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Электронная книга - «Todo sobre la pasión». Краткое содержание книги:

El destino ha hecho de Gyles Rawlings un hombre decidido a controlar cada aspecto de su vida. Ha resuelto casarse con una dama de buena cuna que se preste disciplinadamente a darle hijos, pero haga la vista gorda mientras él busca placer en otra parte. A juzgar por los informes que le llegan, Francesca debería cumplir a la perfección con sus exigencias. Por lo que se refiere a “otra parte”, ha conocido recientemente a una joven bellísima y descarada que sería una amante ideal, con un carácter orgulloso a la altura del suyo.
Pero Gyles descubrirá en el momento menos apropiado que su prometida es la atrevida hechicera que inspira sus fantasías. Hallar la pasión y el amor en la misma mujer ha sido siempre para él un temor secreto. Pero mientras su mundo se ve conmocionado, Gyles se obsesiona con la posesión de aquello que jamás pensó que desearía… el corazón de su esposa. Otra extraordinaria aventura perteneciente a la saga de los Cynster, que se puede leer y disfrutar en forma independiente.
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– ¿No estuvieron en la boda?

Gyles sacudió la cabeza. Cogiéndola de la mano, la condujo escaleras arriba.

– Estaban de visita en Escocia, gracias a Dios. -Le lanzó una mirada-. Preparaos para una dosis de aspavientos.

Ella le frunció el entrecejo, desconcertada, pero dejó que le abriera la puerta y la guiara de la mano al cruzar el umbral…

– ¡Ahí ¡Ahí están! ¡Válgame Dios! -Una matrona corpulenta, con pechos imponentes, se abatió sobre Francesca agitando un chal rosa con flecos-. ¡Vaya, milord! -La mujer miró a Gyles levantando las cejas-. Sí que habéis dado la campanada. ¡Y todas las damas de por aquí, convencidas de que le teníais aversión al matrimonio! ¡Ja, ja! -La dama sonrió radiante a Francesca e inmediatamente cayó sobre ella y se rozaron las mejillas-. Wallace pretendía decirnos que estabais indispuesta, pero os vimos con toda claridad encima del risco.

Francesca intercambió una mirada con el imperturbable Wallace, y cogió las manos de la dama entre las suyas.

– ¿Lady Gilmartin, si no me equivoco?

– ¡Aja! -Su señoría parpadeó mirando a Gyles-. Veo que mi reputación me precede. En efecto, querida mía; vivimos justo pasada la aldea.

Cogiéndola por el codo, Francesca condujo a la condesa hacia el salón. Irving se apresuró a abrir la puerta. Lady Gilmartin seguía parloteando.

– Habéis de venir a tomar el té, por supuesto, pero pensamos en dejarnos caer esta tarde para daros la bienvenida a nuestro pequeño círculo. ¿Eldred?

Llegados ya al centro del salón, Francesca soltó el codo de la condesa y se volvió, para ver a un anémico caballero entrar flanqueado por Gyles. Al lado de su marido parecía mustio y marchito. Hizo una inclinación y sonrió débilmente; Francesca le devolvió la sonrisa. Con una inspiración tonificante, señaló a lady Gilmartin la chaise longue.

– Tomad asiento, por favor. Wallace: tomaremos el té.

Francesca se dejó caer en un sofá y observó a lady Gilmartin componer sus chales.

– Bien, ¿dónde estábamos? -Su señoría alzó la vista-. Oh, sí… ¿Clarissa? ¿Clarissa? ¿Dónde te has metido, muchacha?

Una chica pálida y regordeta, con una expresión enfurruñada algo impropia de una dama, entró airadamente en la habitación, le hizo una reverencia a Francesca y se sentó pesadamente junto a su madre en la chaise longue.

– Ésta es mi pequeña. -Lady Gilmartin le dio a su hija unas palmaditas en la rodilla-. Es una pizca demasiado joven para competir con vos, querida mía -su señoría señaló a Gyles con la cabeza-, pero tenemos grandes esperanzas. Clarissa irá a Londres el año que viene para la temporada social.

Francesca hizo los sonidos adecuados y evitó la mirada de su marido. Al cabo de un segundo, fijó la vista en el enjuto caballero que entraba remoloneando en la sala. Parpadeó, y se perdió todo lo que estaba diciendo lady Gilmartin.

Su señoría se volvió hacia la puerta.

– Ah, Lancelot. Acércate y haz tu reverencia.

Moreno de pelo, de una palidez interesante y una belleza bastante sorprendente, aunque muy estudiada, el joven -que no pasaba de ser eso- pasó desdeñosamente la vista por toda la sala. Hasta que llegó a Francesca, y se quedó pasmado mirándola.

– ¡Oh! ¡Caramba!

Sus oscuros ojos, encapotados hasta entonces por lánguidos párpados, se abrieron de par en par. Con paso considerablemente más ligero que el que traía, Lancelot llegó hasta la chaise longue e hizo ante Francesca una reverencia plena de romántico abandono.

– ¡Caramba! -repitió al incorporarse.

– Lancelot nos acompañará a Londres esta temporada. -Lady Gilmartin sonrió radiante-. Creo que puedo decir sin temor a que me contradigan que causaremos bastante revuelo. ¡Bastante revuelo!

Francesca consiguió componer una sonrisa cortés, aliviada de ver llegar a Wallace con la bandeja del té, seguido de Irving con la fuente del pastel. Mientras ella servía y sus huéspedes sorbían y devoraban, hizo lo que buenamente pudo para encauzar la conversación por derroteros más convencionales.

Gyles se mantenía apartado, hablando tranquilamente con lord Gilmartin junto a las ventanas. Cuando Francesca captó por fin su atención, con un mensaje paladinamente claro en los ojos, él arqueó brevemente una ceja y, con aire resignado, condujo a lord Gilmartin más cerca de su familia.

El resultado no fue feliz. En el instante en que se dio cuenta de que Gyles estaba cerca, a Clarissa se le puso una sonrisa boba. Luego le entro una risita que Francesca no pudo juzgar sino corno de muy mala educación, y empezó a lanzar miraditas tímidas y coquetas a Gyles.

Antes de que Francesca pudiera pensar en cómo reorganizar la sala para volver a separar a su esposo de Clarissa, Lancelot se plantó delante de ella, bloqueándole la vista. Sobresaltada, miró hacia arriba.

– Sois lo que se dice terriblemente hermosa, ¿lo sabéis?

El brillo apasionado de sus ojos sugería que Lancelot estaba a punto de caer de rodillas y abrirle su bisoño corazón.

– Sí, lo sé -le dijo.

Él parpadeó.

– ¿Lo sabéis?

Ella asintió. Se puso en pie pausadamente, obligando al muchacho a dar un paso atrás para hacerle sitio.

– La gente… los hombres me lo dicen siempre. Significa poco para mí, puesto que yo, evidentemente, no puedo verme como me ven.

Ya había usado antes esas frases para confundir a caballeros demasiado vehementes. Lancelot se quedó ahí de pie, frunciendo el ceño, repasando sus palabras para sus adentros, tratando de decidir la mejor respuesta. Francesca le rodeó y lo dejó atrás.

– ¿Lady Gilmartin?

– ¿Qué? -La condesa dio un respingo y dejó caer el brioche que se estaba comiendo-. Oh, sí, dígame, querida mía.

Francesca sonrió de forma encantadora.

– Hace un día tan bonito, y se está tan bien afuera… Me preguntaba si os gustaría dar un paseo hasta el jardín italiano. ¿No se vendría también Clarissa?

Clarissa puso mala cara y miró con semblante belicoso a su madre, que se sacudía migas de la falda mientras dirigía su mirada miope a las altas ventanas.

– Bueno, querida, me encantaría, pero más bien creo que ya es hora de irnos. No quisiera abusar de vuestra hospitalidad.

Lady Gilmartin prorrumpió una risa caballuna. Se puso en pie, se acercó a Francesca y dijo, bajando la voz:

– Sé cómo son los hombres, querida, por más Lores o condes que sean. Cuesta mucho mantenerlos a raya al principio. Pero se les pasa, ¿sabéis?… Podéis creerme.

Con unas palmadas en la mano, lady Gilmartin se giró y se dirigió a la puerta.

Francesca corrió tras ella para estar absolutamente segura de que no equivocaba el camino. Clarissa salió detrás pisando fuerte; Lancelot, perplejo aún, les siguió. Gyles y lord Gilmartin cerraron el cortejo.

Lady Gilmartin se despidió con un caluroso adiós, con su prole siguiéndola en silencio. Lord Gilmartin fue el último en abandonar el porche; se inclinó sobre la mano tendida de Francesca.

– Querida mía, sois deslumbrante, y Gyles es sin duda un tipo con suerte por haberos conquistado.

Su señoría sonrió, amable y dulcemente, luego hizo una inclinación de cabeza y echó a andar escaleras abajo.

– ¡No olvidéis -exclamó lady Gilmartin desde el coche- que sois libre de venir de visita siempre que echéis a faltar la compañía de una dama!

Francesca consiguió componer una sonrisa y una inclinación de cabeza.

– ¿Qué diantre -murmuró para Gyles, de pie a su lado- piensa que son vuestra madre y vuestra tía? ¿Un par de advenedizas?

Él no respondió. Levantaron las manos, despidiéndose, mientras el coche se alejaba bamboleándose por el paseo.

– Los habéis despachado muy limpiamente… Tenéis que contárselo a mamá. Siempre se las vio y se las deseó para no perder la cabeza con ellos.

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