Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
Zhang Kou tosió y Gao Ma se acercó sólo un paso a Jinju. A continuación, tal como hacían todos los demás, clavó la mirada en Zhang Kou.
El intenso aroma de excrementos de caballo irrumpió desde el extremo opuesto de la era, donde un potro de color castaño galopaba ruidosamente, relinchando con toda su fuerza. Las estrellas brillaban intensamente en el oscuro, profundo y mullido firmamento, mientras a sus pies las mazorcas de maíz, esforzándose por crecer, se estiraban y crepitaban. Todo el mundo observaba a Zhang Kou, que estaba sentado con la espalda recta como una tabla mientras con una mano sujetaba el erhu y con la otra agarraba el arco hecho con crin de caballo, haciendo que las dos cuerdas emitieran un sonido rasgado y apagado que lentamente se convertía en notas intensas y melodiosas que se apretaban alrededor de los complacientes corazones de su audiencia. Los parpadeos escondidos en sus hundidas cuencas revolotearon y, mientras estiraba el cuello hacia su público, inclinaba la cabeza hacia atrás como si estuviera contemplando la noche estrellada.
Gao Ma se acercó tanto a Jinju que podía escuchar el ligero sonido de su respiración y sentir el calor de su voluptuoso cuerpo. Acercó tímidamente la mano hacia la suya, como si fuera una mascota en busca de una caricia en el hocico. Cuarto Tío, subido sobre un elevado taburete frente a Jinju, tosió. Gao Ma se estremeció, guardó precipitadamente la mano en el bolsillo de su pantalón y, encogiéndose de hombros con impaciencia, salió del anillo de luz y escondió su rostro en la sombra que proyectaba la cabeza de uno de los presentes.
El erhu de Zhang Kou lloró, pero el sonido era suave y dulce, brillante y terso, como hilos de seda que fluían hacia el corazón de su público, empujando la mugre que había acumulada en él y penetrando en sus músculos y en su carne, despojándolos de su polvo terrenal. Con los ojos clavados en la boca de Zhang Kou, escucharon cómo un canto ronco, aunque sonoro, salía de la inmensa abertura que aparecía en su rostro.
– Lo que quiero decir es… -la palabra «es» sonó más elevada, luego se acomodó lenta y lánguidamente, como si quisiera que la concurrencia la siguiera y viajara desde este mundo a otro fantástico que les llamaba a todos, pidiéndoles sólo que cerraran los ojos-, lo que digo es que un torrente de aire fresco emergió del Tercer Pleno del Comité Centraclass="underline" los ciudadanos del Condado Paraíso ya nunca más serán pobres.
Su erhu nunca se apartó de este simple estribillo y su público, aunque se sentía cautivado por la música, también sonrió en silencio. La causa de su júbilo era su enorme boca abierta, en la que perfectamente podía caber un pastel entero recién horneado. El ciego cabrón no tenía la menor idea de lo grande que era su boca. Las risas de su público no parecían molestarle. Cuando Gao Ma escuchó la risa de Jinju, se imaginó un rostro sonriente: las pestañas revoloteando, los dientes reluciendo como hileras de jade pulido. No pudo contenerse más y la observó con el rabillo del ojo; pero sus pestañas no se movían y sus dientes permanecían ocultos detrás de sus labios apretados. Su expresión solemne era, en cierto modo, una burla para él.
– El gobierno de la provincia nos ha pedido que plantemos ajo: el Departamento de Comercio va a comprar nuestras cosechas, a un yuan el kilo, las va a guardar en almacenes refrigerados y las va a vender en primavera con un margen de beneficios…
Una vez que se había acostumbrado a la visión de la enorme boca abierta de Zhang Kou, la muchedumbre se olvidó de su alegría y escuchó atentamente su balada.
El pueblo se alegró enormemente cuando vendió su ajo.
Frió un poco de cerdo, extendió con el rodillo unas tortas
y las rellenó de cebolletas,
el vientre de Gran Hermana Zhang es tan grande como una nrna.
«¡Oh! -exclamó ella- mírame, ¡estoy embarazada!».
La multitud rugió alegremente. -¡Maldito seas, viejo ciego! -gritó una mujer. Una ventosidad cálida se escapó de Gran Hermana Li: «Ja, ja», la mitad de las mujeres del público se echó a reír.
Jinju era una de ellas. Maldito seas, Zhang Kou, ¿por qué tienes que decir cosas así? Gao Ma murmuró para sí mismo. Cuando te doblas, se te levanta el trasero y puedo ver la línea de tu ropa interior a través de tus finos pantalones. Eso mismo te sucede cuando estás en los campos durante el día. Zhang Kou, prueba a contar el cuento de El Peñasco Rojo.
Quiero cogerte la mano, Jinju. Ya he cumplido los veintisiete y tú ya tienes veinte años. Quiero que seas mi esposa. Cuando estás con la azada en tu campo de alubias, yo rocío mi campo de maíz y mi corazón suena como los pulgones que se posan sobre las mazorcas durante la temporada seca. Los campos parecen no tener fin. Hacia el sur se encuentra el pequeño monte Zhou, que tiene un cráter volcánico en cuyo interior se arraciman las nubes. En momentos como ése, suspiro por poderte hablar, pero tus hermanos siempre están cerca, descalzos y desnudos hasta la cintura, con la piel bronceada por el sol. Tú estás completamente vestida y empapada de sudor. ¿De qué color eres, Jinju? Eres de color amarillo, eres de color rojo, eres de color dorado. Tuyo es el color del oro; por eso brillas como él.
El erhu de Zhang Kou se volvió más melodioso a medida que su voz se elevaba mientras relataba el cuento de El Peñasco Rojo:
Jiang Xuequin salió a dar un paseo,
el jefe de policía se dirigió con paso decidido hacia ella,
con un reloj de oro en la muñeca
y en su cuello una trenza de ajo de tres metros.
Va agazapado mientras camina.
Su padre es chino y su madre americana,
y se unieron para engendrar a un monstruo viviente.
Mira lascivamente a través de sus sesgados ojos
mientras sostiene una pistola en cada mano.
Bloquea el paso de la pobre chica. Una risa siniestra.
Ja, ja…
Las pistolas apretadas contra los pechos de Gran Hermana Jiang.
Ella es demasiado buena para alguien como Liu Shengli. Casarse con él sería como plantar una flor en una montaña de excrementos de vaca o como ver a una bella mariposa enamorarse de un escarabajo pelotero. Voy a cogerle la mano. Hoy es la noche. Se acercó un poco más a ella, hasta que sintió que se tocaban sus pantalones. Siguió mirando hacia la boca de Zhang Kou -que se abría y cerraba, se abría y cerraba- tratando de aparentar tranquilidad y compostura. ¿No hay nadie a mi alrededor? Mi corazón suena como las hojas de maíz movidas por el viento. Y recordó la primera vez que sintió que su corazón se dirigía a Jinju, hacía un año.
Me encontraba tumbado en el campo de maíz, mirando cómo las nubes se cortaban por las afiladas hojas que se extendían por encima de mi cabeza. Las nubes se desvanecían, el cielo estaba despejado, el suelo abrasado por el sol quemaba mi espalda. La savia blanca se arracimaba y colgaba de filamentos suaves, negándose a caer a la tierra, como las lágrimas sobre sus pestañas… El mijo se movía formando ondas y luego se quedaba inmóvil en cuanto el viento se detenía. Los tallos maduros se inclinaban hacia el suelo y un par de urracas estridentes pasó volando sobre mi cabeza, mientras una mordisqueaba la cola de la otra. Una golondrina curiosa las seguía, mezclando los gritos con los suyos. El aire apestaba al olor del ajo fresco que procedía de la tierra.