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La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]

Электронная книга - «La radio de Darwin [Darwin's Radio - es]». Краткое содержание книги:

La Radio de Darwin es una intrigante especulación a partir de los actuales conocimientos biológicos y antropológicos, además de un ingenioso y bien tramado thriller que cuestiona casi todas nuestras creencias sobre los origenes del ser humano y su posible destino.
Tres hechos, que al principio parecen no estar relacionados, acabarán convergiendo para sugerir una novedad devastadora y sacudir los cimientos de la ciencia: la conspiración para ocultar los cadáveres de dos mujeres y sus hijos en Rusia, el descubrimiento inesperado en los Alpes de los cuerpos congelados de una familia prehistórica, y una misteriosa enfermedad que sólo afecta a mujeres gestantes e interrumpe sus embarazos.
Kaye Lang, una biológa molecular especialista en retrovirus, y Christopher Dicken, epidemiólogo del Servicio de inteligencia de Epidemias, temen que algo ha permanecido dormido en nuestros genes durante millones de años haya empezdo a despertar. Ellos dos junto al antropólogo Mictch Rafaelson, parecen ser los únicos capaces de resolver un rompecabezas evolutivo que puede determinar el futuro de la especie humana... si ese futuro sigue existiendo.
El premio Nebula, el equivalente en ciencia ficción al Oscar cinematográfico, avala el interés de esta obra, el más sugestivo thriller sobre la investigación genética y el futuro de la especie humana. Cinco premios Nebula, dos premios Hugo, el premio Apollo de Francia y el premio Ignotus en España garantizan la alta calidad e interés de la obra del brillante autor de Marte se mueve y Fundación y caos.

Premio Nebula 2000.
Novela Finalista del Premio Hugo 2000.
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—Claro —dijo Kaye, mirándole a los ojos—. Dime qué crees que le va a suceder a la señora Hamilton.

34

Seattle

Mitch sabía que estaba dormido, o al menos, medio dormido. Eran pocas las ocasiones en que su mente procesaba los hechos de su existencia, sus planes, sus suposiciones, por separado y con obstinada independencia, y siempre sucedía en las fronteras del sueño.

A menudo había soñado con el lugar en que estaba excavando en ese momento, pero mezclando los marcos temporales. Esa mañana, con el cuerpo inerte y su mente consciente convertida en espectador de un teatro que la envolvía, vio a un hombre y una mujer jóvenes, cubiertos con pieles y calzados con sandalias andrajosas de caña y cuero, atadas a los tobillos. La mujer estaba embarazada. Al principio, los vio de perfil, como si se tratase de una exhibición giratoria en un museo, y se entretuvo un rato observándoles desde distintos ángulos.

Poco a poco, sus posibilidades de control terminaron, y el hombre y la mujer caminaron sobre la nieve reciente y el hielo azotado por el viento, bajo la brillante luz del día, la más brillante que había visto en un sueño. El resplandor del hielo les cegaba y ellos se protegían los ojos con las manos.

Al principio, los consideró simplemente personas como él. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que esa gente no era como él. No fueron sus rasgos faciales los que despertaron sus sospechas. Fueron las formas intrincadas de la barba y el pelo facial del hombre, y la espesa y suave mata de vello que rodeaba el rostro de la mujer, dejando a la vista las mejillas, la barbilla huidiza y la frente baja, pero extendiéndose de lado a lado en la zona de las cejas. Bajo esa tupida banda, los ojos eran de un marrón profundo y cálido, casi negro, y su piel mostraba un rico tono oliváceo. Tenía los dedos grises y rosas, extremadamente encallecidos. Ambos tenían narices muy anchas.

«No son de los míos —pensó Mitch—. Pero les conozco.»

El hombre y la mujer sonreían. La mujer se agachó para agarrar un puñado de nieve. Se puso a mordisquearlo, sibilinamente, y luego, cuando el hombre no miraba, lo convirtió rápidamente en una bola y se la lanzó a la cabeza. Le alcanzó con fuerza y él se tambaleó dando un grito. La voz sonó clara y resonante, casi como la de un perro de caza. La mujer hizo gesto de agacharse, a continuación echó a correr y el hombre la persiguió. La tumbó en el suelo, a pesar de sus repetidos gruñidos de súplica y luego se echó atrás, alzó las manos al cielo y le gritó una retahíla de palabras. A pesar del timbre grave de su voz, profunda y modulada, ella no pareció impresionada. Agitó las manos ante él y frunció los labios, emitiendo sonoros chasquidos.

Con la secuencia lenta de un sueño, les vio descender en fila por un sendero embarrado, entre la llovizna de agua y nieve. A través del manto de nubes bajas podía ver fragmentos de bosque, un prado en un valle bajo ellos, y un lago, sobre el que flotaban amplias balsas de troncos con cubiertas de juncos.

«Les va bien —le dijo una voz en su interior—. Los miras ahora y no los conoces, pero les va bien.»

Mitch oyó un pájaro y se dio cuenta de que no era un pájaro sino el sonido de su teléfono móvil. Le llevó unos segundos dejar a un lado la parafernalia del sueño. Las nubes y el valle se rompieron como burbujas de jabón y gimió al tiempo que levantaba la cabeza. Tenía el cuerpo entumecido. Había estado durmiendo de lado, con un brazo doblado bajo la cabeza, y sus músculos estaban rígidos.

El teléfono seguía sonando. Contestó al sexto timbre.

—Espero estar hablando con Mitchell Rafelson, el antropólogo —dijo una voz con acento británico.

—Con uno de ellos, en todo caso —dijo Mitch—. ¿Quién es?

—Merton, Oliver. Soy el editor científico de The Economist. Estoy preparando un artículo sobre los neandertales de Innsbruck. Me ha costado encontrar su número de teléfono, señor Rafelson.

—No está en la guía. Estoy harto de que me atosiguen.

—Puedo imaginarlo. Escuche, creo que puedo demostrar que Innsbruck ha metido la pata en todo este asunto, pero necesito algunos detalles. Es su oportunidad para explicar lo sucedido a alguien comprensivo. Voy a estar en el estado de Washington pasado mañana, para hablar con Eileen Ripper.

—Bien —dijo Mitch. Consideró la posibilidad de colgar el teléfono sin más e intentar recuperar ese extraordinario sueño.

—Ella está trabajando en otra excavación en la garganta… ¿La garganta Columbia? ¿Sabe dónde queda la Cueva del Hierro?

—He realizado algunas excavaciones cerca de allí —dijo Mitch, estirándose.

—Ya, bueno, todavía no se ha filtrado a la prensa, pero se sabrá la semana que viene. Ha encontrado tres esqueletos, muy antiguos, nada tan extraordinario como sus momias, pero aún así, bastante interesante. Mi historia se va a centrar sobre todo en sus tácticas. En una época de apoyo a los indígenas, ha reunido un consorcio muy astuto para proteger a la ciencia. La señora Ripper solicitó el respaldo de la Confederación de las Cinco Tribus. Ya sabe quiénes son, por supuesto.

—Sí, lo sé.

—Tiene un equipo de abogados probono y también ha implicado a algunos congresistas y senadores. Nada parecido a su experiencia con el Hombre de Pasco.

—Me alegra oírlo —contestó Mitch, irritado. Se frotó los ojos—. Eso queda a un día en coche desde aquí.

—¿Tan lejos? Ahora estoy en Manchester. Inglaterra. Hice las maletas y me vine desde Leeds en coche. Mi avión sale aproximadamente dentro de una hora. Me gustaría mucho que pudiésemos hablar.

—Probablemente soy la última persona a la que Eileen querría ver por los alrededores.

—Fue ella quien me dio su número de teléfono. No está usted tan marginado como piensa, señor Rafelson. Le gustaría que le echase un vistazo a la excavación. Supongo que es del tipo maternal.

—Esa mujer es un torbellino —dijo Mitch.

—La verdad es que estoy muy emocionado. He visitado excavaciones en Etiopía, Sudáfrica y Tanzania. He estado dos veces en Innsbruck para intentar ver lo que me dejasen, que no ha sido mucho. Ahora…

—Señor Merton, lamento decepcionarle…

—Ya, bueno, ¿y qué hay del bebé, señor Rafelson? ¿Puede contarme algo más de ese extraordinario bebé que llevaba en la mochila la mujer?

—En esos momentos tenía un dolor de cabeza atroz. —Mitch estaba a punto de colgar el teléfono, a pesar de Eileen Ripper. Ya había pasado por situaciones similares demasiadas veces. Apartó el teléfono del oído. La voz de Merton sonaba aguda y metálica.

—¿Sabe lo que está sucediendo en Innsbruck? ¿Sabía que incluso se han peleado a puñetazos en los laboratorios?

Mitch volvió a acercar el teléfono.

—No.

—¿Sabía que han enviado muestras de tejido a otros laboratorios de diferentes países para intentar alcanzar algún tipo de consenso?

—Nooo —dijo lentamente Mitch.

—Me encantaría ponerlo al día. Creo que hay bastantes posibilidades de que pueda salir de este lío oliendo a rosas, o a lo que sea que crezca en el estado de Washington. Si le pido a Eileen que le llame, que le invite, si le digo que usted estaría interesado… ¿Podríamos vernos?

—¿Por qué no nos vemos en el SeaTac? Es por donde llega, ¿no?

Merton hizo sonar los labios.

—Señor Rafelson. No creo que rechace la oportunidad de oler la tierra y sentarse bajo una tienda de lona. La oportunidad de hablar de la más importante historia arqueológica de nuestra época.

Mitch encontró su reloj y miró la fecha.

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