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Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]

Электронная книга - «Un asunto pendiente [A Day of Reckoning - es]». Краткое содержание книги:

Megan y Duncan Richards son gente normal. Él es banquero; ella, agente inmobiliaria. Tienen dos hijas adolescentes y un hijo. Viven en una casa preciosa. Todo indica que sus días de activistas políticos, allá por 1968, han quedado muy atrás. Después de todo, cualquiera que fuera joven en 1968 tiene un pasado activista.
Pero Megan y Duncan son distintos. Ellos fueron un poco más lejos. Empujados por una hermosa mujer que se hacía llamar Tania y que dirigía un grupo radical llamado la Brigada de Phoenix, tomaron parte en un robo que, según Tania, sería sencillo y sin derramamiento de sangre, pero no fue así. Desde entonces han pasado 18 años.
Y ahora, cuando los Richards disfrutan de su tranquilidad familiar, Tania está a punto de salir de la cárcel. Lleva 18 años planeando cómo vengarse de las dos personas a las que culpa de lo que ocurrió aquel día. Su venganza será dulce, será perversa. Empezará por su hijo…
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– Lo haré.

– Pero…

– Adiós, Megan. Adiós, chicas. Piensen en esto, ¿de acuerdo? Sólo llevan encerrados cuarenta y ocho horas, y yo lo estuve dieciocho años.

Y colgó bruscamente. ¡Mierda!, pensó. Tenía la desagradable sensación de haber hecho algo mal, pero no sabía qué era.

Caminó despacio por la primera oscuridad y el frío nocturnos hasta su coche, reviviendo los últimos minutos en su cabeza y pensando: no debo perder el control.

***

Megan sostuvo el teléfono un instante, escuchando el vacío antes de colgar. La voz de su hijo resonaba en su cabeza y apenas podía mantenerse de pie. Furiosa, dio un puñetazo en la mesa; se lo imaginó sentado solo en una pequeña habitación y sintió deseos irrefrenables de abrazarlo. Entonces la asaltó un recuerdo sorprendente: de cuando su médico le anunció que estaba embarazada, tal y como sospechaba. La noticia le produjo una mezcla de alegría y consternación; su vida con Duncan y las gemelas resultaba tan perfecta y ordenada que temía que la llegada de un nuevo bebé alterara aquella simetría. Sonrió al pensar en lo ingenua que había sido; no podía entonces ni imaginar hasta qué punto Tommy trastornaría sus vidas. Pero las gemelas son las hijas de mi juventud, pensó, mientras las veía entrar en la cocina; Tommy en cambio ha sido el hijo de mi madurez, el que marcó el comienzo de mi nueva vida, el fruto de un amor sólido y adulto y no de la loca pasión adolescente que Duncan y yo sentíamos cuando éramos jóvenes. Y si lo pierdo, perderé todo lo que he construido.

Se volvió hacia las chicas, que parecían pálidas pero serenas. Las saludó con la cabeza y después las abrazó. Se sentía como si algo se le hubiera roto por dentro, una especie de cascarón de cuyo interior salía algo nuevo, distinto. Apretó a sus dos hijas contra su pecho y dejó que su cabeza se llenara de odio e instinto asesino.

PARTE 8. Viernes

Poco antes del amanecer Duncan, sentado en el suelo de la habitación de Tommy, repasó su lista por enésima vez. La casa estaba en silencio salvo por los crujidos habituales durante las horas de oscuridad, como el ruido de la caldera, el viento azotando ramas contra una ventana y algún suspiro procedente del cuarto de las gemelas, que parecían dormir inquietas y con respiración desacompasada con los ritmos de la noche.

– Puedo hacerlo -se dijo en un susurro.

Dejó la lista sobre la cama de Tommy y se levantó. Las últimas horas antes de la mañana eran siempre las más difíciles. Recordó momentos pasados con su hijo meciéndolo en la oscuridad que precede al amanecer, sujetándolo con fuerza y sintiendo como si todos los problemas de Tommy lo arrastraran amenazándolo con llevarlo lejos, hasta un lugar inalcanzable. Sus ojos se posaron en la cómoda y alargó el brazo para tomar un caparazón de tortuga blanco y marrón y lo sostuvo en la mano, girándolo y pasando los dedos por su superficie seca y rugosa. ¿De dónde sacaría esto?, se preguntó, ¿y qué significa para él? Dejó el caparazón y tomó una piedra que parecía partida en dos, con un interior púrpura y blanco semejante al cuarzo. ¿Y qué secreto encerrará esta piedra? Dos docenas de soldaditos estaban alineados en filas opuestas, caballeros mezclados con figuritas de la Guerra de Secesión y comandos armados en una confrontación históricamente imposible. ¿De qué lado estabas tú, Tommy?

Sintió como lo envolvían todas las tensiones y el cansancio de las últimas horas y después, sencillamente, se disolvían, como una ola en la orilla. Extendió las manos y se preguntó: ¿Quién eres?

Soy un banquero.

No, no lo eres.

Sí, soy un hombre de negocios y un padre y un marido.

¿Y?

Eso es todo.

¿Y?

¡Eso es todo!

Mentiroso.

De acuerdo, me estoy mintiendo a mí mismo.

Miró la hoja de papel sobre la cama que contenía su lista y repasó los detalles del delito que planeaba cometer. También soy un delincuente, lo soy desde aquel día en Lodi. Es algo que ha estado siempre dentro de mí, esperando salir.

Entonces negó con la cabeza. Me robaron a mi hijo y tengo que recuperarlo, no hay nada que pueda interponerse en mi camino.

Pensó en su madre y después en Megan y por último en Olivia. Las tres mujeres de mi vida. Mi madre era distante e impersonal, ordenada, maniática y triste. Megan en cambio era animada y espontánea, vibrante; todo lo que mi madre nunca fue. ¿Y Olivia? Olivia era el peligro, la rebelión, la furia, el camino.

Recordó cuando la vio por primera vez en una manifestación en el campus en contra del reclutamiento forzoso de la Agencia Central de Inteligencia. Encabezaba un grupo de estudiantes que marchaban calle abajo entonando himnos, agitando pancartas y por último corriendo y entrando por la fuerza en el vestíbulo del edificio de administración increpando a las secretarias, encargados de admisión y otros funcionarios.

Esparcieron sobre las mesas sangre de oveja mientras los papeles volaban y el caos dominaba la escena. Sobre todo cuando llegó la policía. Parecía poseída, pensó, todo lo que tocaba parecía incendiarse, como si fuera una especie de combustible líquido. Y yo me sentí atraído irremisiblemente hacia ella, a sus mítines, a las charlas contra la guerra, las manifestaciones, los conciertos y, más tarde, las reuniones clandestinas en grupos reducidos después de medianoche y compartiendo botellas de vino y tratados marxistas, el aire espeso por el humo de los cigarrillos y el aroma a revolución.

Se sentó en la cama de Tommy y recordó qué fáciles eran entonces las cosas. Existían el bien y el mal y nosotros éramos la pesadilla de nuestros padres hecha realidad. Después negó con la cabeza. No, ésta sí que es la peor pesadilla de un padre. Recordó la primera vez que vio a Megan, mientras él deambulaba por la facultad de Bellas Artes en busca de un rincón tranquilo donde leer un texto de física y pasó delante de un aula donde los alumnos pintaban con una modelo. Megan posaba desnuda excepto por una toalla que le cubría el regazo, sus pechos señalando hacia arriba en actitud de desafío, retando a quien osara reírse de ella. Los alumnos dibujaban en silencio y Duncan se había quedado allí, incapaz de apartar sus ojos de aquella chica, hasta que el profesor reparó en él y le cerró la puerta en las narices. Los alumnos se habían reído pero él, en lugar de huir avergonzado, esperó a que la clase terminara y los alumnos salieran. Entonces trató de disculparse pero sólo acertó a farfullar alguna estupidez sin sentido, que ella escuchó con una media sonrisa que él interpretó como una invitación a seguir hablando, hasta que estuvo todo tan confuso que se sintió más expuesto en su deseo de pedirle una cita que cuando la había estado mirando mientras ella posaba.

El recuerdo lo hizo sentirse mejor. Nunca había entendido cómo Megan pudo sentirse atraída hacia él, pues encontraba que ella era cien veces más interesante mientras que su trabajo, sus estudios y su obstinación resultaban inmensamente aburridos. Él siempre tenía la cabeza llena de cifras y teoremas; ella en cambio, de colores y atrevidas pinceladas; ella siempre estaba segura de sí misma, él dudaba todo el tiempo. Nunca llegó a creer del todo que ella pudiera estar enamorada, que lo siguiera por su deambular universitario, inmutable en su amor, mientras él buscaba algo, que no sabía exactamente qué era.

Yo nunca me habría atrevido a quitarme la ropa delante de una clase entera, nunca me he sentido tan libre. Algo me faltaba y tenía que encontrarlo. Respiró hondo. Y a quien encontré fue a Olivia.

Se recostó de nuevo en la cama. En una cosa tiene razón: esto es una deuda de la que pensé que podría escapar, pero me equivoqué, nunca lo he hecho. Una parte de mí lleva dieciocho años esperando este momento.

De acuerdo Olivia, dijo en silencio. Has vuelto por tu desquite. Robaré para ti y entonces todo habrá terminado.

Entonces comprendió que, a partir de aquella noche nada volvería a ser igual y, también, que no le importaba tanto como había pensado.

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