La oscuridad de los sueños
- Автор: Коннелли Майкл
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
Ella asintió con la cabeza y se ajustó un par de dientes postizos en la boca. No los llevaba cuando la había visitado en su casa.
– Es verdad. Usted fue el que puso todas las mentiras en el periódico sobre mi Zo.
Esta declaración animó a Alonzo.
– Bueno, ahora ha salido, ¿verdad? -dije con rapidez.
Di un paso más y le tendí la mano a su nieto. Él la tomó vacilante y me la estrechó, pero parecía confundido respecto a quién era yo.
– Encantado de conocerte por fin, Alonzo, y contento de que estés fuera. Soy Jack. Soy el periodista que habló con tu abuela y comenzó la investigación que ha conducido a tu puesta en libertad.
– ¿Mi abuela? Hijoputa, ¿de qué estás hablando?
– No sabe lo que dice -dijo Wanda rápidamente.
De pronto comprendí mi error. Wanda era su abuela, pero había estado cumpliendo el papel de madre porque la verdadera madre de Alonzo estaba en la calle. Probablemente el chico pensaba que su verdadera madre era su hermana, si es que la conocía.
– Lo siento, me he confundido -le dije-. De todos modos, creo que nos van a entrevistar juntos.
– ¿Por qué coño te van a entrevistar? -preguntó Alonzo-. Yo soy el que se jodió en la cárcel.
– Creo que es porque soy el que te sacó.
– Sí, es gracioso. El señor Meyer dice que me sacó él.
– Nuestro abogado lo sacó -intervino Wanda.
– Entonces, ¿cómo es que el abogado no está aquí y no sale en la CNN?
– Va a venir.
Asentí con la cabeza. Eso era nuevo para mí. Cuando salí de trabajar el viernes, solo íbamos a estar Alonzo y yo en el programa. Ahora teníamos a bordo a Mami y a Meyer. Concluí que no iba a ir bien en una emisión en directo. Demasiadas personas y al menos una de ellas causaría problemas con la censura. Me acerqué a una mesa donde había una cafetera y me serví una taza de café solo. Luego metí la mano en una caja de donuts Krispy Kreme y elegí uno de azúcar. Traté de quedarme solo y ver la televisión cenital que estaba sintonizada a la CNN y que pronto emitiría el programa de noticias en el que teníamos que aparecer. Después de un rato llegó un técnico y nos preparó para el sonido, colocándonos un micrófono en el cuello de la camisa y un auricular en el oído y ocultando todos los cables debajo de la camisa.
– ¿Puedo hablar con un productor? -dije en voz baja-. Solo.
– Claro, se lo diré.
Me senté de nuevo y esperé, y al cabo de cuatro minutos escuché una voz masculina que pronunciaba mi nombre.
– ¿Señor Mc Evoy?
Miré a mi alrededor y entonces me di cuenta de que la voz había salido del auricular.
– Sí, estoy aquí.
– Soy Christian DuChateau, de Atlanta. Soy el productor del programa de hoy y quiero darle las gracias por levantarse tan temprano para estar en el aire. Vamos a repasarlo todo en cuanto entre en el estudio dentro de unos minutos. Pero ¿quería hablar conmigo antes de eso?
– Sí, espere un segundo.
Salí al pasillo y cerré la puerta de la sala de espera detrás de mí.
– Solo quería asegurarme de que tiene a alguien bueno con los pitidos -le dije en voz baja.
– No entiendo -dijo DuChateau-. ¿Qué quiere decir con los pitidos?
– No sé cómo se llama exactamente, pero debería saber que Alonzo Winslow puede que solo tenga dieciséis años, pero usa la palabra «hijoputa» con la misma frecuencia con la que usted usa el artículo.
Hubo un silencio como respuesta, pero no demasiado largo.
– Entiendo -dijo DuChateau-. Gracias por la ayuda. Tratamos de hacer entrevistas previas con nuestros invitados, pero a veces no hay tiempo. ¿Todavía no ha llegado su abogado?
– No.
– Parece que no podemos localizarlo y no responde al móvil. Tenía la esperanza de que pudiera… controlar a su cliente.
– Bueno, por el momento no está aquí. Y ha de entender algo, Christian: este muchacho no ha cometido ese asesinato, pero eso no quiere decir que sea un niño inocente, no sé si me explico. Es un pandillero. Es un Crip y ahora mismo la sala de espera es azul. Lleva tejanos azules, camisa azul claro y un pañuelo azul en la cabeza.
No hubo dudas en el teléfono este momento.
– Bueno, me encargaré de eso -dijo el productor-. Si las cosas no se arreglan, ¿está dispuesto a seguir adelante solo? El segmento es de ocho minutos con un reportaje en vídeo sobre el caso en medio. Si restamos el vídeo y su presentación, se trata de cuatro minutos y medio a cinco de tiempo en directo con nuestro presentador aquí en Atlanta. No creo que se le pregunte nada que no le hayan preguntado ya sobre el caso.
– Lo que necesite. Estoy listo para empezar.
– Está bien, ahora vuelvo con usted.
DuChateau apagó y volví a la sala de espera. Me senté en un sofá contra la pared opuesta a Alonzo y su madre-abuela. No traté de conversar con él, pero finalmente él trató de hacerlo.
– ¿Dices que empezaste todo esto?
Asentí con la cabeza.
– Sí, después de que tu… después de que Wanda me llamase y me dijese que tú no lo hiciste.
– ¿Cómo es eso? A ningún hombre blanco le he importado nunca una puta mierda.
Me encogí de hombros.
– Solo era parte de mi trabajo. Wanda dijo que la policía se había equivocado y yo lo investigué. Encontré el otro caso como el tuyo y empecé a entenderlo todo.
Alonzo asintió con la cabeza, pensativo.
– ¿Vas a ganar un millón de dólares?
– ¿Qué?
– ¿Te pagan por estar aquí? A mí no me pagan. Yo les he pedido unos pocos dólares por mi tiempo, pero no me han dado un puto centavo.
– Sí, bueno, así son las noticias. Por lo general no pagan.
– Están sacando tajada con él -intervino Wanda-. ¿Por qué no van a pagar al muchacho?
Me encogí de hombros de nuevo.
– Podríamos volver a preguntar, supongo -propuse.
– De puta madre, se lo voy a preguntar cuando estemos en la entrevista en directo en la tele. A ver qué dice el hijoputa entonces, ¿eh?
Me limité a asentir. Alonzo no se daba cuenta de que su micrófono estaba encendido y que al final del pasillo, o en Atlanta, alguien probablemente estaba escuchando lo que decía. Un minuto después de que expresara su plan, se abrió la puerta y el técnico volvió a la sala de espera y me pidió que lo acompañara. Al salir, Alonzo preguntó en voz alta.
– Oye, ¿adónde vais ahora? ¿Cuándo salgo en la tele?
El técnico no respondió. Mientras caminábamos por el pasillo me miró. Parecía preocupado.
– ¿Eres tú el que tiene que decirle que no va a salir? -le pregunté.
Él asintió con la cabeza.
– Lo único que puedo decir es que me alegro de que haya pasado por el detector de metales en el vestíbulo; no se preocupe, lo he verificado para estar seguro.
Le sonreí para desearle buena suerte.
Capítulo 11
Ya casi amanecía. Carver ya distinguía la línea dentada de luz que comenzaba a grabar la silueta de la cordillera. Era hermoso. Se sentó en una gran roca y observó el espectáculo de luz mientras Stone trabajaba delante de él. Su joven acólito se afanaba con la pala y picaba en la tierra fría y dura que había debajo de la fina capa de suelo suelto y arena.
– Freddy -dijo Carver con calma-. Quiero que me lo vuelvas a decir.
– ¡Ya te lo he dicho!
– Pues dímelo otra vez. Necesito saber exactamente lo que se dijo, porque necesito saber con exactitud el alcance de los estragos.
– No hay estragos. ¡Nada!
– Dímelo otra vez
– ¡Joder!
Clavó con rabia el borde de la pala en el agujero y el impacto en roca y arena produjo un sonido agudo que resonó en todo el paisaje vacío. Carver miró a su alrededor para asegurarse de que estaban solos. En la distancia, hacia el oeste, las luces de Mesa y Scottsdale parecían una quema de malas hierbas descontrolada. Se llevó la mano a la espalda y cogió la pistola. Se lo pensó, pero decidió esperar. Freddy aún podría ser útil. Esta vez, Carver solo le enseñaría una lección.