Secretos en Londres
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Secretos en Londres». Краткое содержание книги:
– No me lo estaba preguntando.
– Dios salve a nuestro gracioso Rey, larga vida a nuestro noble Rey. ¡Dios salve al Rey!
El príncipe movió los labios, pero entre dientes dijo:
– Conozco la melodía.
Harry dejó que el volumen de su voz aumentara ligeramente:
– Que le haga victorioso, feliz y glorioso. Que tenga un largo reinado sobre nosotros: ¡Dios salve al Rey!
– Acabe con su canto infernal.
– Sólo estaba siendo patriótico -dijo Harry, volviendo a la carga-: ¡Oh, Señor, nuestro Dios, dispersa a sus enemigos y hazlos caer!
– Si estuviésemos en Rusia, habría ordenado que lo arrestaran.
– ¿Por cantar el himno de mi propio país? -musitó Harry.
– No necesitaría razón alguna aparte de mi propia complacencia.
Harry pensó en ello, se encogió de hombros y prosiguió:
– Confunde sus políticas, frustra sus viles tretas, en ti depositamos nuestras esperanzas, ¡que Dios nos salve a todos!
Hizo una pausa porque decidió que el último verso no era necesario. Prefería terminar con las «viles tretas».
– Somos un pueblo sumamente justo -le dijo al príncipe-. Lo digo por si se ha sentido aludido por el «todos».
Alexei no respondió, pero Harry reparó en que tenía las dos manos cerradas en un puño.
Harry devolvió la atención a La señorita Butterworth tras decidir que esta parte del espionaje no le disgustaba. No se había divertido tanto fastidiando a alguien desde…
Nunca.
Al pensar eso se sonrió. Ni siquiera atormentando a su hermana había disfrutado tanto. Y Sebastian nunca se tomaba nada en serio, prácticamente era imposible hacerle enfadar.
Harry canturreó los primeros compases de La Marsellesa, únicamente para observar la reacción del príncipe (su cara se encendió por la ira), y luego se puso a leer. Fue pasando páginas porque de pronto consideró que no tenía ningún interés en los años de formación de Priscilla Butterworth, y por fin se decidió por la página 144, en la que por lo visto se hablaba de locura y desfiguración, y había insultos y lágrimas; todos los requisitos de una novela extraordinaria.
– ¿Qué lee? -preguntó el príncipe Alexei.
Harry alzó la vista distraídamente.
– ¿Cómo dice?
– ¿Qué lee? -le espetó el príncipe.
Harry desvió los ojos hacia el libro y luego los levantó de nuevo hacia Alexei.
– Me ha parecido intuir que no deseaba usted hablar conmigo.
– Cierto, pero siento curiosidad. ¿Qué libro es?
Harry sostuvo el libro en el aire para que el príncipe pudiese ver la cubierta.
– La señorita Butterworth y el barón demente.
– ¿Eso es lo que lee todo el mundo en Inglaterra? -se mofó el príncipe.
Harry pensó en ello.
– No lo sé. Lady Olivia lo está leyendo. Y creo que yo también lo haré.
– ¿No es éste el libro que ella dijo que no le gustaría?
– Sí, creo que sí -musitó Harry-. Y no la culpo.
– Léame un poco.
Primer tanto para el príncipe. Harry estaba casi tan sorprendido como si el príncipe se hubiese acercado hasta él y le hubiera besado en los labios.
– No creo que le guste -dijo Harry.
– ¿Le gusta a usted?
– No mucho -contestó él sacudiendo la cabeza. No era exactamente cierto, porque le encantaba escuchar a Olivia cuando le leía en voz alta o leerle en voz alta a ella. Pero por alguna razón dudaba que las palabras tuviesen la misma magia compartidas con el príncipe Alexei Gomarovsky de Rusia.
El príncipe levantó el mentón e inclinó muy ligeramente la cabeza. Fue como si estuviese posando para un retrato, observó Harry. Ese hombre se pasaba la vida actuando como si posara para un retrato.
Si no fuera tan imbécil, se habría compadecido de él.
– Si lady Olivia lo está leyendo -dijo el príncipe-, yo también quiero leerlo.
Harry hizo una pausa para asimilar eso. Supuso que por el bien de las relaciones anglo-rusas podía renunciar a La señorita Butterworth. Cerró el libro y se lo ofreció.
– No. Léamelo usted.
Harry decidió obedecer. Era una petición tan estrafalaria que no se atrevió a decir que no. Además, Vladimir había dado dos pasos hacia él y empezaba a gruñir.
– Como Su Alteza desee -dijo Harry, arrellanándose una vez más con el libro-. Me imagino que le gustaría empezar por el principio.
Alexei contestó con un simple y regio asentimiento de cabeza.
Harry volvió al principio.
– Era una noche oscura y ventosa, y la señorita Priscilla Butterworth estaba convencida de que de un momento a otro empezaría a llover, y caería del cielo una incesante cortina de agua que mojaría cuanto había dentro de su ámbito. -Alzó la vista-. Por cierto que la palabra «ámbito» no se ha empleado correctamente.
– ¿Qué es esa «cortina»?
Harry repasó el texto.
– Mmm… no es más que una forma de hablar. Parecida a la de «llover a cántaros».
– Eso sí que me parece una estupidez.
Harry se encogió de hombros. Nunca le había gustado mucho su idioma.
– ¿Continúo?
De nuevo un asentimiento de cabeza.
– Naturalmente, dentro de su diminuta habitación estaba guarecida de las inclemencias del tiempo, pero los marcos de las ventanas…
– El señor Sebastian Grey -anunció la voz del mayordomo.
Con cierta sorpresa, Harry levantó la mirada del libro.
– ¿Ha venido a ver a lady Olivia? -inquirió.
– Ha venido a verlo a usted -le informó el mayordomo, que parecía ligeramente desconcertado con todo el asunto.
– ¡Ah…, vale! En ese caso hágalo pasar.
Sebastian entró instantes después y ya iba por la mitad de la frase:
– … me ha dicho que te encontraría aquí. Debo decir que me ha venido muy bien. -Frenó en seco y parpadeó unas cuantas veces mirando atónito al príncipe-. Alteza -saludó con una reverencia.
– Es mi primo -dijo Harry.
– Lo recuerdo -repuso Alexei con mucha frialdad-. Es un poco torpe con el champán.
– ¡Qué vergüenza me dio! -dijo Sebastian, sentándose en un sillón-. Verá, soy un verdadero zopenco. La semana pasada sin ir más lejos manché de vino al Ministro de Hacienda.
Harry estaba bastante seguro de que Sebastian no había tenido nunca ocasión de estar con el Ministro de Hacienda en una misma sala, y mucho menos lo suficientemente cerca como para echarle vino en las botas.
Pero esto se lo guardó para sí.
– ¿Qué harán sus excelsas señorías esta tarde? -preguntó Sebastian.
– ¿Ya es por la tarde? -inquirió Harry.
– Casi.
– Sir Harry me está leyendo en voz alta -dijo el príncipe, y Sebastian miró a Harry con declarado interés.
– Dice la verdad -confirmó Harry mientras levantaba el libro de La señorita Butterworth.
– La señorita Butterworth y el barón demente -leyó Sebastian con aprobación-. Magnífica elección.
– ¿Lo ha leído? -preguntó Alexei.
– No es tan bueno como La señorita Davenport y el enigmático marqués, por supuesto, pero es infinitamente mejor que La señorita Sainsbury y el coronel misterioso.
Harry se quedó sin habla.
– En este momento estoy leyendo La señorita Truesdale y el caballero mudo.
– ¿Mudo? -repitió Harry.
– Es que hay una falta de diálogo considerable -confirmó Sebastian.
– ¿A qué ha venido? -le preguntó el príncipe sin rodeos.
Sebastian se volvió a él con expresión risueña, como si no percibiera que el príncipe sentía hacia él una aversión realmente palpable.
– Necesito hablar con mi primo, naturalmente. -Se arrellanó en su asiento y cualquiera hubiera dicho que pretendía pasarse allí el día entero-. Pero puedo esperar.
Harry no tenía una respuesta preparada para eso. Al parecer, el príncipe tampoco.