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Электронная книга - «Numbers 2: El caos». Краткое содержание книги:

Adam ha heredado el don de su madre, Jem: cuando mira a alguien a los ojos puede ver la fecha en que la persona morirá. Para él, este poder también es una carga, que le angustia en las relaciones con los demás. Sarah, una adolescente de Londres, tiene que huir de su casa y empezar una vida nueva, sola. Cada noche tiene la misma pesadilla que la atormenta: un incendio, una catástrofe y un misterioso chico al que reconoce en el instituto. Las cosas cada vez se van poniendo más difíciles: el mundo tiende al caos, las autoridades insertan a las personas chips de identificación, violentas inundaciones obligan a evacuar pueblos enteros. Un día, Adam ve que la mayoría de la gente de la ciudad tiene la misma fecha: enero de 2027. Algo va a suceder. Algo muy malo. Pero, ¿qué? ¿Qué puede hacer él?
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Adam

No puedo hacerlo. Sólo faltan dos días y estoy en una celda. En el fondo sabía que iban a detenerme por lo de Junior. ¿Cómo no iban a hacerlo? Anoté la fecha de su muerte en mi ordenador de bolsillo, en el ordenador de mi padre, en mi libreta. Está ahí y no puedo negarlo, ¿y qué puedo hacer para que alguien entienda que, aunque lo sabía, no lo planeé? ¿Quién va a creerme?

Sabía que iban a hacerlo, pero no pensaba que sería ahora. Pensaba que estaría con la abuela, con Sarah, ayudándolas, buscando a Mia, en un lugar seguro. Siento que les he fallado. No estoy ahí para ayudarlas.

Los polis dicen que mañana van a llevarme ante el tribunal y lo más probable es que los jueces decreten prisión preventiva hasta el juicio. Sólo Dios sabe cuánto tiempo tendré que esperar para el proceso.

Y han vuelto los hombres trajeados. Justo antes de encerrarme aquí, dos de ellos entran en la sala de interrogatorios, el gordo y el pelirrojo.

– Aparecer en Grosvenor Square -dice el barrigón- no fue una decisión inteligente. Ya has visto el pánico que has creado. Tú y tus «amigos». Sabemos quiénes son: Sarah Harrison, Val Dawson y Nelson Pickard. Sabemos dónde están Sarah y tu abuela -el estómago me da un vuelco y siento crecer el pánico-, pero Nelson, ¿dónde está él, Adam? ¿Dónde está Nelson?

Niego con la cabeza.

– ¿No lo sabes o no quieres decirlo? Estás metido en un montón de problemas. Quizá podríamos… ayudarte.

Un rayo de esperanza. Tal vez éste sea mi camino de regreso a casa.

– ¿Sacarme de aquí?

Niega con la cabeza.

– Estás acusado de asesinato, Adam. Todavía no podemos librarte de eso. No, aunque podríamos facilitarte las cosas, por ejemplo hacer que te trasladaran a un hospital. Oyes voces, ves números y tienes una historia familiar relacionada con ello. Tu mamá y todo eso. Podríamos asegurarnos de que te sometieran a tratamiento.

Miro para otro lado.

– Sólo necesitamos saber dónde está Nelson, eso es todo.

No soporto lo que están diciendo y tengo miedo por Nelson, a quien yo he metido en esto. Miro al tipo directamente a los ojos.

– No se lo voy a decir -digo-. Nelson es un héroe, vale más que diez de ustedes. Él ha llegado a la gente y la ha puesto en marcha. Ustedes no han hecho nada. Lo sabían y no han hecho nada. No voy a hablar, aunque me arrancaran las uñas de las manos.

Entonces se ríe.

– En este país no hacemos eso. -Hace una pausa-. Lástima.

Ambos intercambian una sonrisa. Supongo que ésta es su idea de una broma. Quiero borrar la sonrisa de sus rostros. Quiero que se vayan.

– No sé por qué están perdiendo el tiempo aquí -digo y les miro a ambos a los ojos, a uno después del otro-. Ustedes también deberían estar en esa autopista. No les queda mucho tiempo.

El mayor de los dos me mira con el ceño fruncido.

– Eso suena a amenaza.

– No es una amenaza, tío, yo sólo digo lo que veo.

Arrastra la silla hacia atrás y se dirige hacia la puerta.

– Sácalo de aquí -le dice al poli de fuera-. Sácalo.

Sarah

Val llega a casa justo después de la medianoche. Parece agotada, tiene la piel hundida alrededor de los ojos y la boca contraída en una línea adusta.

– Han presentado cargos contra él. Dicen que van a llevarle a algún maldito lugar para delincuentes juveniles a muchos kilómetros de aquí. Dios sabe cómo voy a ir a verle.

Le ayudo a quitarse el abrigo y pongo agua a hervir. La libreta está sobre la mesa de la cocina, pero ella parece no verla. Se concentra en encender un cigarrillo. Su mechero está casi sin gas y lo chasquea repetidamente con una furia cada vez mayor.

– Vamos -refunfuña, con el cigarrillo colgando de la comisura de los labios-. Enciéndete, maldita sea. ¿Por qué no te enciendes?

– Hay otro en alguna parte. Aquí… -Cojo uno nuevo de encima del microondas, lo enciendo y lo mantengo en el extremo de su pitillo. Ella agarra el mechero viejo con tanta fuerza que parece que vaya a triturarlo. Se lo cojo con cuidado y lo pongo en la mesa, al lado de la libreta de Adam. Y entonces la ve.

– ¿De dónde has sacado esto?

– La he encontrado, debajo de su cama. No estaba buscándola ni nada de eso. Me ha llamado la atención.

– ¿Sabes qué es? -Sus ojos de color avellana ahora buscan los míos, con recelo.

– Sí.

– ¿La has leído?

No puedo mentirle. Ella puede ver directamente dentro de mí.

– Un poco. -«Suficiente. Demasiado. Mi número. El de Mia»-. ¿Y tú?

Niega con la cabeza.

– No, no quiero hacerlo. Hubiera podido, pero no lo he hecho.

Sé exactamente lo que quiere decir.

– Sarah -dice-, deshazte de ella.

– ¿Qué?

– Tenemos que deshacernos de ella. Adam ya tiene suficientes problemas; no le ayudará que la encuentren. Aquí… -Coge el mechero nuevo y lo alarga hacia mí. Quiere que la queme.

– Es de Adam. Es personal.

– ¿Hay algo ahí acerca de ese muchacho, de Junior?

«Violenta, una navaja, el olor de la sangre, sensación de malestar, 6/12/2026.»

– Sí, sí que aparece.

– Pues hazlo: quémala, Sarah. Yo sé que él no lo hizo. Me lo ha dicho y le creo. Me parece que han sacado algunas cosas de su ordenador, pero esto lo enviaría a la cárcel. Esto podría condenarlo a la horca. La pena de muerte es aplicable a partir de los dieciséis años. Podrían cargárselo, Sarah. A mi niño. A mi niño precioso.

Le cojo el mechero y miro alrededor. El cubo es de plástico, no sirve. No puedo salir a la calle porque allí está reunida toda la prensa. No quiero tener público y no quiero ser captada por una maldita cámara destruyendo pruebas. Tendré que hacerlo en el fregadero.

Tengo la libreta en una mano y el mechero debajo de ella. Concentro la llama en una esquina que no tarda mucho en prender. Sigo sosteniéndola así mientras puedo pero, cuando las llamas comienzan a lamerme las yemas de los dedos, la dejo caer ardiendo en el fregadero. Val y yo nos quedamos mirando cómo se enrollan las páginas en sí mismas, torturadas por el fuego, hasta que lo único que queda es un montón de fragmentos negros y grises. Entonces los recojo directamente con las manos y los tiro al cubo de la basura.

– Hecho -dice-. Gracias, Sarah.

Deslizo mis manos bajo el grifo, frotándomelas para deshacerme de los fragmentos de ceniza que se me han adherido a la piel. Ojalá pudiera borrar el contenido de la libreta con tanta facilidad, pero ahora está en mi cabeza, al igual que ha estado en la de Adam durante tanto tiempo: sentencias de muerte, números, el mío propio y el de Mia.

1/1/2027.

Oh.

Dios.

Mío.

Adam

Presidiendo la sala del tribunal, tres estirados trajeados están sentados detrás de una especie de mostrador, en una plataforma elevada: dos hombres y una mujer. Ella está en medio y parece ser la que manda. Lleva una chaqueta de color rojo intenso que le da un aspecto muy desagradable y gafas de montura negra.

Hay algunas mesas frente a los jueces y además, en la parte posterior de la sala, una pequeña separación con un par de hileras de sillas detrás. Ahí hay un tipo sentado con un ordenador portátil, además de la abuela y Sarah.

No esperaba verlas aquí. No se me había pasado por la cabeza que fueran a estar aquí.

No quiero que me vean así.

No puedo mirarlas.

La abuela levanta la mano y comienza a agitarla, pero vuelvo la cabeza hacia otro lado y paso de largo.

Me indican una silla junto a mi abogada, quien me sonríe cuando me siento y me aprieta ligeramente el brazo.

– ¿Todo bien? -dice.

No puedo responder, estoy paralizado. No puedo creerme que esto me esté pasando a mí.

Chaqueta Roja dice:

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