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616. Todo es infierno

Электронная книга - «616. Todo es infierno». Краткое содержание книги:

Albert Cloister, miembro de los Lobos de Dios, grupo secreto del Vaticano encargado de estudiar los fenómenos paranormales que suceden en cualquier rincón del mundo, persigue todas aquellas experiencias sobrenaturales que remiten a la aparición del Maligno. En su camino hacia el descubrimiento de la verdad que se oculta detrás de los casos que investiga, se cruza con la psiquiatra Audrey Barrett, cuya biografía esconde un misterio que tan sólo el anciano deficiente Daniel, en estado de trance, le sabrá desvelar. Las declaraciones de Daniel sumen a la doctora Barrett en un caos vital, pero despejan la investigación del padre Cloister. A partir de ese momento correrá hacia un final tan desolador que, a pesar de haberlo tenido delante de sus ojos, nunca quiso ver: a veces la verdad quema.
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Con los labios apretados, Cloister tomó su agenda y buscó el número de teléfono del padre Zanobi. Había intentado evitar recurrir a él, pero a la postre tendría que hacerlo. Zanobi podía descifrar aquel grito o bien descartar que tuviera significado. Necesitaba ese dato. Tanto en un sentido como en otro, era un elemento crucial.

– Palacio del Santo Oficio, ¿dígame?

– Por favor, deseo hablar con el padre Giacomo Zanobi. Mi nombre es Albert Cloister.

– Un momento.

Desde su separación de los Lobos de Dios, el padre Zanobi vivía y trabajaba en uno de los edificios emblemáticos del Vaticano, antigua sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, más conocida por su nombre anterior: Santo Oficio o Inquisición. Ahora ese edificio servía de residencia a cardenales, obispos y otros religiosos del Vaticano.

– ¿Oiga? -inquirió la misma voz que había contestado al teléfono.

– Sí, sí, dígame.

– Le paso con el padre Zanobi.

Un ligero golpe seco, y el silencio, precedieron a un nuevo timbre de llamada.

– ¡Albert! Comment are du?

Zanobi se lo ponía fácil esta vez: francés, inglés y alemán.

– Bien, bien. Gracias, amigo mío. Perdona que sea brusco, y que me atreva a molestarte, pero necesito un favor.

– Covec.

Cloister supuso, por el tono, que eso era un sí.

– Bien, voy a enviarte a tu cuenta de correo electrónico un archivo de audio. Tu sustituto en los Lobos ya lo ha oído y no puede descifrar su significado, si es que lo tiene. Él cree que sí, y es quien me ha sugerido pedirte ayuda. De todos modos, iba a hacerlo. Si no te importa, querría que utilizáramos el convenio de signos de otras veces. Yo te hago preguntas y tú me contestas con un monosílabo para afirmar y dos seguidos para negar, ¿de acuerdo? Es importante.

– Jai.

– Perfecto… Ya te he enviado el archivo. Cuando lo tengas en tu ordenador, dímelo.

El triste silencio de una conversación imposible duró aproximadamente un minuto. Luego, Zanobi dijo:

– Ow.

– Muy bien. Ábrelo, por favor, y escúchalo. A ver si tú lo entiendes.

Cloister esperó, mientras escuchaba a su viejo amigo musitar extrañas palabras en voz baja. Algunas parecían ruidos guturales o murmullos deslavazados.

– Albert, ¡Albert!

– Aquí estoy. ¿Qué sucede?

– Onmi sluder pragnam dot.

– Un momento, Giacomo. Respóndeme con monosílabos. ¿Tiene sentido lo que has escuchado?

– Asgh.

Un sí. El grito de Daniel no era un galimatías verbal sin significado. Lo que Cloister y Alfieri sospechaban.

– Bien. ¿Has conseguido descifrarlo?

– Po vul.

Dos monosílabos seguidos. Eso era un no.

– ¿No?

– Hoi ge.

– ¿Crees que podrás conseguirlo?

– Ma -se escuchó al otro lado de la línea, rotundo.

– Excelente entonces. Hagamos una cosa. Si lo descifras, llámame a mi número de celular. En cualquier caso, si no lo has hecho tú antes, yo te telefonearé mañana por la mañana. Por cierto, ¿crees que se trata de una lengua antigua?

Otro claro «sí» salió de la especie de morse en que ambos hombres se comunicaban. La pregunta tenía sentido, pues las personas víctimas de una posesión solían expresarse en lenguas muertas, como el sánscrito, el arameo o el latín. A eso, la Iglesia lo denomina xenoglosia.

– Bueno, amigo mío -dijo Albert-, te dejo. Gracias por tu tiempo y tu saber. Un abrazo muy fuerte.

No había más que colgado el auricular, y apenas retirado la mano del mismo, cuando el timbre del teléfono sonó, causando a Cloister un pequeño sobresalto.

– ¿Albert?

Era Zanobi. Tan pronto. Debía de haberse olvidado de algo.

– ¿Necesitas algo más, amigo? -le preguntó Cloister.

– Fon ut.

– Entonces… ¿Es que lo has descifrado?

– Wee.

Una mente prodigiosa. Sólo podían haberse ordenado las distintas palabras como por arte de magia, para haberlo logrado tan rápido.

– ¡Fantástico! -exclamó Albert, lleno de asombro y entusiasmo.

Se sentía sobreexcitado, pero una furtiva tristeza lo invadió de pronto. Tristeza por su pobre amigo, víctima de esa confusión de lenguas que le había tenido sumido en la desesperación. Unos pocos años atrás, su elocuencia era proverbial. Se le ponía como ejemplo de expresión perfecta. Su mente regía los conocimientos lingüísticos como nadie, hasta que el arco se tensó demasiado y se partió.

– ¿Padre Cloister? -La voz que ahora escuchaba no era la de Giacomo Zanobi, sino la de otro hombre, que parecía algo más joven-. Soy el padre Lorenzo Ponti, ayudante del padre Zanobi.

– Encantado de hablar con usted.

– Mi jefe ha conseguido entender el contenido del archivo que usted le ha enviado. Es algo muy extraño. Se trata de arameo, pero estaba pronunciado al revés.

«¡Claro, arameo!», pensó Cloister. Aunque las palabras estuvieran invertidas, por eso le resultaba tan familiar. Se trataba de una lengua que él no conocía, pero su año de residencia en Israel le había permitido adquirir algunas nociones de hebreo, una lengua de raíz común y grandes similitudes morfológicas. De hecho, el arameo era la lengua materna de Jesucristo.

Ponti siguió hablando:

– Es una cosa rara, la verdad. No sé qué puede querer decir. Espero que a usted le sirva de algo. Dice: «Quiero conocerte. Tú sabes que me refiero a ti. Te espero en la posada de la vendimia».

Cloister anotó las frases en una hoja, con trazo quedo, como tratando de asimilar a la vez que escribía el significado de las palabras.

Quiero conocerte. Tú sabes que me refiero a ti. Te espero en la posada de la vendimia.

– Gracias, padre Ponti. Agradézcale su ayuda, por favor, también al padre Zanobi. Lo tengo en mis pensamientos.

Cloister colgó el auricular y se quedó pensativo e inmóvil unos instantes. Él sabía a quién estaba dirigido el mensaje. Sabía que se refería a él. Tenía que referirse a él. Como los ojos que lo miraron dentro de la hoguera en Brasil. Como la frase del beato español dentro de su ataúd.

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