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Электронная книга - «Y punto». Краткое содержание книги:

«Él me acusa de tener sentimientos. Me dice que soy débil y frágil, sutil, febril, casi pueril. Nada viril para mi profesión, y tendría que serlo, que adónde va una mujer policía tan sentimental como a punto de romperse.»
Clara Deza es contradictoria y deslenguada, Clara Deza es agente de la autoridad, esposa y compañera, tan sensible por dentro como dura por fuera. Inmersa en un mundo hostil marcado por el enfrentamiento entre dos esferas contrapuestas: la laboral, poblada por policías que oscilan entre la incomprensión o la superprotección, yonquis que inspiran su ternura y superiores que no la respetan, y la personal, que gira en torno a un matrimonio que es a la vez refugio y casa de fieras, remanso de paz y estanque de tormentas.
Clara Deza aprenderá a demostrar pronto su faceta más combativa y mordaz cuando, tras recibir un desconcertante mensaje de su mejor confidente, descubre que uno de los mafiosos más escurridizos planea su gran golpe. Movida por el pálpito de saber que se encuentra ante su caso más importante, comienza a escarbar en las cloacas de una sociedad brillante en apariencia y tremendamente cruel en realidad.
Con una poderosa voz narrativa cargada de ironía, Mercedes Castro irrumpe en el panorama literario con la historia de una mujer que se mueve entre claros y oscuros, una protagonista tan de carne y hueso que traspasa las páginas de esta novela con su humor agridulce, su contundente fragilidad y un inconformismo esencial que va más allá de cualquier punto y final.
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Hay otros libros tan manoseados como éste, un Peter Pan con dibujos infantiles y pluma irisada de ave en su interior, El largo adiós con portada de Hopper y una Alicia en el País de las Maravillas que alberga pétalos de rosa de hace tanto, tanto tiempo, que se quiebran entre sus dedos, se deshacen casi en partículas y le hacen suponer, tal vez, que son la inocencia de la niña que luego fue puta, de nombre Olvido, un olvido que ya no se acordaría de otra cosa más que de seguir adelante y resistir con todos los medios a su alcance -navaja, spray, cámara de vídeo, fotos marchitas- los envites de la vida.

Y con pena, porque qué triste es a veces descomponer los recuerdos del pasado de los otros, de los muertos, Clara abre una pequeña bolsa de terciopelo y descubre un chupete viejo, de goma ya ajada, y una cajita de joyería con dos dientes de leche, y piensa en si tendría un hijo, tal vez, como en una novela de posguerra, una puta con un hijo en el campo, criándose con la abuela, o en un internado de capital de provincias, un niño al que va a ver dos o tres veces al año y que casi no la recuerda, que sólo sabe que le visita una mujer elegante, triste y seria, cargada de regalos por Navidad y en su cumpleaños. O quizá no, quizás es un hermano pequeño, alguien a su cargo, como los huerfanitos de los dramas de Dickens, una criatura enfermiza y delicada que descansa en un pabellón de reposo recitando la poesía que le subraya a su hermana, que ya no lee sobre el amor desde que lo vende a espuertas. Sí, claro, y luego llegará un príncipe azul en una limusina y se prendará de ella, sólo que este final de película de Hollywood ya no va a poder ser porque resulta que ella está muerta y a mí me toca saber cómo fue, si alguien se la cargó o la mató esta mierda de existencia tan ordenada, tan intensa, tan vacía y tan llena.

– Muy bien, esto se acabó, un repaso al salón y nos piramos -propone al secretario-. ¿Qué me dices?

– Que ya iba siendo hora.

El escritorio, en una esquina del salón, se rige por el mismo orden meticuloso que caracteriza a toda la casa. Es un mueble delicado, antiguo, que contrasta con el resto de la habitación y trae reminiscencias de un mundo lejano y más liviano en el que la muerta, Olvido, clasificaba sus documentos por temas y afinidades dejando apenas rastro de su vida privada, si acaso los extractos relativos a los gastos de vivienda en un archivador, un portafolio con fotocopias, libretas bancarias y la póliza de un seguro médico. Por haber, hasta hay un pequeño cajón repleto de facturas de ropa en el colmo de la organización, pero ausencia de datos que no hubiéramos encontrado con los ordenadores de la central que nos indiquen algo más allá de que el apartamento es de su propiedad, que sus cuentas están saneadas y no poseía créditos pendientes, que hacía la compra del supermercado por teléfono y que acudía a un centro de belleza dos veces al mes. Perfecto. Pero qué hay de ella, de sus familiares, de sus ideas y sus inseguridades.

Desalentada, sigue buscando hasta que se topa con un taco de tarjetas de visita que, según parece, guardan relación con el ejercicio de su profesión: boutiques, una esteticién a domicilio, ostentosas floristerías y almacenes de decoración, abogados, asesores financieros, agentes de Bolsa… Quizás haya aquí algo que rascar, piensa esperanzada, y con una media sonrisa las guarda intentando a continuación encender el llamativo ordenador portátil.

Me apuesto mi sueldo a que tendrá contraseña. Genial. ¿Y su agenda? Lo imaginaba, o está escrita en clave o su letra es un jeroglífico, con las oes como caracoles y las zetas como rayos que cruzan las páginas rasgándolas con sus trazos como en una tormenta. No me lo estás poniendo nada fácil, bonita. Luego te aparecerás en sueños para recriminarme que no hice lo suficiente, que apenas indagué tu muerte, y me obligarás a ponerme grosera porque cómo la voy a esclarecer, a ver, si la primera en ponerme trabas eres tú, con tu celosa intimidad y esa discreción enfermiza. Si lo único que se entiende son las cruces en el calendario y al final va a ser que señalan tu ciclo menstrual.

– Qué, ¿hay algo? -pregunta el del juzgado.

– Una mierda es lo que hay. Me voy cargada de pruebas y papeles y sintiendo que no voy a sacar nada en limpio.

– Este trabajo es así. Por lo menos tú puedes hacerlo en tu oficina. Yo, en cambio, si se suicida uno tirándose a un embalse, tengo que vestirme de buzo y bajar a comprobar que el levantamiento ha sido correcto. Somos como los periodistas de sucesos, sólo que llegamos antes, con los cadáveres en su apogeo, sin sábana encima y con las tripas al fresco.

– Y anda que no te gustará luego fardar de ello ante tus colegas. Oye, voy a despedirme de mi amiga y me largo. Si vienes te acerco a donde quieras.

– No, mejor la espero, igual le da reparo quedarse aquí sola.

¿A Zafrilla? Éste lo que quiere es hacerse el superhéroe delante de la niña, si lo sabré yo. Pues nada, por mí que no se diga.

– Como quieras -y llega al vestidor riéndose para sus adentros. No sabe dónde se va a meter, se lo va a comer crudo. Claro, la ven con esa carita de niña modosa y luego vienen los llantos y el corazón roto en un suspiro y si no me amas me suicido-. Oye, me largo -dice asomando la cabeza para divisar a la frágil muñeca empolvando un espejo de cuerpo entero.

– Espérame y nos vamos a tomar un café. Quería preguntarte una cosa.

– La verdad es que me gustaría irme cuanto antes, tengo que pasar por comisaría a dejar las pruebas y a este paso voy a llegar a las mil.

– Jo, cómo eres, para un día que quiero hablar contigo…

– Estoy agotada y voy de curro hasta arriba. ¿Lo dejamos para mañana?

– Bueno, pero luego ya será tarde.

– ¿Para qué? -y descubre en sus mejillas un rubor que no es fruto del esfuerzo y que ya conoce, un brillo en los ojos que ha visto antes y que siempre, siempre, acaba trayendo problemas-. ¿Qué estás tramando?

– ¡Nada! -responde a la defensiva-, sólo quería saber qué tal te va ahora con tus compañeros, con los nuevos, ya sabes.

– Acabáramos. Tú lo que quieres es sonsacarme sobre Javier el Bebé -y su expresión se lo confirma: esos labios jugosos entreabiertos, esa lengua que se relame como haría mi gata, esas pestañas temblorosas como alas de mariposa… Mecagoenlaleche, se ha colgado otra vez-. A ver, ¿no te dije que te olvidaras?

– Pero si yo no…, si yo sólo… si yo lo único que quería era hablar.

– ¿Sí? Pues mira, ahí fuera tienes al secretario. Parece un tío estupendo y seguro que tiene muchísimas ganas de conversación. Y no me pongas esa cara, si no te apetece le dices que no y te marchas sola, pero conmigo no cuentes.

Y sale del vestidor francamente enfadada porque manda leches la niña, siempre se tiene que encaprichar del más imbécil, siempre, y luego Lola y yo a soportar las falsas lágrimas y las promesas de no mirara ningún varón más.

– ¿No se va tu compañera? -le pregunta el secretario nada más verla.

– Todavía no, me ha dicho que la esperes. Por cierto, se llama Laura -y tras una pausa añade-, pero le encanta que la llamen Zafrilla.

Que se joda, se lo merece, no me da pena, piensa Clara mientras se mete en su coche al imaginársela intentando zafarse del pobre del juzgado que, empeñado en llamarla por su apellido, se le estará haciendo odioso. Que aprenda. Y tras colocar la caja llena de pruebas en el asiento del copiloto pone en marcha el coche, conecta la radio y se dispone a salir, por fin, hacia su casa, llegar y olvidarlo todo, un día tan largo, abandonarse en el sofá al paso del tiempo, que acabe lo que queda de hoy y ya veré qué hacer con mi vida y mis secretos. Como decía Escarlata, ya lo pensaré mañana, y mientras a descansar, a esperar a Ramón y ya veremos qué le digo o qué me callo, pero olvidarlo hoy al menos, estar relajados como si fuera un día cualquiera, un día normal en el que no ha pasado nada, en el que todo es tan trivial o cotidiano como siempre debería serlo.

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