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Cincuenta Sombras Más Oscuras

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Más Oscuras». Краткое содержание книги:

Intimidada por las peculiares prácticas eróticas y los oscuros secretos del atractivo y atormentado empresario Christian Grey, Anastasia Steele decide romper con él y embarcarse en una nueva carrera profesional en una editorial de SeattlePero el deseo por Christian todavía domina cada uno de sus pensamientos, y cuando finalmente él le propone retomar su aventura, Ana no puede resistirse. Reanudan entonces su tórrida y sensual relación, pero mientras Christian lucha contra sus propios demonios del pasado, Ana debe enfrentarse a la ira y la envidia de las mujeres que la precedieron, y tomar la decisión más importante de su vidaCincuenta sombras: la exitosa combinación de historia romántica y juego erótico de alto voltaje que ha tocado la fibra de muchas mujeres.Daily NewsCincuenta sombras más oscuras es la segunda parte de la trilogía Cincuenta sombras, que se inició con Cincuenta sombras de Grey, y cuya tercera parte es Cincuenta sombras liberadas
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– ¿Por qué haces eso? -digo, en voz más alta de lo que pretendía.

– ¿Hacer qué? -replica sorprendido.

– Decir algo como eso y luego callarte.

– Anastasia, estamos aquí, donde tú quieres estar. Ahora centrémonos en esto y después hablamos. No me apetece demasiado montar un numerito en la calle.

Me ruborizo y miro alrededor. Tiene razón. Es demasiado público. Me mira y aprieto los labios.

– De acuerdo -acepto de mal humor.

Me da la mano y me conduce al interior del edificio.

Estamos en un almacén rehabilitado: paredes de ladrillo, suelos de madera oscura, techos blancos y tuberías del mismo color. Es espacioso y moderno, y hay bastantes personas deambulando por la galería, bebiendo vino y admirando la obra de José. Al darme cuenta de que José ha cumplido su sueño, mis problemas se desvanecen por un momento. ¡Así se hace, José!

– Buenas noches y bienvenidos a la exposición de José Rodríguez -nos da la bienvenida una mujer joven vestida de negro, con el pelo castaño muy corto, los labios pintados de rojo brillante y unos enormes pendientes de aro.

Me echa un breve vistazo, luego otro a Christian, mucho más prolongado de lo estrictamente necesario, después vuelve a mirarme, pestañea y se ruboriza.

Arqueo una ceja. Es míoo lo era. Me esfuerzo por no mirarla mal, y cuando sus ojos vuelven a centrarse, pestañea de nuevo.

– Ah, eres tú, Ana. Nos encanta que tú también formes parte de todo esto.

Sonríe, me entrega un folleto y me lleva a una mesa con bebidas y un refrigerio.

– ¿La conoces?

Christian frunce el ceño.

Yo digo que no con la cabeza, igualmente desconcertada.

Él encoge los hombros, con aire distraído.

– ¿Qué quieres beber?

– Una copa de vino blanco, gracias.

Hace un gesto de contrariedad, pero se muerde la lengua y se dirige al servicio de bar.

– ¡Ana!

José se acerca presuroso a través de un nutrido grupo de gente.

¡Madre mía! Lleva traje. Tiene buen aspecto y me sonríe. Me abre los brazos, me estrecha con fuerza. Y hago cuanto puedo para no echarme a llorar. Mi amigo, mi único amigo ahora que Kate está fuera. Tengo los ojos llenos de lágrimas.

– Ana, me alegro muchísimo de que hayas venido -me susurra al oído, y de pronto se calla, me aparta un poco y me observa.

– ¿Qué?

– Oye, ¿estás bien? Pareces… bueno, rara. Dios mío, ¿has perdido peso?

Parpadeo para no llorar. Él también… no.

– Estoy bien, José. Y muy contenta por ti. Felicidades por la exposición.

Al ver la preocupación reflejada en su cara tan familiar, se me quiebra la voz, pero he de guardar la compostura.

– ¿Cómo has venido? -pregunta.

– Me ha traído Christian -digo con repentino recelo.

– Ah. -A José le cambia la cara, se le ensombrece el gesto y me suelta-. ¿Dónde está?

– Por ahí, pidiendo las bebidas.

Cabeceo en dirección a Christian, y veo que está charlando tranquilamente con alguien en la cola. Cuando dirijo los ojos hacia él, levanta la vista y nos sostenemos la mirada. Y durante ese breve instante me quedo paralizada, contemplando a ese hombre increíblemente guapo que me observa con cierta emoción mal disimulada. Su expresión ardiente me abrasa por dentro y por un momento ambos nos perdemos en nuestras miradas.

Dios… Ese maravilloso hombre quiere que vuelva con él, y en lo más profundo de mi ser una dulce sensación de felicidad se abre lentamente como una campánula al amanecer.

– ¡Ana! -José me distrae y me siento arrastrada otra vez al aquí y ahora-. Estoy encantado de que hayas venido… Escucha, tengo que avisarte…

De repente, la señorita de cabello muy corto y carmín rojo le interrumpe.

– José, la periodista del Portland Printz ha venido a verte. Vamos.

Me dedica una sonrisa cortés.

– ¿Has visto cómo mola esto? La fama. -José sonríe de oreja a oreja, y es tan feliz que no puedo evitar hacer lo mismo-. Luego te veo, Ana.

Me besa la mejilla y veo cómo se acerca con paso resuelto a una mujer que está al lado de un fotógrafo alto y desgarbado.

Hay obras fotográficas de José por todas partes, algunas de ellas colocadas sobre unos lienzos enormes. Las hay monocromas y en color. Muchos de los paisajes poseen una belleza etérea. Hay una fotografía del lago de Vancouver tomada a primera hora de la tarde, en la que unas nubes rosadas se reflejan en la quietud del agua. Y durante un segundo, me siento transportada por esa tranquilidad y esa paz. Es algo extraordinario.

Christian aparece a mi lado, inspiro profundamente y trago saliva, intentando recuperar parte del equilibrio perdido. Me pasa mi copa de vino blanco.

– ¿Está a la altura?

Mi voz tiene un tono más normal.

Él me mira desconcertado.

– El vino.

– No. No suele estarlo en este tipo de eventos. El chico tiene bastante talento, ¿verdad?

Christian está contemplando la foto del lago.

– ¿Por qué crees que le pedí que te hiciera un retrato? -digo, sin poder evitar un deje de orgullo.

Él, impasible, aparta los ojos de la fotografía y me mira.

– ¿Christian Grey? -El fotógrafo del Portland Printz se acerca a Christian-. ¿Puedo hacerle una fotografía, señor?

– Claro.

Christian esconde el rictus. Yo doy un paso atrás, pero él me sujeta la mano y me pone a su lado. El fotógrafo nos mira a ambos, incapaz de disimular la sorpresa.

– Gracias, señor Grey. -Dispara un par de fotos-. ¿Señorita…? -pregunta.

– Steele -contesto.

– Gracias, señorita Steele.

Y se marcha a toda prisa.

– Busqué en internet fotos tuyas con alguna chica. No hay ninguna. Por eso Kate creía que eras gay.

Los labios de Christian esbozan una sonrisa.

– Eso explica tu inapropiada pregunta. No. Yo no salgo con chicas, Anastasia… solo contigo. Pero eso ya lo sabes -dice con ojos vehementes, sinceros.

– ¿Así que nunca sales por ahí con tus… -miro alrededor inquieta para comprobar que nadie puede oírnos-… sumisas?

– A veces. Pero eso no son citas. De compras, ya sabes.

Encoge los hombros sin dejar de mirarme a los ojos.

Ah, o sea que solo en el cuarto de juegos… su cuarto rojo del dolor y su apartamento. No sé qué sentir ante eso.

– Solo contigo, Anastasia -susurra.

Yo enrojezco y me miro los dedos. A su manera, le importo.

– Este amigo tuyo parece más un fotógrafo de paisajes que de retratos. Vamos a ver.

Me tiende la mano y yo la acepto.

Damos una vuelta, vemos varias obras más, y me fijo en una pareja que me saluda con un gesto de la cabeza y una sonrisa enorme, como si me conocieran. Debe de ser porque estoy con Christian, pero el chico me mira con total descaro. Es extraño.

Damos la vuelta a la esquina y entonces veo por qué la gente me ha estado mirando de esa forma tan rara. En la pared del fondo hay colgados siete enormes retratos… míos.

Empalidezco de golpe y me los quedo mirando atónita, estupefacta. Yo: haciendo pucheros, riendo, frunciendo el ceño, seria, risueña. Son todos primeros planos enormes, todos en blanco y negro.

¡Vaya! Recuerdo a José trajinando por ahí con la cámara cuando vino a verme un par de veces, y cuando había ido con él para hacer de chófer y de ayudante. Yo creía que eran simples instantáneas. No fotos ingenuamente robadas.

Petrificado, Christian mira fijamente todas las fotografías, una por una.

– Por lo visto no soy el único -musita en tono enigmático, con los labios apretados.

Creo que está enfadado.

– Perdona -dice, y su centelleante mirada gris me deja paralizada momentáneamente.

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