisaron de que, al menos de momento, no debía temer.
Con manos temblorosas, se quitó de la cara los restos de la túnica e intentó incorporarse. Un dolor agudo volvió a aparecerle en la pelvis a la vez que sentía una humedad, ahora pegajosa, en los muslos y las nalgas. Sintió una náusea que le subía desde la boca del estómago al ver la mancha roja que empapaba toda la parte central del triclinio. Apoyó las dos manos en los bordes del mueble para evitar desplomarse y luego, procurando no hacer el menor ruido, movió los pies para sacarlos de aquel revoltijo de telas sucias. Los posó en un suelo que le pareció extraordinariamente frío, pero no pudo dar un paso más. Cayó de hinojos y, sin lograr evitarlo, comenzó a vomitar.
5 CORNELIO
Roma produjo una impresión incontrolable en el alma juvenil de Cornelio. Durante sus dos décadas de vida no había abandonado apenas la villa de su padre y ahora, de repente, de manera inesperada, sin tramo intermedio, se vio inmerso en la ciudad más importante del orbe. Las calles se le antojaron inmensas vías que recordaban más a las calzadas que surcaban el territorio del imperio que a las de su pueblo. Sin embargo, a diferencia de aquéllas, las vías romanas estaban siempre atiborradas de gente, de la gente más diversa que se pudiera imaginar. Se agolpaban en ellas hombres altos de cabellos dorados, mujeres pequeñas de piel oscura y bigote hirsuto, niños de cabello crespo incapaces de pronunciar una sola palabra en latín. Se trataba de una muchedumbre abigarrada que se daba codazos, que se increpaba a gritos y que hacía todo lo posible para no verse arrollada por los carros que, a toda la velocidad posible, circulaban por las noches. Sí, ésa era una de las características de Roma que le resultaban más insoportables. Para no hacer más intransitables las calles, desde la época de Julio César estaba prohibida la circulación de vehículos durante el día. La consecuencia directa era que los comercios, las tiendas, los almacenes, las casas particulares eran abastecidas por las noches. Y, precisamente cuando se acercaba el amanecer, los conductores de los carros se esforzaban en apurar los últimos instantes de oscuridad sabedores de que si la luz del día los sorprendía desplazándose, su vehículo quedaría inmovilizado y además tendrían que abonar una cuantiosa multa.
Acostumbrado a dormir sin escuchar más ruidos que algún pájaro o algún grillo, Cornelio descubrió que Roma era una ciudad invadida por el bullicio apenas comenzaba el sol a ocultarse y que, precisamente por ello, resultaba invivible. Hubiera deseado conciliar el sueño, pero se encontró con que se lo impedían las soeces maldiciones de los conductores, el incansable traqueteo de los carros sobre las piedras de la calzada y toda una gama insoportable de sonidos que iban del graznido de las aves a los cascos de las caballerías. Los romanos -eso era cierto- parecían acostumbrados a aquella suma insoportable de estruendos, y Cornelio intentó ciertamente adquirir ese mismo hábito. No lo consiguió.
Al cabo de unos días, la llegada de la noche sólo le provocaba una desagradable ansiedad. Se tendía en el lecho sabedor de que pronto comenzaría a dar vueltas, de que sudaría, de que se irritaría, de que tendría que echar mano de todo su temple para no maldecir y de que, al fin y a la postre, no dormiría. A decir verdad, sólo cuando comenzaban a salir los primeros rayos del sol cesaba el ruido intolerable de los transportes y Cornelio, agotado de la inacabable noche, lograba dormir. Lo lograba, pero poco, porque casi de inmediato la hiriente claridad del día se dejaba caer sobre sus párpados rasgando su sueño, y los gritos de los habitantes de Roma -romanos o no- le golpeaban los oídos como si se tratara de despiadados púgiles.
Una de aquellas noches insoportables, Cornelio no pudo aguantar más el tormento nocturno y decidió salir a la calle a entretener su forzado insomnio. Bajó las angostas escaleras que llevaban desde su piso, el cuarto, hasta la calle procurando no tropezar. Las teas colocadas en las paredes despedían un humo que se agarraba a la nariz y arrancaba lágrimas, pero su luz era demasiado débil como para saber con seguridad dónde se colocaban los pies. Y había que dar gracias de que hubiera alguna luz. A partir de su piso, a medida que se ascendía hacia las viviendas superiores, las pobladas por gente que procedía del norte de África, las teas desaparecían. Así era porque se apoderaban de ellas los inquilinos para alumbrarse. La situación de incómoda penumbra experimentaba un cambio notable al acercarse a la primera planta. Como era habitual en las casas romanas, estaba ocupada por gente pudiente que deseaba encontrarse cerca de la calle y no tener que ir subiendo y bajando escaleras. Por eso, en lugar de teas raquíticas había lámparas de aceite, protegidas, eso sí, por un par de esclavos quizá no muy fuertes, pero sí dotados de un pésimo carácter.
Cornelio se detuvo precisamente al llegar al primer piso y, por un instante, disfrutó de aquella rara luminosidad que le parecía casi divina. No se recreó mucho en las lámparas porque la mirada que le lanzó uno de los dos esclavos que las custodiaban parecía decir que como despertara sus sospechas no dudaría en partirle la cabeza.
Salió a la calle y descubrió al instante que la noche resultaba desagradablemente destemplada. No llovía, no nevaba, eso sí era verdad, pero, de repente, le dio la sensación de que lo mejor sería regresar al lecho. A buen seguro lo hubiera hecho de no ser porque los gritos de unos conductores le recordaron que no tenía la menor posibilidad de conciliar el sueño. Sí, lo mejor era caminar, caminar hasta que Morfeo aceptara tomarle en sus brazos y otorgarle el descanso que le venía negando desde hacía varias jornadas.
Emprendió su camino nocturno sin rumbo fijo aunque procurando en todo momento no perderse por ninguna de las calles perpendiculares. Un descuido y regresar a su piso podía convertirse en una dificultad insalvable. Durante un buen rato consiguió pasear sin extraviarse y aquella circunstancia le causó tanta alegría que decidió cruzar a la acera de enfrente. Esperó para hacerlo a llegar a la fila de piedras altas que surcaba la vía y que, en caso de lluvia, permitía colocarse por encima del nivel del suelo y evitar empaparse los pies.