Al Faro
- Автор: Woolf Virginia
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:
Al bajar a la playa, se habían rezagado, aunque les decía: «Venga, venga», pero sin palabras. Miraban al suelo, como si les hiciera bajar las cabezas una galerna implacable. No podían hablarle. Tenían que caminar, tenían que seguirlo. Tenían que seguirlo con los paquetes envueltos en papel de estraza. Pero habían prometido solemnemente, en silencio, mientras caminaban codo con codo, ayudarse y mantener esta gran alianza: enfrentarse con la tiranía hasta morir. Y allí estaban sentados, una en un extremo de la barca, el otro en el opuesto, callados. No decían nada, sólo lo miraban de vez en cuando, sentado, con las piernas recogidas, el ceño fruncido y los movimientos nerviosos, bisbiseando y hablando solo en voz baja, y esperando impaciente a que soplara el viento. Y ellos querían que siguiera la calma. Querían que le saliera mal. Querían que la excursión fuera un completo fracaso, y que tuvieran que regresar, con los paquetes, a la playa.
Pero ahora, después de que el hijo de Macalister hubiera remado un poco, las velas giraron lentamente, la barca cogió velocidad, se enderezó, salió volando. Inmediatamente, como si se le hubiera quitado de encima un gran peso, Mr. Ramsay estiró las piernas, sacó la petaca, la ofreció con un gruñido a Macalister, y se sintió, se dieron cuenta, muy contento. Ahora ya podían seguir navegando así durante horas, y Mr. Ramsay le haría una pregunta al bueno de Macalister -quizá sobre la galerna del anterior invierno-, y el bueno de Macalister le respondería, y fumarían juntos las pipas, y Macalister cogería una cuerda embreada e intentaría deshacer o hacer un nudo, y el muchacho se dedicaría a pescar, y no dirían ni una sola palabra. James se sentiría en la obligación de no despegar la vista de la vela. Porque si lo olvidaba, la vela se desinflaría, se quedaría fláccida, la barca perdería velocidad, y Mr. Ramsay diría enfadado: «¡Cuidado! ¡Cuidado!» Y el bueno de Macalister, lentamente, miraría hacia atrás. Oyeron cómo le hacía la pregunta sobre la galerna de la pasada Navidad. «Entró por allí», dijo el bueno de Macalister, describiendo la galerna de Navidad, diez barcos buscaron refugio en la bahía; vio «uno ahí, otro allí, otro más allá» (señalaba despacio hacia la bahía. Mr. Ramsay seguía la explicación, volvía la cabeza hacia atrás). Había visto tres hombres aferrados a un mástil. Luego acabó la tempestad. «Por fin la echamos», siguió (pero enfurecidos, callados, sólo cogían alguna palabra de vez en cuando; estaban sentados en los extremos de la barca, unidos por el juramento de luchar contra la tiranía hasta la muerte). Por fin la habían expulsado, habían botado la barca de salvamento, y la habían llevado hasta más allá de la punta… Macalister contaba la historia; y aunque sólo oían alguna palabra de vez en cuando, eran muy conscientes todo el tiempo de la presencia de su padre: cómo se inclinaba hacia delante, cómo su voz armonizaba con la de Macalister; cómo, al chupar de la pipa, y mirando aquí y allá, hacia donde señalaba Macalister, disfrutaba con la idea de la galerna, y de la noche oscura, y de los pescadores luchando. Le gustaba que los hombres trabajaran y se esforzaran en la playa, batida por el viento, durante la noche, oponiendo los músculos y la mente contra las olas y el viento; le gustaba que los hombres trabajaran así, y que las mujeres se quedaran en casa, y se sentaran a la cabecera de las camas de los niños, mientras los hombres se ahogaban, afuera, en medio de la galerna. James podría afirmar, y Cam podría afirmar (lo miraban, se miraban entre sí), por el movimiento, por la atención, por el timbre de la voz, y por el tenue acento escocés que había adoptado, que también a él le hacía parecer un campesino, al preguntar a Macalister sobre los once barcos que se habían recogido en el interior de la bahía. Tres de ellos naufragaron.
Miraba orgulloso en la dirección que señalaba Macalister; y Cam pensaba, sintiéndose orgullosa de él, sin saber muy bien por qué, que si él hubiera estado allí, habría lanzado al agua el bote salvavidas, habría llegado hasta el barco naufragado, pensaba Cam. Era tan valiente, le gustaba tanto la aventura, pensaba Cam. Pero se acordó. Estaba el pacto. Enfrentarse con la tiranía hasta morir. Este dolor los apesadumbraba. Se les había obligado, se les había dado una orden. Los había sometido de nuevo con su malhumor y su autoridad, obligándolos a hacer lo que les decía, esta hermosa mañana; obligándolos a venir, porque así lo quería, para llevar los paquetes, al Faro; a tomar parte en estos ritos en los que le gustaba participar por el propio placer de recordar a los muertos; y ellos lo detestaban, remoloneaban tras de él, había despojado el día de todo su placer.
Sí, la brisa refrescaba. La barca se balanceaba, cortaba el agua en dos, y se derramaba en verdes cataratas, se abría en burbujas, en cascadas. Cam miraba la espuma, la mar con todos sus tesoros; la velocidad la hipnotizaba; y el pacto entre ella y James se debilitaba un poco. Comenzó a pensar: Qué aprisa se mueve. ¿Adónde vamos?, y el movimiento la hipnotizaba; mientras que James, con la mirada en la vela, en el horizonte, llevaba el timón con gesto adusto. Pero comenzaba a pensar también él que mientras llevara el timón podría escapar, podía deshacerse de todo. Podían desembarcar en cualquier parte, ser libres. Ambos, mirándose fugazmente, tuvieron una sensación de huida, de exaltación, a causa de la velocidad y del cambio. Pero la brisa traía idéntica excitación a Mr. Ramsay, y, cuando el bueno de Macalister se volvió para echar el sedal por la borda, gritó: «Morimos», y después, «a solas». A continuación, con el acceso de costumbre de arrepentimiento y timidez se contuvo, y saludó la costa con la mano.
«Mirad la casita», dijo, mientras señalaba, haciendo mirar a Cam. Ella se irguió de mala voluntad, y miró. Pero ¿cuál era? No sabría decir cuál era la casa, allí, en la falda de la colina. Todo parecía lejano, en paz y extraño. La costa parecía muy cuidada, lejana, irreal. La poca distancia que habían recorrido navegando los había alejado mucho, y le había hecho cambiar de aspecto, tenía ahora un aspecto bien cuidado, aspecto de algo que se retrae, algo en lo que uno ha dejado de participar. ¿Cuál era la casa? No sabía identificarla.