Los Pájaros De Bangkok
- Автор: Montalban Manuel Vázquez
- Серия: Pepe Carvalho #6
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los Pájaros De Bangkok». Краткое содержание книги:
– Si coge un taxi hasta Ba Don no pague más de setenta baths. Entre cincuenta y setenta baths.
– Si usted va a Ba Don, podríamos ir juntos.
El cura estaba esperando la sugerencia y sonrió satisfecho. Veinte o treinta extranjeros se arremolinaban en torno de los taxistas.
– Deje que se ceben con los extranjeros. Luego nosotros contrataremos a la baja.
Carvalho se volvió para contemplar el reposo del tren y los síntomas de próxima partida que se producían alrededor de la bestia alertada por su propio gruñido. Ya no podía hablarse del silbido de la locomotora. Ahora emitía un exabrupto impersonal, como un gruñido de mofa, ancho, contundente, dirigido al pecho del viajero que corre porque llega tarde.
– Ya está. Ya tengo taxi.
El cura manoteaba para que Carvalho dejara de mirar el tren. Un pequeño movimiento, como para comprobar su propia capacidad de arrancar, un suave deslizamiento sobre las ruedas y a continuación un largo suspiro para tensar la musculatura y ponerla en marcha, llenar de velocidad y de adiós las fotos fijas de los viajeros asomados a las ventanillas. Con la maleta en la mano, los pies en dirección al reclamo del sacerdote, la cabeza de Carvalho permanecía como hipnotizada por el milagro lúdico repetido de un tren en marcha. Pero una presencia imprevista le hizo parpadear e iniciar un movimiento de ida hacia el tren. A través de los dobles cristales del último vagón, del que él había ocupado hasta ahora, había visto una mujer y decidió que era increíble lo mucho que se parecía a Teresa Marsé.
El cura hablaba en thai con el taxista y dejaba bien sentado el precio. El taxista miraba lastimeramente a sus compañeros que habían tenido la suerte de embarcar a extranjeros desprovistos del instrumento del idioma.
– Suba, suba. ¿Qué pasa? Parece preocupado.
Carvalho rumiaba la imagen desvaída que había visto más allá del cristal. Sin duda era una ilusión óptica.
– Es que aún estoy adormilado.
Todo dormía en Suratani menos la caravana de taxis que se puso en marcha hacia Ba Don. El cura lamentaba el tiempo que Carvalho debería esperar en Ba Don hasta el embarque.
– Le aconsejo que coja el "ferry" que sale a las nueve de la mañana. Es el más rápido, aunque se tira casi tres horas de viaje. ¿Qué va a hacer hasta esa hora? Puede descansar en algún hotel.
– Pasearé por Ba Don.
– Poco tiene que pasear. Es un puerto sin carácter. Lo único interesante es el mercado.
Volvió a aconsejarle que abriera bien los ojos en Koh Samui. La isla había sido un paraíso y en cierta manera aún lo era, pero había empezado a llegar la avanzadilla del turismo, jóvenes en busca de la autenticidad del paraíso.
– Pero a algunos de esos jóvenes no les basta el paraíso de fuera y se traen jeringas y heroína. Se bañan desnudos en algunas playas y causan escándalo en la gente de aquí.
– ¿En el país de los masajes las gentes se escandalizan ante el desnudo?
– Pues aunque usted no se lo crea. Ellos distinguen entre lo que es vicio, casi siempre para extranjeros, y lo que es la conducta moral normal. Ya hay extranjeros que quieren quedarse a vivir en Koh Samui. Un español, un tal Martínez.
Había una cierta reticencia en las palabras del cura.
– ¿Qué le pasa a Martínez?
– Pregunte en Koh Samui por él. Hable con el capellán católico que hay allí. Él le informará. Martínez se está construyendo un "bungalow".
Y estaba casado con una italiana o con una thailandesa. Carvalho no lo oyó bien porque su atención la reclamó un repentino foco que había aparecido en la carretera y tras él las criaturas nocturnas uniformadas que les hacían señas de que se detuvieran.
– Un control del ejército. Toda esta zona está llena de controles.
– ¿Por qué?
– Comunistas. Vuelve a haber un resurgimiento de las guerrillas. Y más al sur, en el país Petani, de vez en cuando hay guerrillas malayas musulmanas.
El taxi se detuvo y una linterna iluminada se metió en el coche deslumbrándoles. La linterna se retiró y en primer plano quedó la ametralladora que sostenía el soldado. Mantuvo un diálogo con el sacerdote y luego el italiano salió del coche, abrió el maletero y dos soldados examinaron los equipajes. El regreso del cura coincidió con la arrancada del taxi.
– Es un fastidio. Siempre estamos igual.
– ¿Es fuerte la guerrilla?
– No creo. Tampoco a los comunistas les interesa que sea fuerte. Todavía no ha llegado la hora de Thailandia. La utilizan de vez en cuando, para recordar que, si quieren, pueden complicarles las cosas al gobierno y a sus aliados los norteamericanos.
En cualquier caso había más comunistas que católicos, aceptó el cura. El país era básicamente budista, con un budismo propio, muy entroncado con las corrientes más tradicionales del budismo y mezclado con un sustrato animista indestructible, como lo prueban esos templetes que parecen de juguete que se colocan delante de las casas.
– Budismo, animismo y americanismo. Y el americanismo no sólo lo traen los americanos, sino también los japoneses y se inculca en la población a través de los chinos. Los chinos son competitivos como demonios. Son el mismo demonio.
El taxi penetró en las calles oscurecidas de Ba Don y desembocó en el puerto, donde animaban los primeros transeúntes en torno a los "ferrys" dispuestos para el trajín del día. Carvalho se empeñó en pagar el taxi, aunque el italiano continuaba y le rogó que le aceptara aquella pequeña aportación a la penetración del catolicismo en Asia.
– Nosotros los salesianos hacemos lo que podemos. Pero es difícil. O se tiene una gran potencia detrás o es difícil hacer apostolado.
Al pie del taxi le esperaba un intermediario de una de las compañías de "ferrys" dispuesto a que Carvalho se comprometiera a viajar en su embarcación. Carvalho le dio toda clase de seguridades y aceptó la propuesta del salesiano con medio cuerpo asomante desde el taxi.
– Vaya a aquel bar iluminado y espere allí. No se pasee por aquí a estas horas.
Partió el taxi y Carvalho se dirigió a la cantina, donde se estaba recuperando la lógica de las cosas. Empezaba a calentarse el fogón de la cocina, pasaban el primer trapo sucio sobre los tableros de las mesas, servían los primeros desayunos a los trabajadores del puerto y del mercado. Le sirvieron un tazón de café y una síntesis de porra y churro que a Carvalho le trasladó a una cafetería madrileña. Costaba amanecer. El nuevo día diluía la noche sobre los fondos lejanos de la selva de heveas y palmeras recortadas como un troquelado de cuento infantil tétrico y, poco a poco, fue revelando la calle comercial dormida y enfrentada a un mar estanque, al que iban llegando las frágiles canoas con fueraborda, cargadas de isleñas que venían a la compra. Carvalho las siguió hasta un mercado que empezaba a ser populoso y vociferante, mejillones verdes, ostras negras, abalones, guindillas nerviosas, camarones microscópicos, oscuras vísceras del cerdo, judías verdes de medio metro, como si las materias quisieran cargarse de peculiaridad asiática, de hecho diferencial en contraste con los pajeles familiares que parecían exiliados del Mediterráneo.
Entre las ocho y las nueve de la mañana empezaron a llegar extranjeros y a agruparse en torno a la caseta cubierta donde se vendían los tickets del viaje. Los turistas eran asaltados no sólo por los intermediarios del "ferry", sino también por oferentes de "bungalows" en Koh Samui que querían asegurar la clientela antes del embarque. Nada tenían que ver aquellos viajeros de mochila y pendiente masculino en una oreja con los turistas del Dusit Thani, sino más bien con los del Malasya y luego, ya en el "ferry", se materializó la mescolanza de nativos de regreso a Koh Samui y de occidentales contraculturales en viaje de ida hacia el absoluto, jóvenes parejas heterosexuales u homosexuales como la compuesta por un frágil pelirrojo portátil y un oriental que estudiaba un diccionario thai-francés o viejas parejas de profesores jubilados con las melenas blancas y lacias, maltratadas por las almohadas de hoteles baratos y los tobillos anchos de animales cargados con un cansancio irremediable, con los ojos bien abiertos para comprobar la posibilidad del penúltimo sueño de exotismo, a través de las ventanas que avanzaban bajo un cielo nublado de panza de burro, entre islas que en la lejanía parecían dragoneras cubiertas por una rizada vegetación feroz y, al acercarse, eran simples islotes propicios para ahogados y robinsones. Uno de los intermediarios conversa con la pareja del pelirrojo y el oriental empeñado en aprender el idioma de su amante y, de pronto, la conversación se convierte en un canto dulce, melancólico tal vez por el día, que extasía a la muchachita thai que se ha pasado todo el viaje removiéndose, mirándose la bragueta de los tejanos o el lugar del asiento donde pone el culo, por si aparece la mancha de la regla infamante, mientras su madre le dice que se tranquilice, que pronto llegarán a Koh Samui. Pero van pasando las islas entre la niebla y Koh Samui tarda en aparecer como un horizonte completo, final al que se acerca el barco escogiendo un embarcadero donde esperan turistas de regreso, descargadores de cocos, intermediarios de "bungalows" y conductores de tuc-tuc. Nada más saltar sobre el muelle, Carvalho avanzó hacia el poblado preguntando cuál de aquellos tuc-tucs aparcados llevaba al Nara Lodge. Ninguno y al oír el nombre del Nara Lodge había una actitud de respeto y reserva en casi todos los interrogados. por fin un conductor aceptó a Carvalho como un pasajero más, aunque le advirtió que a él le saldría más caro porque el Nara Lodge estaba muy lejos, más allá del final del recorrido. Con una pareja de adolescentes franceses a su derecha, un matrimonio americano con una niña y tres mozas holandesas bientetadas por delante, el pelirrojo y su amante a la izquierda y dos thais colgados en el estribo, el tuc-tuc recorrió la escasa distancia que separaba el puerto de la jungla de palmeras, plataneras y heveas y se dispuso a ir dejando a los pasajeros en distintas concentraciones de "bungalows" de maderas oscuras, construidos sobre frágiles pontones, siempre en torno a un restaurante, orientados hacia las playas, festón de arenas blancas y espuma de mar rodeando la pujanza agresiva de la jungla verde y los senderos de tierras rojas y cortezas de coco. Fueron bajando los turistas y finalmente Carvalho se quedó solo hasta que el tuc-tuc se detuvo frente a la única concentración de "bungalows" de obra, ante la que se exhibía el rótulo Nara Lodge en letras orientalizantes. Llovía. Cuatro o cinco muchachas niñas con blusa blanca y falda negra acogieron con sorpresa al extranjero al parecer inesperado y se rieron cuando le informaron que era el único huésped del hotel.