El Amor En Los Tiempos Del Cólera
- Автор: Маркес Габриэль Гарсия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Amor En Los Tiempos Del Cólera». Краткое содержание книги:
Así, entre ancores de óperas y serenatas napolitanas, su talento creativo y su invencible espíritu de empresa lo convirtieron en el prócer de la navegación fluvial en su época de mayor esplendor. Había salido de la nada, como los dos hermanos muertos, y todos llegaron hasta donde quisieron a pesar del estigma de ser hijos naturales, y con el remate de que nunca fueron reconocidos. Eran la flor de lo que entonces se llamaba la aristocracia de mostrador, cuyo santuario era el Club del Comercio. Sin embargo, aun cuando dispuso de recursos para vivir como el emperador romano que parecía ser, el tío León XII vivía en la ciudad vieja por comodidad de trabajo, con su esposa y tres hijos, y de un modo tan austero y en una casa tan escueta, que nunca se quitó de encima una injusta reputación de avaro. Pero su único lujo era todavía más simple: una casa de mar, a dos leguas de las oficinas, sin más muebles que seis taburetes artesanales, un tinajero, y una hamaca en la terraza para acostarse a pensar los domingos. Nadie lo definió mejor que él cuando alguien lo acusó de ser rico.
– Rico no -dijo-: soy un pobre con plata, que no es lo mismo.
Ese raro modo de ser, que alguien elogió alguna vez en un discurso como una demencia lúcida, le permitió ver al instante lo que nadie veía ni antes ni después en Florentino Ariza. Desde el día en que éste se presentó a solicitar empleo en sus oficinas, con su aspecto lúgubre y sus veintisiete años inútiles, lo puso a prueba con la dureza de un régimen de cuartel capaz de doblegar al más bragado. Pero no logró amedrentarlo. Lo que nunca sospechó el tío León XII fue que ese temple del sobrino no le venía de la necesidad de subsistir, ni de una cachaza de bruto heredada del padre, sino de una ambición de amor que ninguna contrariedad de este mundo ni del otro lograría quebrantar.
Los peores años fueron los primeros, cuando lo nombraron escribiente de la Dirección General, que parecía un oficio inventado sobre medida para él. Lotario Thugut, antiguo maestro de música del tío León XII, fue el que le aconsejó a éste que nombrara al sobrino en un empleo de escribir, porque era un consumidor incansable de literatura al por mayor, aunque no tanto de la buena como de la peor. El tío León XII no le hizo caso a la precisión sobre la mala clase de las lecturas del sobrino, pues también de él decía Lotario Thugut que había sido su peor alumno de canto, y sin embargo hacía llorar hasta las lápidas de los cementerios. En todo caso, el alemán tuvo razón en lo que menos había pensado, y era que Florentino Ariza escribía cualquier cosa con tanta pasión, que hasta los documentos oficiales parecían de amor. Los manifiestos de embarque le salían rimados por mucho que se esforzara en evitarlo, y las cartas comerciales de rutina tenían un aliento lírico que les restaba autoridad. El tío en persona se le apareció un día en la oficina con un paquete de correspondencia que no había tenido el valor de firmar como suya, y le dio la última oportunidad de salvar el alma.
– Si no eres capaz de escribir una carta comercial te vas a recoger la basura del muelle -le dijo.
Florentino Ariza aceptó el desafío. Hizo un es~ fuerzo supremo por aprender la simpleza terrestre de la prosa mercantil, imitando modelos de archivos notariales con tanta aplicación como antes lo hacía con los poetas de moda. Era esa la época en que pasaba sus horas libres en el Portal de los Escribanos, ayudando a los enamorados implumes a escribir sus esquelas perfumadas, para descargar el corazón de tantas palabras de amor que se le quedaban sin usar en los informes de aduana. Pero al cabo de seis meses, por muchas vueltas que le daba, no había logrado torcerle el cuello a su cisne empedernido. Así que cuando el tío León XII lo reprendió por segunda vez, él se dio por vencido, pero con una cierta altanería.
– Lo único que me interesa es el amor -dijo.
– Lo malo -le dijo el tío- es que sin navegación fluvial no hay amor.
Cumplió la amenaza de mandarlo a recoger la basura en el muelle, pero le dio su palabra de que lo subiría paso a paso por la escalera del buen servicio hasta que encontrara su lugar. Así fue. Ninguna clase de trabajo logró derrotarlo, por duro o humillante que fuera, ni lo desmoralizó la miseria del sueldo, ni perdió un instante su impavidez esencial ante las insolencias de sus superiores. Pero tampoco fue inocente: todo el que se atravesó en su camino sufrió las consecuencias de una determinación arrasadora, capaz de cualquier cosa, detrás de una apariencia desvalida. Tal como el tío León XII lo había previsto y deseado para que no se le quedara sin conocer ningún secreto de la empresa, pasó por todos los cargos en treinta años de consagración y tenacidad a toda prueba. Los desempeñó todos con una capacidad admirable, estudiando cada hilo de aquella urdimbre misteriosa que tanto tenía que ver con los oficios de la poesía, pero sin lograr la medalla de guerra más anhelada por él, que era escribir una carta comercial aceptable: una sola. Sin proponérselo, sin saberlo siquiera, demostró con su vida la razón de su padre, quien repitió hasta el último aliento que no había nadie con más sentido práctico, ni picapedreros más empecinados ni gerentes más lúcidos y peligrosos que los poetas. Eso, al menos, fue lo que le contó el tío León XII, que solía hablarle de su padre durante los ocios del corazón, y que le dio de él una idea más parecida a la de un soñador que a la de un hombre de empresa.
Le contó que Pío Quinto Loayza le daba a las oficinas un uso más placentero que el de trabajar, y se las arregló siempre para salir de la casa los domingos, con el pretexto de que tenía que recibir o despachar un buque. Más aún: había hecho instalar en el patio de las bodegas una caldera inservible, con una sirena de vapor que alguien hacía sonar con claves de navegación, por si su esposa estaba pendiente. Haciendo cuentas, el tío León XII estaba seguro de que Florentino Ariza había sido concebido sobre el escritorio de alguna oficina mal cerrada en una tarde de bochorno dominical, mientras la esposa de su padre oía en su casa los adioses de un buque que nunca se fue. Cuando ella lo descubrió ya era tarde para cobrarle la infamia, porque el marido había muerto. Le sobrevivió muchos años, destruida por la amargura de no tener un hijo, y pidiéndole a Dios en sus oraciones la maldición eterna para el bastardo.
La imagen del padre conturbaba a Florentino Ariza. Su madre le hablaba de él como de un gran hombre sin vocación comercial, que terminó en los negocios del río porque su hermano mayor había sido un colaborador muy cercano del comodoro alemán Juan B. Elbers, precursor de la navegación fluvial. Eran hijos naturales de una misma madre, cocinera de oficio, que los había tenido con hombres distintos, y todos llevaban el apellido de ella detrás del nombre de un Papa escogido al azar en el santoral, salvo el del tío León XII, que era el nombre del que reinaba cuando él nació. El que se llamaba Florentino era el abuelo materno de todos, así que el nombre había llegado hasta el hijo de Tránsito Ariza saltando por encima de toda una generación de pontífices.
Florentino conservó siempre un cuaderno en el que su padre escribía versos de amor, algunos inspirados por Tránsito Ariza, y los folios estaban adornados con dibujos de corazones heridos. Dos cosas lo sorprendieron. Una era la personalidad de la caligrafía del padre, idéntica a la suya, a pesar de que él la había escogido por ser la que más le gustaba entre muchas de un manual. La otra fue encontrarse con una sentencia que él creía suya, y que su padre había escrito en un cuaderno mucho antes de que él naciera: Lo único que me duele de morir es que no sea de amor.
Había visto también los dos únicos retratos de su padre. Uno tomado en Santa Fe, muy joven, a la edad que él tenía cuando lo vio por primera vez, con un abrigo que era como estar metido dentro de un oso, y recostado en un pedestal de cuya estatua sólo quedaban las polainas destroncadas. El pequeño que estaba a su lado era el tío León XII con una gorrita de capitán de buque. En la otra fotografía estaba su padre con un grupo de guerreros, en quién sabe cuál de tantas guerras, y tenía la escopeta más larga y unos bigotes cuyo olor a pólvora trascendía de la imagen. Era liberal y masón, lo mismo que los hermanos, y sin embargo quería que el hijo ingresara en el seminario. Florentino Ariza no sentía el parecido que les atribuían, pero según el decir del tío León XII, también a Pío Quinto le reprochaban el lirismo de sus documentos. En todo caso, ni en los retratos se parecía a él, ni concordaba con sus recuerdos, ni con la imagen que pintaba su madre, transfigurada por el amor, ni con la que despintaba el tío León XII con su graciosa crueldad. Sin embargo, Florentino Ariza descubrió ese parecido muchos años después, mientras se peinaba frente al espejo, y sólo entonces había comprendido que un hombre sabe cuando empieza a envejecer porque empieza a parecerse a su padre.