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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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– Gracias -dice Kakuro, cogiendo una-. ¡Riquísima! – articula nada más tragar el bocado.

Manuela se agita sobre su silla, con expresión de absoluta felicidad.

– He venido a preguntarles su opinión -anuncia Kakuro tras cuatro magdalenas-. Estoy en plena discusión con un amigo sobre la cuestión de la supremacía europea en materia de cultura – prosigue, dedicándome un guiño coqueto.

Manuela, a la que más valdría ser más indulgente con el pequeño de los Pallières, tiene la boca abierta de par en par.

– Él se inclina por Inglaterra, y yo, como es obvio, por Francia. Le he dicho entonces que conocía a alguien que podía deshacer el empate. ¿Quiere hacernos de árbitro?

– Pero soy juez y parte -digo, sentándome -, no puedo votar.

– No, no, no -aclara Kakuro-, no va usted a votar. Sólo responderá a mi pregunta: ¿cuáles son los dos inventos más importantes de la cultura francesa y de la cultura británica? Señora Lopes, esta tarde estoy de suerte, usted también, si quiere, puede darme su opinión- añade.

– Los ingleses… -empieza diciendo Manuela, muy lanzada, pero luego se para-. Primero usted, Renée- dice, llamada de pronto a una mayor prudencia, recordando sin duda que es portuguesa.

Yo me quedo pensando un momento.

– De Francia: la lengua del siglo XVIII y el queso cremoso.

– ¿Y de Inglaterra? -quiere saber Kakuro.

– De Inglaterra es fácil -le contesto.

– ¿El púdingue? -sugiere Manuela, pronunciándolo tal que así.

Kakuro se ríe a mandíbula batiente.

– Me hace falta uno más -dice.

– Pues el rúguebi -añade Manuela, con una entonación tan british como antes.

– Ja ja -se ríe Kakuro-. Estoy de acuerdo con usted. ¿Y usted, Renée, qué propone?

– El habeas corpus y el césped -digo, riendo.

Y eso nos hace a todos mucha gracia, incluso a Manuela, que ha entendido «el ave asco pus», lo cual no quiere decir nada, pero aun así es muy divertido.

Justo en ese momento, llaman a la puerta.

Hay que ver, esta portería que, ayer, no le interesaba a nadie, parece hoy el centro de la atención mundial.

– Adelante -digo, sin pararme a pensarlo, concentrada en la conversación.

Solange Josse asoma la cabeza por la puerta.

La miramos los tres con aire interrogador, como si fuéramos los comensales de un banquete que con su irrupción importunara una criada mal educada. Abre la boca, pero se lo piensa mejor. Paloma asoma la cabeza a la altura de la cerradura. Me recupero y me levanto.

– ¿Puedo dejarle a Paloma durante una horita? -pregunta la señora Josse, que se ha recuperado también pero cuyo curiosímetro está a punto de estallar-. Buenas tardes, mi querido señor Ozu -le dice a Kakuro, que se ha acercado para estrecharle la mano.

– Buenas tardes, mi querida señora Josse -contesta éste amablemente-. Hola, Paloma, me alegro de verte. Pues nada, mi querida amiga, su hija está en buenas manos, puede irse tranquila.

Cómo echar a alguien con elegancia y en una única acción.

– Esto… bien… sí… gracias – tartamudea Solange Josse, y retrocede despacio, todavía un poco sonada.

Cierro la puerta tras ella.

– ¿Quieres una taza de té? -inquiero.

– Encantada, muchas gracias -me contesta Paloma. Una verdadera princesa entre los altos cargos del partido.

Le sirvo media taza de té de jazmín mientras Manuela la abastece con las magdalenas que han escapado a nuestro voraz apetito.

– Según tú, ¿qué han inventado los ingleses? -le pregunta Kakuro, que sigue dándole vueltas a su concurso cultural.

Paloma reflexiona intensamente.

– El sombrero como emblema de la rigidez psicológica.

– Magnífico -aprueba Kakuro.

Observo que probablemente he subestimado con creces a Paloma y que habrá que profundizar un poco en ese tema, pero, porque el destino siempre llama tres veces y puesto que todos los conspiradores están abocados a ser desenmascarados un buen día, vuelve a oírse un tamborileo sobre la puerta cristalera de la portería, lo que aplaza mi reflexión.

Paul N'Guyen es la primera persona que no parece sorprendida de nada.

– Buenas tardes, señora Michel -me dice, y luego añade-: Buenas tardes a todos.

– Ah, Paul -dice Kakuro-, hemos desacreditado definitivamente a Inglaterra. Paul esboza una sonrisa cordial.

– Muy bien -dice-. Acaba de llamar su hija. Volverá a llamar dentro de cinco minutos. Y le tiende un móvil.

– De acuerdo. Bien, señoras, tengo que despedirme. Se inclina ante nosotras.

– Adiós -proferimos al unísono las tres, como un coro virginal.

– Bueno -dice Manuela-, al menos una cosa bien hecha.

– ¿Cuál? -pregunto.

– Nos hemos comido todas las magdalenas. Nos reímos.

Me mira con aire pensativo y me sonríe.

– Es increíble, ¿eh? -me dice. Sí, es increíble.

Renée, que tiene ahora dos amigos, ha dejado de ser tan arisca. Pero Renée, que tiene ahora dos amigos, siente nacer en ella un terror informe. Cuando se va Manuela, Paloma se acurruca a sus anchas en el sillón del gato, delante de la tele, y, mirándome con sus grandes ojos serios, me pregunta:

– ¿Cree usted que la vida tiene sentido?

7

Azul noche

En el tinte, tuve que afrontar la ira de la dueña del lugar.

– Unas manchas así en un vestido de esta calidad -masculló, tendiéndome un ticket azul celeste.

Esta mañana le entrego mi rectángulo de papel a una persona distinta. Más joven y menos despierta. Rebusca interminablemente en unas hileras compactas de perchas y luego me tiende un bonito vestido de lino color ciruela, amordazado con un plástico transparente.

– Gracias -le digo, aceptando dicho vestido tras una ínfima vacilación.

Tengo pues que añadir al capítulo de mis infamias el rapto de un vestido que no me pertenece a cambio del de una muerta a la que se lo robé. El mal se esconde, por lo demás, en lo ínfimo de mi vacilación. Si ésta hubiera nacido de un remordimiento ligado al concepto de propiedad, aún podría implorar el perdón de san Pedro, pero mucho me temo que sólo responde al tiempo necesario para calibrar hasta qué punto es practicable la fechoría.

A la una se pasa Manuela por la portería para dejarme su glotof.

– Quería haber venido antes -explica-, pero la señora de Broglie me vigilaba con el rabillo.

Para Manuela el rabillo del ojo es una precisión incomprensible.

En lo que a los glotof [dulces] se refiere, encuentro, envueltos en una orgía de papel de seda azul noche, un magnífico cake alsaciano renovado por la inspiración, unas tartaletas al whisky tan finas que da miedo romperlas y unas tejas de almendras con los bordes bien caramelizados. Se me cae la baba al instante.

– Gracias, Manuela -le digo-, pero sólo somos dos, ¿sabe?

– Pues no tiene más que empezar a comer ahora mismo -contesta.

– Gracias otra vez, de verdad -le reitero-, le ha debido de llevar mucho tiempo.

– Ande, calle, calle -me ordena-. De todo he hecho doble, y Fernando se lo agradece.

Diario del movimiento del mundo n° 7

Este tallo quebrado que por vos he amado

Me pregunto si no me estaré convirtiendo en una esteta contemplativa. Con una fuerte tendencia zen y, a la vez, una pizca de Ronsard.

Me explico. Es un «movimiento del mundo» un poco especial porque no es un movimiento del cuerpo. Pero esta mañana, mientras desayunaba, he visto un movimiento. EL movimiento, debería decir. La perfección hecha movimiento. Ayer (que era lunes) la señora Grémont, la asistenta, le trajo un ramo de rosas a mamá. La señora Grémont pasó el domingo en casa de su hermana que tiene en Suresnes un huertecito que el Estado arrienda a buen precio a la clase trabajadora, de los últimos que quedan ya, y se trajo un ramo con las primeras rosas de la temporada: rosas amarillas, de un bonito amarillo pálido como el de las prímulas. Según la señora Grémont, este rosal se llama «The Pilgrim», «El peregrino». Ya sólo eso me ha gustado. Al fin y al cabo es más elevado, más poético o menos cursi que llamar a los rosales «Madame Fígaro» o «Un amor de Proust» (no me invento nada). Bueno, no haremos comentarios sobre el hecho de que la señora Grémont le regala flores a mamá. Tienen la misma relación que todas las burguesas progresistas tienen con sus asistentas, aunque mamá esté convencida de que el suyo es un caso aparte: una buena relación paternalista, de las de toda la vida, con ramalazo de novelita rosa (se ofrece un café, se paga como es debido, no se regaña jamás, se regala la ropa usada y los muebles rotos, se interesa uno por los hijos y, a cambio, ello da derecho a ramos de rosas y colchas de crochet marrón y beis). Pero esas rosas… Eran algo serio.

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