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El último detective

Электронная книга - «El último detective». Краткое содержание книги:

Elvis Cole se enfrenta a uno de los momentos más delicados de su vida: acaba de recibir la llamada de un hombre que asegura tener secuestrado a Ben, el hijo de Lucy, su compañera sentimental. El niño, que estaba al cuidado de Cole mientras su madre se hallaba de viaje, salió al jardín a jugar y pocos minutos después desapareció sin dejar rastro. Según las palabras del hombre que retiene a Ben, el secuestro está relacionado con un oscuro suceso del pasado de Cole. Éste fue el único superviviente de un batallón americano que fue aniquilado en Vietnam, y aunque en su momento fue premiado por su heroicidad, parece que alguien sigue resentido por el hecho. Para complicar aún más las cosas, Cole tiene que enfrentarse con Richard, ex marido de Lucy y padre de Ben, quien además de culparle por lo acontecido entorpece La búsqueda al insistir en la participación de su propio equipo de investigadores. Ayudado por su socio, Joe Pike, y la policía Carol Starkey, Cole se vuelca de pleno en el rescate en una carrera contra el reloj, mientras revive unos espinosos episodios que creía haber enterrado. Robert Crais ahonda en cuestiones vitales al retomar el pasado de su protagonista en esta novela que aúna con acierto una clásica trama detectivesca con un thriller de gran intensidad.
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Hablé con otra asistenta, una joven que tenía tres niños a su cargo. En la siguiente casa tampoco había nadie. Era un día laborable y la gente estaba en el trabajo.

Me planteé si valía la pena probar en las casas que había más allá en aquella misma calle, y decidí volver adonde estaban los coches.

Me encontré a Starkey apoyada contra su Crown Vic.

– ¿Has sacado algo en limpio? -le pregunté.

– ¿A ti qué te parece, Cole? ¿No me ves la cara? He hablado con tanta gente que no ha visto nada de nada que al final le he preguntado a una tía si salía a la calle alguna vez.

– Tratar con la gente no es lo que mejor se te da, ¿verdad?

– Mira, tengo que llamar a Gittamon para que me mande refuerzos. Hay que hablar con los basureros, con el cartero, con las patrullas de seguridad privadas que recorren estas calles y con cualquiera que pueda haber visto algo, pero tú y yo ya hemos llegado hasta donde podíamos llegar. Tienes que largarte.

– Venga, Starkey, hay mucho trabajo y puedo ayudarte. No voy a irme ahora.

– Es trabajo rutinario, Cole -respondió en voz baja, midiendo las palabras-. Tú tienes que descansar. Si encontramos algo te llamo.

– Puedo llamar a las empresas de seguridad desde casa.

Hasta a mí me pareció que mi voz era la de un desesperado. Starkey meneó la cabeza.

– ¿Sabes esos vídeos que te obligan a ver antes de que despegue un avión, en los que te dan instrucciones para casos de emergencia…?

Me zumbaban ligeramente los oídos, como si estuviera borracho y hambriento, todo a la vez.

– ¿Y eso qué tiene que ver con esto?

– Te dicen que si el avión pierde presión debes ponerte la mascarilla de oxígeno antes de ponérsela a los niños. La primera vez que lo vi pensé: «Y una mierda, si yo tuviera hijos seguro que se la ponía antes a ellos.» Es lo natural, ¿no? Lo instintivo es salvar a tus hijos. Luego, sin embargo, cuanto más lo pensaba, más lógica le veía a la cosa. Tienes que salvarte tú primero, porque si no estás vivo no puedes salvar a los niños. Pues a ti te pasa lo mismo, Cole: tienes que ponerte la mascarilla si quieres ayudar a Ben. Vete a casa. Si pasa algo no te preocupes, que te llamo.

Se alejó de mí sin más y fue a reunirse con Chen en la furgoneta de éste.

Me subí al coche. No sabía si iba a irme a casa o no. No sabía si iba a dormir o si no iba a poder hacerla. Me marché. Tomé la curva y vi una furgoneta de comidas de color amarillo claro aparcada junto al contenedor. Era lógico: los obreros tenían que comer.

Acababa de llegar.

Quizá si no hubiera estado tan cansado se me habría ocurrido antes: en un sitio tan apartado alguien tenía que llevar la comida a los trabajadores. Aquella furgoneta debía de aparecer por allí dos veces al día, para el desayuno y para el almuerzo, a diario. Eran las once cincuenta. Hacía casi cuarenta y cuatro horas que Ben había desaparecido.

Dejé el coche en la calle y fui corriendo hasta la puerta situada en la parte trasera de la furgoneta, que estaba abierta debido al calor. En el interior, dos jovencitos vestidos con camiseta blanca cocinaban en una parrilla. Una mujer bajita y rechoncha les berreaba los pedidos mezclando español e inglés mientras ellos iban pasándole bocadillos de pollo y platos de plástico cargados de tacos y salsa verde que ella colocaba en la repisa de la ventanilla por la que atendían a los clientes. La mujer me miró de reojo y me hizo un gesto con la cabeza para señalar el lateral de la furgoneta.

– Tiene que ponerse a la cola. Por ahí.

– Han raptado a un niño pequeño -dije-. Creemos que el secuestrador ha pasado mucho tiempo en esta calle. Puede que hayan visto su coche.

Se acercó a la puerta, limpiándose las manos en un trapo de felpa rosa.

– ¿Cómo que un niño pequeño? ¿Es usted policía?

El electricista que habíamos visto antes estaba haciendo cola ante la ventana.

– Sí, es policía -dijo-. Alguien ha secuestrado a un niño. Es increíble, ¿no? Por aquí mismo. Están buscándolo.

La mujer bajó de la furgoneta para hablar conmigo. Se llamaba Marisol Luna y era la propietaria del negocio de comidas. Le describí la zona del otro lado de la curva y le pregunté si se había fijado en algún vehículo que hubiera estado aparcado cerca de allí durante las dos últimas semanas, o si había visto a alguien que llamara la atención.

– Me parece que no.

– ¿Y cuando no había nadie aparcado allí? ¿Ha visto algún coche solo?

Se frotó las manos con el trapo, como si eso la ayudase a refrescar la memoria.

– Un día vi al fontanero. Acabábamos de poner los desayunos aquí y nos íbamos para allá… -Señaló hacia la curva y el zumbido que me taladraba el cerebro se agudizó-. El fontanero bajaba por la ladera.

Miré hacia los obreros en busca de Cauley. Marisol Luna era la primera persona de las que había encontrado que había visto algo.

– ¿Y cómo sabe que era el fontanero? -pregunté-. ¿Estaba trabajando aquí en esta casa?

– Lo decía en la furgoneta. Fontanería Emilio. Lo recuerdo porque mi marido precisamente se llama Emilio. Me hizo gracia y por la noche se lo dije, pero el hombre que iba en la furgoneta no se le parecía en nada. Era negro. Tenía la cara cubierta de una especie de bultos.

– ¿Dónde está Cauley? -inquirí dirigiéndome a los obreros-. ¿Puede ir alguien a buscarlo? -Me volví hacia la señora Luna-. ¿El hombre que bajó por la ladera era negro?

– No. El de la furgoneta era el negro. El que salió era blanco.

– ¿Eran dos?

El zumbido se intensificó aún más. Me sentía como si me hubiera tomado diez cafés. El electricista apareció por detrás de la furgoneta con el señor Cauley.

– ¿Han tenido suerte? -preguntó.

– ¿Ha tenido trabajando aquí a algún fontanero que se llamara Emilio o que trabajara para la empresa de un tal Emilio? ¿Le suena de algo?

– No, nunca. Siempre utilizo al mismo fontanero. En todas las obras lo hace un tío que se llama Donnelly.

– Pero en la furgoneta decía «Fontanería Emilio» -aseguró la señora Luna.

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