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Mata para mí

Электронная книга - «Mata para mí». Краткое содержание книги:

Dieciséis años recién cumplidos y había huido de casa para conocer, por fin, al joven universitario con quien llevaba tiempo chateando, convencida de haberse enamorado. Luego… el silencio.
Seis meses después el caos se desata en Dutton, un pequeño pueblo del estado sureño de Georgia. Cinco adolescentes son asesinadas, y la única que logra sobrevivir sabe que impedirán que hable como sea.
Una pareja está decidida a ayudarla. Luke Papadopoulos, agente federal, se enfrenta a diario al mal sin rostro que merodea en internet, aunque jamás haya podido acostumbrarse. Susannah Vartanian, que se ha visto forzada a regresar a Dutton, comprende que debe sacar a la luz todo lo que calló durante años.
Ambos se verán obligados a juzgar a todo un pueblo. Un pueblo edificado sobre la crueldad impune, el poder absoluto y los silencios cómplices, un pueblo que se sustenta gracias a la poderosa tela de una araña que no puede permitir que nadie escape.
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– Probablemente tengas razón.

– ¿Quién es ese hombre tan bien vestido, el mayor de los que acompañan el féretro? -preguntó Luke.

– Es el congresista Bob Bowie.

– Su hija fue la primera víctima de Mack O'Brien -musitó Luke, y ella asintió.

– A su lado están su esposa, Rose, y su hijo, Michael.

– ¿Y quién es el anciano delgado que hay al lado del hijo?

– El señor Dinwiddie. Es el mayordomo de la familia Bowie; siempre lo ha sido, desde que yo tengo uso de razón. El servicio de la casa de los Bowie reside con ellos; por eso mi madre les tenía celos. Quería que en casa también tuviéramos un mayordomo, pero mi padre no se lo permitió. «Los criados tienen las orejas muy grandes y la lengua muy suelta», decía. Siempre andaba demasiado ocupado haciendo tratos nocturnos para estar pendiente de un mayordomo.

– ¿Hay alguien más que crea que debo saber quién es?

– ¿Ve a esa anciana con el pelo tan hueco? Está tres filas por detrás. Es Angie Delacroix. Seguro que vale la pena hablar con ella de Granville o de cualquier otra persona. Es la dueña del centro de estética y está al corriente de todo lo que ocurre en Dutton; y lo que no sabe ella, lo sabe el trío de la barbería. Por ahí vienen.

Tres ancianos habían permanecido sentados en sendas sillas plegables junto a la tumba. Los tres se habían levantado al unísono y caminaban a través del césped.

– ¿El trío de la barbería? -preguntó Al mientras los ancianos se acercaban-. ¿Y esos quiénes son?

– Son tres ancianos que se pasan todo el día, de nueve a cinco y de lunes a viernes, sentados en el banco de delante de la barbería viendo pasar a la gente. Siempre se toman una hora para comer en el restaurante que hay justo enfrente. En Dutton son toda una institución. Los viejos de la ciudad tienen que esperar a que un miembro del trío muera para ocupar el espacio libre en el banco.

– Ajá -musitó Luke-. Y yo que creía que mi tío abuelo Yanni era raro porque les pintaba los ojos de azul a las estatuas de su jardín ¿Cuál de ellos era el profesor de inglés de Daniel? Ayer nos ayudó a descubrir a Mack O'Brien. Puede que esté dispuesto a proporcionarnos más información.

– Debe de referirse al señor Grant. Es el de la derecha. Los otros son el doctor Temblor y el doctor Sordid. Los tres me ponen los pelos de punta.

– Llamándose Temblor y Sordid no me extraña -bromeo Luke.

– Hacen honor a sus nombres. El doctor Temblor era mi dentista, y a estas alturas aún no soy capaz de oír una fresa sin echarme a temblar. El señor Grant siempre estaba hablando de poetas muertos. Quería que me dedicara al teatro. El doctor Sordid era mi profesor de biología. Era… diferente.

– ¿Qué quiere decir?

– Hacía que en "Todo en un día" Ben Stein pareciera hiperactivo.

– Pues sí que era animado, si -comento Luke con hilaridad en la voz.

– Sí. -Susannah se irguió cuando los tres hombres se detuvieron frente a ella-. Caballeros, permítanme que les presente al agente especial Papadopoulos y al ayudante del fiscal del distrito Al Landers. Estos son el doctor Temblor, el doctor Sordid y el señor Grant.

Los ancianos inclinaron la cabeza con cortesía.

– Señorita Susannah. -El doctor Temblor le tomó la mano-. No tuve la oportunidad de darle el pésame en el funeral de sus padres.

– Gracias, doctor Temblor -respondió ella en voz baja-. Le agradezco el gesto.

El siguiente hombre le dio un breve beso en la mejilla.

– Tienes muy buen aspecto, cariño.

– Usted también, señor Grant.

– Hemos oído lo que le ha sucedido a Daniel -dijo el señor Grant, preocupado-. ¿Va mejor?

– Sigue en cuidados intensivos, pero el pronóstico es excelente.

El señor Grant sacudió la cabeza.

– No puedo creer que hace tan solo veinticuatro horas me regalara un libro de poesía y en cambio ahora… Por suerte, es joven y fuerte. Saldrá adelante.

– Gracias, señor.

El tercer hombre la observaba con atención.

– Se la ve muy pálida, señorita Vartanian.

– Estoy cansada, doctor Sordid. Las últimas semanas he tenido mucho ajetreo.

– ¿Toma vitamina B12? No se habrá olvidado de la importancia de las vitaminas, ¿verdad?

– Nunca podría olvidarme de eso, señor.

El semblante del doctor Sordid se suavizó.

– Lo sentí mucho cuando me enteré de lo de su madre y su padre.

Susannah reprimió el escalofrío.

– Gracias, señor. Muchas gracias.

– Perdone -terció Luke-. Seguro que han oído que el doctor Granville murió ayer.

Los tres pusieron mala cara.

– Es una noticia terrible -comentó el doctor Temblor-. Antes de retirarme tenía la clínica dental al lado de su consultorio. Todos los días hablaba con él. A veces comíamos juntos. Mi hija llevaba allí a sus hijos para que les pusiera las vacunas. No tenía ni idea…

– Fue alumno mío -dijo el señor Grant con tristeza-. Tenía una mente brillante. Iba muy adelantado y se graduó dos años antes de lo que le tocaba. Qué pérdida. Temblor tiene razón; es una noticia terrible. Nos ha dejado a todos conmocionados.

El doctor Sordid parecía desolado.

– Era mi mejor alumno. Nadie asimilaba la biología como Toby Granville. Nadie imaginaba que en él residiera tal maldad. Es increíble.

– Lo comprendo -musitó Luke-. Ustedes tres ven muchas cosas de las que suceden en Dutton.

– Sí -respondió el doctor Temblor-. En el banco siempre hay al menos uno de los tres.

Susannah arqueó las cejas, sorprendida.

– Yo creía que tenían que estar los tres, de nueve a cinco.

– Bueno, no solemos faltar; a menos que se tenga un buen motivo, claro -explicó el señor Grant-. Como yo, que todas las semanas tengo que ir a rehabilitación por la rodilla, o Temblor, que tiene que hacer diálisis, o Sordid, que…

– Ya está bien -le espetó Sordid-. No nos han preguntado todo lo que hacemos, Grant. ¿Tiene alguna pregunta en concreto, agente Papadopoulos?

– Sí, señor -respondió Luke-. La tengo. ¿Han reparado en que el doctor Granville hablara con alguien en especial?

Los tres hombres fruncieron el entrecejo y se miraron.

– ¿Se refiere a una mujer? -preguntó Temblor-. ¿Quiere saber si tenía una aventura?

– No -lo corrigió Luke-. ¿Creen que la tenía?

– No -respondió Sordid-. Suena ridículo decir que era un buen feligrés, pero nunca lo vi comportarse de forma inapropiada. Era el médico de la ciudad y hablaba con todo el mundo.

– O sea que no se relacionaba con nadie en particular por amistad ni por trabajo.

– Que yo sepa, no -respondió el señor Grant-. ¿Temblor? ¿Sordid?

Los tres hombres negaron con la cabeza. Resultaba curiosa su reticencia a hablar mal de un hombre de quien se había descubierto que era un violador, un asesino y un pederasta. Claro que también podía deberse a la desconfianza que en general inspiraban los forasteros, pensó Susannah.

– Gracias -respondió Luke-. Habría preferido que nos conociéramos en otras circunstancias.

Los tres dirigieron a Susannah una adusta mirada y se encaminaron de nuevo a sus sillas plegables.

Susannah exhaló un suspiro.

– Qué interesante. Esperaba que se mostraran fríos con Al porque es del norte, pero no con usted, Luke.

– ¿Ah sí? Entonces me alegro de no haber abierto la boca -dijo Al un poco molesto.

Los labios de Susannah se curvaron ligeramente.

– Lo siento, Al, pero las viejas generaciones no olvidan así como así.

– Es normal que no les hayan gustado mis preguntas -opinó Luke-. Con lo de Granville se ha montado un buen escándalo y la mala fama repercute en toda la ciudad. ¿Quién es esa de la cámara?

– Marianne Woolf. Su marido es el propietario del Dutton Review.

Luke soltó un quedo silbido.

– Daniel dice que en el instituto hicieron una votación y salió elegida la más dispuesta a hacérselo con cualquiera. Ahora lo entiendo. Joder.

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