Una Mortaja Para El Arzobispo
- Автор: Тримейн Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «Una Mortaja Para El Arzobispo». Краткое содержание книги:
Aumentando su expresión de melancolía, Ine se dio la vuelta y se fue en dirección a la multitud, dejando a Fidelma sorprendida.
– ¿Bien? -preguntó a Eadulf-, ¿qué sucedía en las fiestas de las saturnales?
Eadulf parecía escandalizado ante la idea de que él debería tener conocimientos sobre la antigua fiesta pagana romana.
Fidelma suspiró y reanudó su trayecto a través del atrium, seguida de Eadulf.
– A mi modo de ver -señaló Eadulf, mientras avanzaban por el vestíbulo hacia los despachos del gobernador militar-, nuestra única esperanza reside en encontrar a esos árabes. Sólo ellos podrán revelarnos qué hay detrás del misterio. Seguro que fue uno de los árabes o alguno de sus cómplices quien os atacó y se llevó el papiro y el cáliz.
– ¿Cómo habéis llegado a esa conclusión? -inquirió Fidelma cuando llegaban a la habitación que se había convertido en su officina.
– ¿Y por qué sino querrían el papiro escrito en su lengua?
– ¿Y por qué quedarse con el cáliz?
– Quizás Ronan Ragallach les estaba vendiendo los tesoros de Wighard.
Fidelma se quedó quieta y parpadeó con gran rapidez.
– A veces Eadulf -susurró sorprendida-, a veces hacéis saltos intuitivos con gran sentido allí donde otros han de llegar con la lógica.
Eadulf no estaba seguro de si eso era un halago o un insulto. Estaba a punto de pedir una explicación cuando la puerta se abrió rápidamente y Furio Licinio entró a trompicones con el rostro excitado.
Antes de que Fidelma pudiera preguntarle el por qué de su estado Licinio habló:
– Estaba en la puerta principal hace un momento y el abad Puttoc salió corriendo. No me vio. -Hizo una mueca-. Supongo que para un extranjero todos los custodes son iguales.
– ¿Qué pasa? -preguntó Fidelma, impaciente.
El joven tragó saliva.
– El abad Puttoc alquiló una lecticula. Yo creo que os interesará oír dónde dijo que lo llevaran.
– No es momento de jugar, Licinio -soltó Fidelma-. Hablad claro.
– El abad Puttoc pidió que lo llevaran al mismo lugar del que yo hablaba. A Marmorata. El área donde están los comerciantes árabes.
Capítulo 13
Sor Fidelma se agarró a un lateral del pequeño carruaje de un solo caballo, que Furio Licinio conducía a ritmo rápido por la estrecha carretera. Parecía no ver a la gente que pasaba volando ante ellos y que se quedaba profiriendo gritos contra el vehículo, levantando los puños y lanzando una gran variedad de insultos que Fidelma agradeció que no se pudieran traducir. En el lado opuesto del carruaje, con el rostro pálido y aferrándose a la vida iba el hermano Eadulf, muy infeliz. Tenía los nudillos blancos de agarrarse con fuerza al mimbre del carruaje, que iba corcoveando y bamboleándose sobre el empedrado. La idea había sido de Fidelma. Su instinto le decía que aquella información requería una acción inmediata. Tan pronto como Furio Licinio anunció que el abad Puttoc se había ido a Marmorata, su intuición le dijo que tenían que seguirlo inmediatamente, pues no existía motivo alguno para que Puttoc fuera a tal barrio. Pero si ésa era, tal como había informado Furio Licinio, la zona donde se encontraban los comerciantes árabes, resultaba más que sospechoso.
Ni Licinio ni Eadulf pudieron discutir con ella, pues se marchó casi corriendo hacia la entrada principal. La muchacha se había fijado en que los porteadores de la lecticula iban a paso rápido por las antiguas y estrechas calles y que resultaría difícil atraparla yendo a pie. Licinio, en cierto modo de mala gana, se vio obligado a pedir prestado un carruaje de un solo caballo a un oficial de la guardia del palacio. Casi era un carro. Pero Licinio se ofreció a perseguir a Puttoc hasta Marmorata.
Fue una carrera emocionante y en algunos momentos Fidelma pensó que el vehículo iba a volcar, pero Licinio lo mantenía firmemente en la carretera, balanceándose con sus piernas bien sentado a horcajadas y sosteniendo con fuerza las riendas con ambas manos, mientras iban avanzando a bandazos.
Habían seguido la falda de la colina Celio y luego habían cruzado el Valle Murcia, con su impresionante circo, en dirección sudoeste, y luego empezaron a subir por una colina, que según informó Licinio era la Aventina, la situada más al sur de las siete colinas de Roma. La carretera ascendía rápidamente atravesando hermosas villas, las casas palaciegas de la aristocracia romana.
A Fidelma le dio tiempo de echar una mirada sorprendida a los impresionantes edificios y jardines.
– ¿Es éste el barrio bajo del que hablabais? -le gritó a Furio Licinio, pues aquella zona tan elegante estaba muy lejos de la idea que ella tenía de un barrio bajo.
El tesserarius contestó con un gruñido, mientras seguía dando latigazos con las riendas para que el caballo corriera más.
– Si mis cálculos no fallan -gritó por encima del hombro-, la lecticula de Puttoc debe de ir por el Valle Murcia junto al Circo Máximo. -Señaló abajo, hacia la ladera norte de la colina, por la que iban ascendiendo-. Los porteadores rodearán la loma y luego girarán al sur por la orilla del Tíber, ya que es más fácil que el camino que tomamos nosotros, por la misma colina. Luego tenemos que ir directamente hacia el sur hasta Marmorata, que está a lo largo de la ribera del Tíber donde anclan los barcos.
El carruaje continuó su rápido ascenso, atravesando la ladera norte de la colina Aventina en dirección a una pequeña y hermosa basílica. Allí, Licinio se detuvo, pues la basílica tenía vistas sobre una amplia extensión de color leonado que no era otra cosa que el antiguo río Tíber, que avanzaba tranquilamente hacia el norte de la ciudad por sus orillas oeste y sur para desembocar en el Mediterráneo, entre los puertos de Ostia y Porto.
Licinio se apeó del carro y fue hasta un muro bajo, tras el cual el terreno descendía rápidamente hacia la franja de tierra que separaba el río de la base de la colina.
– ¿Hay rastro de él? -preguntó Eadulf, moviéndose con cautela y estirando sus miembros entumecidos.
Furio Licinio negó con la cabeza.
– ¿Puede ser que los hayamos perdido? -preguntó Fidelma ansiosa, aprovechando también la ocasión para estirarse.
– No a menos que Puttoc haya cambiado de opinión respecto a su destino -contesto Licinio con seguridad.
Fidelma se levantó y miró con detenimiento la pequeña plaza donde se habían detenido. Dirigió la vista hacia la pequeña basílica con admiración. Tenía que admitir que había muchas iglesias pequeñas y hermosas en Roma. No dejaban de sorprenderle los adornos naturales que rodeaban las casas romanas, las olorosas flores y los arbustos, las calles serpenteantes que atravesaban las arboledas de encinas, laureles y cipreses, cuyas altas formas en espiral se elevaban por encima de otros árboles y contrastaban con los pálidos sauces llorones. Esta colina Aventina llamaba más la atención que otras partes de Roma; estaba bañada por los rayos dorados del sol que resplandecían en el cielo azul oscuro. Nada, pensó Fidelma, armonizaba mejor que la magnificencia de los edificios y monumentos y la belleza inmóvil y exuberante de la naturaleza bañada por el sol.
Furio Licinio lanzó de repente un grito.
– ¡Ahí está la lecticula de Puttoc! Venga, podemos interceptarlos antes de que entren en Marmorata.
– ¡No! -gritó Fidelma para detenerlo, mientras él volvía a subir al carruaje-. No quiero que Puttoc sepa que lo estamos siguiendo.
Licinio se detuvo y la miró asombrado.
– ¿Entonces qué hacemos, hermana?
– Descubramos a ver dónde va -contestó Fidelma-. Si contacta con los árabes entonces podremos tenderle una trampa.
Los ojos del joven tesserarius se iluminaron al percatarse del plan de Fidelma, y sonrió.